Hay rumores sobre…
... que en cierta isla del East Blue, hubo hasta hace poco tiempo un reino muy prospero y poderoso, pero que desapareció de la faz de la tierra en apenas un día.
[Diario] Recuerdos del templo en un puerto
Gautama D. Lovecraft
El Ascendido
El viento salado me golpeaba el rostro mientras patrullaba el puerto, mi rifle colgando del hombro como un peso que aún no terminaba de sentir mío, pues no es que estuviera muy a favor de las armas de fuego. Caminaba lentamente por el muelle, mis botas resonaban contra la madera húmeda, y mi mente, como tantas otras veces, se deslizaba hacia recuerdos del pasado en el templo Gautama.

Habían pasado casi 2 años desde que dejé el templo budista en el Wes Blue. Allí, la vida era sencilla, casi etérea, los días se desdibujaban en la repetición de las prácticas: meditación al amanecer, trabajos humildes en el huerto, el eco sereno del canto de los sutras, todavía recuerdo el olor a incienso y la sensación de la piedra fría bajo mis pies descalzos. En aquel entonces, creía haber encontrado el equilibrio perfecto, pero el equilibrio, como aprendí después, puede ser tan frágil como un jarrón de cerámica.

Hoy, en cambio, me encontraba aquí, un viejo hombre entre jóvenes soldados y reclutas siendo suboficial. Resultaba irónico, casi absurdo, que alguien como yo, que había dedicado su vida a la no violencia, cargara ahora un arma y patrullara en nombre de La Marina, pero en cada paso que daba, trataba de reconciliar las contradicciones de mi existencia con el sentido de impartir la justicia que me definía, pues a pesar de la edad, también tenía mis inquietudes para cambiar el mundo, hacerlo un hogar mejor y dejar un buen legado a las generaciones venideras.

Recordé las palabras de mi maestro, que solía decir que la verdadera práctica no se encuentra en el aislamiento, sino en el bullicio de la vida cotidiana. Tal vez esto era lo que quiso decir, pues el puerto no tenía la paz del templo, pero sí un ritmo propio: las olas rompiendo contra los barcos, el crujir de las cuerdas tensadas, el olor penetrante del pescado, los gritos de los marineros y el murmullo del mercado. Aquí, entre la rudeza y el caos, buscaba encontrar el mismo estado de calma que había cultivado en las montañas.

Mientras avanzaba, siempre me preguntaba si este camino, tan distinto del anterior, me llevaría al mismo destino al despertar, si es que alguna vez existió, quizá se encontraba en aceptar las contradicciones de la vida, en patrullar el puerto con la misma atención plena con la que una vez barrí los escalones de piedra del templo bajo los cerezos.
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