
Raiga Gin Ebra
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21-12-2024, 12:25 AM
Día 65 de Verano de 724
Raiga estaba sentado sobre una pila de cajas en el puerto de Dawn, masticando un trozo de pan que había "conseguido" en una taberna cercana. Una que aún no conocía su virtud con las manos y lo ajeno. Su cola oscilaba perezosamente mientras observaba cómo el sol comenzaba a descender sobre el horizonte, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y rosados. Todo a su alrededor parecía estar en calma, lo cual no hacía más que irritarlo. Había tenido más que suficiente de esa isla. Dawn era un lugar que prometía grandes historias, pero lo único que había encontrado allí eran problemas, humillaciones y un tedio insoportable.
—Bah, esta isla es un chiste mal contado —murmuró para sí mismo, tirando el último trozo de pan al suelo—. Todo el mundo aquí parece tener un palo metido en el culo, y lo único que he sacado son líos y miradas de asco.
Miró a su alrededor, los muelles estaban llenos de movimiento. Mercaderes cargaban y descargaban cajas, pescadores enrollaban sus redes, y un grupo de niños corría de un lado a otro persiguiéndose. Raiga se pasó una mano por el rostro y suspiró.
"Es ahora o nunca. Si no salgo de aquí hoy, esta isla me va a volver loco."
Con esa idea en mente, se levantó y comenzó a caminar por el puerto, buscando algo, cualquier cosa, que pudiera usar para marcharse. Pero es que irse de un sitio no era tarea sencilla. Primero tenía que encontrar un medio de transporte, y después algo en lo que transportar sus pocos bienes. Sin duda, la pereza rondaba la cabeza del mink casi más que sus ganas de irse.
Su mirada se detuvo en un pequeño barco mercante que estaba amarrado al final del muelle. Parecía que estaban terminando de cargarlo, y la tripulación no estaba prestando demasiada atención a su alrededor.
—Perfecto... —sonrió para sí, mostrando sus colmillos.
Pero antes de irse, Raiga decidió que no podía abandonar Dawn sin dejar su huella. ¿Qué clase de despedida sería sin un poquito de caos?
El mink comenzó su recorrido por el puerto, dejando una estela de desorden a su paso. Primero, pasó junto a un puesto de frutas y, con un rápido movimiento de su cola, derribó una cesta llena de manzanas. Las frutas rodaron por el suelo, provocando que varios transeúntes tropezaran entre gritos y maldiciones.
—¡Eh, tú, renacuajo con cola! —gritó el dueño del puesto, agitando un cuchillo— ¡Vuelve aquí!
Raiga solo respondió con una carcajada, mientras se lanzaba hacia el siguiente objetivo: un puesto de pescado.
—¡Qué peste! ¿No os enseñaron a limpiar esto? —dijo, antes de empujar un cubo lleno de agua sucia que terminó empapando a un par de clientes desprevenidos.
Los gritos de indignación comenzaron a llenar el aire mientras Raiga seguía su camino, golpeando aquí, empujando allá, y sembrando el caos a cada paso. En un momento dado, pasó corriendo por una taberna, donde reconoció a un par de tipos con los que había tenido problemas antes.
—¡Eh, vosotros! —gritó desde la entrada, señalándolos con una mano— ¡Gracias por nada, idiotas!
Y, sin esperar respuesta, lanzó una botella vacía que encontró en el suelo y salió corriendo mientras los hombres se levantaban furiosos.
Con medio puerto alborotado y la noche comenzando a caer, Raiga llegó finalmente al pequeño barco mercante que había visto antes. La tripulación seguía ocupada, y nadie parecía notar al mink que se deslizaba entre las sombras.
Raiga subió a bordo con facilidad, moviéndose sigilosamente entre las cajas y barriles. Encontró un rincón oscuro cerca de la bodega y se acomodó, esperando que el barco zarpase pronto. Mientras se recostaba, escuchó los murmullos de los marineros que hablaban sobre su destino.
—¿Listos para partir? —preguntó uno de ellos.
—Sí, capitán. Próxima parada: el Baratie.
Raiga levantó las orejas al escuchar eso.
—El Baratie, ¿eh? —murmuró para sí mismo, esbozando una sonrisa— Bueno, al menos será mejor que este agujero.
Mientras el barco comenzaba a moverse, Raiga se asomó por el borde para echar un último vistazo a la isla de Dawn. Las luces del puerto brillaban tenuemente, y el caos que había desatado todavía era visible en la distancia.
—Adiós, Dawn —dijo con tono sarcástico, levantando una mano en un gesto de despedida—. Ha sido un placer no conocer a ninguno de vosotros.
Se acomodó nuevamente en su escondite, cerrando los ojos con una sonrisa satisfecha.
Mientras el barco mercante se alejaba, Raiga sintió una mezcla de alivio y emoción. Dawn había sido un desastre tras otro, pero ahora tenía una nueva oportunidad. El Baratie era un lugar lleno de posibilidades, y no podía esperar para ver qué clase de aventuras le esperaban allí.
—Esta vez, será diferente... —susurró para sí mismo, antes de quedarse dormido, acunado por el suave vaivén del mar.
Dawn quedaba atrás, junto con todos sus malos recuerdos. Ahora, el horizonte estaba abierto, y Raiga estaba listo para enfrentarse a lo que fuera que el destino le tuviera preparado. Y si el destino no le traía nada interesante, bueno, siempre podía encontrar la forma de crearlo él mismo.