
Daryl Kilgore
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31-12-2024, 10:35 PM
Día 16 de Otoño, año 710
A los trece años, Daryl ya no era un niño. Había dejado atrás la inocencia mucho antes de cumplir siquiera los cinco. Había visto cosas que nadie debería ver y, peor aún, había hecho y pasado por cosas que ni siquiera los adultos más endurecidos se atrevían a imaginar. Pero todo eso había quedado enterrado bajo capas de silencio y determinación cuando el gobierno lo tomó bajo su ala. Aunque en un principio no lo tenía claro, rachazando aquella oferta varias veces, ahora se había convertido en un recluta del Cipher Pol, una de las tantas caras anónimas que servían al régimen. En el fondo de su mente, ni siquiera era del todo consciente dónde se había metido, ni las cosas que le depararían.
El dormitorio comunitario de la base en Loguetown era un lugar tan frío y funcional como las oficinas que lo rodeaban. Los reclutas dormían en literas apretadas, dispuestas en filas que recordaban a los barracones militares. Las paredes grises, iluminadas tenuemente por la luz de emergencia, absorbían cualquier intento de calidez. No había espacio para personalizar nada; el régimen no lo permitía. Cada recluta tenía una cama, una pequeña taquilla y nada más. Daryl ocupaba la litera más alejada de la puerta, en la esquina donde las sombras se reunían con mayor intensidad. Le gustaba esa posición porque podía observar todo lo que ocurría en la habitación sin ser fácilmente visto. A lo largo de su corta pero intensa vida, había aprendido que estar alerta era la diferencia entre la vida y la muerte. De hecho, las dos primeras noches al llegar ni siquiera durmió, completamente incapaz de quedarse indefenso en un ambiente que no conocía y que le resultaba hostil.
Aquella era la cuarta noche, y ya no podía aguantarse más el sueño que tenía. El aire estaba cargado de humedad, afuera, la lluvia golpeaba las ventanas con insistencia, y el viento hacía vibrar los cristales, aunque eso no era nada a lo que no estuviera ya acostumbrado. En cambio, dentro, los sonidos del dormitorio le resultaban completamente ajenos: el crujido de una litera bajo el peso de un compañero que se movía en sueños, el murmullo ocasional de alguien hablando entre dientes y los ronquidos irregulares que resonaban como un recordatorio de la cercanía forzada. Daryl hacía muchos años que había abandonado la compañía de las personas, lo hizo a propósito por su propia desconfianza y tremenda aversión a la gente. Pero el cansancio acumulado después de días sin dormir era tal que apenas fue capaz de luchar contra el sueño aquella noche, cerrando los ojos como si los párpados le pesaran con fuerza. Lo que no se esperaba es que al caer dormido, el pasado le atraparía de inmediato, como un acechador en la más profunda oscuridad.
Las llamas bailaban frente a él, altas y voraces, completamente descontroladas, consumiendo todo lo que conocía. Los gritos de su familia perforaban el aire, desesperados y agonizantes. La sangre de su padre le salpicó en la cara, masacrado justo frente a sus ojos, y su madre se despedía de él con una expresión en el rostro de pena y orgullo. Quiso atraparla con la mano, pero se dio cuenta de que cada vez estaba más lejos, de que unas manos heladas le estaban arrastrando hasta la oscuridad. Se volvió incapaz de ver nada, todo estaba negro como el mismísimo azabache, como la completa ausencia de luz, hasta que una pequeña llama se encendió en mitad de la nada. Daryl no quiso avanzar hacia ella, porque sabía lo que le esperaba, porque había soñado con aquel mismo sueño muchas otras noches, pero no estaba en la posición de elegir, su cuerpo se vio arrastrado de nuevo hacia la luz. Según se iba acercando, se fue dibujando la escena frente a él. La llama pertenecía a una pequeña lámpara de aceite, solitaria en una tienda de campaña fría donde el demonio fue capaz de verse a sí mismo, como si fuera un mero espectador. Era más pequeño, aunque por su cuerpo no lo pareciera, y la intrusión de uno de los cazadores de su banda le acababa de despertar del sueño. Daryl quiso cerrar los ojos para no ver lo que estaba por ocurrir, pero unas manos atrapaban su cuerpo, le inmovilizaban, le hacían mirar... igual que lo que él vivió aquella horripilante noche, donde uno de los suyos acabó abusando de él.
Daryl despertó sobresaltado, con la respiración acelerada. Por un momento, no supo dónde estaba y sintió que le faltaba el aire, aún notaba ese mar de manos y dedos entrelazándose por su cuerpo, tocándole, paralizándole. Se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, mientras con la otra buscaba algo familiar. Sus dedos encontraron las tres espadas que descansaban junto a su cama. Eran una anomalía en el dormitorio; los otros reclutas tenían armas estándar, pistolas o dagas, además de que estaba prohibido guardarlas en el dormitorio. Pero Daryl había insistido en conservar aquellas espadas, manteniéndolo como un secreto. Cada una tenía un significado para él, un propósito que nadie más entendía, y es que el demonio no se sentía seguro sin ellas cerca. Se sentó en el borde de la cama y observó las sombras que bailaban en las paredes. La lámpara de emergencia proyectaba una luz parpadeante que hacía que todo pareciera moverse, como si el pasado intentara alcanzarlo incluso en su vigilia. Tomó una de las espadas y acarició la funda con los dedos aún temblándole. El metal frío bajo la tela le proporcionó una extraña sensación de calma. Era un recordatorio de que ahora estaba armado, preparado. Ya no era el niño indefenso de su pesadilla. Recordó cuando con esa misma espada, le cortó el cuello al hombre que cometió tal atrocidad en su contra, se suponía que tras eso, encontraría la tranquilidad, ¿no? Se acabó vengando de él por lo que había hecho. Pero la fría realidad es que aquello no cambiaba nada. Las pesadillas seguían atormentándole, prácticamente cada noche.
Sus ojos recorrieron la habitación. Algunos compañeros dormían profundamente, mientras que otros se movían inquietos en sus camas. Nadie parecía notar su desvelo, y eso le tranquilizó. No quería preguntas, no quería explicaciones. El demonio dejó escapar un suspiro y apoyó la espalda contra la pared. Había algo en la quietud de la noche que le permitía reflexionar, aunque a menudo esos pensamientos no eran más que un recordatorio de lo roto que estaba. Se preguntó si alguna vez podría dormir sin sentir que estaba cayendo en un abismo sin retorno, sin sentir que la vida no servía de nada. Tomó las tres espadas y las colocó cuidadosamente bajo las mantas, envolviéndolas como si fueran un tesoro. Sentir su peso contra su cuerpo le daba una sensación de seguridad que nada más podía proporcionarle. Las hojas, aunque cubiertas, parecían irradiar una energía que calmaba las sombras de su mente. Daryl cerró los ojos de nuevo, esta vez con las manos descansando sobre las fundas de las espadas.
El sueño no llegó de inmediato, pero las pesadillas comenzaron a desvanecerse. Los gritos pertenecientes al masacre de su familia resonaban más lejanos, como si alguien hubiera cerrado una puerta sobre ellos. Volvió a soñar con la pequeña luz que se acercaba, pero esta vez no habían manos gélidas que le retuvieran contra su voluntad, y el hombre tampoco apareció. La lluvia continuó golpeando las ventanas, creando un ritmo suave que finalmente arrulló a Daryl. Su respiración se volvió más lenta, su cuerpo más pesado. Por primera vez en semanas, logró dormir profundamente.
Cuando los primeros rayos de luz entraron por las pequeñas ventanas del dormitorio, Daryl abrió los ojos lentamente. Se sentía más descansado de lo que había estado en mucho tiempo. Sus manos seguían sobre las espadas, y una pequeña sonrisa, apenas perceptible, cruzó su rostro. El día comenzaba, y con él, el entrenamiento implacable que lo esperaba. Pero por ahora, Daryl se permitió un momento de calma, sabiendo que las espadas seguirían siendo su ancla en un mundo que constantemente intentaba derribarlo.