¿Sabías que…?
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[Autonarrada] [T2] Subasta oculta en Rostock (Parte 8)
Silver D. Syxel
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La noche había caído por completo sobre Rostock, envolviendo el puerto en una oscuridad rota únicamente por la luz de algunas lámparas de aceite que colgaban de las paredes de los almacenes. Silver avanzaba con paso seguro entre los callejones, con su abrigo ondeando ligeramente por la brisa marina. Su mano permanecía cerca de la empuñadura de su espada, un gesto que denotaba más cautela que intención de atacar. Había dejado atrás la posada, pero la sensación de ser observado no lo abandonaba. El pergamino con el extraño sello descansaba en su bolsillo, pesando más en su mente que en su ropa.

El puerto de Rostock no era un lugar cualquiera. Por el día, los barcos atracaban y las mercancías legales —y no tan legales— pasaban por las manos de trabajadores que simulaban ignorancia ante el contrabando. Por la noche, se transformaba en un hervidero de actividad clandestina, el escenario perfecto para negocios oscuros que se cerraban lejos de miradas indiscretas.

Silver llegó a una taberna situada al borde del muelle, cuya fama precedía a su pésima higiene. Las ventanas estaban cubiertas de una gruesa capa de mugre, y el olor a alcohol barato y tabaco impregnaba el aire. Dentro, los pocos clientes parecían hombres y mujeres acostumbrados a moverse en los círculos del bajo mundo, desde contrabandistas hasta mercenarios. Syxel se acercó a la barra, donde un hombre calvo y robusto limpiaba un vaso con un trapo más sucio que el propio vaso.

Busco información —dijo el pirata, dejando caer algunas monedas sobre la madera húmeda—. Algo que tenga que ver con esto.

Deslizó el pergamino sobre la barra, asegurándose de que solo el tabernero pudiera verlo. El hombre frunció el ceño al observar el sello triangular rodeado de espinas y levantó la vista con una expresión mezcla de curiosidad y recelo.

—No soy el único que lo ha visto últimamente —murmuró, bajando la voz—. Si tienes algo que ver con ellos, no deberías estar aquí.

Eso es problema mío —replicó Silver con una sonrisa fría—. ¿Quiénes son y dónde puedo encontrarlos? Habrá muchas más monedas como estas si me dices lo que quiero saber...

El tabernero vaciló, pero finalmente señaló hacia el final del muelle, describiendo un gran almacén cuya silueta apenas se distinguía en la penumbra.

—Hay una reunión esta noche. Los que llevan ese símbolo estarán allí, pero te advierto que no son el tipo de gente que aprecia invitados.

Syxel no respondió. Tomó el pergamino, asintió con un gesto, dejó sobre la barra una pequeña bolsa de monedas y salió de la taberna, dejando al hombre con una expresión de preocupación.



El capitán se movió con sigilo hasta el almacén indicado, deteniéndose en una esquina oscura desde donde podía observar. Desde su posición, vio a varias figuras entrando y saliendo del lugar, todas con la misma actitud cautelosa y vestidas con capas oscuras. En el interior, la tenue luz de las lámparas iluminaba un espacio lleno de cajas apiladas y mesas ocupadas por hombres y mujeres discutiendo en voz baja. Silver notó que un grupo más reducido estaba reunido alrededor de un gran mapa desplegado sobre una mesa central.

Parece que tenemos algo interesante —murmuró para sí mismo, intentando captar parte de la conversación.

Entre las voces, pudo distinguir fragmentos:
—...la reliquia...
—...nuestra oportunidad de reclamar lo que es nuestro...
—...el capitán pirata ya ha causado problemas.

Esa última frase le llamó la atención. No era una sorpresa que hablaran de él, pero el tono amenazante dejaba claro que sabía más de lo que ellos querían. Sin embargo, antes de que pudiera acercarse más, un guardia lo vio desde la entrada.

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó el hombre, desenfundando una espada corta.

Silver suspiró, dejando a un lado cualquier intento de sigilo.

Yo solo quería escuchar, pero si insistes... —respondió, avanzando con calma mientras desenvainaba su espada.



El primer guardia se lanzó hacia él con un tajo directo. Syxel esquivó con un movimiento ágil y contraatacó, cortando el costado del hombre antes de que este pudiera reaccionar. Un segundo guardia, alertado por el ruido, salió del almacén blandiendo un garrote. El capitán giró sobre sus talones, bloqueó el golpe con su espada y respondió con un corte que desarmó a su oponente antes de rematarlo con un movimiento certero.

Dentro del almacén, el resto de los presentes se levantaron alarmados. Algunos desenfundaron armas, mientras otros comenzaron a huir con cajas o documentos en mano. Un hombre alto y delgado, con una cicatriz cruzando su mandíbula, parecía estar al mando.

—¡Detened a ese cabrón! —vociferó, señalando a Syxel.

Los mercenarios restantes se lanzaron hacia él. El capitán, rodeado pero sin perder la calma, usó el entorno a su favor. Derribó una lámpara de aceite, creando un pequeño incendio que desató el caos en el almacén. Entre las llamas y el humo, Silver luchó con precisión, eliminando a los atacantes uno por uno mientras el fuego se propagaba.

Finalmente, quedó cara a cara con el líder. Aunque intentó huir, Silver le cortó el paso, apuntándole con la espada.

Me das un nombre, un lugar o algo que valga la pena, y quizás no termines como tus amigos.

El hombre, jadeando por el esfuerzo, escupió al suelo antes de responder:

—No sabes con quién te estás metiendo. La Piedra no es para ti, ni para nadie. Pertenece a los elegidos.

Respuesta incorrecta —respondió Syxel antes de atravesarlo con un golpe certero.



Tras el caos de la batalla, Silver encontró un documento entre los restos de la mesa central. Al revisarlo, notó que contenía indicaciones y el dibujo de un barco con un símbolo triangular similar al del pergamino.

Cuántas pistas voy a tener que seguir... —murmuró, mientras el sonido de pasos apresurados le indicaba que más guardias estaban en camino.

Guardó el documento y desapareció entre las sombras del puerto, dejando atrás el almacén en llamas y un rastro de cadáveres.
#1


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