
Gautama D. Lovecraft
El Ascendido
08-12-2024, 01:53 AM
Una bruma tan densa como blanca parecía engullir el puerto de Wine Valley, el fenómeno parecía ser habitual en determinados días donde se daban ciertas condiciones atmosféricas. Parecía implanteable el hecho de partir, al menos para alguien con unos conocimientos nefastos de navegación como yo, pero según el boca a boca de la gente, y del guía que me condujo desde la torre blanca hasta el puerto de nuevo, aquella niebla costera, por densa que fuera, era algo con lo que los viejos lobos de mar de la zona solían lidiar recurrentemente.
Aquello me tranquilizó en parte, porque sabía también que la falta de visibilidad, por muy natural que fuera, era un gran indicativo de que maleantes o cualquier tipo de indeseable hiciera el mal a la gente de a pie y honrada. Por mi parte, había cumplido con mi acto de presencia en el lugar, habían parado el combate y lejos de querer rebatir cualquier decisión técnica, me retiré hasta la habitación que tenía dispuesta. La torre de marfil revolvió en mí lo que hacía tiempo que no, había contemplado tanto dentro de la arena como fuera la atmósfera que se respiraba, y aunque no había podido ahondar en sus entrañas, ni preguntar a los tipos que la frecuentaban para no hacer peligrar mi situación allí, mis sensaciones no eran para nada buenas para aquel lugar.
Fuera donde fuera, en cualquier lugar donde la violencia estaba justificada bajo cualquier tipo de doctrina, era bastante contrario a mi planteamiento vital. Aunque entendía la práctica que se hacía y la finalidad, no compartía en absoluto aquel deprimente hábito del sufrimiento humano para el divertimento y el beneficio de unos pocos. Sabía que hoy por hoy, no tenía ni el poder ni el cargo suficiente como para cancelar aquel lugar y su praxis, pero no me cabía la menor duda de que si el día de mañana pudiera, borraría del mapa aquella oda a la deshumanización.
Me embarqué y me despedí del contacto de la marina que me acompañó durante mi corta estancia, en un barco de similares características como el que me trajo hasta el lugar. Sus calidades eran medias, pero resultaba curioso como el aparente nivel adquisitivo de sus tripulantes causaba un inentendible contraste con el barco, ¿como gente tan pudiente tomaba ese tipo de transportes para ir y venir a aquel lugar?, lo obviaba, pero tampoco encajaba.
Wine Valley se alejaba entre una inabarcable área brumosa, a no más de una veintena de metros, y con el tiempo al salir de aquella niebla que engullía la isla, se pudo ver como una enorme mancha blanca en el plano marítimo que teníamos desde el barco al mirar por la popa. El día parecía presentarse por suerte calmado, y la mar, parecía perdonar el itinerario que iba a seguir el barco hasta Isla Kilombo, pero por otro lado, un cielo gris cubría hasta donde llegaba la vista opacando cualquier iniciativa solar por parte del de arriba. Cualquier ignorante, yo podría ser uno perfectamente de no ser por los años, estaría preocupado por las extensas nubes grises que divisaban todo el mar desde arriba, ante una posible tormenta o revuelta marítima, sin embargo, no parecían estar tan cargadas de agua, y el instinto me decía que perdonarían la travesía.
El camino de vuelta fue casi idéntico al de ida, y sentado sobre la cubierta, arregostado sobre la cabina del puesto de mando donde el supuesto capitán del navío comandaba la ruta, miraba las insondables profundidades que ocultaba la superficie de aquella agua grisácea y oscura, con la mirada perdida en un punto inconcluso y reflexionando sobre lo que cada minuto y cada noche se formaba en aquel lugar. Independientemente de que lo que aquella gente promovía, lo cual ya me causaba un tremendo escozor en el alma, lo que más desamparo hacía en mí es que parecía que La Marina de Kilombo, y seguramente por extensión, la de todo el East Blue, tenía pleno conocimiento de aquella torre y de lo que se practicaba allí dentro.
¿Cómo podían permitir aquello?, ¿qué clase de negocio había que la máxima autoridad allí hacía la vista gorda?, ¿quién era el que gobernaba aquella torre?, ¿y porqué nadie hace nada y se sigue permitiendo su actividad? No había que ser un lince tampoco para suponer que oscuras influencias se extendían desde aquel lugar y que, fuera quien fuera el tipo que estuviera detrás de todo, debiera ser alguien importante.
Mis conclusiones me llevaron a intentar apartar el tema por el momento, si aquella actividad se realizaba, es porque se permitía, y ningún marine en su sano juicio tras ver aquello, dejaría que un ingente número de personas pasaran cada día por sus arenas para matarse unos a otros en favor de unos pocos. Quizá tuviera ganas de chapar aquello, pero también sabía que por suposiciones no me podía mover y que tampoco era el momento de indagar allí, quizá, más adelante y con los debidos recursos, pudiera comenzar a investigar aquel lugar. Pero no será pronto.
Aquello me tranquilizó en parte, porque sabía también que la falta de visibilidad, por muy natural que fuera, era un gran indicativo de que maleantes o cualquier tipo de indeseable hiciera el mal a la gente de a pie y honrada. Por mi parte, había cumplido con mi acto de presencia en el lugar, habían parado el combate y lejos de querer rebatir cualquier decisión técnica, me retiré hasta la habitación que tenía dispuesta. La torre de marfil revolvió en mí lo que hacía tiempo que no, había contemplado tanto dentro de la arena como fuera la atmósfera que se respiraba, y aunque no había podido ahondar en sus entrañas, ni preguntar a los tipos que la frecuentaban para no hacer peligrar mi situación allí, mis sensaciones no eran para nada buenas para aquel lugar.
Fuera donde fuera, en cualquier lugar donde la violencia estaba justificada bajo cualquier tipo de doctrina, era bastante contrario a mi planteamiento vital. Aunque entendía la práctica que se hacía y la finalidad, no compartía en absoluto aquel deprimente hábito del sufrimiento humano para el divertimento y el beneficio de unos pocos. Sabía que hoy por hoy, no tenía ni el poder ni el cargo suficiente como para cancelar aquel lugar y su praxis, pero no me cabía la menor duda de que si el día de mañana pudiera, borraría del mapa aquella oda a la deshumanización.
Me embarqué y me despedí del contacto de la marina que me acompañó durante mi corta estancia, en un barco de similares características como el que me trajo hasta el lugar. Sus calidades eran medias, pero resultaba curioso como el aparente nivel adquisitivo de sus tripulantes causaba un inentendible contraste con el barco, ¿como gente tan pudiente tomaba ese tipo de transportes para ir y venir a aquel lugar?, lo obviaba, pero tampoco encajaba.
Wine Valley se alejaba entre una inabarcable área brumosa, a no más de una veintena de metros, y con el tiempo al salir de aquella niebla que engullía la isla, se pudo ver como una enorme mancha blanca en el plano marítimo que teníamos desde el barco al mirar por la popa. El día parecía presentarse por suerte calmado, y la mar, parecía perdonar el itinerario que iba a seguir el barco hasta Isla Kilombo, pero por otro lado, un cielo gris cubría hasta donde llegaba la vista opacando cualquier iniciativa solar por parte del de arriba. Cualquier ignorante, yo podría ser uno perfectamente de no ser por los años, estaría preocupado por las extensas nubes grises que divisaban todo el mar desde arriba, ante una posible tormenta o revuelta marítima, sin embargo, no parecían estar tan cargadas de agua, y el instinto me decía que perdonarían la travesía.
El camino de vuelta fue casi idéntico al de ida, y sentado sobre la cubierta, arregostado sobre la cabina del puesto de mando donde el supuesto capitán del navío comandaba la ruta, miraba las insondables profundidades que ocultaba la superficie de aquella agua grisácea y oscura, con la mirada perdida en un punto inconcluso y reflexionando sobre lo que cada minuto y cada noche se formaba en aquel lugar. Independientemente de que lo que aquella gente promovía, lo cual ya me causaba un tremendo escozor en el alma, lo que más desamparo hacía en mí es que parecía que La Marina de Kilombo, y seguramente por extensión, la de todo el East Blue, tenía pleno conocimiento de aquella torre y de lo que se practicaba allí dentro.
¿Cómo podían permitir aquello?, ¿qué clase de negocio había que la máxima autoridad allí hacía la vista gorda?, ¿quién era el que gobernaba aquella torre?, ¿y porqué nadie hace nada y se sigue permitiendo su actividad? No había que ser un lince tampoco para suponer que oscuras influencias se extendían desde aquel lugar y que, fuera quien fuera el tipo que estuviera detrás de todo, debiera ser alguien importante.
Mis conclusiones me llevaron a intentar apartar el tema por el momento, si aquella actividad se realizaba, es porque se permitía, y ningún marine en su sano juicio tras ver aquello, dejaría que un ingente número de personas pasaran cada día por sus arenas para matarse unos a otros en favor de unos pocos. Quizá tuviera ganas de chapar aquello, pero también sabía que por suposiciones no me podía mover y que tampoco era el momento de indagar allí, quizá, más adelante y con los debidos recursos, pudiera comenzar a investigar aquel lugar. Pero no será pronto.