Hay rumores sobre…
... que una banda pirata vegana, y otra de maestros pizzeros están enfrentados en el East Blue.
[Diario] [D- Pasado] Las fauces del gigante
Hyun Yeon
Tsubaki no Ken
A veces no sé decir si lo que mueve al mundo es el caos del azar o un destino predeterminado hacia el que todos nos dirigimos inexorablemente. Tan solo puedo afirmar que el universo tiene un retorcido sentido del humor. Algo tan pequeño e inofensivo como una fruta oculta poderes terribles capaces de dar a un único individuo la capacidad de influir y cambiar las vidas de cientos o miles de individuos... para bien o para mal. Pero estoy divagando. A lo que quiero llegar es a que cuando partí al ancho mar y dejé mi cómoda vida en Kano atrás, no esperaba encontrarme una akuma no mi. Ni mucho menos hacerlo por, al menos en apariencia, pura casualidad. Muchas gentes persiguen el poder de estas frutas, pero a veces acaban en manos de quien nunca buscó sus habilidades.

Por aquel entonces acababa de llegar al East Blue. Todo cuanto quería era conseguir dinero para pagar la deuda de mi familia. ¿Por qué este mar? Recibí una oferta de trabajo, una de tantas otras que había recibido y valorado. El dinero que ganaba como médico en mi pequeña ciudad no era suficiente, pero un doctor entrenado en artes marciales es un tripulante muy apreciado en los tiempos que corren. Los mares son cada vez más peligrosos, así que saber que el médico de tu barco sabrá defenderse en caso de emergencia alivia preocupaciones. Y eso me dio acceso a una serie de contratos bien remunerados. Valoré las posibilidades y, tras decididir que quedarme cerca de casa no me permitiría obtener dinero tan rápido como me gustaría, me lancé a la aventura. Escogí la oferta mejor pagada, una que me llevaría a un viaje de meses de duración hasta el corazón del East Blue.

Debía escoltar a Qiang Heung, un comerciante de Guangzho, hasta la lejana isla Demontooth. Mi contrato especificaba que debía dar servicios médicos al cliente, a la tripulación y a los miembros de su expedición. Se esperaba de m¡ que ayudase a la defensa del barco y la tripulación en caso de ataque pirata o similar. Había oído ya las noticias de los crecientes problemas con la piratería en el East Blue y sabía que este era un contrato peligroso, pero la paga era demasiado buena como para dejarlo pasar. Podría pagar la mayor parte de mi deuda, 800.000 berries. Qiang no era la clase de persona con la que haría tratos en condiciones normales. Era un hombre que se había labrado su fortuna mediante tácticas comerciales cuestionables, pero no tenía más opción si quería salvar a mi familia. Mientras pagase su parte, era suficiente.

La travesía fue larga y costosa. La inadecuada conservación de las provisiones nos hizo perder casi todas las frutas y verduras en conserva que llevábamos, un error que el intendente pagó en latigazos, y la tripulación, en escorbuto. Traté de remediar los síntomas y cuidar a los enfermos, pero sin naranjas u otras frutas ácidas, poco podía hacer por ellos. La dieta habitual de los marineros era escasa en vitamina C, motivo por el que fueron los primeros en sufrir los síntomas de la enfermedad. Recomendé e insistí al capitán y a Qiang que tomásemos un desvío para reaprovisionarnos, pero Qiang se negó en redondo. Pretendía tomar la ruta más rápida hacia Demontooth sin importarle las consecuencias. Él y los miembros de su expedición, mejor alimentados que los tripulantes, podrían aguantar sin fruta hasta llegar a la isla.

Me arrepentí de haber aceptado entrar al servicio de aquel diablo con piel de hombre, dispuesto a sacrificar vidas por el bien de su dinero. Cuántas largas noches pasé añorando mi hogar, la comodidad de mi cama y la familiaridad de mi pequeña habitación. Hubiera cambiado todo el dinero de mi paga por estar de vuelta al momento. Pero daba igual cuánto repudiase mis decisiones o cuántas noches soñase con mi hogar mientras miraba aquel mar extraño desde mi camarote. Debía aceptar las consecuencias de mi decisión y llevar aquel contrato hasta su amargo final.

Recuerdo el día en que atracamos en Demontooth. Hacer tierra fue un alivio para todos, desde el codicioso Qiang y sus hombres, que podrían conducir al fin sus negocios, hasta el capitán, la tripulación y yo, que podríamos al fin conseguir frutas para tratar a los enfermos. Ya habíamos tenido que entregar a las aguas los cadáveres de dos tripulantes. De habernos demorado más en llegar a puerto, las pérdidas hubieran sido mucho mayores y terribles. Yo esperaba poder cuidar de los marineros en estado más grave, pero Qiang tenía otros planes para mí. Su negocio les llevaría al pie del Diente Este de Demontooth, donde les esperaba su contacto. En ese momento, en tierra extranjera y sabiendo poco de la isla, no sabía lo sospechoso que era que se fuesen a reunir con su contacto en un lugar como ese. Pensaba que habría alguna clase de aldea o puesto comercial. Posteriormente, me arrepentí de no haberme informado más antes de partir.

El encuentro fue en mitad del camino, rodeado de frondosa selva y de los cantos de aves que jamás había escuchado antes. Todo era muy distinto a lo que había visto hasta ahora y debo reconocer que estaba nervioso. Me mantuve en guardia, preocupado porque alguna fiera del bosque pudiera atacarnos. Sin embargo, los peores monstruos no son los animales salvajes. Cuando los contactos de Qiang llegaron, terminé de comprender demasiado tarde que no era una reunión normal. Su aspecto, ropas, forma de hablar y tatuajes les delataban. Eran piratas.

Me quedé paralizado, atenazado por la rabia y el miedo. Estaba atrapado en la selva con un jefe que hacía negocios con criminales y una banda de asesinos del mar. Me sentí asqueado e impotente. ¿Qué podía hacer alguien como yo? Sabía defenderme, pero era solo uno contra una docena de personas y estaba desarmado. No presté demasiada atención a la reunión, inmerso en mis pensamientos, tratando de trazar un plan. Fue por eso que el tropezón del pirata que llevaba el cofre me tomó por sorpresa y reaccioné por instinto. Cuando el cofre se abrió al salir volando y chocar contra una rama, recogí la fruta al vuelo.

Antes hablaba del caos y el destino. No lo hacía por casualidad. En ese breve momento de tensión en que todo el mundo se quedó paralizado, sentí que había sido elegido. Que el universo estaba buscando equilibrar la balanza de la justicia dándome la opción de girar las tornas. Era mi destino usar el poder de aquella fruta para darles su merecido. ¿Tenía razón? Ahora mismo no tengo tan claro que haya una voluntad universal o un destino, aunque aún le doy vueltas y me pregunto cómo pudieron cuadrar tantas pequeñas coincidencias. Cada pequeña decisión que me llevó a estar allí ese día. Si hubiese tomado alguna de manera diferente, probablemente no hubiera conseguido mi akuma no mi.

Pero quieres que finalice mi historia, ¿verdad? No me gusta demasiado hablar de ello. Fue... violento. Poco elegante. Hubo amenazas. Armas salieron de sus vainas. Yo tomé mi decisión y mordí la fruta. Su sabor agrio y olor acre inundaron mis sentidos. Tuve ganar de vomitar, pero me obligué a tragar. Y entonces, crecí. Poco pudieron hacer conmigo cuando me volví tan alto como para arrancar un árbol joven y usarlo como bate. Algunos suplicaron y pidieron piedad, pero la única que les di fue no tomar sus vidas. A pesar de mi furia, esa fue una línea que no crucé y que no cruzaré jamás.

Esa tarde entregué a los piratas y a la gente de Qiang a las autoridades de la isla. Uno de los guardias me preguntó si no me había planteado hacerme cazador de recompensas o alistarme en la Marina. Como médico se supone que es mi labor salvar vidas y curar heridas, no causarlas. Sin embargo, ahora que tengo este poder tengo una responsabilidad con el mundo. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras inocentes mueren y gente cruel abusa de su poder. Traeré el cambio a este mundo, y lo haré aunque tenga que romper huesos y destrozar imperios. Ese es mi deber y mi juramento.

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