
Silver D. Syxel
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05-01-2025, 05:46 PM
(Última modificación: 06-01-2025, 04:53 AM por Silver D. Syxel.)
Pueblo de Rostock, Isla Kilombo
Primavera del año 724
Primavera del año 724
El amanecer apenas comenzaba a teñir el horizonte cuando Silver dejó atrás las calles de Rostock. La noche había sido larga, y el enfrentamiento en la bodega todavía pesaba en su mente. Aunque había salido victorioso, los fanáticos no dejaban de insistir. Cada ataque confirmaba lo que ya sospechaba: la piedra y las pistas encontradas en el barco no eran meros caprichos. Había algo importante detrás de todo esto.
La pieza metálica que había recuperado, junto con el mapa parcialmente incompleto, lo llevaban hacia las afueras del pueblo, en dirección a los acantilados que se alzaban sobre la costa este de la isla. Según el dibujo, debía encontrar algún tipo de entrada oculta o marca en las rocas que le revelara el siguiente paso.
—Nada como una caminata matutina para despejar la mente... y atraer problemas —murmuró mientras ajustaba la caja con la piedra bajo su brazo y se echaba la capa sobre los hombros.
El camino hacia los acantilados era traicionero. A medida que avanzaba, la vegetación se volvía más escasa, y las piedras sueltas en el suelo dificultaban cada paso. El viento, que soplaba con fuerza desde el mar, lanzaba ráfagas de salitre y arena que se colaban bajo su ropa.
Con el mapa en una mano, Syxel escudriñaba los alrededores. Según los trazos y las inscripciones, debía estar cerca del lugar señalado, pero el terreno no ofrecía ninguna pista evidente. Solo las rocas desnudas y el sonido de las olas rompiendo contra la base de los acantilados.
Se detuvo un momento, cerrando los ojos y dejando que el aire frío le despejara los pensamientos. Un leve ruido a su espalda lo puso en alerta. Giró rápidamente, desenvainando su espada con fluidez.
—¿Quién anda ahí? —preguntó en voz alta, con un tono que era mitad burla, mitad advertencia.
De entre las sombras de unas rocas cercanas, aparecieron varias figuras encapuchadas. A diferencia de los fanáticos con los que había luchado antes, estos parecían más preparados. Armados con lanzas y cuchillos largos, sus movimientos eran coordinados, y sus ojos brillaban con un fanatismo que ya le resultaba familiar.
—La reliquia no puede seguir en manos profanas —dijo uno de ellos, con una voz profunda y cargada de convicción—. Este es tu fin, pirata.
Silver dejó escapar un suspiro, adoptando una postura relajada mientras giraba su espada en la mano.
—Deberíais probar con algo más creativo. Este discurso empieza a aburrirme.
Sin esperar más, los fanáticos se lanzaron al ataque. El primero avanzó con su lanza, intentando mantener la distancia y obligar al capitán a retroceder. Syxel esquivó el golpe con facilidad, girando sobre sus talones y lanzando un tajo horizontal que forzó al atacante a dar un salto hacia atrás.
Otro fanático aprovechó la distracción para abalanzarse desde un costado, blandiendo un cuchillo que reflejaba con la luz del amanecer. Silver reaccionó a tiempo, bloqueando el golpe con su espada antes de girar sobre sí mismo y lanzar una patada que desestabilizó al agresor.
—¿De verdad pensabais que esto iba a funcionar? —bromeó mientras desarmaba al tercer atacante con un movimiento rápido y lo obligaba a retroceder.
El combate continuó en un intercambio frenético de golpes y movimientos estratégicos. Aunque los fanáticos parecían estar mejor entrenados que los anteriores, Syxel mantenía la ventaja con su velocidad y experiencia. Cada ataque que lanzaban era desviado o esquivado con precisión, y el capitán respondía con cortes certeros que obligaban a sus oponentes a mantener la distancia.
Finalmente, solo quedaban dos de ellos en pie, jadeando y mostrando signos de duda. Silver los observó con una sonrisa confiada, su espada lista para un nuevo enfrentamiento.
—Podéis intentarlo de nuevo... o darme algo de información y terminar con todo esto.
Uno de los fanáticos, al parecer más joven y menos decidido que los demás, pareció titubear. Pero antes de que pudiera responder, su compañero lo apartó y se lanzó hacia el capitán en un ataque desesperado. Syxel lo recibió con un golpe rápido y letal, derribándolo al suelo de un solo movimiento. El último fanático, aterrorizado, dejó caer su arma y retrocedió unos pasos.
—Bueno, parece que tú sí tienes algo de sentido común —dijo Syxel mientras avanzaba lentamente hacia él—. Ahora, dime qué buscáis realmente y tal vez sobrevivas.
El joven tragó saliva, mirando con ojos desorbitados al capitán.
—La... la reliquia... no es solo una guía... —balbuceó—. Es la llave para abrir la tumba sagrada... donde descansa el legado de los Elegidos.
—¿La tumba sagrada? ¿Elegidos? —repitió Silver, alzando una ceja. Pero antes de que pudiera obtener más detalles, el fanático sacó una pequeña daga oculta y se lanzó hacia él.
Con un suspiro, Syxel desvió el ataque con facilidad y remató al joven con un golpe certero. Guardó su espada mientras observaba los cuerpos que ahora yacían sobre las rocas.
—Parece que no aprenden...
Tras asegurarse de que no había más enemigos en las cercanías, volvió su atención al mapa y al terreno que lo rodeaba. Fue entonces cuando notó algo que había pasado por alto: una marca grabada en la roca junto al borde del acantilado. Era un símbolo triangular, idéntico al que llevaba el pergamino.
Con cuidado, se acercó al lugar y comenzó a inspeccionar la piedra. Tras unos minutos de búsqueda, encontró una grieta apenas visible. Con la fuerza combinada de sus manos y su espada, logró abrir un pequeño acceso que conducía a una cueva oscura.
—Supongo que vamos en la dirección correcta —murmuró mientras encendía las llamas en en la hoja de su espada y se adentraba en la penumbra, dejando atrás el campo de batalla en el que se habían convertido los acantilados.