
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
26-12-2024, 09:25 PM
Día 50 de verano
Ragn se despertó al crujido de la madera y al aroma de algo dulce cocinándose en el hogar. La luz del sol se filtraba tímidamente entre los tablones de las ventanas de la cabaña, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire. Era una casa sencilla, hecha de troncos envejecidos por el tiempo, con un techo de tejas que parecía inclinarse con el peso de los años. Las paredes estaban decoradas con objetos que hablaban de una vida humilde: herramientas de madera, pequeños tapices bordados con flores, y en un rincón, un altar con una vela encendida y una figura tallada en madera que parecía un santo local. Ragn estiró su cuerpo dolorido. Los días que pasó luchando contra las olas le habían dejado marcas visibles, el músculo esculpido por años de combate ahora lucía tenso, con cicatrices que cruzaban su torso como mapas de una vida vivida al filo. Sus hombros anchos y su cabello rubio, todavía húmedo y rebelde, daban un aire salvaje a su apariencia. Sentía el peso de su hacha en el rincón de la habitación, como un recordatorio constante de que era un extraño en una tierra desconocida. Velko, el anciano que lo había acogido, asomó la cabeza por la puerta entreabierta. —Ah, ya estás despierto. Ven, muchacho, Mara tiene algo para ti.
Ragn salió del pequeño cuarto donde había dormido sobre un colchón de paja y pieles, y fue recibido por el calor del hogar. Mara, una mujer de rostro redondo y cabello completamente blanco, se inclinaba sobre una mesa de madera donde amasaba un pan con manos arrugadas pero firmes. Le sonrió con dulzura. —Te ves más vivo que cuando Velko te encontró. Aquí, toma un poco de leche caliente. Te ayudará a recobrar fuerzas.— Ragn aceptó el cuenco de madera con un susurro de agradecimiento. No era un hombre de muchas palabras, pero la bondad de estos ancianos comenzaba a ablandar la coraza que llevaba desde que había tocado tierra. Velko, apoyado en su bastón de madera, se sentó junto al fuego. — Hoy será un día movido. Vendrá la familia. Son fechas importantes aquí en Cozia, un día para celebrar y agradecer. No te preocupes, nadie te mirará raro. En esta casa, todos son bienvenidos.
Ragn solo asintió. La idea de estar rodeado de desconocidos lo inquietaba, pero había aprendido a aceptar la hospitalidad sin cuestionarla. La tarde llegó con el bullicio de risas y voces fuera de la cabaña. Los primeros en llegar fueron los hijos y nietos de Velko y Mara, cargando canastas con frutas, panes y jarras de vino. La casa, que hasta entonces había sido un refugio tranquilo, se llenó rápidamente de vida. Ragn se mantuvo en la periferia, observando. Los ojos curiosos de los niños se posaban en él, y aunque se sentía fuera de lugar, las risas eran contagiosas. Y entonces, en medio de aquel caos familiar, ella apareció. Isabella llegó casi sin hacer ruido, pero su presencia era imposible de ignorar. Su cabello rubio, largo y brillante como la miel bajo el sol, caía en ondas naturales sobre sus hombros. Se parecía un poco a Airgid, solo que más fina. Tenía un vestido sencillo, blanco, que se ceñía a su figura, dejando ver una silueta que hablaba de juventud y vitalidad. Sus ojos eran de un azul cristalino, como el agua de los lagos de su tierra natal, pero con un brillo que denotaba una inteligencia juguetona. Llevaba una canasta con manzanas rojas, y cuando cruzó el umbral, el aire pareció volverse más ligero. Ragn, que estaba apoyado contra la pared, sintió que algo en su interior se removía, como si después de tanto tiempo hubiera visto algo verdaderamente hermoso, algo que no podía ser ignorado.
—Así que tú eres el famoso huésped del abuelo Velko. — Dijo ella con una sonrisa, sus labios curvándose de manera traviesa mientras lo observaba con curiosidad. Ragn enderezó su postura, pero no supo qué responder. Era grande, fuerte y acostumbrado a enfrentar enemigos en el campo de batalla, pero frente a esta joven se sentía extraño, fuera de lugar. —Déjalo, Isabella, apenas ha llegado. No lo aturdas con tus preguntas— intervino Mara, lanzándole una mirada indulgente. —¿Aturdirlo? No creo que un hombre como él pueda intimidarse fácilmente.— Isabella dejó la canasta sobre la mesa, girándose hacia él con una sonrisa que parecía un desafío disfrazado de cortesía. —¿O sí? — Ragn se aclaró la garganta. —No Fássilmente.— Su voz era grave, casi áspera, pero sus palabras estaban teñidas de una timidez que no esperaba sentir. Los ojos de Isabella se iluminaron. —Bien. Entonces podemos hablar más tarde. Pero antes, ven, debes probar esto.
Tomó una manzana de la canasta y se la ofreció. Ragn dudó un instante antes de tomarla, sus dedos rozando los de ella brevemente. Era una sensación mínima, insignificante, pero suficiente para hacer que su corazón, acostumbrado a la batalla, diera un salto extraño. Mientras la noche caía y la familia se reunía en torno al fuego, Ragn observó a Isabella desde la distancia. Su risa llenaba la habitación, una mezcla de dulzura y desdén juguetón. Había algo en ella, en la forma en que se movía, en cómo hablaba, que lo hacía sentir vivo de una manera que no recordaba haber sentido antes. La cabaña, con sus paredes desgastadas y su techo bajo, se había transformado en un lugar cálido y acogedor, lleno de vida. Y por primera vez en mucho tiempo, Ragn se preguntó si este extraño rincón del mundo no sería el refugio que no sabía que necesitaba.
Ragn se despertó al crujido de la madera y al aroma de algo dulce cocinándose en el hogar. La luz del sol se filtraba tímidamente entre los tablones de las ventanas de la cabaña, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire. Era una casa sencilla, hecha de troncos envejecidos por el tiempo, con un techo de tejas que parecía inclinarse con el peso de los años. Las paredes estaban decoradas con objetos que hablaban de una vida humilde: herramientas de madera, pequeños tapices bordados con flores, y en un rincón, un altar con una vela encendida y una figura tallada en madera que parecía un santo local. Ragn estiró su cuerpo dolorido. Los días que pasó luchando contra las olas le habían dejado marcas visibles, el músculo esculpido por años de combate ahora lucía tenso, con cicatrices que cruzaban su torso como mapas de una vida vivida al filo. Sus hombros anchos y su cabello rubio, todavía húmedo y rebelde, daban un aire salvaje a su apariencia. Sentía el peso de su hacha en el rincón de la habitación, como un recordatorio constante de que era un extraño en una tierra desconocida. Velko, el anciano que lo había acogido, asomó la cabeza por la puerta entreabierta. —Ah, ya estás despierto. Ven, muchacho, Mara tiene algo para ti.
Ragn salió del pequeño cuarto donde había dormido sobre un colchón de paja y pieles, y fue recibido por el calor del hogar. Mara, una mujer de rostro redondo y cabello completamente blanco, se inclinaba sobre una mesa de madera donde amasaba un pan con manos arrugadas pero firmes. Le sonrió con dulzura. —Te ves más vivo que cuando Velko te encontró. Aquí, toma un poco de leche caliente. Te ayudará a recobrar fuerzas.— Ragn aceptó el cuenco de madera con un susurro de agradecimiento. No era un hombre de muchas palabras, pero la bondad de estos ancianos comenzaba a ablandar la coraza que llevaba desde que había tocado tierra. Velko, apoyado en su bastón de madera, se sentó junto al fuego. — Hoy será un día movido. Vendrá la familia. Son fechas importantes aquí en Cozia, un día para celebrar y agradecer. No te preocupes, nadie te mirará raro. En esta casa, todos son bienvenidos.
Ragn solo asintió. La idea de estar rodeado de desconocidos lo inquietaba, pero había aprendido a aceptar la hospitalidad sin cuestionarla. La tarde llegó con el bullicio de risas y voces fuera de la cabaña. Los primeros en llegar fueron los hijos y nietos de Velko y Mara, cargando canastas con frutas, panes y jarras de vino. La casa, que hasta entonces había sido un refugio tranquilo, se llenó rápidamente de vida. Ragn se mantuvo en la periferia, observando. Los ojos curiosos de los niños se posaban en él, y aunque se sentía fuera de lugar, las risas eran contagiosas. Y entonces, en medio de aquel caos familiar, ella apareció. Isabella llegó casi sin hacer ruido, pero su presencia era imposible de ignorar. Su cabello rubio, largo y brillante como la miel bajo el sol, caía en ondas naturales sobre sus hombros. Se parecía un poco a Airgid, solo que más fina. Tenía un vestido sencillo, blanco, que se ceñía a su figura, dejando ver una silueta que hablaba de juventud y vitalidad. Sus ojos eran de un azul cristalino, como el agua de los lagos de su tierra natal, pero con un brillo que denotaba una inteligencia juguetona. Llevaba una canasta con manzanas rojas, y cuando cruzó el umbral, el aire pareció volverse más ligero. Ragn, que estaba apoyado contra la pared, sintió que algo en su interior se removía, como si después de tanto tiempo hubiera visto algo verdaderamente hermoso, algo que no podía ser ignorado.
—Así que tú eres el famoso huésped del abuelo Velko. — Dijo ella con una sonrisa, sus labios curvándose de manera traviesa mientras lo observaba con curiosidad. Ragn enderezó su postura, pero no supo qué responder. Era grande, fuerte y acostumbrado a enfrentar enemigos en el campo de batalla, pero frente a esta joven se sentía extraño, fuera de lugar. —Déjalo, Isabella, apenas ha llegado. No lo aturdas con tus preguntas— intervino Mara, lanzándole una mirada indulgente. —¿Aturdirlo? No creo que un hombre como él pueda intimidarse fácilmente.— Isabella dejó la canasta sobre la mesa, girándose hacia él con una sonrisa que parecía un desafío disfrazado de cortesía. —¿O sí? — Ragn se aclaró la garganta. —No Fássilmente.— Su voz era grave, casi áspera, pero sus palabras estaban teñidas de una timidez que no esperaba sentir. Los ojos de Isabella se iluminaron. —Bien. Entonces podemos hablar más tarde. Pero antes, ven, debes probar esto.
Tomó una manzana de la canasta y se la ofreció. Ragn dudó un instante antes de tomarla, sus dedos rozando los de ella brevemente. Era una sensación mínima, insignificante, pero suficiente para hacer que su corazón, acostumbrado a la batalla, diera un salto extraño. Mientras la noche caía y la familia se reunía en torno al fuego, Ragn observó a Isabella desde la distancia. Su risa llenaba la habitación, una mezcla de dulzura y desdén juguetón. Había algo en ella, en la forma en que se movía, en cómo hablaba, que lo hacía sentir vivo de una manera que no recordaba haber sentido antes. La cabaña, con sus paredes desgastadas y su techo bajo, se había transformado en un lugar cálido y acogedor, lleno de vida. Y por primera vez en mucho tiempo, Ragn se preguntó si este extraño rincón del mundo no sería el refugio que no sabía que necesitaba.