Hay rumores sobre…
... que en una isla del East Blue, hay un prometedor bardo tratando de forjarse una reputación. ¿Hasta dónde llegará?
[Autonarrada] Akuma no mi?
Jigoro Kano
El pequeño
Las primeras luces del alba se filtraban tímidamente por los ventanales del bar bañando con tonos dorados las mesas y las sillas de madera desgastadas por el tiempo. Jigoro Kano se puso en pie, alisándose el uniforme con movimientos precisos. Tras despedirse con un leve gesto del cantinero, quien estaba limpiando vasos con la tranquilidad que otorga la rutina, Jigoro salió a la calle.
El aire fresco de la madrugada le golpeó el rostro, despejándole la ligera somnolencia acumulada tras horas de trabajo en sus apuntes. A paso firme, pero sin prisa, se dirigió hacia la base de la Marina, situada a un par de kilómetros del puerto. Las calles de Loguetown estaban silenciosas, salvo por el crujir de las carretas que transportaban mercancías al mercado temprano.
Al llegar a la base, Kano saludó al oficial de la puerta con un leve asentimiento.
—Buen día, Kano, ¿otra noche larga? —preguntó el guardia, reconociendo en su mirada el cansancio que ocultaba con estoicismo.
—Nada fuera de lo habitual, —respondió Jigoro con calma antes de cruzar la entrada.

Dentro de la base, la actividad ya comenzaba a cobrar vida. Grupos de marines más jóvenes estaban formados en el patio para los ejercicios matutinos, mientras algunos oficiales revisaban reportes en una pequeña oficina cercana. Jigoro cruzó el espacio con paso medido, directo hacia los dormitorios para dejar su bolsa y refrescarse antes de comenzar su rutina.
Tras lavarse el rostro y ajustar su uniforme, Jigoro comenzó su jornada en la base. Primero se dirigió a la oficina administrativa, donde recogió una pila de documentos y órdenes que debían ser revisadas. La sala estaba iluminada por el suave resplandor del sol, y el sonido de las plumas rasgando el papel llenaba el ambiente.

—Kano, estos son los informes de las patrullas nocturnas, —dijo un suboficial mientras le entregaba un grueso legajo.
Jigoro asintió y se sentó en una de las mesas largas. Su escritura era meticulosa, casi artística, y trabajó sin descanso durante las siguientes dos horas, verificando registros, redactando observaciones y aprobando documentos con precisión.
Una vez terminado el papeleo, se dirigió al puerto anexo a la base para inspeccionar uno de los barcos de patrulla que regresaba de un despliegue. Los marines desembarcaban cajas con suministros y compartían las novedades de su misión. Jigoro, con su característica actitud reservada, se limitó a supervisar en silencio, tomando nota mental de los detalles relevantes para incluirlos más tarde en el informe.
Alrededor de las diez de la mañana, aprovechó un breve descanso para tomar una taza de té en el comedor de la base. Aunque la mayoría prefería el café, él optaba siempre por algo que le calmara la mente. Se sentó en una mesa apartada, observando con discreción el ir y venir de los marines más jóvenes, quienes discutían animadamente sobre las tareas del día.

Tras terminar su té, dedicó un tiempo a organizar las áreas comunes de la base. Supervisó que el equipo de entrenamiento estuviera en orden y comprobó el estado de los almacenes. Aunque estas tareas eran simples, Jigoro las consideraba fundamentales para mantener la disciplina y la eficiencia del lugar. Cuando el reloj marcó el mediodía, el comedor de la base comenzó a llenarse. Jigoro se sirvió un plato sencillo: arroz con pescado al vapor y algunas verduras al lado. Aunque las opciones eran limitadas, la comida era sustanciosa y preparada con esmero por el equipo de cocina.
Se sentó en una mesa junto a una ventana, desde donde podía observar los muelles a lo lejos. Mientras comía en silencio, escuchaba los fragmentos de conversaciones a su alrededor, aprendiendo más sobre las dinámicas y preocupaciones de los marines en la base. Algunos hablaban sobre sus familias en islas lejanas, mientras otros compartían anécdotas sobre sus primeras misiones.
Jigoro terminó su almuerzo sin prisa, disfrutando del momento de calma antes de retomar sus responsabilidades se tomó unos minutos para recorrer el exterior de la base. La brisa marina que llegaba desde los muelles era fresca y revitalizante. Caminó por el patio principal, observando a los reclutas más jóvenes que practicaban formaciones básicas bajo la supervisión de un instructor. Aunque no participaba directamente, Jigoro no podía evitar analizar mentalmente la postura y movimientos de los marines, identificando errores sutiles y áreas de mejora.

Al regresar al interior de la base,  pasó por la biblioteca, una pequeña pero bien surtida sala donde los oficiales solían consultar mapas, manuales y registros históricos. Allí, revisó un viejo libro sobre las rutas marítimas que cruzaban el East Blue, buscando información sobre las islas cercanas. Aunque no era parte de sus deberes inmediatos, Jigoro siempre encontraba útil estar preparado ante posibles despliegues en áreas desconocidas. Cerca de las dos de la tarde, le asignaron la tarea de inspeccionar el arsenal de la base. En compañía de un suboficial encargado, Jigoro revisó las armas de fuego, las espadas y los suministros de municiones.
—Todo parece estar en orden, pero sería prudente solicitar un nuevo lote de mantenimiento para las espadas, —comentó Jigoro mientras examinaba el filo de una katana de la dotación estándar.
El suboficial asintió, tomando nota de las observaciones. Jigoro valoraba estas pequeñas tareas, pues entendía que una base bien equipada era esencial para el desempeño de la Marina en cualquier situación. De vuelta en la oficina administrativa, Jigoro se sentó para redactar un informe sobre sus actividades del día. En su escritura detallada, incluyó observaciones sobre las necesidades del arsenal, el desempeño de los reclutas y recomendaciones para optimizar ciertas áreas operativas. Aunque no esperaba un reconocimiento inmediato, sabía que estos reportes contribuían al funcionamiento general de la base.
El tiempo transcurrió rápidamente mientras escribía. De vez en cuando, levantaba la mirada para observar cómo los demás oficiales trabajaban a su alrededor, algunos atendiendo a las patrullas entrantes y otros resolviendo cuestiones logísticas.

Alrededor de las cuatro de la tarde, Jigoro se dirigió nuevamente al puerto. Esta vez, le encomendaron supervisar la carga de suministros en uno de los barcos que partiría al día siguiente hacia una isla cercana.
Los marineros trabajaban con eficiencia, cargando barriles de agua, cajas de alimentos y materiales básicos. Jigoro verificó las listas y cotejó los contenidos con las órdenes de embarque. Aunque era un procedimiento rutinario, su enfoque meticuloso evitó que se cometieran errores en la distribución de los recursos.
Un marinero más joven se le acercó con cierta timidez.
—Señor Kano, ¿es cierto que hay rumores de piratas en las cercanías? —preguntó, bajando la voz para que los demás no lo escucharan.
Jigoro lo miró con seriedad.
—No prestes atención a los rumores. Concéntrate en tu tarea, y si surge algún peligro, la Marina estará preparada, —respondió con calma, proyectando una autoridad que tranquilizó al joven. Al caer la tarde, Jigoro regresó a los dormitorios de los oficiales para cambiarse de uniforme. La conferencia a la que asistiría era de carácter militar, y su uniforme debía estar impecable. Después de lavarse el rostro y ajustarse la chaqueta, se miró al espejo por un momento, verificando cada detalle.
Antes de dirigirse al salón de conferencias, Jigoro dedicó unos minutos a ordenar sus documentos y repasar las notas que había tomado durante el día. Aunque no estaba seguro de lo que se trataría específicamente en la junta, prefería estar preparado con toda la información relevante a la mano.
La base estaba en calma, con la luz del atardecer tiñendo las paredes de un tono anaranjado. Mientras caminaba hacia el edificio principal, el sonido de las campanas del puerto le recordaba la constancia del trabajo de la Marina en Loguetown.

La sala de conferencias de la base estaba ubicada en el edificio central, un lugar que podía albergar cómodamente a un centenar de oficiales y suboficiales. Las paredes estaban decoradas con mapas del East Blue, retratos de antiguos almirantes y la insignia de la Marina en el centro del frente, justo detrás del atril donde el comandante a cargo solía hablar.
Jigoro llegó puntualmente, ubicándose en una de las filas traseras, donde podía observar a todos los presentes sin llamar mucho la atención. La sala se llenó rápidamente, y la atmósfera se cargó de un aire de expectativa. Finalmente, el comandante de la base, un hombre de mediana edad con una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda, subió al atril.
—Marines, gracias por asistir —inició, su voz profunda resonando en el salón—. Tenemos información reciente que podría requerir nuestra atención inmediata.
Un oficial junto al atril desplegó un mapa sobre un caballete, señalando una isla pequeña y poco conocida a unas pocas horas de navegación desde Loguetown.
—Se han reportado rumores de la existencia de una furta del diablo en esta isla — continuó el comandante, causando un murmullo entre los presentes—. No sabemos con certeza si la información es confiable, pero hemos recibido informes de actividad pirata en las cercanías, lo que sugiere que estos rumores han atraído a individuos indeseables.
El comandante hizo una pausa para observar a los oficiales.
—La misión es clara, investigar la situación, confirmar si la Akuma no Mi está realmente en la isla y, de ser posible, asegurarnos de que no caiga en manos equivocadas. La Marina no puede permitir que una fruta del diablo sea utilizada para fines maliciosos.

Se dieron detalles específicos sobre las patrullas asignadas, los barcos que participarían en la operación y las medidas de seguridad necesarias. Jigoro tomó nota en silencio, concentrado en cada palabra, aunque no podía evitar sentir cierta confusión. La mención de las Akuma no Mi despertaba su curiosidad, pero no entendía del todo qué eran o por qué generaban tanta atención.
—La reunión termina aquí. Los oficiales asignados recibirán más instrucciones mañana por la mañana. Descansen bien y prepárense para lo que venga.
Los marines comenzaron a abandonar la sala, algunos discutiendo en voz baja sobre los rumores y otros repasando las órdenes recibidas. Jigoro, en cambio, permaneció sentado unos minutos más, organizando sus notas y esperando que la sala se despejara, cuando el flujo de marines disminuyó, Jigoro se acercó a uno de los oficiales que permanecía en el salón, el teniente Hiroshi, un hombre de cabello corto y canoso que parecía tener más años de experiencia que cualquiera en la base. Hiroshi revisaba algunos documentos, pero levantó la mirada al notar la presencia de Jigoro.
—¿Algo en mente, Kano? —preguntó con tono amable.
Jigoro inclinó la cabeza respetuosamente antes de hablar.
—Disculpe, teniente Hiroshi, pero me gustaría comprender mejor lo que son las frutas akuma. He escuchado el término antes, pero no estoy familiarizado con su naturaleza o por qué son tan importantes.
Hiroshi dejó los documentos a un lado, mostrando una ligera sonrisa.
—Es una pregunta razonable. Las Akuma no Mi son frutas que otorgan habilidades sobrenaturales a quien las consume, pero a un precio: pierden la capacidad de nadar. Estas frutas son extremadamente raras y valiosas, y sus poderes pueden variar desde lo absurdo hasta lo absolutamente aterrador.
Jigoro asintió, procesando la información.
—¿Son comunes en el East Blue?
—No tanto como en otros mares, pero su sola mención puede causar caos. Los piratas las codician, y la Marina no puede darse el lujo de ignorar un posible avistamiento. Cada Akuma no Mi tiene un poder único, y algunas incluso pueden cambiar el destino de quien las utiliza.
El teniente hizo una pausa, observando el rostro reflexivo de Jigoro.
—Kano, no subestimes estas frutas, pero tampoco las temas en exceso. Si llegamos a enfrentarnos a alguien que posea uno de estos poderes, recuerda que su habilidad no los hace invencibles. La preparación y la estrategia son siempre nuestras mayores armas.
Jigoro agradeció la explicación con una leve inclinación.
—Gracias, teniente Hiroshi. Esto me ayuda a entender mejor la situación.
—Es bueno preguntar. La ignorancia es peligrosa en nuestro trabajo, —respondió Hiroshi, volviendo a sus documentos—. Ahora, descansa. Si hay una misión, quiero a todos en su mejor estado.
Jigoro asintió nuevamente y salió de la sala, más informado y con una creciente curiosidad por estas misteriosas frutas del diablo. Mientras caminaba por los pasillos de la base, reflexionaba sobre las palabras del teniente y las implicaciones de la misión que se avecinaba
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