¿Sabías que…?
... el Reino de Oykot ha estrenado su nueva central hidroeléctrica.
[Diario] El día que lo cambio todo [Diario Akuma]
Alaric Thone
...
Loguetown amanecía como siempre: el bullicio del mercado llenaba las calles con el canto de los comerciantes y el constante ir y venir de los vecinos. Alaric Thorne, el buccaneer bonachón que todos conocían, estaba en su rutina habitual, ayudando a cargar mercancías y levantando sonrisas entre la gente con sus chistes y bromas torpes. Su tamaño y fuerza lo hacían perfecto para trabajos pesados, pero su corazón bondadoso era lo que más apreciaban quienes lo conocían. Era un día aparentemente ordinario cuando un hombre extraño llegó al mercado. Vestía una capa raída que apenas ocultaba el brillo inquietante de su mirada. El desconocido montó un pequeño puesto improvisado con rapidez y comenzó a exhibir su mercancía: frutas de formas y colores inusuales que aseguraba provenían de "tierras más allá del mar".


—¡Exotismo puro! ¡Algo nunca visto en este lugar! —gritaba mientras agitaba las frutas frente a la multitud que lo miraba con desconfianza y curiosidad.


Alaric, atraído tanto por el espectáculo como por el hambre, se acercó al puesto, abriéndose paso entre los curiosos.


—¿Qué tienes ahí, amigo? — preguntó, agachándose para observar mejor.


El vendedor lo miró de arriba abajo, claramente sorprendido por su tamaño. Sin embargo, sonrió rápidamente, como si hubiera encontrado a su cliente ideal.


—Oh, para un hombre de tu... magnificencia, tengo algo especial. —Sacó una fruta de su saco: pequeña, de piel rugosa y cubierta de extraños patrones en espiral. Era de un color indefinido, como si no pudiera decidir entre morado, verde y negro.


—¿Qué es esto? Parece más una piedra que una fruta. —Alaric frunció el ceño mientras tomaba la fruta con sus enormes manos.


—Es única, mi buen amigo. Viene de una isla donde el cielo y la tierra se cruzan. Solo unos pocos tienen la oportunidad de probar algo tan raro.


Alaric, aunque escéptico, no pudo evitar sentir curiosidad. Tenía un apetito insaciable y siempre estaba dispuesto a probar cosas nuevas, incluso si se veían sospechosas.


—¿Cuánto? —preguntó, sacando unas monedas.


—Para ti, prácticamente un regalo. Diez monedas y es tuya. Sin pensarlo demasiado, Alaric pagó y se llevó la fruta, ignorando las miradas nerviosas del vendedor y los murmullos de los transeúntes.


Más tarde, Alaric se sentó en su rincón favorito del puerto, donde podía observar los barcos y disfrutar de la brisa marina. Miró la fruta, dudando por un momento. Su apariencia era poco apetecible, pero el hambre y la curiosidad finalmente ganaron.


—Bueno, no puede ser peor que ese pescado rancio que probé la semana pasada. — Con una sonrisa, dio un gran mordisco. El sabor fue como un golpe en el estómago. Era indescriptiblemente horrible, una mezcla de amargura y algo metálico que le hizo escupir el primer trozo al agua.


—¡Por todos los cielos! Esto es peor que morder un zapato mojado.


Sin embargo, algo en él le impulsó a terminarla. Quizás era la terquedad, o tal vez el hecho de que no quería desperdiciar las monedas que había gastado. Hizo una mueca y engulló el resto rápidamente, antes de arrepentirse.


Cuando terminó, se recostó contra un barril, esperando sentir algo, cualquier cosa que justificara el extraño sabor de la fruta. Pero nada ocurrió.


—Bueno, creo que me estafaron. — Suspiró y cerró los ojos, disfrutando del sonido de las olas.


Durante el resto del día, Alaric continuó con su rutina, ayudando a los comerciantes, bromeando con los niños y comiendo lo que encontró en el mercado. Sin embargo, algo le pareció extraño al regresar a casa esa noche. No sentía hambre, algo completamente inusual para él. Además, había una sensación extraña en su cuerpo, como si algo dentro de él hubiera cambiado, pero no sabía qué. Esa noche, mientras se dirigía a casa, un grupo de niños jugaba en el callejón. Uno de ellos lanzó una pequeña piedra al aire, y antes de que se diera cuenta, Alaric la atrapó al vuelo con una precisión que no había mostrado nunca antes.


—¡Vaya, qué suerte! —rió, mientras los niños lo miraban boquiabiertos.


Sin darle mayor importancia, continuó su camino. Sin embargo, pequeñas coincidencias comenzaron a acumularse. Cada vez que movía las manos, parecía que los objetos estaban exactamente donde necesitaba que estuvieran, como si tuviera una extraña intuición sobre su posición.


Al día siguiente, mientras ayudaba a un comerciante, algo más curioso ocurrió. Estaba cargando barriles cuando una cuerda se soltó y una botella comenzó a caer desde un estante alto. Alaric, sin pensarlo, lanzó un pequeño pedazo de madera que había recogido del suelo y golpeó la botella en el aire, logrando que cayera suavemente en una caja cercana.


—¡Eso fue increíble! —exclamó el comerciante. Alaric solo se encogió de hombros, tratando de restarle importancia. Sin embargo, no podía negar que algo raro estaba pasando.


Un día, mientras descansaba cerca del puerto, un pescador anciano lo saludó desde su bote. Alaric siempre había tenido buena relación con los trabajadores del puerto, ayudándolos con redes y cajas pesadas.


—Alaric, muchacho, ¿qué andas haciendo hoy? —preguntó el pescador, que lo conocía desde que era un niño.


—Lo de siempre, echando una mano aquí y allá. Aunque últimamente me pasan cosas raras, ¿sabes?


—¿Raras cómo? —El anciano levantó la vista, intrigado.


—Oh, ya sabes, cosas pequeñas. Como atrapar piedras al vuelo o tirar algo y acertar justo donde quería. Hasta ahora pensaba que era suerte, pero ya no estoy tan seguro. 

El pescador rió.


—Quizás estás descubriendo un talento escondido. A veces, un hombre necesita algo especial que lo haga único. Alaric se quedó pensativo mientras el anciano remaba de vuelta a su bote. Era una conversación simple, pero le dejó una sensación extraña, como si realmente algo único estuviera despertando en él.

Pasaron los días, y aunque Alaric no tenía plena conciencia de lo que realmente ocurría, sus acciones comenzaban a llamar la atención. Cada vez que algo caía, se rompía o estaba fuera de lugar, él parecía estar allí para arreglarlo con una puntería y precisión sobrenaturales. Aunque aún no lo sabía, el día que comió aquella fruta marcó el inicio de un cambio profundo. Loguetown, su hogar de siempre, comenzaba a parecer un lugar más pequeño. Algo en su interior le decía que su vida tranquila no duraría mucho más.
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