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Sirius Herald
Eleos
21-12-2024, 03:11 PM
40 De verano de 724.
Me había pasado las 12 horas del viaje fuera del barco, algo fascinado por la velocidad que los barcos de la marina eran capaces de alcanzar, las vistas eran preciosas, escenas que seguramente se que me quedarían plasmadas en la cabeza. No tardamos ni un día en llegar a la ciudad de Loguetown, donde había oído que un comerciante llamado Silver daba buenos precios a todo el mundo para vender cosas, así que el motivo principal de mi viaje era el de vender algunos mapas y después simplemente volver a Kilombo, pero, la verdad es que la ciudad parecía interesante y me daban ganas de explorarla, llegué al atardecer, el sol bajando por el horizonte dejando un naranja constante siempre me parecía embellecedor. Además, igual era capaz de captar alguna persona mas para la religión del Artífice, así que tendría que encontrar un buen lugar en el que dar mis charlas sin problemas. Al llegar al puerto, el bullicio portuario típico fue lo que me recibió con una mezcla de gritos de marineros descargando mercancías, el canto de las gaviotas y el insistente llamado de los vendedores que anunciaban sus productos recién llegados de otras islas. Mientras avanzaba por el muelle, quedaba fascinado por la diferencia de la diversidad que había en esa ciudad comparado con Kilombo, varios estilos de vida convergían, gente de mar, comerciantes, y lo que era obvio que era algún que otro pirata tratando de pasar desapercibido deambulando sin problema. A lo lejos se podía divisar el edificio base de la marina del lugar, un lugar bastante imponente que se alzaba como símbolo de orden en aquella ciudad, recordando las historias que me contaban era un lugar en el que los oficiales parecían bastante interesantes de conocer. Me detuve en las calles centrales, no podía evitar fijarme en los carteles que anunciaban diferentes tiendas, posadas y tascas donde probar lo que decían que era el mejor sake del East Blue, podía notar la solemnidad con la que la gente trataba aquel lugar, a pocos pasos de esa plataforma enorme sería un buen lugar para hacer llegar mi palabra, desde allí, bastantes ciudadanos podrían ser capaces de escuchar mi discurso....
Pero pese a mi interés en la zona mas emblemática de la ciudad, decidí explorar los mercados mas humildes de la periferia portuaria, donde la vida cotidiana mostraba un constante claro: hogares sencillos, tenderetes de frutas y verduras, niños correteando y marineros regresando de faenar, algunos lugareños me miraban extrañados por mi porte, ropa y posiblemente por el hecho de usar mis alas como túnicas, me saludaban con curiosidad y yo siempre les respondía con una sonrisa elegante, tomando notal de posibles lugares donde reunir a la gente sin causar molestas a nadie.
Al final de la tarde, decidí que mi mejor opción era situarme cerca del corazón de la plaza de Loguetown, no muy lejos de la base naval, donde los vecinos y curiosos solían pasear al final del día, ahí, con el sol descendiendo y los faroles encendiéndose, me dispondría a dar lo que era mi primer sermón en Loguetown, mi voz resonaría con fuerza sobre el rumor de la multitud, atrayendo a varios transeúntes e incitando a algunos a detenerse y prestar atención. Entre ellos, algunos marineros se acercaron a comprobar que yo no era ningun alborotador. Pero al ver el semblante tan pacifico, bajaron la guardía y solo siguieron su camino.
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Sirius Herald
Eleos
22-12-2024, 09:27 PM
(Última modificación: 23-12-2024, 02:39 PM por Sirius Herald.)
Me quedé un instante en silencio tras mi discurso en la plaza de Loguetown, dejando que las últimas vibraciones de mi voz se disolvieran entre la multitud. Había sentido un hormigueo en el pecho mientras hablaba sobre libertad, coraje y el valor de perseguir los propios sueños en alta mar. Algunas personas se acercaron para agradecerme o comentarme lo inspirador que habían resultado mis consejos; otras se marcharon con expresiones pensativas, como si mis palabras les hubiesen removido algo en lo más profundo. Debo admitir que sentirme escuchado me dio un empujón de energía que me acompañó mientras recogía mis cosas y me despedía con una leve inclinación de cabeza. Miraría al horizonte, observando como el sol ya estaba desapareciendo, por lo que tenía clara una cosa: Debía de visitar por fin la base que estaba ubicada en esa ciudad, sé que había pedido un traslado temporal de pocos días para poder hacer turismo, pero no se me había ocurrido pasarme antes para hacer la inscripción. así que eso fue mi culpa jaja, por lo que no tardaría demasiado en emprender el camino después de hablar con los lugareños. Las calles de Loguetown seguían igual de bulliciosas que por la mañana. Los tenderos gritaban para atraer clientes, los carromatos cargados de provisiones avanzaban con lentitud, y los sonidos del puerto (gaviotas, olas, risas, regateos, gritos, quede pesada) componían la banda sonora que solía componer las jornadas normales de la ciudad, ¿no? supongo. Caminé con paso ligero, dejando atrás la zona comercial y adentrándome en espacios más sobrios. Poco a poco, las fachadas llenas de colores vivos fueron cambiando por muros de piedra, banderas con el emblema de la Marina y grupos de reclutas uniformados que marchaban en formación. Podría decirse que la atmósfera se tornaba más seria, casi solemne, y no me extrañó sentir que mi presencia llamaba la atención de algunos soldados, yo los miré con una sonrisa amistosa, claramente quedaron encantados con mi apariencia, como solía ocurrirle a la mayoría de las personas la primera vez que me observaban, algo típico, la verdad.
Cuando llegué por fin a las monumentales puertas de la base G-31, me sorprendió muchísimo su inmensidad, parecían estar hechas de algún tipo de acero reforzado o algo así, con letras pulidas que dejaban en claro el lugar en el que me encontraba. Dos marines de aspecto imponente custiodaban la entrada, observé sus uniformes impecables y sus armas relucientes bajo la luz del atardecer, uno de ellos alzó la voz para dirigirse a mi.
-identifícate. ¿Cuál es tu propósito aquí y por qué quieres entrar?-
Noté que se me encogía un poco el estómago, no de miedo sino de expectación. Tenía curiosidad por saber cómo sería la vida en un lugar donde tantos rumores y leyendas había oído que se tejieron en ese lugar, respiré hondo antes de responder:
-Soy el sargento Sirius Herald, tengo un permiso temporal concedido desde la base de Kilombo para poder pasar unos días en la base, ¿algún problema? Tengo entendido que mi solicitud fue mandada hace tiempo ya -hice una pausa, sin querer sonar demasiado insistente- ¿Puedo entrar? Por favor.-
Los dos guardias se miraron entre sí con gesto serio, aunque no hostil. Por un instante fijé que se encontraban curiosos, es posible que no esperaran que tuviera aquel aspecto, pero se limitaron a asentir con la cabeza.
-Lo siento sargento, pero tendrás que pasar por el registro. Necesitamos asegurarnos de que realmente se trata de usted, los registros no indicaban que… fuera tan angelical. -dijo el segundo guardia, echando un vistazo rápido a mi ropa.
-¡Tenga cuidado con el escalón, mucha gente que se cae!-remató el primero, haciendo un gesto para que avanzara. Crucé el umbral y me interné en la base por fin. Fue como pisar otro mundo: un lugar donde se respiraba la disciplina en cada esquina. (En kilombo había situaciones alocadas la mayor parte del tiempo, la mayoría las provocaba Zirko.) Las paredes de piedra estaban impecablemente limpias y cada pasillo se iluminaba con lámparas distribuidas a intervalos regulares. Un recluta de uniforme más sencillo (seguramente un cadete o un soldado de bajo rango) me guio con respeto por un corredor estrecho hasta una pequeña oficina. Al entrar, me encontré frente a otro marine de expresión adusta y mirada incisiva. Llevaba varias condecoraciones que hablaban de sus años de servicio.
-Soy el encargado de registrar a cualquier persona ajena a la base, aunque sea otro sargento, ya sabe, son inspecciones rutinarias señor Herald, no se preocupe -anunció sin levantar la vista de unos documentos que hojeaba- Siéntate y contéstame con la verdad.
Tomé asiento en una silla de madera, Me encontraba bastante relajado, observando todo a mi alrededor de forma curiosa, me gustaba mucho lo que había visto por el momento, así que estaba seguro de que me lo pasaría bien en Loguetown. comenzó a hacerme preguntas sobre mis datos personales, mi lugar de origen y mis motivos para visitar la base. Respondí con la mayor honestidad posible, confiando en que no encontraría nada sospechoso en mí, no había motivo para desconfiar de mi palabra, a menos que fuera racista, pero no lo creo, por lo que los hijos del artífice somos todos almas puras. Noté un ligero destello de escepticismo en sus ojos, aunque no hizo más preguntas al respecto. Luego, él señor de los registros se levantó, salió unos segundos y regresó con una joven de cabello castaño recogido en un moño. Me observó con curiosidad.
-Ella es Carla, marine de la base. Te servirá de guía -explicó, mirando a la muchacha-. Enséñale las áreas de la base, y trátalo bien, dentro de poco será designado suboficial según los archivos de la base de su base.
Carla hizo un saludo marcial y me indicó con un gesto que la siguiera. No había rastro de hostilidad en su voz cuando me habló por primera vez.
-Sígueme señor Sirius. Intentaré responder a tus preguntas en el camino. ¡Lo mejor que pueda, señor sí señor!-
Avanzamos por un pasillo más ancho, donde pude contemplar a reclutas en constante movimiento. Carla me fue mostrando distintas salas y zonas comunes. Me contó que G-31 no era solo un fuerte militar, sino también un centro de entrenamiento donde se formaban nuevos oficiales y se planificaban operaciones en varias islas cercanas. Pasamos junto a un amplio patio de prácticas, donde un instructor gritaba órdenes mientras una docena de soldados intercambiaba golpes bajo el sol. El sonido de puñetazos, patadas y espadas de madera chocando era tan rítmico que resultaba hipnótico.
-Es un entrenamiento básico. Lo hacemos a diario para mantener a los reclutas en buena forma- explicó Carla, cruzándose de brazos. -En esta base creemos que la disciplina y la constancia son claves para enfrentar cualquier amenaza, ya sea un pirata o un criminal local. Sé que a veces nos ven como gente fría, pero no imaginas lo que la mayoría hemos visto en alta mar.
No pude evitar pensar en mi propio recorrido. Yo había sido testigo de injusticias y abusos, no siempre por parte de piratas, sino en ocasiones, tristemente, también de marines. Sin embargo, no dije nada. Intuí que Carla representaba la parte noble de la Marina, aquella que aspiraba de verdad a proteger a los inocentes. Su manera de hablar resultaba franca, sin los aires de superioridad que muchos soldados exhiben. Seguimos caminando hasta llegar a un extenso pasillo adornado con vitrinas de trofeos y condecoraciones. Carla me señaló algunas de las piezas más destacadas: banderas piratas incautadas, armas confiscadas a conocidos forajidos y retratos de altos mandos que habían servido en G-31 Avanzamos hacia un comedor amplio y luminoso, donde el aroma a comida caliente me despertó el apetito (que hambre me estaba dando, la verdad, entre el viaje, el paseo y la charla, no me había dado cuenta de que me estaba muriendo de hambre). Varios soldados descansaban allí, charlando de manera relajada o escribiendo cartas a sus familias. Carla me invitó a sentarme en una de las mesas y sirvió dos platos de estofado con trozos generosos de carne y verduras.
-Cortesía de la base -dijo con una media sonrisa—. No es un banquete de palacio, pero te aseguro que sabe mejor después de una buena jornada de ejercicio.
Probé el guiso y no me decepcionó. Cada bocado tenía un sabor casero que me recordaba a las comidas familiares, algo que agradecí de corazón. Mientras comíamos, Carla se atrevió a preguntar:
-Oí que diste un discurso en la plaza esta mañana. Hablaste sobre seguir los sueños y no dejar que el miedo detenga a nadie. ¿Sueles hacerlo a menudo?
Bajé la vista al plato un momento antes de responder, recordando la chispa de determinación que había sentido al hablarle a la gente.
-No es algo que haga todos los días, pero a veces siento la necesidad de compartir lo que llevo dentro. Este mundo puede ser muy duro y me gustaría ver a más personas atreverse a perseguir su propio destino. No importa si eligen unirse a la Marina, ser mercaderes o incluso lanzarse a la aventura como piratas -dije, para luego reírme al notar su leve ceño fruncido-. Mientras no dañen a inocentes, creo que cada uno merece hallar su camino.
Carla asintió. Hubo un silencio que no se sintió para nada incómodo, más bien… era como reflexivo. Después de terminar de comer, se levantó y me llevó a un balcón situado en uno de los edificios altos de la base. Desde allí, pude contemplar la estructura en toda su magnitud: los muros perimetrales, las torres de vigilancia, los pasillos cruzados por reclutas y oficiales. Más allá, el mar se abría majestuoso, con los muelles militares extendiéndose hacia el horizonte.
-No todos en la Marina son iguales -dijo ella, sin apartar la mirada del horizonte-. Hay quienes ven la justicia como un deber sagrado y otros que la confunden con la venganza o el poder. Pero estoy convencida de que, si nos guiamos por la convicción de proteger a los más débiles, podemos marcar una diferencia real en este mundo.
La brisa marina me acarició el rostro mientras reflexionaba sobre sus palabras. Yo también había sido testigo de actos heroicos y de injusticias. Sabía que el camino de la Marina no era uno sencillo, ni el de los piratas, ni el de cualquier profesión que se eligiese. Con todo, notaba en Carla y en algunos de sus compañeros cierto sentido de honor que me reconfortaba.
-Gracias por el tour -le dije, volviendo la mirada hacia ella—. Realmente aprecio haber visto G-31 con tus ojos. Se nota que sientes orgullo por lo que haces.
Carla me dedicó una sonrisa leve, casi tímida.
-Si algún día decides cambiarte de base, al menos sabrás que aquí existe un lugar para gente que quiere obrar con rectitud. -
La acompañé de vuelta a la puerta principal, donde me despedí con un apretón de manos. Una parte de mí se quedó con la intriga de lo que ocurría tras bastidores en esa fortaleza: los consejos de guerra, las misiones secretas, los registros de piratas famosos… Sin embargo, otra parte se sintió tranquila por haber conocido la cara amable de la institución, porque también hay historias de oficiales corruptos o crueles. Pero esta visita a G-31 me ayudó a entender que la realidad es más compleja que una simple división entre “buenos” y “malos.”
Desde la puerta principal, caminaria un rato hasta llegar a lo que parecía ser la zona de dormitorios, por suerte, por venir de traslado me dieron una habitación invididual, lo cual la verdad esque me gustaba porque me incomodaba compartir habitación con las personas que no conocía, normalmente no me importaría si estuviera en un lugar conocido, pero me incomodaba que otras personas pudieran observar mis alas mientras dormía, siempre había que tener cuidado con la gente que no conocías, sea o no un marine.
Antes de dormir, le dedicaría un rezo al gran artífice, sonriendo contento por que el día había sido bastante de provecho, no podía esperar a vender mis mapas y comprarme por fin el clima tact del que tanto había estado oyendo que era la mejor arma para los navegantes, ¿tan buena seria? No la quería por que pudiera generar daño, ni mucho menos, era por la simple capacidad que tenía que poder alterar el clima, eso sí que era interesante. Pensaria un poco en mía compañeros de división antes de caer sopa sobre la cama, Henry: Un chico de lo más interesante que era mínimamente atractivo y que tenía los poderes de un volcan, era un reto que podía tomar, tratar de cambiarlo de forma fácil, no parecía una persona demasiado difícil de manipular, la verdad. Zirko: Una adolescente bastante.. Interesante, sus poderes podían llegar a ser útiles, pero era demasiado extraño su forma de ser, es una variable impredecible. Y de Arthur no hace falta hablar, es un simple anciano con delirios de grandeza, era un sujeto interesante..
Y así poco a poco, mi mente se fue nublando hasta que quede profundamente dormido
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Sirius Herald
Eleos
01-02-2025, 06:21 PM
Desperté al día siguiente con la luz del sol filtrándose entre los postes de madera que sostenían la pequeña ventana de la posada en la que me encontraba hospedado aquellos días en Loguetown. Sentía el cuerpo relajado y la mente todavía ocupada en los recuerdos de mi visita a la base G-31. Antes de abrir los ojos por completo, me quedé unos instantes entre el sopor de los sueños y la conciencia, dejando que las imágenes del día anterior desfilaran por mi cabeza: la mirada seria del subteniente Bastión, la sonrisa afable de Carla mientras me enseñaba las instalaciones, el eco de mis pasos por aquellos pasillos impolutos… la verdad es que no tenía muchas ganas de levantarme, pero ya iba siendo hora de hacerlo.
Cuando finalmente me levanté, me di cuenta de que afuera, el bullicio de la ciudad ya comenzaba, ¿Que hora era? A través de la ventana, alcancé a ver a los primeros vendedores ambulantes y transeúntes moviéndose por las calles de la ciudad, tranquilos. Sin mucho alboroto, me aseé como pude y salí de la habitación. Mi presupuesto era mas que suficiente por la paga que nos daba la marina, pero yo no era de esas personas que les gustaba gastar mas de lo necesario, así que simplemente me conformé con un lugar sencillito donde pasar la noche. Aun así, el cuarto era cómodo, y la tabernera había sido amable al recibirme la tarde anterior, por lo que no tenía ninguna queja.
-¡Buenos días! ¿Dormiste bien? -me saludó la tabernera desde el mostrador, mientras limpiaba unas copas con un paño medio gastado, seguramente ya había varias personas que habían estado en la taberna haciendo sus que haceres, por lo que ya estaría ocupada.
-Perfectamente. ¿Tiene algo ligero para desayunar? -pregunté, llevándome una mano al estómago, despues de todas las vueltas que estuve dando el dia anterior y el hecho de que no había cenado el dia anterior, provocaba que mi estomago rugiera bastante.
-Te prepararé algo de pan y queso. Acompáñalo con té, que el día promete algo de calor, por lo ten cuidadito.
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Sirius Herald
Eleos
03-02-2025, 06:13 PM
Mientras mordía el pan crujiente, pensaba en qué es lo que iba a hacer ese día. Había escuchado algunos rumores sobre un grupo de mercaderes que venían de alta mar con cargamentos exóticos. Así que lo mas probable fuera que vendieran mapas, instrumentos de navegación o incluso algun que otro libros antiguo sobre la historia de la ciudad y sus alrededores. No sabía si me quedaría mucho más tiempo en la isla, así que lo que mas me interesaba era seguir explorando sobre todo el puerto claro, quería estudiar sobre el tipo de personas que mas llegaban a a Loguetown, al final... había que tener cuidado con los posibles esa mezcla de aventura y peligro.
Terminé mi desayuno, pagué a la tabernera y salí de la posada con mi mochila al hombro. El aire fresco de la mañana aún no se había transformado en el calor sofocante del mediodía. Decidí dirigirme primero al muelle para ver la actividad matutina, de los marineros y comerciantes que intercambiaban mercancía y noticias. quien sabe, igual incluso me aprendía algun rumor nuevo o conocía a alguien interesante, total. ya no tenia nada mejor que hacer.
Los muelles de Loguetown estaban llenos de vida. Al acercarme, me recibieron el canto de las gaviotas y el olor a salitre. Varios barcos estaban atracados, con marineros y trabajadores descargando cajas y barriles. Un par de pescadores parecían discutir sobre los precios del pescado fresco; quizá los compradores regateaban demasiado, pero ni idea. Caminé entre ellos con paso tranquilo, admirando el panorama. Al fondo, divisé una embarcación de tamaño considerable, con velas blancas y el escudo de la Marina pintado a un costado. Me pregunté si vendrían de otra base o si simplemente hacían una parada rutinaria.
Mientras me abría paso entre la gente, escuché una voz que me resultó familiar.
-¡Sirius! ¡Oye, por aquí!
Me volteé y, para mi sorpresa, vi a Carla, la joven de la G-31. Vestía un uniforme más ligero comparado con el normal. Parecía adecuado para labores de apoyo o transporte, y lucía el mismo moño en su pelo castaño. Estaba acompañada de un par de marines que parecían más centrados en sus propios quehaceres.
-Carla, ¿qué haces aquí? -Le pregunté, acercándome con curiosidad.
-Estamos supervisando un cargamento que llegó esta madrugada. A veces, la base envía pequeños destacamentos para verificar que todo esté en orden y prevenir contrabando. ¿Tú qué tal? ¿Ya exploraste toda la ciudad?
Sonreí y negué con la cabeza.
-No, aun no, lo cierto es que Loguetown es demasiado grande para mi...
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