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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
24-01-2025, 05:18 AM
El desierto de Kalab se extendía infinito y abrasador bajo mis pies, como si el sol intentara derretir la misma arena que formaba sus dunas. Había llegado hasta aquí persiguiendo un rumor: un anciano maestro del Hasshoken se refugiaba en estas tierras olvidadas, lejos de la civilización y los peligros que siempre parecían seguirme. Con mi cuerpo cubierto por mi máscara y mis alas plegadas para minimizar el desgaste por el calor, me adentré más y más en el desierto, siguiendo pistas que parecían tan inconsistentes como el mismo espejismo.
-
El viento cargado de arena golpeaba mi rostro, pero no podía permitirme flaquear. Tras horas de caminata, llegué a lo que parecía un oasis seco: un viejo refugio de piedra erosionado por el tiempo. Frente a la entrada, un hombre de avanzada edad estaba sentado en posición de loto, con los ojos cerrados, como si ni siquiera me hubiera notado. A pesar de su apariencia tranquila, algo en su aura me decía que estaba frente a alguien formidable. Este debía ser el maestro que buscaba.
—Maestro —dije con voz firme mientras me quitaba la máscara por respeto—, he venido desde muy lejos para aprender el arte del Hasshoken. He oído de su técnica, el "Ogi: Shinku Nami". ¡Quiero dominarla!
-
El anciano abrió los ojos lentamente, revelando un par de orbes que parecían leer el alma de quien los miraba. No respondió de inmediato, pero su expresión pasó de la indiferencia a una leve sonrisa.
-
—El Hasshoken no es algo que se aprenda a la ligera, joven guerrero. Y mucho menos una técnica como el Shinku Nami. ¿Por qué quieres aprenderla?
—Porque soy un luchador —respondí, enderezándome—. Mi camino es el combate, y quiero ser capaz de proteger a quienes me siguen. Esta técnica podría ser la clave para vencer a aquellos que buscan destruir todo lo que amo.
-
El anciano asintió lentamente, pero sus ojos no dejaron de escrutarme.
-
—Muy bien, si tus intenciones son tan nobles como dices, ¡demuéstramelo! ¡Muestra que tienes el temple para aprender algo que requiere no solo fuerza, sino también control absoluto!
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Sin previo aviso, el anciano golpeó el suelo con una palma abierta, y una poderosa onda de choque se expandió desde su cuerpo. No tuve tiempo de reaccionar y salí disparado hacia atrás, rodando por la arena antes de detenerme.
-
—El Hasshoken es el arte de las vibraciones. Aquí, en el desierto, donde todo parece inmóvil, debes aprender a sentir el movimiento en cada partícula de arena, en cada brisa de aire. ¿Estás listo para empezar?
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Sin dudarlo, me puse de pie y asentí. El entrenamiento no fue lo que esperaba. Durante los primeros días, no hubo combates ni demostraciones espectaculares. En cambio, el anciano me hizo sentarme en la arena y me obligó a cerrar los ojos, diciéndome que sintiera las vibraciones de mi alrededor. Al principio, no entendía nada. Todo lo que sentía era el ardor del sol y el escozor de la arena en mi piel. Pero con el tiempo, comencé a notar los pequeños movimientos: el susurro del viento, el crujir de los granos de arena al moverse, incluso el latido de mi propio corazón.
-
—Para dominar el Shinku Nami, necesitas comprender que cada golpe que das no termina en tu puño. Las vibraciones viajan más allá, afectando todo lo que tocan. Pero para dirigirlas, primero debes aprender a expandirlas —explicó el anciano mientras demostraba con un simple movimiento de su mano, creando una pequeña onda que hizo temblar el suelo frente a nosotros.
-
La siguiente etapa del entrenamiento fue aprender a canalizar mi energía en un solo golpe. Esto fue más difícil de lo que esperaba. Cada vez que lo intentaba, mis golpes eran demasiado débiles o carecían de dirección. Pero el anciano no me permitió rendirme.
-
—Tu poder es impresionante, Agyo, pero está descontrolado. No puedes confiar solo en la fuerza bruta. El Shinku Nami no se trata de destruir, sino de atravesar. Concéntrate en el flujo de energía y permite que las vibraciones hagan el trabajo.
-
Una noche, mientras practicaba solo bajo la luz de la luna, algo finalmente hizo clic en mi mente. Recordé las palabras del anciano y traté de no forzar el golpe, sino de dejar que la energía fluyera desde mi cuerpo hacia el aire frente a mí. Con un grito, lanzé un golpe hacia delante. Una onda de choque en forma de cono se expandió desde mi puño, sacudiendo la arena en un radio de varios metros. Aunque no fue tan poderosa como la del anciano, fue suficiente para demostrar que estaba en el camino correcto.
-
Al día siguiente, le mosté mi progreso al maestro. Para mi sorpresa, él no se mostró impresionado.
-
—Bien hecho —dijo—, pero eso no es suficiente. El Shinku Nami debe atravesar todo lo que esté en su camino. Debes aprender a dañar no solo la superficie, sino también el interior. ¡Prepárate!
-
Los siguientes días fueron un torbellino de pruebas y errores. El anciano creaba barreras con rocas y madera, y yo debía lanzar ondas de choque que no solo las atravesaran, sino que también dejaran una marca interna. Gradualmente, aprendí a concentrar las vibraciones para que fueran más profundas y efectivas. Cada golpe se sentía como un paso más hacia el dominio de la técnica.
-
Finalmente, llegó el día de la prueba final. El anciano me llevó a un acantilado donde el viento era fuerte y la tierra, firme. Frente a mí, colocó una pared de roca y me miró con seriedad.
-
—Esta es tu última lección, Agyo. Si puedes atravesar esta pared con el Shinku Nami, habrás demostrado que entiendes lo que significa controlar las vibraciones. Pero recuerda, no es solo un golpe. Es una extensión de tu voluntad.
-
Respiré profundamente y cerré los ojos. Dejé que todo lo que había aprendido en esos días fluyera dentro de mí. Sentí la energía acumulándose en mi puño y, con un grito poderoso, lo lanzé hacia delante. La onda de choque se expandió en un cono perfecto de 90 grados, atravesando la pared como si no estuviera allí. Cuando abrí los ojos, vi que la roca no solo estaba perforada, sino que también había grietas profundas en su interior.
-
El anciano asintió con aprobación.
-
—Lo has logrado, Agyo. Ahora eres digno del Shinku Nami. Pero recuerda, este poder no es un fin en sí mismo. Es una herramienta para proteger, para avanzar. ¡¡No lo olvides nunca!!
-
Inclinandome respetuosamente, respondí:
-
—Gracias, maestro. Llevaré este conocimiento conmigo y lo usaré con sabiduría.
-
Con mi nueva técnica dominada, me sentí listo para enfrentar cualquier reto que el mundo me lanzara. El desierto de Kalab había sido un campo de pruebas, pero también un lugar de crecimiento. Ahora, con el Shinku Nami como parte de mi arsenal, sabía que podía enfrentar los obstáculos que me esperaban en mi camino como luchador
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
26-01-2025, 07:04 AM
En las profundidades de una isla deshabitada ubicada cerca de la isla Organ, Agyo Nisshoku, el cazador de piratas conocido por su temible presencia y sus alas negras como la noche, entrenaba en soledad. Rodeado por un paisaje agreste de acantilados cortados por el viento y un cielo que parecía perpetuamente teñido de un naranja crepuscular, Agyo había elegido este lugar para perfeccionar una de las técnicas más ambiciosas de su arsenal: “Eclipse en el Ocaso”.
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La técnica, en esencia, requería un control absoluto sobre su llama, esa misma que simbolizaba la herencia lunarian que corría por sus venas. La llama era más que un simple reflejo de su fuerza; era una extensión de su voluntad, capaz de moldearse según su determinación y estado mental. Sin embargo, “Eclipse en el Ocaso” no era solo una cuestión de dominio, sino de armonía. Para llevarla a cabo, Agyo necesitaba equilibrar dos fuerzas aparentemente opuestas: la agilidad explosiva que le otorgaba la llama cuando se concentraba dentro de su cuerpo y la resistencia inquebrantable que desplegaba cuando la dejaba arder visiblemente en su espalda.
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El Primer Amanecer: La Llama Interna
Agyo comenzó su entrenamiento al amanecer. De pie sobre una plataforma rocosa que sobresalía del mar embravecido, cerró los ojos y se enfocó en su respiración. Con cada inhalación, llamaba a su llama hacia el interior, sintiendo cómo su calor se reunía en lo profundo de su pecho. Cuando la llama estaba completamente contenida, el cuerpo de Agyo se volvió sorprendentemente ligero. Sus movimientos eran como los de una sombra, rápidos y fluidos, apenas perceptibles para el ojo humano.
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Saltó de un saliente a otro, desafiando la gravedad con cada impulso. A medida que aumentaba la velocidad, se concentraba en mantener la llama bajo control, asegurándose de que su calor no escapara y se manifestara en su espalda. Cada error era una lección dolorosa: si perdía la concentración, la llama salía de su cuerpo y sus movimientos se volvían menos precisos.
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Tras horas de saltos, esquivas y movimientos acrobáticos, su cuerpo estaba empapado en sudor, pero su llama seguía firme. “Eclipse en el Ocaso” no era solo un ejercicio físico; también desafiaba su fortaleza mental. Con cada movimiento, se repetía una y otra vez:
—La llama es mi guía, no mi dueña.—
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El Segundo Crepúsculo: La Llama Exterior
Con el sol en su punto más alto, Agyo cambió su enfoque. Esta vez, permitió que la llama brotara, surgiendo con fuerza en su espalda como una llamarada que se extendía hacia el cielo. La sensación era completamente distinta: su cuerpo se volvía pesado, sólido, como si estuviera forjado en roca viva. Ahora, su objetivo no era la velocidad, sino la resistencia.
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Se enfrentó a un desafío autoimpuesto: soportar la fuerza de las olas que chocaban contra los acantilados. Descendió hacia una cala donde el agua rugía con furia y plantó los pies firmemente sobre la roca mojada. Cada ola que lo golpeaba era como un martillazo, pero Agyo no retrocedía. En su mente, la llama visible en su espalda era un escudo, una barrera que lo protegía de cualquier daño.
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Con cada impacto, reforzaba su postura, canalizando la energía de la llama para endurecer sus músculos y sus huesos. Las olas pasaron de ser un obstáculo a una herramienta, moldeando su resistencia con cada embestida. Incluso cuando la marea subía y el agua intentaba arrastrarlo hacia el mar, Agyo se mantuvo firme, sus alas extendidas como un desafío al mismo océano.
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El Eclipse: La Fusión de la Agilidad y la Resistencia
El verdadero reto de “Eclipse en el Ocaso” llegó al anochecer. Bajo la luz pálida de la luna, Agyo necesitaba combinar los dos estados: la agilidad de la llama interna y la resistencia de la llama externa. La transición era el aspecto más difícil de la técnica, ya que requería un cambio instantáneo en la dirección de su energía.
Para practicar, Agyo creó un campo de entrenamiento improvisado usando los recursos naturales de la isla. Rocas puntiagudas actuaban como amenazas que debía esquivar con su velocidad, mientras que troncos gruesos ardiendo servían como enemigos imaginarios contra los que debía probar su resistencia. La clave estaba en anticipar cada situación y ajustar su llama en consecuencia.
-
Primero, se lanzaba a través del campo con su llama contenida, moviéndose como un rayo entre los obstáculos. Luego, en el momento exacto en que necesitaba bloquear un golpe o soportar un ataque, liberaba la llama hacia su espalda, endureciendo su cuerpo como una armadura. El proceso era agotador, pero cada vez que lograba ejecutar una transición suave, su confianza creía.
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Una de las pruebas más duras del entrenamiento llegó cuando una tormenta repentina envolvió la isla. Los vientos huracanados y la lluvia torrencial convirtieron el campo en un escenario caótico, pero Agyo vio esto como la oportunidad perfecta para poner a prueba su progreso. Mientras los relámpagos iluminaban el cielo, desafió los elementos con su técnica.
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Cada relámpago era una amenaza que debía esquivar con su velocidad, y cada ráfaga de viento era un obstáculo que debía resistir con su llama externa. La combinación de factores lo llevó al límite, pero también le dio una visión clara de lo que “Eclipse en el Ocaso” realmente significaba: no era solo una técnica, sino una representación de su dualidad como guerrero.
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El Amanecer de un Nuevo Guerrero
Cuando la tormenta finalmente se disipó y el cielo se aclaró, Agyo se encontraba de rodillas en la arena, exhausto pero victorioso. Había logrado dominar los principios de “Eclipse en el Ocaso”, pero sabía que el verdadero camino apenas comenzaba. Como cazador de piratas, esta técnica sería su arma definitiva contra los enemigos que se cruzaran en su camino.
-
De pie bajo la luz del amanecer, con su llama brillando débilmente en su espalda, Agyo hizo un juramento:
—Mientras esta llama arda, nunca retrocederé. Seré el eclipse que apague las sombras de aquellos que amenazan este mundo.—
Con ese pensamiento, extendió sus alas y se preparó para abandonar la isla. El cazador de piratas había emergido del entrenamiento no solo más fuerte, sino también más consciente de su potencial. “Eclipse en el Ocaso” no era solo una técnica poderosa; era un reflejo de su determinación inquebrantable.
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
28-01-2025, 11:43 PM
En el árido y vasto desierto de Kalab, un lugar tan seco que hasta los huesos parecían crujir con cada paso, el sol abrasador era el único testigo del intenso entrenamiento de Agyo Nisshoku. Este lunarian de corazón indomable, conocido como el Cazador de Piratas, no se encontraba aquí por casualidad. Su objetivo era claro: perfeccionar una técnica devastadora del Hasshoken llamada Maiko Saten, una habilidad que prometía convertir su propio cuerpo en un torbellino de destrucción.
El sudor resbalaba por su frente mientras ajustaba las vendas alrededor de sus manos. Las alas negras en su espalda, características de su linaje lunarian, estaban plegadas para evitar ser un estorbo en su entrenamiento. Frente a él, una serie de pilares de roca emergían del suelo arenoso, colocados estratégicamente para servir como blancos de práctica.
Agyo tomó aire profundamente y cerró los ojos por un instante. La Mero Mero no Mi le otorgaba un poder único y devastador, pero esta técnica no dependía únicamente de su fruta del diablo. El Hasshoken, un arte marcial legendario que dominaba la vibración para causar estragos internos en sus enemigos, requería control absoluto sobre el cuerpo, la mente y la energía. La Maiko Saten, en particular, era una prueba de todo eso combinado con su fuerza bruta.
"Debes sentir la rotación desde el centro de tu ser, Agyo," había dicho su maestro semanas antes, un anciano luchador llamado Master Tao. "No es solo girar y golpear. Es canalizar todo lo que eres: tu fuerza, tu velocidad, incluso tu espíritu, en un único punto. Si lo haces bien, no habrá enemigo que se levante tras recibir ese golpe."
Recordando esas palabras, Agyo dio un paso atrás y adoptó la postura inicial. Dobló ligeramente las rodillas, inclinó el torso hacia adelante y extendió los brazos a los lados como si estuviera equilibrándose en el filo de una espada. Su mente se concentró en el flujo de energía que recorría su cuerpo. Con un movimiento súbito, comenzó a girar.
Al principio, sus movimientos eran torpes. El giro no era lo suficientemente rápido ni controlado, y perdió el equilibrio, cayendo de rodillas sobre la arena caliente.
"Maldición," murmuró, golpeando el suelo con un puño. Sus alas se desplegaron brevemente, mostrando su frustración.
Sin embargo, no era alguien que se rindiera fácilmente. Se puso de pie y volvió a intentarlo. Esta vez, se enfocó en la base de sus pies, en cómo la arena cedía bajo su peso y cómo podía usar esa resistencia a su favor. Giró de nuevo, esta vez con más fluidez. El mundo a su alrededor se convirtió en un borrón mientras sentía la fuerza centrífuga acumularse en su cuerpo.
Con un grito de guerra, concentró toda esa energía en su brazo derecho y lo lanzó hacia abajo en un golpe devastador contra uno de los pilares de roca. El impacto fue tremendo, levantando una nube de polvo y haciendo que pequeñas piedras volaran en todas direcciones. Sin embargo, cuando el polvo se asentó, el pilar seguía en pie, aunque con una grieta notable en su superficie.
Agyo jadeó, con las manos en las rodillas, pero una sonrisa apareció en su rostro. "Eso es... un poco mejor," se dijo.
El sol continuaba su viaje por el cielo, y Agyo no cesaba en su entrenamiento. Cada intento era un paso más hacia la perfección. Ajustaba su postura, afinaba su control sobre las vibraciones del Hasshoken y experimentaba con diferentes velocidades y ángulos. Finalmente, tras horas de práctica, sintió que estaba listo para un intento completo.
Se colocó frente al pilar más grande, uno que había dejado intacto hasta ahora. Este sería el verdadero test de su progreso. Agyo cerró los ojos y respiró profundamente, dejando que el viento caliente del desierto acariciara su piel. En su mente, visualizó el movimiento perfecto: el giro fluido, la acumulación de energía y el impacto devastador que seguiría.
Cuando abrió los ojos, brillaban con una intensidad feroz. Dio un paso adelante y comenzó a girar. Sus movimientos eran precisos, cada rotación más rápida que la anterior. Su cuerpo se convirtió en una peonza humana, y la energía acumulada en su núcleo amenazaba con desbordarse. Con un rugido, canalizó todo en su brazo derecho y lo lanzó hacia abajo en un golpe descendente.
El impacto fue ensordecedor. El suelo tembló bajo sus pies, y el pilar de roca explotó en pedazos, enviando fragmentos en todas direcciones. La onda de choque levantó una nube de polvo tan grande que por un momento todo quedó en blanco. Cuando finalmente se despejó, no quedaba rastro del pilar, solo un cráter en el suelo donde había estado.
Agyo se tambaleó hacia atrás, exhausto pero triunfante. "Maiko Saten," murmuró con una sonrisa. "Lo he logrado."
Pero su entrenamiento no había pasado desapercibido. En la distancia, un grupo de bandidos del desierto observaba desde detrás de unas dunas. Estos hombres, conocidos como los Hienas de Kalab, eran mercenarios que cazaban viajeros solitarios en busca de botines fáciles. El espectáculo que acababan de presenciar había despertado tanto su codicia como su cautela.
"Ese tipo... debe ser fuerte," dijo uno de ellos, un hombre delgado con una cicatriz en el rostro. "Pero está agotado. Este es el momento perfecto para atacarlo."
Sin perder tiempo, los bandidos avanzaron hacia Agyo, armados con espadas, lanzas y una determinación nacida de la desesperación. Agyo, todavía recuperándose de su último golpe, los vio acercarse y frunció el ceño.
"¿En serio?" murmuró, enderezándose con esfuerzo. "No tengo tiempo para esto."
Los bandidos se abalanzaron sobre él, confiados en que su número les daría ventaja. Pero Agyo no era alguien a quien subestimar. Aunque estaba cansado, aún le quedaba suficiente energía para defenderse. Activando su Mero Mero no Mi, lanzó un rayo de energía en forma de corazones hacia sus atacantes, convirtiendo a algunos en piedra al instante. Los demás se detuvieron, horrorizados, pero Agyo no les dio tiempo para reaccionar.
Con un grito, giró sobre sí mismo una vez más, preparando la Maiko Saten. Aunque no era tan poderosa como su golpe anterior, aún era suficiente para destrozar a los bandidos que quedaban. La arena se levantó en una tormenta alrededor de él mientras su golpe descendente aplastaba a los enemigos, dejándolos inconscientes y completamente derrotados.
Cuando la calma volvió al desierto, Agyo se quedó de pie entre los cuerpos de sus enemigos, respirando con dificultad. "Espero que esto sirva como lección para ustedes," dijo, aunque sabía que probablemente no lo escucharían.
Con su técnica perfeccionada y un nuevo nivel de confianza en sí mismo, Agyo se dirigió hacia el horizonte, dejando atrás el desierto de Kalab. Sabía que aún le quedaba mucho por aprender y que sus enemigos solo se harían más fuertes, pero ahora tenía una nueva arma en su arsenal: la Maiko Saten, un golpe digno de un verdadero cazador de piratas.
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
09-02-2025, 03:50 AM
El Fuego del Cazador
Agyo Nisshoku se encontraba en una isla rocosa, lejos de la civilización. Había descubierto que su control sobre la Mero Mero no Mi tenía más aplicaciones de las que pensaba, y ahora estaba decidido a perfeccionar una de ellas: prenderse fuego.
Se paró en el centro de un círculo de piedras ennegrecidas por intentos previos. Su cuerpo brillaba tenuemente con una energía ardiente, pero no era suficiente. Sus llamas aún eran inestables, apenas un reflejo de lo que quería lograr.
Desde una roca cercana, su compañero felino observaba con los brazos cruzados. Su voz ronca y burlona rompió el silencio.
—Si sigues dudando, solo conseguirás calentarte como una vela patética.
Agyo ignoró la provocación y cerró los ojos. Visualizó la pasión y el deseo que alimentaban su poder. La Mero Mero no Mi no solo dominaba los corazones ajenos, sino también el suyo propio. Y en su interior, ardía un fuego inquebrantable.
—Vamos… —susurró, exhalando lentamente.
De repente, su piel comenzó a brillar con un resplandor rosado. El calor subió de golpe y las primeras llamas danzaron sobre su cuerpo. Eran más intensas que antes, más firmes. No quemaban su piel, sino que la abrazaban como una armadura de fuego vivo.
El gato sonrió, mostrando sus colmillos.
—Ahora sí pareces un verdadero cazador.
Agyo abrió los ojos, que reflejaban el resplandor de sus llamas. Sentía el poder recorriendo su cuerpo, más vivo que nunca. No solo había logrado encenderse… había aprendido a controlar el fuego de su propia voluntad.
Y la próxima vez que enfrentara a un pirata, lo envolvería en el ardor de su justa cacería.
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
17-02-2025, 06:51 AM
Bajo el sol abrasador del desierto de Kalab, Agyo Nisshoku se encontraba de pie sobre una duna de arena dorada, observando el paisaje infinito que se extendía ante él. No había sombras que lo resguardaran, ni agua que aliviara la sed. Solo el sonido del viento silbando entre las rocas y la arena en movimiento lo acompañaba. Su torso desnudo brillaba por el sudor y su melena blanca se agitaba con cada ráfaga de aire caliente. Este era el lugar perfecto para entrenar su nueva técnica: Huella Terrestre.
La técnica requería una demostración de fuerza bruta sin igual. Se trataba de canalizar su poder en un solo impacto contra el suelo, generando una explosión de presión capaz de destrozar todo en un radio de doce metros y derribar a cualquier oponente dentro del alcance. Pero tal poder no era fácil de controlar. Agyo sabía que, si lo ejecutaba de manera incorrecta, podía causarse graves daños o incluso perder la estabilidad en medio del combate. Necesitaba perfeccionar cada aspecto de la técnica antes de utilizarla en una batalla real.
Respiró hondo, cerró los ojos por un instante y flexionó sus piernas. Con cada inhalación, sentía la energía recorrer su cuerpo, tensando sus músculos como una cuerda de acero a punto de ser liberada. Clavó los pies en la arena y fijó su mirada en una formación rocosa a pocos metros de distancia.
—Bien, vamos allá —murmuró para sí mismo.
Con un movimiento explosivo, alzó su pierna derecha y la estampó contra el suelo con toda su fuerza. Un golpe seco resonó en el aire, pero la arena absorbió gran parte del impacto. Solo un pequeño temblor se propagó a su alrededor.
Frunció el ceño y escupió hacia un lado. No era suficiente. La técnica debía ser capaz de romper la tierra, no hundirse en la arena sin más. Necesitaba otro enfoque. Se alejó de la duna y se dirigió hacia una zona más rocosa, donde la tierra era dura y compacta.
Tomó posición nuevamente, esta vez ajustando su postura. Separó sus pies a la anchura de sus hombros y dobló ligeramente las rodillas. Cerró los puños con fuerza, sintiendo el ardor de la práctica repetitiva en sus palmas. Su respiración se volvió rítmica, sincronizada con los latidos de su corazón. Y entonces, con un rugido de poder, descargó su pie derecho contra el suelo con toda la energía que su cuerpo podía reunir.
El impacto fue devastador. Una onda de choque se expandió a su alrededor, levantando una nube de polvo y haciendo retumbar la tierra. Las rocas cercanas crujieron y se fragmentaron, y una fisura se abrió en el suelo desde el punto de impacto. El radio de destrucción no alcanzó aún los doce metros, pero había progresado. Había generado suficiente presión para afectar su entorno.
Se enderezó, sintiendo el cosquilleo de la adrenalina recorrer su cuerpo. Su pierna derecha temblaba levemente, señal de que aún no dominaba la técnica a la perfección. Necesitaba mejorar la distribución de la fuerza para minimizar el impacto en su propio cuerpo.
El entrenamiento continuó durante horas. Cada intento lo acercaba más a la perfección. Agyo comenzó a experimentar con diferentes posturas, buscando la manera de canalizar toda su energía sin desperdiciarla. Se enfocó en su respiración, asegurándose de exhalar en el momento exacto del impacto para potenciar la fuerza. Ajustó la posición de sus pies y la inclinación de su cuerpo, hasta que finalmente sintió que estaba logrando la combinación ideal.
En su siguiente intento, reunió todo su poder en un solo instante. Cada fibra de su ser se tensó, cada músculo se preparó para la explosión. Y cuando su pie golpeó el suelo, la fuerza liberada fue monumental. Una onda expansiva recorrió el desierto, levantando una nube de arena y escombros. La tierra se partió en un radio de doce metros, dejando un cráter en el centro del impacto. Las rocas fueron lanzadas por los aires, y el estruendo resonó como un trueno en la lejanía.
Agyo se quedó de pie en el centro de la destrucción, respirando agitadamente. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Había logrado ejecutar la Huella Terrestre en su máxima expresión. Ahora, su técnica estaba lista para ser utilizada en combate.
El cazador de piratas miró el horizonte con determinación. Su entrenamiento en el desierto de Kalab había sido brutal, pero necesario. Sabía que en el futuro, cuando enfrentara a sus enemigos, esta técnica sería su carta de triunfo. Con un último vistazo al cráter que había creado, se giró y comenzó a caminar, dejando tras de sí la huella de su poder en la tierra.
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Agyo Nisshoku
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18-02-2025, 05:32 AM
El sol abrasador caía sobre el desierto de Kaleb, una vasta extensión de arena y roca donde el calor distorsionaba el horizonte y el viento levantaba remolinos de polvo. Era un territorio hostil, pero también el escondite perfecto para forajidos que huían de la ley. Y Agyo Nisshoku lo sabía bien.
El lunarian avanzaba con paso firme, su cabello blanco ondeando bajo la brisa ardiente. Sus alas negras estaban ocultas bajo una larga capa de tela ligera, y sus ojos brillaban con la intensidad de un cazador que había encontrado a su presa. Según los rumores, un grupo de delincuentes de poca monta había estado saqueando caravanas en la región, aprovechándose de viajeros desprevenidos. No eran piratas, pero Agyo no tenía simpatía alguna por los criminales.
Cuando alcanzó la cima de una duna, divisó su objetivo: un campamento improvisado en un pequeño oasis, donde un grupo de hombres reía y bebía como si el mundo les perteneciera. Había al menos siete de ellos, vestidos con harapos y armados con espadas oxidadas y mosquetes gastados.
Agyo descendió la duna con calma, sin molestarse en ocultar su presencia. Al notar su llegada, los delincuentes se pusieron en alerta. Uno de ellos, un hombre de piel curtida y barba enmarañada, dio un paso adelante.
—¡Eh, eh, eh! ¿Y tú quién demonios eres?—exigió, llevándose una mano a la empuñadura de su arma.
Agyo inclinó ligeramente la cabeza, su expresión inmutable.
—Alguien que no tiene paciencia para ladrones como ustedes.
Los bandidos se miraron entre sí antes de estallar en carcajadas.
—¿Escucharon eso? Este tipo nos llama ladrones, como si eso nos importara.
Otro hombre, más joven y con una cicatriz en la mejilla, se adelantó.
—¡Si quieres que te robemos, sólo dilo!
El lunarian no respondió de inmediato. En su lugar, levantó una mano y flexionó los dedos. En un instante, su cuerpo emanó una energía invisible, un aura seductora e hipnótica. Los bandidos, sin darse cuenta, comenzaron a sentirse extrañamente inquietos. Sus mejillas se ruborizaron, y una sensación de debilidad recorrió sus cuerpos.
—Mero Mero no Mi… —susurró el lunarian con voz calmada.
Antes de que los delincuentes pudieran reaccionar, Agyo apuntó con los dedos hacia ellos y liberó una onda de energía en forma de corazones resplandecientes. Al instante, los tres bandidos más cercanos se petrificaron en el acto, convertidos en estatuas de piedra con expresiones de sorpresa en sus rostros.
El líder del grupo, aquel hombre barbudo, retrocedió boquiabierto.
—¡Maldición! ¡Este tipo es usuario de una Fruta del Diablo!
Los cuatro hombres restantes sacaron sus armas. Dos de ellos dispararon sus mosquetes, pero Agyo se movió con velocidad sobrehumana, esquivando las balas con facilidad. En un parpadeo, apareció frente a uno de los tiradores y le propinó un rodillazo en el estómago que lo lanzó varios metros atrás. Luego, con un giro grácil, extendió la pierna y golpeó al segundo con una patada directa al rostro, dejándolo inconsciente al instante.
Los dos bandidos restantes dudaron, con sus espadas temblando en las manos.
—No tienen oportunidad —declaró Agyo, su tono sereno pero implacable.
El más joven de los dos gritó y cargó contra él. Agyo lo dejó acercarse, esperando el momento justo. Cuando el filo del arma estuvo a punto de tocarlo, el lunarian inclinó el torso a un lado y contraatacó con un golpe certero en el cuello del bandido, dejándolo fuera de combate.
El líder, el último que quedaba en pie, comenzó a retroceder.
—Espera… podemos llegar a un acuerdo, ¿no? —balbuceó.
Agyo no contestó. En su lugar, levantó su mano y, con un gesto indolente, le envió un último ataque de la Mero Mero no Mi. Un resplandor rosado iluminó el campamento y, en un instante, el hombre quedó petrificado, su expresión congelada en una mueca de desesperación.
El silencio cayó sobre el oasis. Los cuerpos inconscientes y las estatuas de piedra eran todo lo que quedaba de aquellos criminales. Agyo se tomó un momento para examinar la escena antes de soltar un leve suspiro.
—Demasiado fácil.
Sin más, se giró y se alejó, dejando que el viento del desierto se llevara los ecos de su victoria. El cazador de piratas había cumplido su trabajo una vez más.
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