Alguien dijo una vez...
Rajoy D. Mariano
"Es el Gorosei el que elige al Moderador, y es el Moderador el que quiere que sean los Gorosei el Moderador"
[Diario] Old Luck
Arthur Soriz
Gramps
[Imagen: 022XqP8.png]

[ · · · ]

46 de verano
año 724

El sol ya estaba bajando en el horizonte tiñendo de naranja las calles polvorientas de Rostock. Desde la pequeña colina donde me encontraba podía ver cómo los barcos mercantes llegaban al puerto uno tras otro, cargados de mercancías legales… y probablemente de otras que nunca pasarían por los libros oficiales. Suspiré mientras cruzaba los brazos sintiendo el leve crujido de mi vieja chaqueta. Habían pasado semanas desde que empecé a rastrear a esos desgraciados de la Mano Negra, pero sus movimientos eran más astutos de lo que habría esperado de un montón de contrabandistas y extorsionistas.

Claro... tenían a la gente de Rostock atemorizada pero sabía que, si apretaba las tuercas en el lugar correcto, alguien hablaría. La cuestión era encontrar a esa persona antes de que la banda decidiera desaparecer o peor... que pusieran en marcha un plan más grande.

Señor, ¿seguimos con la vigilancia o hacemos preguntas? —la voz de Mario me sacó de mis pensamientos.

Me giré hacia él y Juan que aguardaban junto a mí. Mario era todo músculo, con un entusiasmo a veces irritante pero innegablemente útil. Juan, en cambio, era el tipo de hombre que prefería observar antes de actuar, siempre calculando el próximo movimiento.

Primero las preguntas. Alguien sabe algo, y nosotros lo averiguaremos. —respondí, dejando claro mi intención con un tono grave.

Bajamos al pueblo mientras la noche empezaba a caer. El ambiente últimamente era algo tenso... más que nada por el hecho de que aquellos individuos habían estado actuando de forma cada vez más descarada... hasta podría decirse que desesperada. Me detuve frente a la tienda del frutero, un hombre de mediana edad que había sido una fuente confiable de información antes. Cuando lo vi luchando para guardar sus últimas cajas de frutas, me acerqué con paso decidido.

¿Necesita ayuda, don? —pregunté mientras levantaba una de las cajas. La sonrisa que me dedicó fue nerviosa... pero agradecida.
Gracias, Arthur. Ya no hay tantos que se ofrezcan a echar una mano por aquí.
No es nada. ¿Mucho movimiento hoy? — dije yo. Mi pregunta parecía casual... pero noté cómo sus manos se detuvieron un momento mientras amarraba el saco que llevaba al hombro.
Más o menos. Aunque... — hizo una pausa en sus palabras y bajó la voz, mirando hacia los lados antes de continuar.— Vi algo extraño anoche, en el puerto. Un grupo de hombres llegó con un cargamento grande, pero no parecía nada legal. Había un símbolo raro en las cajas, como una mano negra.
¿Y viste a quién se las entregaron? — pregunté yo, intentando disimular mi preocupación porque ese símbolo solo significaba algo malo para los que ya entendíamos del tema luego de seguirlo por semanas.

El frutero negó con la cabeza, aunque parecía estar sopesando si debía decir algo más. Lo animé con una mirada firme pero amable.

No sé... pero escuché hablar de un tal 'Cullen'... quizás puedes empezar por ahí.

Le di unas palmadas suaves en el hombro y le agradecí antes de despedirme. Mientras nos alejábamos, Mario frunció el ceño y murmuró.

Cullen, ¿eh? Ese nombre no me gusta nada. ¿Será el líder aquí en Kilombo?
Puede que sí, o puede que no... —respondí, ajustándome la chaqueta mientras seguíamos caminando. — Pero si está relacionado con la Mano Negra, lo encontraremos. Y cuando lo hagamos, se acabará el juego para ellos.

Las palabras salieron más duras de lo que esperaba, pero no había tiempo para suavidades. Esta era mi isla, mi gente, y no iba a permitir que nadie los usara como piezas de un tablero de apuestas sucias. La nueva investigación apenas empezaba pero algo en el aire me decía que esta vez estábamos más cerca. Mucho más cerca.

Pasaban un par de horas más... La noche estaba tan quieta que hasta el crujir de una bota contra la madera del muelle parecía el rugir de mil tambores de guerra. No parecía ser que el puesto esa noche fuese a estar muy tranquilo que digamos... de hecho, para mi sorpresa en lontananza se veían movimientos entre las sombras... probablemente algún desembarco clandestino si mis sentidos no me traicionaban; corríamos con suerte.

Nos movimos entre las sombras, con los ojos atentos al intercambio que ocurría unos metros más adelante. Los muelles de Rostock a esta hora eran un lugar donde esta gente parecía estar más cómoda actuando incluso cuando corrían constante peligro de que la Marina les desbaratara otra operación... y si Lady Luck estaba de nuestro lado, esta sería una de esas noches.. Desde nuestra posición detrás de unas pilas de barriles Mario, Juan y yo observábamos el movimiento sospechoso de los contrabandistas.

Cuatro hombres bien armados custodiaban varias cajas marcadas con el símbolo de la Mano Negra. Uno de ellos, probablemente el líder, revisaba un documento mientras daba órdenes. Sus movimientos eran rápidos... eficientes, como si supieran que el tiempo no estaba de su lado.

¿Qué hacemos, señor? —susurró Juan, sus ojos atentos a cualquier detalle aferrándose a su rifle.
Esperamos a que muestren sus cartas. Si atacamos ahora podríamos asustarlos y perder lo que buscamos.

Esperamos en silencio, dejando que aquellos individuos siguieran su trabajo tranquilamente... aunque más de uno miraba a todos lados a sabiendas de que podrían estar siendo vigilados. Fue entonces cuando notamos algo diferente... una caja más pequeña, apartada del resto. Uno de los hombres la levantó con cuidado, como si contuviera algo de valor incalculable.

Es esa... — murmuré.

Pero antes de que pudiéramos planear nuestro siguiente movimiento, un sonido traicionero rompió nuestra cobertura... el crujir profundo de una tabla bajo los pies de Mario. Los contrabandistas se giraron de inmediato, sus armas desenfundadas.

¡Tenemos compañía! — gritó el líder.

No había tiempo para sutilezas. Salimos de nuestra posición con las armas en alto.

¡Ríndanse! ¡Soy el sargento Arthur Soriz, de la Marina! ¡Están rodeados!

Tuve que mentir, éramos solamente tres y ya nos estábamos metiendo en un embrollo más grande del que quizás podíamos hacernos cargo pero ya era muy tarde y debíamos actuar cuanto antes. Un farol cercano iluminó nuestras caras, y pude ver cómo la confianza de los contrabandistas se transformaba en tensión. Pero en lugar de huir el líder alzó su arma y apuntó directamente hacia mí.

¿La Marina? Viejo, te acabas de meter en el nido de lobos.

No hubo más palabras. El primer disparo pasó silbando cerca de mi cabeza. Me lancé hacia un barril para cubrirme mientras el intercambio de balas llenaba el muelle con ecos ensordecedores. Mario y Juan desde posiciones estratégicas mantenían a raya a los hombres mientras yo buscaba una oportunidad para moverme.

El líder entretanto había tomado la caja pequeña y corría hacia el barco amarrado más adelante.

¡No lo dejen escapar! —grité, mientras salía de mi cobertura para seguirlo.

Uno de sus hombres intentó bloquear mi paso, pero lo derribé con un puñetazo directo al estómago, seguido de un german suplex rápido que lo dejó fuera de combate. La persecución me llevó hasta la pasarela del barco, donde el líder intentaba subir con la caja en brazos.

¡Detente ahora mismo!

Giró la cabeza sin dejar de correr, sonriendo con una mezcla de desafío y desesperación. — Ni lo sueñes, viejo. Esto vale más que tu vida.

Sin darle tiempo para reaccionar, me lancé hacia él. La fuerza del impacto hizo que ambos cayéramos al suelo del barco, con la caja entre nosotros. Rodamos por la cubierta, intercambiando golpes. Su fuerza era sorprendente, pero no igualaba la experiencia de un veterano como yo.

Un derechazo bien colocado lo dejó aturdido, y aproveché el momento para tomar la caja. La abrí, esperando encontrar armas o dinero, pero lo que vi me dejó sin palabras: una fruta azul con forma de calabaza, con patrones en espiral que parecían moverse bajo la luz de la luna.

¿Esto es lo que proteges con tanto ahínco? ¿Una fruta del diablo?

El líder, aún jadeando y algo atolondrado soltó una carcajada amarga. — No tienes idea de lo que tienes en las manos, marine. Esa fruta... cambiará todo. Pero no para ti.

Antes de que pudiera responder, uno de sus hombres apareció en la cubierta, apuntándome con una pistola sin poder apuntar bien debido a la oscuridad de la noche. Mi instinto tomó el control. Me lancé hacia un lado cubriéndome tras una caja cercana mientras el disparo resonaba en el aire.

¡Mario! ¡Juan! ¡Refuerzos aquí! — grité.

Mis hombres llegaron justo a tiempo, encargándose del pistolero con precisión. Mientras tanto, el líder trató de aprovechar la distracción para recuperar la fruta, pero lo detuve con una llave rápida que lo dejó inmovilizado.

Se acabó. Tu operación termina aquí.

El hombre escupió al suelo... su mirada cargada de odio. — No tienes idea de en qué te estás metiendo, viejo. Cullen te encontrará. Y cuando lo haga, te arrepentirás de haberte cruzado con nosotros.

No respondí. Sabía que su amenaza no era vacía, pero ahora tenía algo más importante... esa fruta.

Al regresar al muelle con la caja bajo el brazo y los contrabandistas neutralizados después de haber pedido refuerzos, sentí que el primer gran golpe contra la Mano Negra estaba dado. Pero también sabía que esto era solo el comienzo, y que Cullen no se quedaría cruzado de brazos al ver lo que habíamos hecho con su cargamento tan preciado. Era de vital importancia para él conseguir esta fruta y ahora que la había perdido estábamos seguros que no se quedaría cruzado de brazos.

Después de la agitación del enfrentamiento en los muelles, el siguiente par de días transcurrieron en una calma tensa. Redacté mi informe anotando cada detalle... los movimientos de los contrabandistas, la peculiar fruta que había confiscado y las amenazas de que ese tal "Cullen" no estaría contento con lo sucedido. Entregué el documento al Capitán Viren Drax en persona, un hombre con el que ya había tomado mucha confianza desde que fue él mismo quien me recibió en la Marina.

Buen trabajo, Soriz... — dijo mientras hojeaba mi informe. — Pero no voy a endulzar esto... apenas hemos arañado la superficie. La Mano Negra no es del tipo que se repliega tan fácilmente.
Lo sé — respondí, sentado al otro lado de su escritorio. —. Esto no se siente como una victoria. Más bien... como el silencio antes de una tormenta.

Drax cerró el informe con un golpe seco y me miró con una expresión que muy pocas veces ponía, era de absoluta seriedad y hasta se podría decir preocupación. — Por eso quiero hablar de la fruta.

Ahí estaba. El tema que sabía que tarde o temprano surgiría.

¿La fruta del diablo? — pregunté, cruzando los brazos.
La misma — dijo, inclinándose hacia adelante. —. Soriz, esa fruta podría ser una ventaja que no podemos permitirnos ignorar. Sabes tan bien como yo que la Mano Negra no ha sido eliminada. Se están reorganizando y cuando vuelvan no lo harán con cuchillos y pistolas. Traerán algo peor. Quién sabe cuántos aliados piratas tienen a disposición.
Capitán, con el debido respeto, no estoy seguro de que esto sea buena idea... — dije, tratando de medir mis palabras. — Las frutas del diablo son... impredecibles. Esta podría ser un engaño o algo peor. Podría incapacitarme en lugar de ayudarme.
¿Y si no lo es? — replicó Drax, su voz cortante. — ¿Y si esta fruta te da la ventaja que necesitamos? Piensa en cuántas vidas podrías salvar si los enfrentamos con un as bajo la manga.
Lo pensaré... — respondí, aunque mi estómago ya se retorcía de incertidumbre. Tras esto, me excusé y retiré de la oficina del capitán, tenía mucho en lo que pensar, pero sabía el tiempo no era algo que me sobrara actualmente.

Pasaron días desde aquella conversación. Me encontré sentado frente a la fruta varias noches, observándola como si fuera un enemigo al que no podía atacar. Su superficie azul reflejaba la luz de la lámpara, sus extraños patrones de espirales parecían bailar con cada parpadeo.

¿De verdad voy a hacer esto? —me pregunté en voz alta, aunque no esperaba respuesta de nadie.

Las palabras de Drax seguían resonando en mi mente. ¿Qué pasaría si tenía que enfrentarme con Cullen y no tenía lo suficiente para detenerlo? ¿Qué pasaría si la Mano Negra hacía de Rostock su base definitiva? Tal vez por primera vez en mi vida... no bastarían los puños y el ingenio.

Con un suspiro tomé la fruta. Su peso en mi mano era sorprendente, como si cargara con algo más que su tamaño sugería. Sin pensarlo más, le di un mordisco. El sabor era indescriptible... como morder un puñado de ceniza mojada con una pizca de metal. Tragué a regañadientes sintiendo cómo mi cuerpo se estremecía ante lo desconocido. Dejé el resto de la fruta a un lado y esperé, pero nada parecía cambiar.

Quizás sea una falsificación después de todo... — murmuré, aliviado y decepcionado a la vez.

El día después de haber consumido la fruta comenzó como cualquier otro. Me levanté temprano, realicé mi rutina de ejercicios y luego me dirigí al centro del pueblo para hacer un recorrido. Nada parecía fuera de lo normal aunque sentía una energía extraña en mi cuerpo, como si algo vibrara debajo de mi piel. Pensé que solo era el resultado del estrés reciente y la falta de descanso por querer solucionar de una vez y por todas los problemas ocasionados por la Mano Negra.

Como siempre, los saludos fueron abundantes.

¡Sargento Soriz! — El frutero, un hombre bonachón de mejillas rojizas, agitó la mano desde su puesto. — ¡Me enteré de lo que pasó hace unas noches! Gracias por todo su trabajo en el puerto. ¡Espero que esos contrabandistas estén pensando dos veces en volver!

Me acerqué a él y le estreché la mano con una sonrisa.

Es lo que hacemos, amigo. Mantén los ojos abiertos por cualquier cosa sospechosa.
Por supuesto, sargento.

Seguí mi camino, estrechando manos y conversando con los lugareños de Rostock... muchos de ellos los conocía desde mi juventud. Saludar con un apretón firme siempre me pareció la mejor manera de conectar con la gente. A lo largo de la mañana saludé al carnicero, al herrero, a una pareja de pescadores y a varios niños que me miraban con admiración. Incluso uno de los marines novatos, quien estaba de turno en el mercado, recibió un enérgico apretón de mi parte.

Para el mediodía, empecé a notar algo raro.

La primera señal fue el frutero, que apareció corriendo hacia mí con una expresión de desesperación.

¡Sargento! Algo terrible ha pasado... todas mis manzanas se han echado a perder de repente. Esta mañana estaban perfectas, y ahora parecen como si se hubieran podrido de la noche a la mañana. ¡Nunca había visto algo así!
¿Podrido? ¿Qué tan rápido? Eso no suena natural... — le dije, pensando que quizá se trataba de alguna enfermedad en los cultivos.
¡No lo sé! ¡Fue justo después de que usted pasó!

Ese comentario me dio un pequeño escalofrío pero lo descarté como mera coincidencia. Sin embargo, la extraña cadena de mala suerte continuó. Un par de horas más tarde, vi al pescador al que había saludado esa mañana. Estaba sentado en el puerto con la cabeza entre las manos.

¿Qué pasa ahora? — pregunté acercándome.
Es todo un desastre, sargento. El motor de mi bote se averió en medio del mar. Perdí una red entera porque no pude recogerla a tiempo. ¡Y para colmo, cuando volví, me multaron por no haber renovado mi licencia!
¿Todo en un solo día?
Sí... no puede ser que me haya pasado todo esto de golpe, ¡y en el mismo día de paso!

Ese comentario comenzó a incomodarme, no por su culpa sino más bien por lo que comenzaba a ser una seguidilla de sucesos desafortunados. Decidí no hacer preguntas y continué mi recorrido, pero las cosas no hicieron más que empeorar. Al caer la tarde el carnicero con el que había conversado por la mañana irrumpió en mi oficina con los ojos desorbitados.

¡Arthur! Mi carnicería… ¡se inundó! Algo rompió la tubería principal y ahora toda la carne que tenía almacenada está arruinada.
Eso suena como un accidente desafortunado, carnicero, pero...
¡Fue después de que me saludó esta mañana! ¡Nunca me había pasado algo así! Además que renovamos las tuberías hace poco...

Los reclamos se acumularon. El herrero juraba que un yunque se le había caído del estante sin razón aparente. La pareja de pescadores con los que hablé perdió su cosecha de camarones porque el agua de sus tanques se había contaminado. Y para rematar, el joven marine que había saludado esa mañana tuvo el infortunio de caerse en el foso de entrenamiento, torciéndose el tobillo.

Para el anochecer no pude ignorar lo que estaba ocurriendo. Había estrechado muchas manos, y todas esas personas habían sufrido una cadena de eventos desafortunados después de nuestro contacto.

De vuelta en mi cuarto, me desplomé en la silla sintiendo el peso de las coincidencias acumuladas. Saqué un cuaderno y empecé a escribir los nombres de todos los que había saludado ese día junto con sus historias de mala suerte. El patrón era claro... pero aceptarlo me revolvía el estómago.

Esto no puede ser una coincidencia... — murmuré, mirando mis propias manos. Recordé la extraña sensación que había sentido la primera vez que estreché una mano tras consumir la fruta. La última pieza del rompecabezas llegó cuando Mario entró en mi oficina con una cara de incredulidad mezclada con molestia por el hecho de que no lo había pasado bien ese día... al igual que el resto de personas que habían venido a por mi hablándome de su repentina mala suerte.

¿Sabe, señor? Hoy es el peor día de mi vida. Perdí en todos los juegos de dominó que jugué, ¡todos! Y para rematar, me tiré encima el café caliente en el almuerzo.

Me quedé mirándolo, en silencio.

Señor, usted ha estado recibiendo reclamos de gente con sucesos de mala suerte todo el día... ¿verdad? —preguntó, levantando una ceja.
Sí... así es.
Ambos nos quedamos en silencio por un momento. Finalmente hablé... tratando de sonar calmado.
Creo que tengo una teoría.

Pasé la noche reflexionando. Todo apuntaba a la fruta del diablo. De alguna manera, había absorbido la suerte de las personas que tocaba. Lo confirmé cuando recordé cómo todo me había salido bien ese día... desde el recorrido tranquilo hasta ganar en dominó, incluso con Mario de oponente.

Absorbo la suerte de quienes toco. Pero… ¿Cómo lo controlo?

La primera noche con mi nuevo poder terminó con más preguntas que respuestas. Sabía que necesitaba aprender a usarlo de forma responsable, porque si no lo hacía, podría traer más problemas que soluciones. La verdadera prueba aún estaba por venir. Pasé el resto del verano y todo el otoño enfocándome en dominar esta nueva habilidad aprovechando la aparente inactividad de la Mano Negra. Practicaba en secreto usando guantes para evitar el contacto accidental con otra gente, teniendo que lamentablemente experimentar con animales o con objetos en busca de comprender los límites y las reglas de este extraño poder.

Cada día aprendía algo nuevo... cuánto duraba la mala suerte en las personas, si podía absorber la suerte sin causarle problemas graves a alguien y cómo canalizar la energía que parecía acumularse en mi interior. Era un proceso lento y frustrante pero sabía que debía controlarlo antes de que la Mano Negra hiciera su próximo movimiento.

El otoño trajo consigo vientos más fríos sobre Rostock, notándose que el invierno estaba cada vez más cerca. Todos sabíamos que era solo cuestión de tiempo antes de que algo ocurriera. Y cuando llegara ese momento necesitaba estar listo. Mi nueva habilidad no era solo un don... era un arma. Y como cualquier arma, debía aprender a usarla con precisión y cuidado.
#1


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: