
Daryl Kilgore
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28-12-2024, 03:26 AM
1 de Invierno
La Navidad cubría Loguetown con su manto de luces y alegría, pero Daryl lo observaba todo con la distancia de quien no comparte ese fervor. Las calles principales estaban llenas de vida: risas infantiles, parejas cogidas del brazo, familias arremolinadas frente a escaparates iluminados... El aire olía a castañas asadas y dulces empalagosos, una mezcla casi embriagadora que, lejos de atraerlo, lo empujaba hacia las sombras, lo repelían. Daryl evitaba las zonas concurridas, prefiriendo el refugio de los callejones donde las luces de colores apenas se atrevían a llegar. La nieve crujía bajo sus botas militares mientras caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, como si el frío que calaba en la ciudad no tuviera efecto en él. A pesar de su enorme tamaño y su figura intimidante, su andar era sorprendentemente silencioso, como si la oscuridad misma lo protegiera.
Era curioso, mientras andaba sin rumbo alguno, pensó en cómo los humanos encontraban en estas fechas un motivo para sonreír. Él, un demonio criado en la mismísima Onigashima, nunca le había encontrado sentido a una celebración tan efímera, allí ni siquiera celebraran una cosa parecida. ¿Qué importaba decorar un árbol o intercambiar regalos cuando la vida era, en esencia, una lucha constante por la supervivencia? La Navidad no podía borrar el dolor ni cambiar las sombras que llevaban dentro. Y sin embargo, mientras pasaba junto a una pequeña plaza iluminada, su mirada se detuvo de repente, sin previo aviso. Había una niña de cabellos rubios sentada junto a su madre en un banco. Ambas reían mientras abrían una caja envuelta en papel dorado. Daryl no podía escuchar lo que decían, pero la calidez entre ellas era inconfundible. No entendía ese sentimiento, pero tampoco podía negarlo: era algo bonito. Qué asco, a la vez.
Suspiró y siguió caminando, alejándose aún más del bullicio. Los callejones estaban desiertos, como él prefería, y las sombras se alargaban con la tenue luz de los faroles. El frío era más intenso allí, amplificado por las paredes estrechas de ladrillo que encerraban el aire helado. Fue entonces cuando lo escuchó: un débil maullido que apenas destacaba entre el silencio. Daryl se detuvo en seco, girando la cabeza hacia el sonido. Allí, junto a una pila de cajas medio cubiertas de nieve, yacía un pequeño gato. Apenas era más que un montón de pelaje empapado y tembloroso, con los ojos entrecerrados y el cuerpo encogido en un intento desesperado por conservar algo de calor, era tan minúsculo que comparado con la mano del demonio, apenas ocuparía siquiera la mitad de la palma. El demonio frunció el ceño y se acercó con cautela, inclinándose para observar al animal más de cerca. Era un gatito gris, con manchas blancas en las patas y el hocico. Parecía a punto de rendirse, apenas respiraba, el frío estaba haciendo mella en él, lenta y dolorosamente. Algo en esa imagen despertó en Daryl una sensación que no fue capaz de nombrar. El pequeño ser luchaba contra la muerte, igual que él había hecho tantas veces en el pasado. — No te queda mucho tiempo. — Susurró, su voz grave resonando en el callejón vacío. Era la verdad, una dura y horripilante, pero sincera. No esperaba respuesta, por supuesto, pero el gato abrió los ojos lo justo como para devolverle la mirada. Fue un vistazo fugaz, como un último grito de ayuda antes de sucumbir al abrazo de la muerte.
Daryl maldijo por lo bajo. No tenía tiempo para esto, ni recursos. Sin embargo, algo en él no le permitió marcharse. Simplemente, se sintió incapaz. Se desabrochó la chaqueta y metió al gato contra su pecho, envolviéndolo en la tela cálida mientras sentía su cuerpo helado contra el suyo. El pequeño no protestó, demasiado débil para resistirse, y a él tampoco le importó el frío, nunca le había afectado demasiado. — Normalmente no soy así, ¿sabes? Es por culpa de esta puta estación. — Gruñó, como si al gato le importara los posibles motivos del demonio. Entonces se levantó, y con pasos largos y decididos, salió del callejón, dejando atrás la soledad de las sombras. Encontró una pequeña tienda abierta, donde compró una manta vieja y un frasco de leche. Luego buscó refugio en un cobertizo abandonado, donde el viento no podía colarse. Allí, colocó al gato sobre la manta, vertió un poco de leche en la tapa de un frasco y esperó. No parecía suficiente, aún así, así que el demonio se valió de sus años de supervivencia en la selva para prender una pequeña hoguera.
El pequeño tardó en reaccionar, pero eventualmente movió la cabeza y bebió un poco. Daryl observaba en silencio, su expresión impasible. No sabía por qué hacía esto. No sentía apego por los animales ni simpatía por las criaturas débiles, pero ver al gato aferrarse a la vida con tanto esfuerzo le recordaba algo que había tratado de enterrar durante años: su propia lucha por sobrevivir. Y por algún motivo, los animales tendían a mostrarse amigables con él casi siempre. — Hm. Puede que al final sobrevivas. — Comentó en voz baja, dejando caer la cabeza contra la pared del cobertizo. Cerró los ojos por un momento, escuchando el sonido del viento y los débiles lametones del animal. Pensó en lo absurdo que era todo: un demonio, sentado en un cobertizo, salvando a un gato en Navidad. La ironía resultaba incluso hiriente. Si le viera Irina en aquel momento, se convertiría en la comidilla durante un mes entero, puede que incluso más. O quién sabe, quizás no. Lo cierto es que estaba cansado de intentar anteponerse a las reacciones de los demás, de dejarse influenciar por las opiniones ajenas.
Cuando el gato finalmente se quedó dormido, envuelto en la manta, Daryl sintió una extraña paz. No era la alegría que veía en los rostros de las familias en las calles, ni la calidez de los abrazos humanos, pero era algo. Algo que no podía definir, pero que reconocía como valioso. Se levantó con cuidado, tomando al gato con él, decidido a buscarle un lugar más seguro. La ciudad estaba llena de ruido y vida, pero en ese rincón apartado, bajo la nieve que caía lentamente, Daryl encontró algo que nunca había esperado: un momento de conexión, aunque fuera con una criatura pequeña y frágil. Puede que la Navidad no fuera tan inútil como pensaba.