
Raiga Gin Ebra
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15-12-2024, 04:11 PM
El sol pegaba fuerte sobre la isla de Dawn, pero eso a Raiga le daba igual. Su objetivo del día estaba claro: conseguir una mochila decente para guardar todo lo que pillaba por ahí, ya fuera “prestado” o propio. Caminaba por las calles principales con su aire desenfadado, sus orejas moviéndose al ritmo de los pasos y su cola balanceándose con descaro.
—¡Vaya mierda de ciudad! —murmuró entre dientes, ajustándose la cinta azul en su cabeza— A ver si al menos tienen algo decente para cargar mis cosas, porque esto parece un mercadillo cutre.
Llegó a una tienda de artículos generales que parecía prometer algo. El letrero medio torcido colgaba sobre la entrada, y Raiga no pudo evitar hacer un comentario:
—Todo para el viajero, dice… Seguro que ni mochilas buenas tienen. Pero bueno, vamos a darle una oportunidad.
Entró en la tienda con pasos rápidos y ruidosos, como si quisiera asegurarse de que todo el mundo notara su presencia. El dependiente, un hombre delgado y con bigote, lo miró de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—¿En qué puedo ayudarte, joven?
—Quiero una mochila, y que sea buena, ¿eh? Nada de esas baratijas que se rompen al primer tirón. Una que aguante peso, que yo no llevo flores, ¿vale?
El hombre pareció dudar un segundo, observando al pequeño mink con cierta incredulidad. Raiga, con sus pantalones medio rasgados y su actitud desafiante, no daba precisamente la impresión de ser un cliente adinerado.
—Hmm… Claro, tenemos algunas mochilas en la parte de atrás. Pero… ¿tienes dinero? —preguntó el dependiente con una sonrisa educada, aunque claramente cargada de escepticismo.
Raiga parpadeó un par de veces antes de soltar una carcajada que llenó toda la tienda.
—¡¿Que si tengo dinero?! —exclamó, llevándose las manos a la cintura— Escucha, bigotitos, he visto pescados con más cerebro que tú. Claro que tengo dinero. ¿Qué crees, que vine a mirar? Venga, enséñame las mochilas.
El dependiente no parecía convencido, pero lo llevó a la sección de mochilas. Raiga empezó a revisar las estanterías con ojos críticos, tirando de una y otra mientras las valoraba en voz alta.
—Esta es fea de cojones… Esta parece de niño pijo… ¡Uy, esta sí mola! —dijo, levantando una mochila negra con correas reforzadas.
Cuando se acercó al mostrador con la mochila elegida, el dependiente frunció el ceño.
—Ehh… pequeño problema, amigo. No podemos venderte esto.
Raiga dejó la mochila sobre el mostrador y se cruzó de brazos.
—¿Cómo que no podéis vendérmela? Si está en la tienda, ¿no? Pues venga, cobra y cállate.
El dependiente suspiró, como si hubiera explicado esto mil veces antes.
—Eres menor de edad. No puedo venderte esto sin la autorización de un adulto. Es política de la tienda.
El mink se quedó en silencio un segundo antes de estallar en una carcajada aún más sonora que la anterior.
—¡¿Política de la tienda?! ¡Pero si es una mochila, imbécil! ¿Qué, temes que la use para robar un banco o qué? Venga, no me hagas perder el tiempo.
—Es la norma, chico —replicó el dependiente con firmeza, aunque su tono delataba que empezaba a sentirse incómodo—. No puedo hacer nada al respecto.
—Pues yo sí que puedo, ¡y lo voy a hacer! —dijo Raiga, con los ojos brillando de pura indignación.
El mink se sentó en el suelo cruzando las piernas, justo frente al mostrador, y cruzó los brazos en una postura desafiante.
—De aquí no me muevo hasta que me vendas la mochila.
El dependiente intentó calmarlo, pero Raiga estaba en su modo más testarudo. Pasaron unos minutos, y al ver que el hombre seguía sin ceder, decidió pasar al siguiente nivel.
—Ah, vale, ¿que no me la vas a vender? Pues mira esto.
Raiga se levantó de un salto y comenzó a recorrer la tienda, tirando cosas de las estanterías.
—¡Ups, esta botella se cayó! —dijo con falsa sorpresa al derribar un frasco de vidrio que se rompió en el suelo. Luego, agarró un sombrero de paja de una estantería y se lo colocó en la cabeza— ¡Eh, qué bien me queda! Pero igual no me lo llevo.
El dependiente se puso rojo de rabia, pero parecía incapaz de controlar al pequeño torbellino.
—¡Niño! ¡Para ahora mismo!
—¿Qué pasa, bigotitos? ¿No te gusta el show? —dijo Raiga mientras tiraba una pila de cajas al suelo.
El caos continuó hasta que el dependiente amenazó con llamar a la Marina.
—¡Vale, vale! ¡Ya me voy! —dijo Raiga, levantando las manos como si se rindiera— Pero que conste que eres un inútil. Una mochila y no puedes ni vender eso. ¡Menuda porquería de tienda!
Antes de que el dependiente pudiera responder, Raiga salió corriendo de la tienda, mientras su cola ondeaba detrás de él. No sin antes robar un pequeño monedero que había visto en el mostrador.
Ya en la calle, se detuvo unos segundos para recuperar el aliento. Miró el monedero y lo abrió. Dentro había unas pocas monedas, suficientes para un bocadillo, pero no mucho más.
—¡Qué triste, macho! Ni robar aquí vale la pena.
Se alejó de la tienda mientras el dependiente gritaba algo desde la puerta, pero Raiga ya no lo escuchaba. Caminó hasta un pequeño callejón y se sentó en un barril, mirando el cielo.
—¿Qué hago aquí todavía? —se preguntó en voz alta— Esta isla es una basura. La gente es aburrida, no dejan que uno compre ni una mochila, y encima las monedas que pillo ni sirven.
Se quedó en silencio unos minutos, mirando a la gente pasar. Su actitud desenfadada y burlona seguía ahí, pero por dentro empezaba a pensar seriamente en buscar otro lugar.
—A lo mejor ya va siendo hora de buscar un barco y largarme. Dawn es un mojón. Aquí no hay nada para mí… excepto, quizás, la próxima tienda. ¡Igual en esa sí me venden algo!
Con una sonrisa de oreja a oreja, se levantó del barril y empezó a caminar, su cola moviéndose con el mismo descaro de siempre.
—¡Vaya mierda de ciudad! —murmuró entre dientes, ajustándose la cinta azul en su cabeza— A ver si al menos tienen algo decente para cargar mis cosas, porque esto parece un mercadillo cutre.
Llegó a una tienda de artículos generales que parecía prometer algo. El letrero medio torcido colgaba sobre la entrada, y Raiga no pudo evitar hacer un comentario:
—Todo para el viajero, dice… Seguro que ni mochilas buenas tienen. Pero bueno, vamos a darle una oportunidad.
Entró en la tienda con pasos rápidos y ruidosos, como si quisiera asegurarse de que todo el mundo notara su presencia. El dependiente, un hombre delgado y con bigote, lo miró de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—¿En qué puedo ayudarte, joven?
—Quiero una mochila, y que sea buena, ¿eh? Nada de esas baratijas que se rompen al primer tirón. Una que aguante peso, que yo no llevo flores, ¿vale?
El hombre pareció dudar un segundo, observando al pequeño mink con cierta incredulidad. Raiga, con sus pantalones medio rasgados y su actitud desafiante, no daba precisamente la impresión de ser un cliente adinerado.
—Hmm… Claro, tenemos algunas mochilas en la parte de atrás. Pero… ¿tienes dinero? —preguntó el dependiente con una sonrisa educada, aunque claramente cargada de escepticismo.
Raiga parpadeó un par de veces antes de soltar una carcajada que llenó toda la tienda.
—¡¿Que si tengo dinero?! —exclamó, llevándose las manos a la cintura— Escucha, bigotitos, he visto pescados con más cerebro que tú. Claro que tengo dinero. ¿Qué crees, que vine a mirar? Venga, enséñame las mochilas.
El dependiente no parecía convencido, pero lo llevó a la sección de mochilas. Raiga empezó a revisar las estanterías con ojos críticos, tirando de una y otra mientras las valoraba en voz alta.
—Esta es fea de cojones… Esta parece de niño pijo… ¡Uy, esta sí mola! —dijo, levantando una mochila negra con correas reforzadas.
Cuando se acercó al mostrador con la mochila elegida, el dependiente frunció el ceño.
—Ehh… pequeño problema, amigo. No podemos venderte esto.
Raiga dejó la mochila sobre el mostrador y se cruzó de brazos.
—¿Cómo que no podéis vendérmela? Si está en la tienda, ¿no? Pues venga, cobra y cállate.
El dependiente suspiró, como si hubiera explicado esto mil veces antes.
—Eres menor de edad. No puedo venderte esto sin la autorización de un adulto. Es política de la tienda.
El mink se quedó en silencio un segundo antes de estallar en una carcajada aún más sonora que la anterior.
—¡¿Política de la tienda?! ¡Pero si es una mochila, imbécil! ¿Qué, temes que la use para robar un banco o qué? Venga, no me hagas perder el tiempo.
—Es la norma, chico —replicó el dependiente con firmeza, aunque su tono delataba que empezaba a sentirse incómodo—. No puedo hacer nada al respecto.
—Pues yo sí que puedo, ¡y lo voy a hacer! —dijo Raiga, con los ojos brillando de pura indignación.
El mink se sentó en el suelo cruzando las piernas, justo frente al mostrador, y cruzó los brazos en una postura desafiante.
—De aquí no me muevo hasta que me vendas la mochila.
El dependiente intentó calmarlo, pero Raiga estaba en su modo más testarudo. Pasaron unos minutos, y al ver que el hombre seguía sin ceder, decidió pasar al siguiente nivel.
—Ah, vale, ¿que no me la vas a vender? Pues mira esto.
Raiga se levantó de un salto y comenzó a recorrer la tienda, tirando cosas de las estanterías.
—¡Ups, esta botella se cayó! —dijo con falsa sorpresa al derribar un frasco de vidrio que se rompió en el suelo. Luego, agarró un sombrero de paja de una estantería y se lo colocó en la cabeza— ¡Eh, qué bien me queda! Pero igual no me lo llevo.
El dependiente se puso rojo de rabia, pero parecía incapaz de controlar al pequeño torbellino.
—¡Niño! ¡Para ahora mismo!
—¿Qué pasa, bigotitos? ¿No te gusta el show? —dijo Raiga mientras tiraba una pila de cajas al suelo.
El caos continuó hasta que el dependiente amenazó con llamar a la Marina.
—¡Vale, vale! ¡Ya me voy! —dijo Raiga, levantando las manos como si se rindiera— Pero que conste que eres un inútil. Una mochila y no puedes ni vender eso. ¡Menuda porquería de tienda!
Antes de que el dependiente pudiera responder, Raiga salió corriendo de la tienda, mientras su cola ondeaba detrás de él. No sin antes robar un pequeño monedero que había visto en el mostrador.
Ya en la calle, se detuvo unos segundos para recuperar el aliento. Miró el monedero y lo abrió. Dentro había unas pocas monedas, suficientes para un bocadillo, pero no mucho más.
—¡Qué triste, macho! Ni robar aquí vale la pena.
Se alejó de la tienda mientras el dependiente gritaba algo desde la puerta, pero Raiga ya no lo escuchaba. Caminó hasta un pequeño callejón y se sentó en un barril, mirando el cielo.
—¿Qué hago aquí todavía? —se preguntó en voz alta— Esta isla es una basura. La gente es aburrida, no dejan que uno compre ni una mochila, y encima las monedas que pillo ni sirven.
Se quedó en silencio unos minutos, mirando a la gente pasar. Su actitud desenfadada y burlona seguía ahí, pero por dentro empezaba a pensar seriamente en buscar otro lugar.
—A lo mejor ya va siendo hora de buscar un barco y largarme. Dawn es un mojón. Aquí no hay nada para mí… excepto, quizás, la próxima tienda. ¡Igual en esa sí me venden algo!
Con una sonrisa de oreja a oreja, se levantó del barril y empezó a caminar, su cola moviéndose con el mismo descaro de siempre.