
Irina Volkov
Witch Eye
12-01-2025, 04:15 PM
Día 2 de invierno
La taberna de isla Kilombo era un agujero lúgubre de paredes húmedas y vigas de madera ennegrecidas por el tiempo y el humo. Apenas un puñado de lámparas colgaban del techo bajo, proyectando una luz débil que parecía empeñada en morir. Los parroquianos hablaban en susurros, algunos con pinta de corsarios en busca de refugio, otros de mercenarios que escondían su verdadera lealtad. Era el tipo de lugar donde los secretos se intercambiaban más rápido que el ron. Irina empujó la puerta, y el crujido seco de las bisagras hizo que varias cabezas se giraran hacia ella. Su figura, envuelta en una capa de viaje gris con capucha, era poco llamativa a primera vista, pero quienes tenían buen ojo notaban enseguida la postura segura y el brillo alerta en sus ojos. Ella no era una viajera cualquiera.
Avanzó entre las mesas, esquivando sillas mal colocadas y botas extendidas, hasta llegar al rincón más oscuro del local. Allí, en la penumbra casi total, una figura estaba sentada, apenas visible. Llevaba un largo abrigo oscuro con una capucha que le cubría el rostro, dejando solo un destello de piel pálida que asomaba en el espacio entre las sombras. Airgid. Así la conocían los rumores, aunque pocos sabían si ese era su verdadero nombre. Irina sabía que era ella. En una de sus manos, parcialmente cubierta por un guante de cuero, sostenía una copa de cristal. Su postura era tan relajada como letal, como si pudiera pasar del silencio absoluto a un ataque fulminante en menos de un segundo. Nadie en la taberna se atrevía a acercarse, y quienes miraban en su dirección pronto apartaban la vista, incómodos. Era como si la oscuridad la protegiera, como si perteneciera más a las sombras que al mundo de los vivos.
Irina se detuvo un segundo antes de dar el último paso. Respiró hondo y se quitó la capucha, revelando su cabello oscuro y una mirada decidida. Se acercó a la mesa con pasos firmes, desoyendo las miradas furtivas que los demás clientes le lanzaban. La revolucionaria no levantó la vista de su copa, pero una leve inclinación de su cabeza delató que sabía quién había llegado. Sin pedir permiso, Irina apartó una silla de madera maltratada y se sentó frente a Airgid. La luz tenue apenas iluminaba sus rostros, pero no hacía falta. En ese rincón de Kilombo, las palabras estaban a punto de convertirse en la única moneda que importaba.
La taberna de isla Kilombo era un agujero lúgubre de paredes húmedas y vigas de madera ennegrecidas por el tiempo y el humo. Apenas un puñado de lámparas colgaban del techo bajo, proyectando una luz débil que parecía empeñada en morir. Los parroquianos hablaban en susurros, algunos con pinta de corsarios en busca de refugio, otros de mercenarios que escondían su verdadera lealtad. Era el tipo de lugar donde los secretos se intercambiaban más rápido que el ron. Irina empujó la puerta, y el crujido seco de las bisagras hizo que varias cabezas se giraran hacia ella. Su figura, envuelta en una capa de viaje gris con capucha, era poco llamativa a primera vista, pero quienes tenían buen ojo notaban enseguida la postura segura y el brillo alerta en sus ojos. Ella no era una viajera cualquiera.
Avanzó entre las mesas, esquivando sillas mal colocadas y botas extendidas, hasta llegar al rincón más oscuro del local. Allí, en la penumbra casi total, una figura estaba sentada, apenas visible. Llevaba un largo abrigo oscuro con una capucha que le cubría el rostro, dejando solo un destello de piel pálida que asomaba en el espacio entre las sombras. Airgid. Así la conocían los rumores, aunque pocos sabían si ese era su verdadero nombre. Irina sabía que era ella. En una de sus manos, parcialmente cubierta por un guante de cuero, sostenía una copa de cristal. Su postura era tan relajada como letal, como si pudiera pasar del silencio absoluto a un ataque fulminante en menos de un segundo. Nadie en la taberna se atrevía a acercarse, y quienes miraban en su dirección pronto apartaban la vista, incómodos. Era como si la oscuridad la protegiera, como si perteneciera más a las sombras que al mundo de los vivos.
Irina se detuvo un segundo antes de dar el último paso. Respiró hondo y se quitó la capucha, revelando su cabello oscuro y una mirada decidida. Se acercó a la mesa con pasos firmes, desoyendo las miradas furtivas que los demás clientes le lanzaban. La revolucionaria no levantó la vista de su copa, pero una leve inclinación de su cabeza delató que sabía quién había llegado. Sin pedir permiso, Irina apartó una silla de madera maltratada y se sentó frente a Airgid. La luz tenue apenas iluminaba sus rostros, pero no hacía falta. En ese rincón de Kilombo, las palabras estaban a punto de convertirse en la única moneda que importaba.