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[Diario] El precio de vivir — Asradi. - Versión para impresión

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El precio de vivir — Asradi. - Victarion Nightwing - 03-02-2025

Invierno — Año 720.

     Aunque en sus manos llevaba el símbolo que le recordaba cada día lo que era, la verdad era que Victarion gozaba de una realidad totalmente diferente a la del resto de los esclavos en la mansión de aquel Tenryūbito que, por capricho de su hija, había decidido comprarlo en una subasta por una cuantiosa cantidad de berries. A pesar de las libertades que ella le otorgaba, no era más que un juguete para ella, alguien que debía cumplir sus órdenes cuando lo quisiera, por más que estas fueran en contra de su voluntad. Sin embargo, Victarion sabía que el destino había sido amable con él. No era maltratado como muchos otros esclavos allí, al menos no por Victoria, la hija del señor de la mansión, quien sí parecía disfrutar de la violencia y el poder que conllevaba su título de noble mundial sobre los demás. No estaba encadenado y podía vagar por los pasillos y salones, siempre y cuando no fuera visto por el mandamás o sus guardias.

     Aquel día, los gritos y golpes provenientes de una habitación adyacente rompieron la calma del lugar. Durante varias horas, aquel hombre descargó con desdén toda su furia. Victarion solo podía imaginar los horrores que estaba sufriendo la víctima de sus acciones. Pero no pudo hacer nada. Se encontraba completamente congelado, aterrorizado, a pesar de que su cuerpo intentaba moverse para intervenir. No era para menos, el más mínimo error podía costarle la vida, y lo sabía. En aquel lugar, incluso las buenas acciones eran castigadas de la manera más cruel posible. Las marcas en sus manos daban prueba de ello.

     —Es inútil. No puedes hacer nada para ayudarla —dijo una voz, interrumpiendo sus pensamientos desde el otro lado de la sala.

     Victoria se encontraba recostada sobre su cama, boca abajo, leyendo un libro.

     —¿No te afecta en lo más mínimo? ¿Cómo puedes ignorarlo? —inquirió Victarion, su voz cargada de incredulidad y desesperación.

     —El fuerte domina. El débil se somete. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo —respondió Victoria, cerrando la tapa del libro y levantándose—. No hay restricciones ni castigos para quienes tienen poder. Solo existe la voluntad de los que gobiernan… y el silencio de los que sufren.

     Su mano se posó sobre el pecho del hombre, que le llevaba al menos medio metro de altura, y su cuerpo se inclinó sobre él.

     —Pero conmigo no has de temer, Victarion. —su voz cambió a un tono dulce, amable—. Yo jamás te haría algo así... Siempre estaré a tu lado y te cuidaré.

     Quiso creerle. Muy en el fondo, se sintió reconfortado por los sentimientos de aquella mujer. No era mala, al menos, no era como su padre. Pero, tal y como le había dicho, el fuerte se imponía sobre el débil, y poco podía hacer ella una vez que su padre tomaba una decisión. Sus ojos recorrieron el aire hasta posarse en sus marcadas manos. Victoria lo notó.

     —Mi padre no debió haberte hecho eso. —una lágrima recorrió su rostro hasta caer al suelo—. Fue mi culpa —dijo, con verdadero arrepentimiento.

     —No fue tu culpa. —Victarion secó las lágrimas que aún caían por sus ojos—. Pero si realmente te sientes culpable, demuéstralo. Ayúdame a ayudar. Es la única forma en que podrás redimirte. Te juro que te sentirás mejor después de esto.

     Tomó su mano y, suavemente, la llevó hacia la puerta. Del otro lado, el azote de una puerta se escuchó. Era el momento, debían salir en ese instante. Lo hicieron y lograron entrar a la habitación, que extrañamente se encontraba sin llave. Victarion y Victoria entraron en la habitación. El caos era absoluto: sillas derribadas, libros esparcidos por el suelo y una estantería volcada. Victoria se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par. Sabía lo que su padre hacía... pero nunca antes había visto con sus propios ojos las secuelas de su ira.

     Entonces, la vio. Acurrucada en un rincón, con cortes en los brazos, moretones y algo de sangre en el rostro. Una hermosa joven de cabello negro y ojos azules. Pero, más allá de esos rasgos, era evidente por qué la habían tomado. Al igual que él, aquellos que eran diferentes estaban destinados a ser perseguidos, ya sea por odio o por deseo, era el precio de vivir siendo diferentes. En su caso, sus alas negras. En el caso de ella, una cola de escamas plateadas, características de la especie de las sirenas, una de las razas más codiciadas por aquellos perversos con poder.

     Victarion se agachó frente a ella, intentando acercarse con cautela. Su mirada expresaba compasión y tristeza, no solo por ella y todo lo que había sufrido, sino por todos los que a diario debían soportar el mismo infierno, una y otra vez, hasta el día de sus muertes.

     —Lamento no haber podido ayudarte. Por favor, déjame ver tus heridas.


RE: El precio de vivir — Asradi. - Asradi - 03-02-2025

No fue consciente de cuánto tiempo estuvieron así. Ella intentando protegerse, a veces devolver los golpes (aunque sabía que le iba a ir peor), y él ensañándose de mala manera con ella. Solo cuando el portazo que hizo caer, incluso, algunos libros más de la estantería volcada, dió paso al terrible silencio, se percató de que estaba sola en aquel lugar. De nuevo. Ese era el único alivio que tenía después de momentos como ese. La sangre bajaba de los arañazos y cortes de sus brazos y torso. Tenía una brecha ligera y sangrante en la sien, producto de que su cabeza hubiese sido golpeada, a conciencia, contra uno de los muebles caídos. Todavía se encontraba mareada y en estado de shock. Lo que Shaitán había hecho con ella... Era mejor no nombrarlo.

Irónicamente, iba vestida con las mejores ropas. Ese desgraciado la “mimaba” de esa forma tan hiriente, como si fuese una princesita. Pero Asradi solo quería recuperar su libertad. Su orgullo le impedía doblegarse totalmente a ese hombre, a pesar del terror que, a esas alturas, ya le tenía. Las cuentas de uno de los collares que había portado se encontraban totalmente desperdigadas por el suelo de la estancia, mientras ella permanecía acurrucada en una esquina, abrazándose la cola como si con ello pudiese protegerse del mundo exterior, de él, de alguna manera. No se permitió llorar, no lo tenía permitido. No por él, sino por sí misma. No iba a darle ese gusto. Era una orgullosa habitante de los mares. Si las corrientes gélidas del North Blue no la habian doblegado, él no iba a hacerlo tampoco.

Pero era complicado, era difícil. Y doloroso.

Se llevó una mano a los labios, a la boca, cuando se le escapó un irremediable gemido de dolor. Pero cuando la puerta se abrió, con el sonido característico y semi iluminando la habitación a través de la rendija que las hojas de madera habían proporcionado al separarse, toda la espalda de Asradi se envaró, en guardia. Los ojos ahora abiertos de par en par, afilados, agresivos y esperando cualquier cosa.

¿Había vuelto? ¿Por qué? ¿Iba a continuar con aquello? Por inercia pura, su cuerpo comenzó a temblar, y no reconoció a quien llegó en ese momento. ¿Era otro como ellos?

No... V-Vete. ¡Vete! — Se revolvió, furiosa, como un tiburón acorralado que buscaba una salida con desespero. La petición era desgarradora y solo pareció calmarse cuando la luz iluminó parcialmente a aquel hombre.

No era él.

Se fijó, con la respiración todavía agitada, en las enormes alas negras que nacían en la espalda de aquel hombre. ¿No era un humano? ¿Era... Era como ella? Otro esclavo, ¿o un sirviente? Daba igual. Por inercia la sirena se acurrucó todavía más. Estaba aterrada y claramente en guardia, no parecía confiar ni en su propia sombra.

Y eso solo empeoró cuando miró hacia el umbral de la puerta, más allá del recién llegado. Había visto a Victoria. La reconoció como la hija del Dragón Celestial. Ya la había visto en su día, y los dientes de la sirena rechinaron al rozarse unos contra los otros. Sus ojos se afilaron y su pupila se alargó como si fuese a saltar a la ofensiva de un momento a otro. Pero su cuerpo estaba tan magullado y dolorido, que solo moverse un poco le costaba todavía.

Ella... ¿Qué hace ella aquí? ¿Habéis venido a terminar el trabajo? ¿¡No es suficiente con lo que tu padre ha hecho!? — Reclamó.

Sabía que estaba cometiendo una locura, que podría recibir otro castigo igual o peor solo por encararse a la hija de su captor. Otra “noble”. Solo cuando fue consciente de eso, se mordió el labio inferior tan fuerte, con los afilados colmillos que volvió a hacerse sangre, entremezclándose con la que el padre de Victoria ya había hecho rezumar momentos antes. La respiración de la pelinegra era agitada, estaba claramente aterrada y a la defensiva. Pero no tenía fuerzas, en ese momento, para negarse a nada.