Alguien dijo una vez...
Rajoy D. Mariano
"Es el Gorosei el que elige al Moderador, y es el Moderador el que quiere que sean los Gorosei el Moderador"
[Diario] El misterio del susurro
Raiga Gin Ebra
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La isla de Dawn solía ser tranquila, demasiado quizá para el gusto de Raiga. Había pasado toda la mañana merodeando por el mercado, haciendo lo que mejor sabía: metiendo las narices donde no lo llamaban y asegurándose de que sus bolsillos estuvieran un poco más llenos que cuando llegó. Sin embargo, al caer la tarde, cuando las sombras comenzaron a alargarse y las calles empezaron a vaciarse, el mink decidió que era hora de buscar algo más emocionante. ¿Pero qué podía ser más emocionante que aquello? Probablemente cualquier cosa, la verdad.

—¿Es que aquí nunca pasa nada? —murmuró mientras pateaba una piedra por el camino hacia el bosque cercano— Ni un solo escándalo, ni un pirata borracho peleando. ¡Qué aburrimiento!

El sol se escondía tras las colinas, dejando al bosque bañado en una penumbra anaranjada que le daba un aire misterioso. Y ese posible misterio era el que llamaba a Raiga, al cual le gustaban los desafíos como al que más. Entró en el bosque con las manos en los bolsillos y una expresión confiada.

—Bueno, Dawn, sorpréndeme —dijo, pateando hojas secas con cada paso.

Mientras caminaba, comenzó a notar algo extraño. Los sonidos habituales del bosque —el canto de los pájaros, el crujir de las ramas, incluso el murmullo del viento— parecían apagarse a medida que avanzaba. El silencio se volvía tan denso que casi podía oír sus propios pensamientos rebotando en su cabeza.

—Vale, esto ya está un poco raro —murmuró, deteniéndose y mirando a su alrededor.

Fue entonces cuando lo escuchó. Un susurro, apenas audible, como si alguien hablara desde lejos. Raiga alzó las orejas, su instinto de mink poniéndose en alerta máxima. Giró la cabeza en todas direcciones, buscando el origen del sonido.

—¿Hola? —preguntó en voz alta, aunque su tono seguía siendo desafiante— Si estás intentando asustarme, vas a tener que esforzarte más, colega.

El susurro continuó, ininteligible pero insistente. Venía de lo profundo del bosque, y aunque cada fibra de su ser le decía que debía dar media vuelta, Raiga decidió seguirlo.

—Bueno, si esto termina siendo una trampa, al menos será emocionante —se dijo mientras avanzaba entre los árboles.

A medida que se internaba más en el bosque, la oscuridad se volvía más densa, y las sombras de las ramas parecían alargarse hacia él como si quisieran atraparlo. Raiga empezó a sentir algo de miedo, aunque su fachada decía lo contrario. Su temprana edad no ayudaba en el tema de las voces, susurros y fantasía de este tipo. El sonido se hacía más fuerte, pero seguía siendo imposible de entender. Raiga comenzó a notar detalles extraños: un árbol con marcas en el tronco que parecían ojos, piedras dispuestas en círculos perfectos, y lo más inquietante, un espantapájaros hecho con ramas y ropa vieja, clavado en medio del camino como si fuera el símbolo de algo. ¿Pero de qué?

—Vaya, vaya… —dijo, observando el espantapájaros con curiosidad— ¿Quién pone esto aquí? Seguro es obra de algún loco aburrido.

Mientras hablaba, el susurro cesó de repente. El silencio volvió, más pesado que antes. Raiga sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no dejó que su expresión mostrara ni un atisbo de miedo.

—¡Ja! ¿Eso es todo? —gritó, mirando alrededor— ¿Un poco de silencio y un espantapájaros cutre? Vamos, ¡me esperaba algo más emocionante!

Fue entonces cuando el espantapájaros giró la cabeza hacia él. Raiga dio un salto hacia atrás, con los pelos del cuello erizados.

—¿Qué demonios…? —exclamó, sin apartar la vista del espantapájaros.

La cosa no se movió más, pero el simple hecho de que lo hubiera hecho en primer lugar era suficiente para inquietarlo. Decidió que ya había tenido suficiente y dio media vuelta para salir de allí.

—Vale, esto ya no me hace gracia —Empezó a caminar rápidamente, asegurándose de no mirar hacia atrás—. Si esto es una broma, enhorabuena, lo hiciste bien. Ahora voy a largarme antes de que…

Se detuvo de golpe. El camino por el que había llegado ya no estaba. En su lugar, los árboles formaban una barrera impenetrable.

—¿Qué...? —Raiga parpadeó, completamente desorientado— Esto no estaba así antes. ¡Estoy seguro!

Intentó rodear la zona, pero cada vez que avanzaba, el paisaje parecía cambiar. Los árboles se reordenaban como si el bosque estuviera vivo, jugando con él. Comenzó a respirar con dificultad, la sensación de estar atrapado empezó a afectarle, hasta tal punto de dudar si aquello era real.

—¡Vale, vale, ya basta! —gritó, intentando mantener la calma— ¡Dejad de jugar conmigo!

Como respuesta, el susurro volvió más fuerte que antes, y esta vez parecía rodearlo. Raiga apretó los dientes y los puños.

—¡Ya está bien! —gritó, alzando la voz por encima del susurro— ¡Si queréis algo, salid de una vez y enfrentadme, cobardes!

El susurro cesó, y por un momento, todo quedó en completo silencio. Luego, un haz de luz se filtró entre los árboles, iluminando un pequeño claro más adelante. Sin saber por qué, Raiga se sintió atraído hacia él.

—Bueno… ¿qué más da? —murmuró, caminando hacia la luz— Si esto es una trampa, ya estoy dentro.

Cuando llegó al claro, encontró algo que no esperaba: una vieja cabaña, cubierta de musgo y con las ventanas rotas. El lugar parecía abandonado, pero había algo en él que le daba mala espina.

—¿Quién vive aquí? ¿La abuela del espantapájaros? —bromeó, intentando quitarle importancia a la situación, aunque por dentro estaba cagado.

Antes de que pudiera decidir si acercarse o no, el cielo se abrió y comenzó a llover con fuerza. Raiga corrió hacia la cabaña para refugiarse, pero al llegar a la puerta, esta se abrió sola con un chirrido. El mink se quedó congelado por un momento, pero finalmente entró.

El interior estaba tan descuidado como el exterior: muebles rotos, polvo por todas partes y un olor a humedad que le hizo arrugar la nariz. Sin embargo, lo más extraño era un espejo enorme en la pared del fondo. No parecía encajar con el resto de la cabaña, como si alguien lo hubiera colocado allí deliberadamente.

Raiga se acercó al espejo, sintiendo un escalofrío. Su reflejo estaba ahí, pero había algo raro en él. Era como si el espejo lo devolviera con un ligero retraso, moviéndose un segundo después de lo que él hacía.

—Esto es raro… —murmuró, tocando la superficie del cristal.

En ese momento, el reflejo le sonrió. Pero Raiga no estaba sonriendo.

El mink retrocedió de un salto, con el corazón latiendo con fuerza.

—Vale, hasta aquí llegamos —Corrió hacia la puerta y salió de la cabaña bajo la lluvia, sin mirar atrás.

El bosque ya no parecía moverse, y aunque la lluvia lo empapaba, siguió caminando hasta que finalmente encontró el camino de regreso a la ciudad. Cuando llegó, estaba cubierto de barro y con los pantalones rasgados. La gente lo miraba con curiosidad, algunos incluso ofrecieron ayuda.

—¡Que no necesito ayuda, maldita sea! —gruñó, sacudiéndose el agua como un perro— ¿No tienen otra cosa que hacer, o qué? ¡Dejadme!

Se dirigió a un rincón cubierto, maldiciendo el día y jurando que nunca volvería a entrar en ese bosque.

—Ardillas, espantapájaros y espejos raros… Dawn, eres una isla de locos. —Suspiró, dejándose caer en el suelo mientras la lluvia continuaba cayendo.
#1


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