
Silver D. Syxel
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18-12-2024, 02:31 AM
(Última modificación: 18-12-2024, 02:41 AM por Silver D. Syxel.)
Pueblo de Rostock, Isla Kilombo
Primavera del año 724
Primavera del año 724
La oscuridad envolvía las afueras del pueblo de Rostock, donde el puerto olvidado y sus ruinas parecían un mundo aparte. Syxel avanzaba en silencio, con sus pasos resonando sobre el viejo muelle. La madera podrida crujía bajo sus botas, amenazando con ceder en cualquier momento, pero el capitán no se detuvo. Siguió el rastro marcado en el documento encontrado la noche anterior, con su mirada fija en el horizonte brumoso donde un barco destartalado, apenas sostenido sobre las aguas, lo esperaba.
—Qué recibimiento más acogedor —murmuró con una sonrisa ladeada, evaluando la embarcación frente a él.
El navío era una sombra de lo que había sido en sus mejores días. El casco estaba cubierto de musgo y algas, con grietas que evidenciaban años de abandono. Las velas, desgarradas y ennegrecidas por el tiempo, colgaban como restos fantasmales, y la brisa nocturna movía las cuerdas sueltas que golpeaban contra los mástiles. Era un lugar perfecto para esconder algo valioso o peligroso, y los fanáticos parecían saberlo.
Silver subió por una rampa desvencijada, que crujió bajo su peso como si protestara por su presencia. Una vez en la cubierta, sacó su espada y avanzó con cautela. La oscuridad era espesa, y solo la luz de la luna iluminaba tímidamente el lugar, creando sombras alargadas que se movían con el viento. El olor a salitre se mezclaba con algo más rancio, una señal de que no todo allí estaba tan abandonado como parecía.
—Si esto es una trampa, espero que al menos se hayan esforzado —comentó para sí, mientras sus ojos escudriñaban cada rincón.
La cubierta estaba en ruinas: tablas rotas, barriles volcados y redes de pesca olvidadas que parecían más telarañas que herramientas. Sin embargo, algo llamó su atención: huellas. Marcas recientes en el polvo indicaban que alguien había estado allí no hacía mucho. Syxel frunció el ceño y continuó avanzando hasta detenerse frente a una trampilla en el suelo.
Se inclinó para inspeccionarla, pero antes de poder abrirla, una sombra se deslizó entre las velas rotas. El capitán se giró con rapidez, espada en mano, y vio dos figuras emergiendo de las sombras. Ambos hombres vestían con capas oscuras y portaban armas: uno sostenía una lanza, y el otro, un par de dagas afiladas.
—No deberías estar aquí, intruso —dijo uno de ellos con voz grave, adelantándose un paso.
Silver sonrió con sorna, alzando ligeramente su espada en posición defensiva.
—Eso mismo podría decir yo. Pero ya que estamos, ¿por qué no hacemos esto más interesante?
La tensión explotó en un instante. El hombre de la lanza fue el primero en atacar, lanzando un golpe directo hacia el pecho del capitán. Syxel esquivó con un paso ágil hacia un lado, sintiendo el aire cortarse con el impacto. Antes de que el atacante pudiera recuperar su posición, Silver giró y lanzó un tajo rápido que rozó su costado, haciéndolo gruñir de dolor.
El segundo encapuchado, más ágil, aprovechó el momento para abalanzarse con sus dagas, buscando un punto ciego. El capitán bloqueó el primer golpe con la espada, desviándolo hacia abajo, pero el segundo filo se acercó peligrosamente a su rostro. Con un rápido movimiento, Syxel golpeó con el pomo de su arma la mandíbula del atacante, haciéndolo retroceder con un gruñido ahogado.
—¿Eso es todo? —provocó con voz cargada de burla.
La pelea continuó en un frenético intercambio de golpes. La lanza buscaba mantener la distancia, pero el capitán acortaba cada vez más el espacio, obligando al atacante a retroceder. Finalmente, aprovechando un error en su guardia, Silver giró su espada en un arco descendente, cortando limpiamente el arma de su oponente antes de asestarle un golpe mortal. El cuerpo cayó pesadamente sobre la madera podrida.
El último fanático, al ver la derrota de su compañero, retrocedió con cautela, las dagas temblando en sus manos. Syxel no le dio oportunidad. En dos pasos cerró la distancia entre ellos y, con un movimiento preciso, desarmó al hombre, quien cayó de rodillas.
—Tú tampoco vas a hablar, ¿verdad? —preguntó el capitán, inclinándose ligeramente hacia él. La mirada del fanático, cargada de odio, fue suficiente respuesta. Sin perder más tiempo, Silver lo remató con un golpe rápido.
Con el silencio finalmente reinando en la cubierta, el capitán limpió su espada y volvió a concentrarse en la trampilla. La abrió con cuidado, y un olor denso y rancio subió desde las profundidades del barco. La oscuridad de la bodega lo recibió como una boca abierta, pero él no dudó en descender.
El interior del barco era aún más inquietante. La luz de las llamas en la hoja de la espada apenas iluminaba el espacio, revelando cajas destrozadas, herramientas oxidadas y telas viejas cubiertas de polvo. Sin embargo, en el centro de la bodega, algo destacaba: un altar improvisado.
El altar estaba hecho de piedra negra y madera, con símbolos grabados idénticos a los de la piedra que llevaba consigo y a los encontrados en el templo. En el centro, sobre una base tallada con un triángulo rodeado de espinas, descansaba un pequeño cofre cerrado. Syxel frunció el ceño, acercándose lentamente mientras analizaba los detalles del altar.
—¿Otra pieza del rompecabezas? —murmuró, tomando el cofre entre las manos. Era más ligero de lo esperado y estaba cerrado con un candado rudimentario. Sin mucha ceremonia, el capitán usó la empuñadura de su espada para romperlo, haciendo saltar la cerradura con un golpe seco.
Dentro del cofre encontró un pergamino enrollado y una pequeña pieza metálica con inscripciones similares a las de la piedra. El pergamino parecía ser un mapa incompleto que conectaba varias ubicaciones. Una de ellas coincidía vagamente con el dibujo del mural en el templo.
Antes de poder analizarlo más, un ruido sordo lo alertó. Subió rápidamente a cubierta y vio cómo luces de linternas aparecían en el muelle. Varias siluetas se acercaban, y sus voces furiosas confirmaban que no venían a darle la bienvenida.
—¡Ahí está! ¡Recuperad lo que nos pertenece!
Silver chasqueó la lengua, guardando el pergamino y la pieza en su chaqueta.
—No creo que sea el momento para quedarme a charlar —dijo, mientras corría hacia el borde de la cubierta.
Con un salto ágil, el capitán se lanzó al agua justo cuando las primeras antorchas llegaban al barco. El frío del mar lo envolvió, pero no perdió tiempo. Nadó hacia la costa con la agilidad de alguien acostumbrado a moverse entre las aguas, dejando atrás los gritos de sus perseguidores y el barco envuelto en una bruma aún más espesa. Al llegar a tierra firme, se giró una última vez para observar la silueta del navío.
—Veamos hasta dónde lleva esto —susurró con una sonrisa astuta, mientras desaparecía en las sombras del puerto en dirección al pueblo.