¿Sabías que…?
Si muero aquí, será porque no estaba destinado a llegar más lejos.
[Diario] Paz Mundial
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
Loguetown, Día 33 de Verano, Año 724


 
La mañana en Loguetown era un caos ordenado, como siempre. Las calles repletas de vendedores, comerciantes y marineros formaban un entramado tan denso como la cantidad de barcos atracados en el puerto. Donatella Pavone, con su capa ligera y su figura impecablemente erguida, se movía con calma calculada entre la multitud. Aquel era su segundo día en Loguetown, y ya había aprendido que la isla, era un excelente punto para comercializar y encontrar objetos curiosos. Los mercados bullían con el constante ruido de regateos y promesas de mercancías imposibles de conseguir en cualquier otro lugar del East Blue. Desde armas raras hasta diales traídos desde las nubes, era fácil perderse en el mar de objetos exóticos. Pero Donatella no se distraía. Su mirada ámbar estaba fija en algo que solo ella podía percibir, una intuición, una sospecha que había nacido aquella mañana.
 
Todo comenzó cuando un susurro flotó entre las sombras de un callejón. Un grupo de hombres intercambiaba palabras con el aire de quienes conspiraban. — Una fruta extraña… algo valioso… en el viejo almacén del puerto… Una fruta del diablo. — Eran frases sueltas, apenas audibles, pero Donatella había aprendido a distinguir el oro entre la basura. Era solo un rumor, claro, pero uno que no podía ignorar. Las frutas del diablo eran objetos legendarios, capaces de conceder poderes imposibles a quienes las consumían, y aunque muchos las temían, Donatella no era como la mayoría. Ella sabía que el poder podía ser una herramienta, si se sabía manejar.
 
Horas más tarde, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de Loguetown con tonos naranjas y escarlatas. La ciudad, siempre bulliciosa, seguía viva con el ritmo constante de comerciantes que recogían sus puestos y viajeros que apuraban las últimas compras del día. Para Donatella Pavone, sin embargo, la calma del anochecer era la cobertura perfecta para moverse sin llamar la atención. La Garra de Pavone avanzaba por una serie de callejones hacia el almacén marcado en sus investigaciones. Los rumores de un botín valioso habían llegado a sus oídos: una extraña fruta guardada por un grupo de piratas para su capitán, cuya llegada estaba prevista esa misma noche. No podía ignorar una oportunidad como esa. Con cada paso, su capa ondeaba suavemente, revelando por momentos los guantes de combate que ajustaba en sus manos. La expresión de su rostro era seria, determinada; esta vez, no había margen para errores.
 
Finalmente, el almacén apareció ante ella, una estructura deteriorada y olvidada al borde del puerto, donde las sombras de la noche comenzaban a engullir cada rincón. Donatella empujó la puerta de madera con sigilo, y el crujido que siguió sonó como un rugido ensordecedor en el silencio. Se detuvo un momento, sus ojos ámbar adaptándose a la penumbra mientras analizaba el interior. Barriles y cajas estaban apilados sin orden aparente, dejando claros pasillos entre ellos. Sin embargo, no estaba sola. A lo lejos, tres figuras se recortaban contra la tenue luz de una linterna colgada de una viga. Eran piratas, sin duda, vestidos con ropas desgastadas y armados con espadas y mazas. Conversaban en voz baja, pero sus palabras se apagaron de inmediato cuando la vieron.
 
¡Eh! ¿Qué tenemos aquí? — Gruñó el más alto de los tres, un hombre de complexión robusta y una cicatriz que le atravesaba la mejilla.  Donatella no respondió. En su lugar, dio un paso al frente, su mirada afilada como un cuchillo mientras observaba sus armas y posiciones. “Tres oponentes con armas pesadas y movimientos torpes.” calculó rápidamente.
 
¡Tú, fuera de aquí! ¡Este lugar no es para niñas curiosas! — Vociferó otro, un tipo delgado que blandía una espada oxidada con demasiada confianza. Donatella soltó un suspiro cansado pues no estaba de humor para advertencias ni conversaciones. — Larguense ahora o lamentarán haberme visto. — Su voz fue firme, pero su tono no admitía dudas. Los piratas solo respondieron con carcajadas ruidosas, para ellos, Donatella era una mujer frágil que había cometido el error de entrar en su territorio.
 
El pirata más corpulento avanzó primero, con su maza levantada, decidido a acabar rápidamente con la intromisión. Pero Donatella no se quedaría sin responder, con una agilidad impresionante esquivó el golpe que cayó con un estruendo seco, partiendo una caja en pedazos. Antes de que el hombre pudiera reaccionar, ella giró sobre un pie y le propinó un gancho directo al mentón, seguido de un codazo que lo hizo tambalearse hasta que cayó de espaldas, aturdido, dejando su maza rodando por el suelo.
 
¡Maldita sea, encárgate tú! — Gritó el segundo, lanzándose hacia ella con la espada en alto. Donatella retrocedió un paso, dejando que la estocada pasara de largo, y luego sujetó la muñeca del pirata con una mano, torciéndola con un giro seco. El hombre soltó un grito de dolor, pero Donatella no le dio respiro. Lo empujó contra una pila de barriles y lo remató con un rodillazo en el estómago que lo dejó sin aliento.
 
El último pirata, el delgado, retrocedió un paso al ver cómo caían sus compañeros. La confianza en su rostro había desaparecido, reemplazada por el miedo. — No deberías estar aquí… La fruta es para el capitán… ¡Él te matará si la tocas! — Balbució temerosamente, levantando la espada con manos temblorosas. Donatella inclinó la cabeza, su mirada fija en él como si fuera una presa y con un movimiento rápido, corrió hacia él. El pirata intentó lanzar un golpe desesperado, pero Donatella se agachó y lo desarmó con una patada certera a la mano. Luego, un puñetazo directo al rostro lo hizo caer de espaldas, inconsciente.
 
El silencio cayó sobre el almacén. Donatella respiró hondo, enderezándose mientras observaba a los piratas derrotados. Entre las cajas rotas, su mirada se detuvo en un cofre de madera simple, apenas cubierto con una lona. Se acercó lentamente, su instinto diciéndole que había encontrado lo que buscaba. Al retirar la tela, sus ojos se encontraron con la fruta. Era extraña, de un color blanco perlado con patrones de espirales grises que recorrían su superficie. La piel de la fruta brillaba con un leve resplandor bajo la luz de la linterna. — ¿Esto es lo que tantos desean? — Se preguntó a sí misma mirando con curiosidad e imaginándose que tipo de poderes podría tener.
 
La Garra de Pavone la sostuvo entre sus manos, el peso ligero pero lleno de promesas. Sabía lo que era, había escuchado historias sobre las legendarias Frutas del Diablo, objetos que ofrecían un poder inimaginable a cambio de la habilidad de nadar. Para Donatella, cuyo mundo se había tambaleado desde el naufragio, aquello era una apuesta. Sin dudarlo más, le dio un mordisco.
 
Sin dudar más, tomó la fruta con ambas manos y dio un mordisco. La textura era firme y jugosa, pero el sabor… oh, el sabor. Era como tragar algo podrido y amargo, un veneno que se resistía a ser consumido. Por un instante, su cuerpo protestó y la obligó a contener una arcada. Pero Donatella no era alguien que retrocediera una vez que tomaba una decisión. Obligó a su garganta a tragar mientras una sensación extraña, como un calor gélido, comenzaba a extenderse por su cuerpo. Cayó de rodillas por un momento y respiró profundamente, sus piernas tambaleándose levemente. El cambio no era inmediato, pero sabía que algo estaba ocurriendo. Sus manos temblaron un momento, y entonces, un silencio peculiar llenó la habitación.
 
El sonido de las olas se suavizó. La linterna apenas oscilaba, y hasta los crujidos del almacén parecían apagarse. Donatella miró a su alrededor, confundida al principio, pero luego lo sintió. Paz. Era una energía invisible que la envolvía, como si el ambiente mismo respondiera a su presencia. Podía percibir la calma como una ola que se expandía desde ella, una influencia silenciosa que suavizaba los sonidos y relajaba la tensión del aire. Sabía que apenas había arañado la superficie de lo que aquel poder significaba. Pero también sabía que, en un mundo plagado de conflictos y caos, la calma podía ser un arma tan peligrosa como cualquier espada.
 
 
Se levantó lentamente, su figura proyectando una sombra imponente bajo la linterna.  — La paz… no es algo que se me otorgue, un sentimiento nuevo para mí. Pero si es poder, lo usaré a mi favor. — Se dijo a sí misma con un tono firme y melancólico, mientras se dirigía a la salida.  Sin mirar atrás, salió del almacén, dejando a los piratas caídos y el eco de su victoria tras ella. La fruta de la paz ahora formaba parte de su destino, y estaba segura de que podría sacarle provecho durante su misión.
#1


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