Hay rumores sobre…
...un hombre con las alas arrancadas que una vez intentó seducir a un elegante gigante y fue rechazado... ¡Pobrecito!
[Autonarrada] [T2] Los abandonados. Parte 2.
Dharkel
-
Loguetown.
Día 1 de invierno de 724.

La noche había avanzado como un río helado y lento, envolviendo las calles de Loguetown en un silencio interrumpido solo por el murmullo de alguna lejana taberna o el susurro del viento que hacía crujir las ramas desnudas de los árboles. En el callejón, la hoguera ya no chisporroteaba con la misma fuerza, pero seguía proporcionando un mínimo de calor. Los mendigos, acurrucados alrededor de las brasas, compartían botellas medio vacías y susurraban anécdotas en voz baja, agotados tras todo un día de festejos, como si temieran despertar al propio invierno.

Dharkel, sentado sobre una vieja caja de madera, daba largas caladas a su cigarro. Sus ojos se perdían en el tenue brillo anaranjado de las brasas, pero su mente estaba alerta, como un gato que acecha un peligro invisible. Sabía que los guardias volverían; siempre lo hacían. Las palabras del líder de aquel grupo no eran una advertencia, sino una promesa.

Unas horas después, los pasos firmes de botas resonaron nuevamente en las piedras del callejón. Esta vez, no había risas ni canciones para recibirlos. Los mendigos se removieron incómodos, intentando hacerse invisibles entre las sombras, pero Dharkel no se movió. Permaneció sentado en la fría caja de madera, su postura relajada, pero con una calma que era más peligrosa que cualquier gesto de hostilidad.

El mismo líder de antes apareció al frente de los guardias, con el rostro endurecido por el frío y la determinación. Se detuvo a unos pasos de la hoguera, observando el grupo con desdén.

- Les dije que no quería encontrarlos aquí otra vez – gruñó. Su voz cortó el aire como un látigo.

Los mendigos intercambiaron miradas nerviosas, pero nadie habló. Todos los ojos estaban puestos en Dharkel, que seguía sentado con su katana descansando junto a él, impasible. Como si se hubiese convertido en una estatua que expulsaba humo de su interior debido a la rabia que sentía en aquellos instantes.

- Y sin embargo, aquí estamos - respondió Dharkel finalmente, levantando la mirada hacia el guardia. Trató con todas sus fuerzas que su tono fuese tranquilo, casi indiferente, pero había algo en su voz que hacía que las palabras se sintieran como una declaración de guerra.

El líder de los guardias frunció el ceño. Dio un paso adelante, su mano descansando en la empuñadura de su sable.

- No estás en posición de desafiarme, forastero. Esta ciudad tiene reglas, y si no las respetas, habrá consecuencias.

Dharkel apagó el cigarro contra la caja de madera, dejando que el leve aroma del tabaco quemado se mezclara con el frío de la noche, dejando su propia marca impregnada en el improvisado asiento. Luego, se levantó lentamente, estirándose como si estuviera desperezándose de una siesta. Manteniendo la aparente indiferencia en sus gestos.

- ¿Reglas? - dijo, inclinando ligeramente la cabeza -. Qué curioso. Juraría que esas reglas solo sirven para hacer la vida más difícil a quienes ya tienen suficiente con sobrevivir al día a día, favoreciendo a los acaudalados, cuyos bolsillos rebosan del oro necesario para compraros y ejercer su falsa justicia.

El guardia apretó los dientes, su paciencia desvaneciéndose rápidamente.

- Te lo advertí. No queremos causar problemas, pero si no desalojan este lugar ahora mismo, no me dejas otra opción.

Dharkel dio un paso adelante, quedando cara a cara con el líder. Sus ojos claros, marcados por la dureza de los años y las experiencias vividas, reflejaban una mezcla de determinación y desafío.

- Aquí tienes mi aviso - dijo en voz baja, pero lo suficientemente firme como para que todos los presentes lo escucharan -. Estos hombres y mujeres no tienen a dónde ir. ¿Quieres echarlos de este callejón? Tendrás que pasar por encima de mí.

Por un momento, el tiempo pareció detenerse. El aire, frío y cortante, se volvió pesado con la tensión. Los mendigos miraban con incredulidad a Dharkel, mientras los guardias, claramente desconcertados, esperaban órdenes de su líder. El hombre de la barba escarchada resopló, irritado.

- ¿De verdad vas a arriesgar tu vida por un grupo de inútiles que no te importan?

Dharkel dejó escapar una breve carcajada, una risa seca y amarga que resonó en el callejón.

- ¿Importarme? - repitió, su voz teñida de ironía -. Claro que me importan. Porque, a diferencia de vosotros, ellos entienden lo que significa perderlo todo y aun así seguir adelante. A pesar de mis ropas, de mi armadura, de mi arma y mis nefastas riquezas, yo soy ellos. Y siempre lo seré – dijo tajante.

El líder perdió la paciencia. Con un gruñido, desenvainó su sable y apuntó con él hacia Dharkel.

- ¡No tengo tiempo para tus discursos! ¡Lárgate de aquí o tendrás que enfrentarte a la justicia!

La katana de Dharkel salió de su vaina con un destello plateado, como una extensión natural de su brazo. No adoptó una postura agresiva, pero su mera presencia era suficiente para intimidar.

- No - respondió, su tono ahora más grave y serio.

Los guardias dudaron por un instante. No esperaban tanta resistencia, y mucho menos de alguien que parecía un simple vagabundo más. Pero el líder no estaba dispuesto a retroceder. Hizo una señal a sus hombres, y tres de ellos avanzaron con cautela, rodeando a Dharkel.

- Retroceded - ordenó Dharkel sin alzar la voz, con el brazo que sostenía la katana aún extendido. Su advertencia estaba cargada de un peligro palpable -. No quiero derramar sangre en una noche como esta. Pero si tengo que hacerlo, tened claro que no será la mía.

Los guardias lo ignoraron, desenfundando sus armas y preparándose para atacar. Pero antes de que pudieran dar un paso más, Dharkel hizo un movimiento rápido y preciso, cortando una de las botellas vacías que estaban en el suelo. La mitad superior de la botella voló en el aire antes de aterrizar suavemente junto a los pies de uno de los guardias.

- La próxima vez no fallaré - advirtió Dharkel, con su katana reluciendo bajo la luz de la hoguera y mirando de reojo a quienes le rodeaban.

El líder de los guardias alzó una mano, deteniendo a sus hombres. Por un momento, pareció considerar sus opciones. Finalmente, maldijo por lo bajo y envainó su sable.

- No vale la pena - gruñó, dando media vuelta -. Pero no creas que has ganado, forastero. Esto no ha terminado. – El resto de uniformados siguió su ejemplo.

Cuando los guardias se marcharon, el callejón quedó en silencio una vez más. Dharkel envainó su katana y se dejó caer sobre la caja de madera, encendiéndose otro cigarro.

- Siempre saben cómo arruinar una buena noche – murmuró para sus adentros, expulsando una nube de humo.

Los mendigos comenzaron a aplaudir tímidamente, sus risas nerviosas mezclándose con un alivio palpable. Dharkel, sin embargo, no se unió a la celebración. Simplemente miró las brasas de la hoguera, sabiendo que aquella victoria era solo temporal. En Loguetown, la justicia tenía un precio, y él acababa de dar su primer pago.
#1
Moderador Doflamingo
Joker
¡RECOMPENSAS POR AUTONARRADA T2 ENTREGADAS!


Usuario Dharkel
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#2


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