¿Sabías que…?
... un concepto de isla Yotsuba está inspirado en los juegos de Pokemon de tercera generación.
[Autonarrada] [T3] Navidad en loguetown
Octojin
El terror blanco
1 de Invierno de 724

El aire frío de Loguetown golpeaba con suavidad el rostro de Octojin mientras avanzaba por las calles de la ciudad con un semblante de pura duda. Envuelto en su grueso abrigo marino, el escualo caminaba con pasos deliberados, absorbiendo cada detalle de su entorno en un ambiente que era nuevo para él. Aquella tarde invernal tenía algo especial; una serenidad que impregnaba el ambiente y que Octojin no podía ignorar. Las primeras nieves del invierno caían del cielo en suaves copos que bailaban al compás del viento en una estampa que claramente era preciosa. Para alguien como él, que había pasado gran parte de su vida bajo el mar, aquello era un espectáculo único y desconcertante. Algo que jamás había vivido y que estaba disfrutando como un bebé.

El gyojin alzó la mirada y dejó que los copos se posaran sobre su piel escamosa. La sensación era extraña, un leve frío que desaparecía al contacto. Las luces navideñas, colgadas entre los postes de las farolas y las ventanas de las tiendas, iluminaban las calles con tonos cálidos y vibrantes, en contraste con el blanco inmaculado que comenzaba a cubrir los techos, los carros y los adoquines. Cada rincón de Loguetown parecía haberse transformado en un escenario salido de un cuento. Y qué cuento.

Octojin avanzó hacia la plaza central, donde un gigantesco árbol de Navidad dominaba el paisaje. El gyojin se preguntó de qué madera estaría hecho. Deformación profesional, supongo. Las ramas del abeto estaban adornadas con cintas doradas, esferas brillantes y luces parpadeantes que cambiaban de color. El terror de los epilépticos. A sus pies, un pequeño grupo de niños jugaba, lanzándose bolas de nieve mientras reían con una alegría desbordante. Los padres observaban desde un costado, algunos charlando y otros sujetando tazas humeantes que desprendían un aroma dulzón a canela y chocolate. Desde luego si había algo parecido al paraíso, debía ser algo así. Todo el mundo feliz a pesar del frío, adaptándose y llevando el ambiente a su favor.

¿Cómo puede algo tan simple hacer que todos se vean tan felices?, pensó el escualo, sonriendo suavemente mientras se apoyaba en una barandilla cercana. Desde ahí, contempló el ir y venir de la gente. Vendedores ambulantes ofrecían galletas decoradas con motivos navideños, bastones de caramelo y pequeños adornos hechos a mano. Un anciano con una barba blanca y tupida repartía regalos envueltos en papel de tonos rojos y brillantes a los niños que se acercaban, arrancándoles gritos emocionados y una estampa que jamás olvidarían. Era un contraste tan fuerte con el caos y las batallas que solía enfrentar como marine que por un momento se permitió olvidarse de todo aquello. Volvió a su yo interior, al niño de ocho años que buscaba que ese hombre mayor con gran barba y pelo blanco le sacase de ese pozo sin fondo y de esa soledad que estaba experimentando.

El gyojin continuó su paseo por las estrechas calles, observando los escaparates decorados con esmero. Había muñecos de nieve, renos y trineos en miniatura que parecían moverse al compás de canciones navideñas que sonaban desde pequeñas cajas musicales. Todo era un espectáculo precioso de ver. Digno de ver. En una esquina, un grupo de músicos tocaba villancicos con violines, flautas y un tambor que marcaba el ritmo. La melodía era cálida, y Octojin no pudo evitar tararearla mientras seguía caminando. ¿Por qué todos los villancicos eran pegadizos?

Las tiendas estaban repletas de gente que compraba regalos, pero lo que más le llamó la atención fue cómo los rostros de los compradores reflejaban algo distinto. No había prisas ni discusiones, solo sonrisas y miradas cómplices. Las personas parecían más bondadosas, más dispuestas a ayudarse unas a otras. ¿Qué tenía esta época del año que hacía que las personas actuasen distinto? Algo debía haber. Un hombre joven se agachó para ayudar a una anciana a recoger las bolsas que se le habían caído. Un niño que no llegaba al mostrador, recibió la ayuda de un desconocido que le alzó para que pudiera pagar un regalo. Eran gestos simples, pero parecían tener un poder transformador. El gyojin sonrió de ver aquello, sin saber muy bien por qué estaba ocurriendo.

—Vaya, así que esto es la Navidad en la superficie —murmuró Octojin, con una mezcla de asombro y curiosidad al ver aquello.

Mientras continuaba su camino, pasó por una pequeña pastelería de la que emanaba un olor delicioso a pan recién horneado y especias. En el interior, vio a una pareja compartiendo un pastel mientras reían juntos. Aquella imagen le recordó las veces que había compartido momentos tranquilos con Asradi, y una cálida sensación le recorrió el pecho. Se detuvo un momento frente a la vitrina, observando cómo el vapor de su aliento empañaba el cristal. Ojalá estuviera cerca de nuevo con su sirena y pudieran compartir sus primeras navidades juntos. Ojalá.

Decidió entrar, quizá víctima de sus últimos pensamientos. El tintineo de una campanilla anunció su llegada, y el cálido ambiente del lugar lo envolvió de inmediato. Compró un bollo relleno de crema y se sentó en una mesa junto a la ventana. Desde allí, podía seguir contemplando la nieve caer mientras disfrutaba del dulce, que estaba ciertamente delicioso. La mezcla de sabores, el calor del lugar y la vista de la ciudad iluminada le hacían sentir en paz. Una paz que retendría en su mente durante todo el tiempo que pudiera.

Al salir de la pastelería, Octojin retomó su paseo. En un pequeño parque, vio a un grupo de jóvenes decorando un árbol más modesto. Colocaban guirnaldas y estrellas de papel que claramente habían hecho a mano a juzgar por sus imperfecciones. Una niña tropezó mientras intentaba colgar un adorno en una rama alta, y Octojin, sin pensarlo, se acercó para ayudarla. Su tamaño resultó perfecto para colocar los adornos más altos, y los niños aplaudieron emocionados cuando terminó.

—¡Gracias, señor gigante! —exclamó uno de los pequeños, haciendo reír al tiburón.

—De nada, pero no soy un gigante. ¡Soy un gyojin! —les explicó con una sonrisa.

Los niños se miraron entre ellos, fascinados, y uno le preguntó si era amigo de los peces. Octojin asintió y comenzó a contarles una breve historia sobre las criaturas del mar, haciendo que los pequeños se quedaran completamente absortos escuchándole, con ojos brillantes y boquiabiertos.

Finalmente, cuando la noche empezó a envolver la ciudad, el escualo regresó hacia el puerto. Las luces navideñas titilaban con mayor intensidad bajo la oscuridad, y el sonido de los villancicos se mezclaba con las risas y el bullicio de la gente. Aquello era sin duda la definición de navidad. Y es que la navidad, por alguna razón, traía lo mejor de cada uno.

Mientras caminaba, con los copos de nieve cayendo sobre su sombrero y abrigo, pensó en lo mucho que quería compartir ese momento con las personas importantes en su vida. Quizá, después de todo, la Navidad no era solo una época del año, sino un recordatorio de lo que realmente importaba: la conexión entre las personas, la alegría de dar, y la esperanza de que el futuro siempre pudiera ser mejor.
#1
Moderador Doflamingo
Joker
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#2


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