
Johnny King
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03-12-2024, 02:46 AM
Era un día cálido en la ciudad de Loguetown, tal vez incluso demasiado cálido para el marine de melena rubia. Pero a él no parecía importarle en lo más mínimo. Como siempre, estaba tirado sobre un rincón de la Marina, mirando el horizonte sin hacer nada. Johnny King, como la mayoría de los que lo conocían, tenía una regla básica en la vida: si no es absolutamente necesario, no lo hagas.
La pereza era un arte, y él era su maestro artesano.
No tenía ninguna prisa. El día estaba siendo aburrido, como muchos otros. No había mucho que hacer, y el cansancio de la rutina le calaba hasta los huesos. Si había algo que le gustaba más que dormir, era no hacer nada. Sin embargo, esa mañana las cosas iban a tomar un giro inesperado.
El perezoso marine de más de dos metros, como casi todos los días, estaba dando vueltas por el mercado local en busca de algo que valiera la pena... o algo que no tuviera que hacer. Y cuando vio una tienda de frutas con un cartel extraño, algo dentro de él despertó, aunque en el fondo ni él mismo sabía qué era. La tienda no era como las demás. No había colores llamativos ni frutas apetitosas, pero sí una pequeña caja en la que se veía una fruta algo extraña, de color morado oscuro, con una forma perfectamente redonda que lo llamó la atención.
Se acercó sin prisa, mirando de reojo las otras frutas que se exhibían en los estantes. La mayoría eran plátanos, manzanas, algunas frutas exóticas, pero nada que realmente atrajera su atención. Sin embargo, esa fruta en particular... tenía algo peculiar. Quizás era su forma. O tal vez el hecho de que estaba algo apartada, como si estuviera esperando a ser encontrada. Y eso lo hizo curioso, aunque no lo suficiente como para detenerse a pensarlo demasiado.
— ¿Esa fruta? — dijo el vendedor, un hombre de barba que parecía un tanto fuera de lugar. Tenía una sonrisa torcida, como si estuviera a punto de contarle un secreto al gigante de dos metros — Esa es una Boru Boru no Mi, la cuál da poderes sobrenaturales jovencito. Es una fruta del diablo.
Johnny alzó una ceja, un poco desconcertado por la información, pero tampoco sorprendido. Las frutas del diablo eran cosa común en el mundo, y, si te soy sincero, el marine de melena rubia no les prestaba mucha atención. Había comido un par de frutas raras en su vida, pero ninguna le había interesado lo suficiente como para pensar que podrían ser la clave de algo importante. Para él, cualquier cosa que no lo obligara a moverse mucho estaba bien.
— Boru Boru no Mi, ¿eh? ¿Y qué hace esa cosa?
Johnny King preguntó, manteniendo esa expresión desganada que lo caracterizaba.
El vendedor le sonrió con suficiencia, como si estuviera a punto de revelar el gran poder oculto de la fruta.
— Todo lo que toques se convierte en algo que rebota, ¿sabes? No importa lo que sea, todo se vuelve una pelota cuando lo tocas. Imagina todo lo que podrías hacer con eso.
El oni de dos metros no parecía impresionado, pero la idea de no tener que hacer mucho esfuerzo para provocar un poco de caos lo tentó. Para él, no era gran cosa, pero tal vez podría ser divertido... aunque no pensaba en poner demasiada energía en ello.
— Bien, ¿cuánto cuesta? — preguntó, echando un vistazo a la fruta. Decidió que no le haría mal probar algo nuevo. Además, no sería la primera vez que tomaba algo raro solo por pasar el rato.
— Te la dejo por un precio simbólico. No es tan común, así que... es un buen trato — respondió el vendedor, dejándole la fruta en la mano.
Johnny no pensó mucho en la oferta. Si alguien estaba dispuesto a darle una fruta del diablo por un precio bajo, ¿por qué no aprovecharlo? Se la metió en el bolsillo sin pensarlo dos veces y se alejó sin decir palabra, aunque de vez en cuando miraba la fruta como si estuviera esperando que hiciera algo impresionante.
Esa tarde, el perezoso marine se encontraba sentado en su rincón habitual, debajo de un árbol, viendo cómo las horas pasaban. La brisa soplaba suavemente, pero nada de eso lo animaba a moverse. Decidió que ya era hora de probar la fruta.
— ¿Qué puede salir mal, no?
Se dijo a sí mismo mientras sacaba la fruta de su bolsillo. La observó una vez más, esta vez más de cerca. El color morado de la fruta era tan extraño que ni siquiera podía identificar su sabor solo con mirarla. Johnny la sostuvo en sus manos, curioso, y le dio un mordisco sin pensarlo demasiado.
El sabor fue raro. No era malo, pero tampoco delicioso. Un sabor agridulce con un toque amargo que recorrió su boca, algo que, en su opinión, no merecía la pena. Pero, como buen vago y funcionario, no se quejó, tenía que hacer que era un marine funcional. Solo siguió mordiendo, hasta que la fruta desapareció.
En el instante en que tragó el último pedazo, una sensación extraña recorrió su cuerpo. Un calor suave subió por su brazo, como si algo estuviera cambiando dentro de él. Al principio, Johnny no lo notó. Pero cuando levantó la mano para rascarse la cabeza, sintió un pequeño cosquilleo en los dedos. Miró su mano y, de repente, notó algo raro.
Una pequeña pelota apareció justo donde antes había estado tocando su brazo. Una pelota completamente redonda y de color rojo brillante. Johnny frunció el ceño, algo confundido.
— No... no me digas que... — murmuró, aún incrédulo. Miró la pelota, y esta rebotó por el suelo con un sonido sordo, como si fuera una pelota normal y corriente. Johnny, sorprendido, intentó detenerla, pero la pelota seguía saltando en todas direcciones.
— ¡Vaya, esto sí que es raro! — dijo, sin poder evitar una risita nerviosa.
Las pelotas comenzaron a rodar y rebotar por el suelo. El marine de melena rubia extendió su mano y tocó la mesa en frente de él. En un abrir y cerrar de ojos, la mesa de madera se convirtió en una pelota que empezó a rebotar como una loca. Johnny, sorprendido, intentó detenerla, pero la pelota seguía saltando por todos lados.
— ¡Esto es... impresionante! — exclamó, pero en realidad no estaba tan emocionado como parecía. La pereza seguía siendo su prioridad, así que no pensó mucho más en el asunto. Sin embargo, se dio cuenta de algo. Si todo se convertía en pelotas, él podría hacer que muchas cosas sucedieran sin hacer nada de esfuerzo. ¡Es perfecto!
De repente, una idea se le ocurrió. ¡Y si la base de Marina del G-31 se volvía una cancha de fútbol gigante! ¡Imagina las posibilidades! Pero, claro, había un problema. El perezoso Johnny no iba a moverse por toda la base solo para ver si eso funcionaba. Así que en lugar de hacer algo elaborado, simplemente se quedó allí, mirando cómo las pelotas rebotaban por el lugar.
La pereza no lo dejaba hacer más...
Se recostó en el suelo, observando cómo las pelotas saltaban a su alrededor. Las cajas, las sillas, hasta las barreras y las estructuras empezaron a transformarse en pelotas que rebotaban por doquier.
— Que alguien más se encargue de esto... ¿Dónde está la marina cuando mas la necesitas? — musitó Johnny, acomodándose mejor sobre el césped y se cambio sus gafas de sol por otras más oscuras, con una sonrisa de oreja a oreja.
A lo lejos, escuchó a los oficiales gritar, probablemente molestos por el caos inocente e inofensivo que acababa de generar, pero él no se movió. Johnny King estaba satisfecho con la diversión que había causado, pero a fin de cuentas, no quería involucrarse demasiado. El caos, el ruido, los gritos... todo eso solo servía para que su vida fuera más entretenida, aunque en su interior, la verdadera diversión estaba en no tener que hacer nada. Y es que, ¿quién necesita moverse si las cosas se hacen por ti?
Las horas pasaron, y el caos siguió desarrollándose mientras el gigante de dos metros se quedaba allí, sin mover ni un dedo. Las pelotas siguieron saltando, la gente trataba de detenerlas y el caos reinaba. Pero Johnny... Johnny estaba disfrutando de la comodidad de su rincón.
Finalmente, al caer la tarde, el marine de melena rubia se levantó lentamente y miró el desastre a su alrededor. Todo lo que tocaba, todo lo que había tocado, se había convertido en una pelota. Sonrió satisfecho con el caos que había provocado sin mover un solo músculo.
— Bueno, supongo que este fue un buen día... para no hacer nada — dijo, estirándose mientras se alejaba con esa pereza tan característica.
Las pelotas siguieron saltando, la gente trataba de detenerlas y el caos reinaba. Pero Johnny... Johnny King estaba disfrutando de la comodidad de su rincón más tranquilo que nadie en toda la isla de Loguetown.
La pereza era un arte, y él era su maestro artesano.
No tenía ninguna prisa. El día estaba siendo aburrido, como muchos otros. No había mucho que hacer, y el cansancio de la rutina le calaba hasta los huesos. Si había algo que le gustaba más que dormir, era no hacer nada. Sin embargo, esa mañana las cosas iban a tomar un giro inesperado.
El perezoso marine de más de dos metros, como casi todos los días, estaba dando vueltas por el mercado local en busca de algo que valiera la pena... o algo que no tuviera que hacer. Y cuando vio una tienda de frutas con un cartel extraño, algo dentro de él despertó, aunque en el fondo ni él mismo sabía qué era. La tienda no era como las demás. No había colores llamativos ni frutas apetitosas, pero sí una pequeña caja en la que se veía una fruta algo extraña, de color morado oscuro, con una forma perfectamente redonda que lo llamó la atención.
Se acercó sin prisa, mirando de reojo las otras frutas que se exhibían en los estantes. La mayoría eran plátanos, manzanas, algunas frutas exóticas, pero nada que realmente atrajera su atención. Sin embargo, esa fruta en particular... tenía algo peculiar. Quizás era su forma. O tal vez el hecho de que estaba algo apartada, como si estuviera esperando a ser encontrada. Y eso lo hizo curioso, aunque no lo suficiente como para detenerse a pensarlo demasiado.
— ¿Esa fruta? — dijo el vendedor, un hombre de barba que parecía un tanto fuera de lugar. Tenía una sonrisa torcida, como si estuviera a punto de contarle un secreto al gigante de dos metros — Esa es una Boru Boru no Mi, la cuál da poderes sobrenaturales jovencito. Es una fruta del diablo.
Johnny alzó una ceja, un poco desconcertado por la información, pero tampoco sorprendido. Las frutas del diablo eran cosa común en el mundo, y, si te soy sincero, el marine de melena rubia no les prestaba mucha atención. Había comido un par de frutas raras en su vida, pero ninguna le había interesado lo suficiente como para pensar que podrían ser la clave de algo importante. Para él, cualquier cosa que no lo obligara a moverse mucho estaba bien.
— Boru Boru no Mi, ¿eh? ¿Y qué hace esa cosa?
Johnny King preguntó, manteniendo esa expresión desganada que lo caracterizaba.
El vendedor le sonrió con suficiencia, como si estuviera a punto de revelar el gran poder oculto de la fruta.
— Todo lo que toques se convierte en algo que rebota, ¿sabes? No importa lo que sea, todo se vuelve una pelota cuando lo tocas. Imagina todo lo que podrías hacer con eso.
El oni de dos metros no parecía impresionado, pero la idea de no tener que hacer mucho esfuerzo para provocar un poco de caos lo tentó. Para él, no era gran cosa, pero tal vez podría ser divertido... aunque no pensaba en poner demasiada energía en ello.
— Bien, ¿cuánto cuesta? — preguntó, echando un vistazo a la fruta. Decidió que no le haría mal probar algo nuevo. Además, no sería la primera vez que tomaba algo raro solo por pasar el rato.
— Te la dejo por un precio simbólico. No es tan común, así que... es un buen trato — respondió el vendedor, dejándole la fruta en la mano.
Johnny no pensó mucho en la oferta. Si alguien estaba dispuesto a darle una fruta del diablo por un precio bajo, ¿por qué no aprovecharlo? Se la metió en el bolsillo sin pensarlo dos veces y se alejó sin decir palabra, aunque de vez en cuando miraba la fruta como si estuviera esperando que hiciera algo impresionante.
Esa tarde, el perezoso marine se encontraba sentado en su rincón habitual, debajo de un árbol, viendo cómo las horas pasaban. La brisa soplaba suavemente, pero nada de eso lo animaba a moverse. Decidió que ya era hora de probar la fruta.
— ¿Qué puede salir mal, no?
Se dijo a sí mismo mientras sacaba la fruta de su bolsillo. La observó una vez más, esta vez más de cerca. El color morado de la fruta era tan extraño que ni siquiera podía identificar su sabor solo con mirarla. Johnny la sostuvo en sus manos, curioso, y le dio un mordisco sin pensarlo demasiado.
El sabor fue raro. No era malo, pero tampoco delicioso. Un sabor agridulce con un toque amargo que recorrió su boca, algo que, en su opinión, no merecía la pena. Pero, como buen vago y funcionario, no se quejó, tenía que hacer que era un marine funcional. Solo siguió mordiendo, hasta que la fruta desapareció.
En el instante en que tragó el último pedazo, una sensación extraña recorrió su cuerpo. Un calor suave subió por su brazo, como si algo estuviera cambiando dentro de él. Al principio, Johnny no lo notó. Pero cuando levantó la mano para rascarse la cabeza, sintió un pequeño cosquilleo en los dedos. Miró su mano y, de repente, notó algo raro.
Una pequeña pelota apareció justo donde antes había estado tocando su brazo. Una pelota completamente redonda y de color rojo brillante. Johnny frunció el ceño, algo confundido.
— No... no me digas que... — murmuró, aún incrédulo. Miró la pelota, y esta rebotó por el suelo con un sonido sordo, como si fuera una pelota normal y corriente. Johnny, sorprendido, intentó detenerla, pero la pelota seguía saltando en todas direcciones.
— ¡Vaya, esto sí que es raro! — dijo, sin poder evitar una risita nerviosa.
Las pelotas comenzaron a rodar y rebotar por el suelo. El marine de melena rubia extendió su mano y tocó la mesa en frente de él. En un abrir y cerrar de ojos, la mesa de madera se convirtió en una pelota que empezó a rebotar como una loca. Johnny, sorprendido, intentó detenerla, pero la pelota seguía saltando por todos lados.
— ¡Esto es... impresionante! — exclamó, pero en realidad no estaba tan emocionado como parecía. La pereza seguía siendo su prioridad, así que no pensó mucho más en el asunto. Sin embargo, se dio cuenta de algo. Si todo se convertía en pelotas, él podría hacer que muchas cosas sucedieran sin hacer nada de esfuerzo. ¡Es perfecto!
De repente, una idea se le ocurrió. ¡Y si la base de Marina del G-31 se volvía una cancha de fútbol gigante! ¡Imagina las posibilidades! Pero, claro, había un problema. El perezoso Johnny no iba a moverse por toda la base solo para ver si eso funcionaba. Así que en lugar de hacer algo elaborado, simplemente se quedó allí, mirando cómo las pelotas rebotaban por el lugar.
La pereza no lo dejaba hacer más...
Se recostó en el suelo, observando cómo las pelotas saltaban a su alrededor. Las cajas, las sillas, hasta las barreras y las estructuras empezaron a transformarse en pelotas que rebotaban por doquier.
— Que alguien más se encargue de esto... ¿Dónde está la marina cuando mas la necesitas? — musitó Johnny, acomodándose mejor sobre el césped y se cambio sus gafas de sol por otras más oscuras, con una sonrisa de oreja a oreja.
A lo lejos, escuchó a los oficiales gritar, probablemente molestos por el caos inocente e inofensivo que acababa de generar, pero él no se movió. Johnny King estaba satisfecho con la diversión que había causado, pero a fin de cuentas, no quería involucrarse demasiado. El caos, el ruido, los gritos... todo eso solo servía para que su vida fuera más entretenida, aunque en su interior, la verdadera diversión estaba en no tener que hacer nada. Y es que, ¿quién necesita moverse si las cosas se hacen por ti?
Las horas pasaron, y el caos siguió desarrollándose mientras el gigante de dos metros se quedaba allí, sin mover ni un dedo. Las pelotas siguieron saltando, la gente trataba de detenerlas y el caos reinaba. Pero Johnny... Johnny estaba disfrutando de la comodidad de su rincón.
Finalmente, al caer la tarde, el marine de melena rubia se levantó lentamente y miró el desastre a su alrededor. Todo lo que tocaba, todo lo que había tocado, se había convertido en una pelota. Sonrió satisfecho con el caos que había provocado sin mover un solo músculo.
— Bueno, supongo que este fue un buen día... para no hacer nada — dijo, estirándose mientras se alejaba con esa pereza tan característica.
Las pelotas siguieron saltando, la gente trataba de detenerlas y el caos reinaba. Pero Johnny... Johnny King estaba disfrutando de la comodidad de su rincón más tranquilo que nadie en toda la isla de Loguetown.