
Juuken
Juuken
19-12-2024, 09:24 AM
Día 59 de Invierno del año 722
Capital de Oykot
Capital de Oykot
Aquella noche había resultado más fría de lo que esperaba. No recordaba haber pasado más frío en el calabozo de aquel edificio. Tal vez fuera el momento de comenzar a llamar el lugar por lo que verdaderamente era. Tom siempre decía que aquello no era un hogar, ni siquiera un lugar en el que debiera estar nadie nunca. Más que eso, parecían unos oscuros calabozos. No sabía qué significaba eso, pero lo que estaba claro era que se trataba de algún tipo de sitio oscuro y poco apto para la civilización. Aunque tampoco estaba seguro de qué significaba esa última palabra. Había tantos términos, expresiones y frases que desconocía, que no podía evitar sentir emoción por descubrirlo. En ese momento, me arrepentía tanto de no haber hecho más preguntas a Marin, que sentía algo de frustración.
Ella siempre había demostrado ser más comunicativa. Aprendí que eso significaba que le gustaba hablar, y que aprovechaba cualquier momento que pudiera para hacerlo. Era indudable que se trataba de la madre de Juuni, o Layla como ellos la llamaban. Pero ese último nombre no significaba nada para mí. Ella era Juuni, no me importaba quién fuera antes de eso, yo la conocí con ese nombre, y ese era el único que me parecía correcto para referirme a ella. De otra forma, tal vez no supiera que me refería a ella cuando le hablase en mis pensamientos. No pude evitar esbozar una sonrisa con un deje de melancolía mientras me incorporaba.
-Como si pudieras escucharme.
Musité mientras me levantaba. El frío me había calado bastante, la noche había sido dura, lo noté nada más levantarme. El pecho se notaba encogido, agarrotado. La sensación era como volver a esa maldita prisión de paredes empedradas. Por un momento me sentí mal, el estómago me dió un vuelco y el corazón se aceleró. La mera idea de volver a estar allí me hacía sentir que todo había sido un sueño, un sueño imposible. Por suerte el frescor de la brisa matutina me devolvió al mundo real, reconfortándome. En la prisión nunca corría este aire que, aunque extremadamente frío, resultaba bastante agradable y acogedor. Alcé la cabeza cerrando los ojos. Quería sentir la brisa directamente, tratar de memorizar esa sensación para cuando no pudiera hacerlo. Me transmitía paz y seguridad.
-¿Pe-pero qué diantres?
Un hombre bastante enclenque había entrado en aquél callejón. No era más alto que yo, de hecho parecía más bajo. Su rostro estaba cubierto de una gran barba parecida a la de Tom, pero más larga. Los pelos por encima de su boca se estiraban hacia los lados de una forma bastante peculiar, tanto que me llamó la atención, más por encima de la parte alta de su cabeza, completamente ausente de cabello, brillante como el filo de un sable recién afilado y pulido. Ese hombre tenía pelo por todo el cuerpo, o esa fue la primera sensación que me dio cuando lo ví. Sus ropajes tenían un aspecto peludo, casi tanto como su barba. Lo único que parecía estar desprovisto de protección, era la cubierta de su cuerpo.
Comenzó a caminar hacia mí, estaba entre la duda de avanzar y la necesidad de aproximarse hasta mi. Sus ojos parecían preocupados, me recordó a la mirada de Marin aquella primera vez que me topé con ellos. De pronto comenzó a avanzar más rápidamente hacia mí mientras se deshacía de ese abrigo de gruesos pelos. Su cuerpo resultó ser casi tan enclenque como el mío propio. Sus brazos eran muy delgados, a diferencia de sus piernas que parecían algo más robustas. El torso del hombre se había reducido a la mitad, en comparación a cuando le había visto en un primer momento, ataviado todavía con ese abrigo. No comprendía qué quería de mi, pero no le iba a poner las cosas fáciles.
Ante la duda recordé las palabras de Tom; No te fíes de quien venga diciendo ser tu amigo, Juuken. A diferencia de los que estamos en este barco, no toda la gente es amable de verdad. Puede que te quieran hacer daño. O robar. Me puse en guardia, flexionŕ ligeramente las rodillas y llevé las manos al sable, que estaba sujeto de mi cintura, en su vaina. Fue entonces cuando noté que ese frío que había pasado, acabaría complicando las cosas. Noté mis rodillas más tensas de lo que deberían, sentí dolor al semiflexionarlas, me costaba mantener la posición sin que me temblasen las piernas. Los codos estaban igual, y un calambre comenzó a recorrer mi cuerpo desde las plantas de los pies hasta la punta de mi nariz, provocando un escalofrío por todo mi agarrotado cuerpo.
Ese tipo se detuvo, alzó las manos comprendiendo la situación al instante, tal vez mejor de lo que yo mismo la comprendía. Se detuvo, en su mano derecha tenía sujeto el abrigo. Estaba dubitativo, posiblemente sin saber cómo reaccionar con exactitud. Comenzó a hablar entrecortadamente, parecía como que ni él mismo estaba seguro de lo que quería decir.
-Yo... E-esto... Bu-bueno, verás. Ha-había pensado q-que tal vez querías...
Sin decir nada más, y poniéndose nervioso por su propio monólogo incoherente, arrojó el abrigo al suelo, a mis pies directamente. De haber podido, habría dado un salto hacia atrás para evitar mantenerme cerca de ese objeto, pero el frío me tenía lo suficientemente paralizado como para poder hacer ese brusco movimiento. Tras tirar el abrigo, el hombre parecía como que había perdido la voluntad, o las fuerzas. Su rostro palideció un poco, podía verse la pesadumbre en su mirada, y la impotencia de no poder hacer nada realmente para evitar una situación inminente.
-Muchacho, pontela. Debes estar helado de frío.
¿Me estaba ofreciendo que me pusiera ese abrigo de pelos? ¿Por qué? Ni siquiera conocía a esa persona, no tenía ningún tipo de contacto con alguien como él, quien tampoco me conocía ni sabía nada de mí. No le encontraba el menor de los sentidos, y eso me hacia desconfiar. Las palabras de Tom volvieron a resonar en mi mente, estallando como el hielo quebrándose. Puede haber gente buena también, pero debes aprender a juzgarlos tú mismo. Intenta ver si puedes sacar provecho, y si resultan ser buenos, puede que hagas amigos. Pero recuerda, Juuken, el mundo no es tan amable como nosotros. Miré a los ojos a ese hombre, no parecía tener malas intenciones. Si cogía ese abrigo, el frío acabaría esfumándose. El hombre barbudo estaba mirándome, con los brazos caídos, esperando una respuesta por mi parte.
Relajé mi postura y aparté las manos del arma, gesto que parece que relajó también a ese hombre, quien suspiró aliviado. Cerró los ojos y dejó soltar un largo suspiro, tras lo cual parecía como si le hubiera dado un escalofrío. Ahora era él quien estaba sintiendo frío. ¿Por qué me tendería su abrigo si él iba a tener frío ahora? Según las palabras de Tom, la gente no es amable como ellos. Resultaba confuso. Ese hombre me señaló el abrigo a mis pies, como indicando que lo cogiese, que para algo me lo había lanzado. Me agaché y lo cogí, gesto que hizo que el hombre suspirase aliviado. Con las manos extendidas hacia adelante, en muestra de que no tenía más intenciones hostiles, comenzó a aproximarse hacia mi nuevamente.
-Vamos, póntelo, te ayudará a entrar en calor -llegó hasta mí y me tendió la mano amablemente-. Estos callejones no son buenos lugares donde estar. Si te vienes a la posada podrás entrar en calor.
Me puse por encima aquel abrigo, todavía guardaba algo de calor de haberlo llevado puesto aquel hombre. No tomé su mano, gesto que el hombre se lo tomó bien, pero algo avergonzado, retirando la mano lentamente, tal vez sin estar seguro de lo que hacía. No estaba del todo seguro sobre qué hacer al respecto, y no paraba de darle vueltas en mi cabeza a las palabras de Tom. Aprende a juzgarlos tu mismo. Una parte de mí, quería confiar en ese hombre, y sentía que podía hacerlo, por otro lado la desconfianza hacía mella, estaba completamente indeciso. Finalmente comprendí que ese hombre quería ayudarme. Todavía no sabía por qué, pero era indudable que ese abrigo era cálido y agradable, comenzaba a sentirme algo mejor, aunque el agarrotamiento no desaparecía.
El hombre finalmente dio un par de pasos atrás, parecía tener algo de miedo por la situación, y pude notar su nerviosismo. Finalmente echó a andar, rodeándome para continuar hacia adelante por el callejón. Cuando me había sobrepasado, pude ver cómo se giraba buscando mi mirada, la cual no se había despegado de él ni un momento. Tenía la firmeza de que realmente había querido ayudar, pero no estaba seguro de irme con él.
-Si quieres venir, chico. Adelante, solo sígueme. Pero hace mucho frío para estar en la calle, y más a estas horas.
Miré un instante hacia el cielo, comenzaba a haber claridad. La noche finalmente había pasado. Era esa tenue luz la que nos había estado permitiendo vernos mutuamente, esa leve claridad que comenzaba a iluminar las calles y callejones, como ese en el que nos encontrábamos. Ese hombre me miró durante unos instantes, y luego se dio la vuelta. Lo dudé tan solo un momento, pero finalmente decidí fiarme de ese tipo. Todo en él no daba a entender que quisiera hacerme nada malo, decidí guiarme por mi instinto y acompañarle. El hombre avanzaba con rapidez, tenía prisa por algo, posiblemente por el frío que estaría atenazando sus músculos. El abrigo que me había tendido resultó bastante cálido, por lo que al habérselo quitado, debería estar experimentando un fuerte frío.
Avanzamos hasta un callejón contiguo, el trayecto no fue realmente largo. Allí se fue hacia una puerta y sacó una llave, abriendola con un pequeño rechinar, pero que resonó por todo el callejón. El silencio era tan fuerte que solo se escuchaba nuestro raudo caminar, el sonido del viento cuando con fuerza comenzaba a silbar entre los callejones, y el rechinar de aquella puerta al abrirse. Por fortuna no había nadie más alrededor. Todavía era muy temprano para que hubiera nadie por ninguna parte. El hombre de grandes barbas aguardó hasta que entré y después cerró la puerta tras de mí. Me miró con una sonrisa, alegrándose de que le haya seguido, y después comenzó a avanzar, indicando nuevamente que le siguiera.
La entrada era un pasillo en el que cabíamos los dos justos uno al lado del otro, bastante estrecho a decir verdad. Aproximadamente a unos cuatro metros adelantese abría una sala un poco más grande, en ella había todo tipo de artilugios que nunca había visto, había mesas e instrumentos alargados, tales como cuchillos, cucharas y otros utensilios que no sabía exactamente que eran, grandes cuencos apilados a un lado y una alta pila de platos a otro. Pero el hombre avanzó a través de todo eso, introduciéndonos en una nueva sala. Había una gran mesa alargada y más adelante mesas redondas rodeadas de varias sillas. Era similar al comedor que Tom y Marin tenían en el barco, pero mucho más grande y con muchas más mesas, no parecía muy práctico el lugar, había demasiadas sillas y mesas como para poder hacer nada más allí. Al fondo del todo había una gran puerta, a la derecha unas escaleras pegadas a la pared que subían a una segunda planta y a la izquierda había un hueco en la pared, donde estaba este hombre que me había llevado allí apilando unos troncos de madera.
Me acerqué al hombre. Estaba con dos piedras golpeándolas. De ellas saltaban chispas de vez en cuando sobre una cama de hierba seca. En determinado momento, el hombre soltó las piedras y comenzó a soplar a ese manto marrón de hierba. Comenzó a brotar humo y pronto, dicho humo, se convirtió en una llama que comenzó a prender la madera seca, haciendo una buena hoguera en cuestion de pocos segundos. El hombre pareció alegrarse bastante, se frotó las manos y fué rápidamente a por un par de sillas que acercaría al fuego.
-Perdona lo rudimentario, pero ayer me quedé sin cerillas, y no tengo otra forma de encender el fuego.
Ese hombre ahora comenzaba a verse algo más alegre, puso las dos sillas próximas al fuego, él se sentó en una y me tendió la otra a mí. No me senté de inmediato, más bien me quedé pensando. Aquello era demasiado agradable, era como volver al barco junto a Tom, Marin y sus hombres, la sensación de calidez y tranquilidad comenzaba a ganar fuerza, pero todavía había algo que no me terminaba de convencer de todo aquello, algo que aún me costaba entender.
-¿Por qué me ayudas? La gente no es amable -pregunté sin dudarlo.
Esa pregunta tan sólo provocó que ese hombre comenzase a reír a carcajadas. Se recostó un poco sobre el respaldo de la silla y luego se me quedó mirando mientras continuaba riéndose. Risa que fue desapareciendo rápidamente al observar la seriedad de mi rostro. Esa sonrisa comenzó a sonar un poco incómoda hasta que finalmente desapareció del todo. Esa aparente alegría ahora se había transformado en una sensación de incredulidad, aunque también parecía algo asustado. Finalmente su semblante acabó completamente serio.
-Oye muchacho. ¿Lo dices en serio? ¿Quién te ha dicho tal cosa?
-Eso no me responde.
Respondí sin siquiera darle opción a hablar más. Me dio la impresión de que estaba tratando de cambiar de tema. Ese hombre apoyó los brazos sobre sus rodillas, inclinando la espalda. Juntó las manos apretándolas fuertemente y se quedó un instante mirando hacia la crepitante chimenea.
-No se quien te habrá metido eso en la cabeza chico -comenzó a decir sin apartar la mirada dr las llamas-, pero lamentablemente tiene razón. Hay mucha gente malvada por este lugar. Hacía tiempo que no me sentía tan inseguro aquí.
Se levantó y se acercó más al fuego, aproximando las manos para calentarlas. Finalmente, parecía que ese intenso frío estaba abandonando mi cuerpo, sentía cómo el entumecimiento se iba desvaneciendo, gracias al abrigo y gracias al fuego. Comenzaba a entrar en calor, y donde comencé a sentirlo así, fue en las manos, al fin recobraba la movilidad, ya desaparecieron los escalofríos. Pero ese hombre no había terminado de hablar.
-No siempre ha sido así, antes esta zona era segura, pero hay un tipo que está extorsionando a la gente, y muchos ya no se atreven ni a volver a sus negocios. Ha desaparecido gente -esas últimas palabras se escucharon con un tono muy grave y melancólico de su voz-. ¿Por qué te ayudo, chico? Por que no puedo simplemente quedarme de brazos cruzados viendo cómo un jovenzuelo como tú está helándose de frío en la calle.
El hombre se quedó completamente serio. Se llevó la mano al bolsillo y sujetó algo en ella, comenzó a darle vueltas, parecía un trozo de papel que se pasaba entre los dedos con un ágil juego de manos, pensativo y contemplando al fuego, completamente absorto en sus pensamientos. Cerró los ojos y lanzó un largo suspiro, resopló con relajación después. Arrugó ese papel entre sus manos, estrujándolo con una mezcla de ira y resignación. Acto seguido, lo arrojó al fuego. El papel comenzó a ennegrecerse y a consumirse por las llamas, hasta que finalmente tan solo quedaron las cenizas. Observé la situación sin saber exactamente cómo reaccionar.
-No otra vez -masculló en voz baja mientras se daba la vuelta.
Marchó hacia la gran mesa larga, donde fué a la zona más al fondo. Allí había una caja cerrada con una llave que sacó de su bolsillo. Abrió y dentro había más llaves, aunque no sabría decir exactamente cuantas habría, estaba bastante lejos de mi posición para verlo con claridad, pero el sonido que se escuchaba parecía el tintineo de varias llaves chocando la una con la otra. Finalmente, tras estar rebuscando entre ellas, cogió una y se aproximó de nuevo hacia mí. Su rostro continuaba siendo completamente serio. Melancólico. Extendió la palma de su mano, tendiéndome esa llave directamente. Alargué la mano sin saber exactamente qué estaba aceptando, ni por qué.
-Sube por las escaleras, al fondo del pasillo izquierdo hay una puerta, con esta llave podrás entrar a la habitación. Quédate todo el tiempo que necesites chico.
El hombre se dió la vuelta y entró al cuarto por donde habíamos accedido a la sala actual. Me quedé mirando la llave que me había dado, tenía un número grabado en ella, un seis. El crepitar del fuego ahora era todo cuanto se escuchaba, aunque pronto se comenzarían a escuchar sonidos metálicos provenientes de donde se encontraba ese hombre. Hombre cuyo nombre desconocía, y eso no me gustaba en absoluto. Todas las personas que había conocido que habían sido amables, le habían dicho su nombre siempre. ¿Sería como yo y no tenía un verdadero nombre? No es que no me gustase ser Juuken, para mi era el nombre perfecto. Pero nunca sentí que ese fuera mi verdadero yo. Me aproximé a ese cuarto. El hombre estaba limpiando y organizando todo lo que allí había. Me miró y se quedó unos instantes parado.
-¿Ocurre algo chico? -Preguntó mientras continuaba limpiando.
-Me llamo Juuken.
Ese hombre me miró y sonrió. Dejó lo que estaba haciendo y se aproximó lentamente hacia mí mientras se secaba las manos con un trapo.
-Encantado, Juuken. Yo soy Hayate.
Me tendió la mano y se la estreché. Me sonrió y le devolví la sonrisa. Parecía que Tom estaba equivocado, también hay buena gente. Me di la vuelta y me dispuse a ascender las escaleras, en dirección a ese cuarto que abría la llave número seis. Cuando llegué arriba del todo de las escaleras, había dos pasillos, uno a la izquierda y otro a la derecha, que discurre por encima de esa mesa alargada de la planta de abajo. Marché hacia la izquierda, el pasillo hacía un giro directamente hacia la izquierda de y fui hasta el final. Justo al frente había una puerta con el número seis sobre ella. Cogí la llave y la introduje en la cerradura girándola. El cerrojo se abrió. Empujé la puerta y me introduje en la habitación.
Una sala bastante amplia se abrió ante mí. Al fondo una ventana, bajo la cual había algo parecido a un banco. A la derecha un mueble bajo con cajones y un espejo encima, a su lado un gran armario. A la izquierda había una cama, la cama más grande que nunca había visto. Me aproximé a ella y posé la mano, estaba muy suave, y blanda. Me senté en ella, solamente esa sensación resultó muy reconfortante y relajante. Sentí las energías desaparecer de mi cuerpo, ese manto tan blando y cómodo absorbía mis fuerzas y mis energías, relajando mi cuerpo hasta unos niveles que desconocía que fueran posibles. Los párpados me pesaban. El agotamiento estaba superándome. Desconocía que la fatiga pudiera llegar a provocar esta sensación.
Allí tumbado sentía que todo se oscurecía, no estaba tan cálido ni cómodo como frente al fuego, en la planta de abajo, pero la sensación era increíblemente reconfortante. Sin tener más fuerzas para resistirme, sentía cómo mis ojos se iban cerrando, nunca antes había tenido esta sensación de comodidad recorriendo todo mi cuerpo como un escalofrío contínuo. Antes de darme cuenta, mis párpados estaban sucumbiendo ante la calidez y la relajación, mi mente se estaba distorsionando, mis pensamientos se quedaban como un lienzo, en blanco. No fui capaz de resistirme al sueño, mis fuerzas habían flaqueado lo suficiente, esa noche no había llegado a descansar lo suficiente por culpa del terrible frío, y ahora estaba pasándome factura. Caí rendido ante el sueño sin poder hacer nada al respecto.