
Lance Turner
Shirogami
16-01-2025, 08:48 AM
(Última modificación: 16-01-2025, 08:56 AM por Lance Turner.)
La nieve había empezado a caer ligera aquella mañana, cubriendo el pueblo con una capa blanca que emitía ese sonido tan peculiar de la nieve con las pisadas. Había decidido detenerme en una aldea tranquila en mi camino hacia el puerto, buscando algo de comida caliente y, con suerte, una buena historia que escuchar en la taberna local. Lo que no hubiese imaginado nunca, era que la historia viniera directamente a mí, esta vez, envuelta en el delantal de una amable señora mayor.
Había entrado en la taberna con pasos lentos y cuidadosos, claramente luchando contra algún dolor propio de la avanzada edad. Su cabello, completamente blanco, estaba recogido en un moño apretado. Su rostro, aunque bastante marcado por los años, tenía una calidez que inmediatamente te hacía sentir en casa, dando la clásica imagen de una abuela que se preocupa de tener bien mimado a su nieto favorito. Llevaba un tiempo observándome, lo cual me inquietó cada vez más, pues nunca se me habría ocurrido el motivo que había detrás. Se detuvo frente a mi mesa, con semblante pacífico pero algo vergonzoso, como quien va a pedir un favor, y para mi sorpresa, era justo eso, y tenía relación con un pequeño paquete envuelto en tela que cargaba entre sus manos
- Disculpa que le moleste, joven. - Comenzó, con una voz suave pero cargada de urgencia. - Usted no es de por aquí, imagino que está viajando... ¿Sería tan amable de hacerme un gran favor? - Preguntó con algo de pena en sus ojos, pero firme.
Dejé mi taza de café sobre la mesa y la miré con curiosidad.
- Depende del favor. Pero con esa mirada, dudo que pueda negarme. - Le contesté risueño para que se relajase un poco. - Y por favor, no me trate de usted, siéntese.
Ella soltó una risita nerviosa y extendió el paquete hacia mí, mientras tomaba asiento.
- Es comida. La preparé para mi hija, que vive en la aldea vecina. Quería llevársela yo misma, pero estos viejos huesos ya no me lo permiten. Mi cadera no está para caminatas largas.
Me incliné hacia adelante, interesado, pero con cuidado de no sonar brusco o borde.
- ¿Por qué no le llama para que venga a buscarlo?
La señora torció el gesto, transmitiéndome con toda seguridad que eso no iba a ser posible al tiempo que sesacudió la cabeza con visible desagrado.
- No puedo usar esos Den Den Mushi. Me dan escalofríos… esa cosa moviendo los ojos mientras hablas. No, no, no, es superior a mi. Prefiero evitarlo.
No pude evitar soltar una carcajada. Había oído muy pocas veces que alguien no usaba Den Den Mushi, pero jamás con una razón como esa.
- Bueno, tiene sentido. - Le contesté para contrarrestar mi risa de antes. - Pero, ¿por qué no le pide a algún vecino?
Ella suspiró, mirando el paquete como si sostuviera algo mucho más valioso que comida.
- La mayoría de mis vecinos tienen cosas que hacer, y no quiero ser una carga. Pero tú… tú pareces fuerte, joven, y como si estuvieras de paso. Además, ella no sabe nada de mí porque hace tiempo que no nos comunicamos. Si aceptas llevarle esto, ¿podrías pedirle que me mande una carta contándome cómo le va?
Era difícil negarse a alguien tan genuinamente bondadoso, además, la idea de hacer de repartidor por un día no sonaba tan mal.
- Está bien, señora. Considera tu encargo como hecho. ¿Cómo se llama tu hija?
- Rosalía. Vive en una casita cerca del molino, a la entrada de la aldea. No tiene pérdida. Gracias, joven. De verdad, muchas gracias.
Con el paquete bien sujeto, salí de la taberna y comencé mi caminata hacia la aldea vecina. La nieve había comenzado a caer con más intensidad, pero el camino estaba relativamente despejado. A mi alrededor, los árboles desnudos crujían bajo el peso del hielo, y las pocas aves que quedaban en la zona graznaban desde las ramas más altas.
Mientras caminaba, no pude evitar pensar en la señora. Había algo en su petición que me recordaba a mi propia madre, siempre preocupada por el bienestar de los demás, incluso a costa de su propia comodidad.
- Debe ser duro no saber nada de tu hija durante tanto tiempo. - reflexioné en un intento de distraerme en el camino. - Y todo por un miedo a los Den Den Mushi. Aunque, bueno, no puedo culparla… esos caracoles son un poco inquietantes, nunca me había parado a verlos así.
Llegué a la aldea vecina un par de horas más tarde. El molino que la señora había mencionado era fácil de encontrar, y justo frente a él, una pequeña casa de madera con un jardín cubierto de nieve se alzaba modestamente. Me acerqué a la puerta y golpeé un par de veces.
Una joven mujer abrió, envuelta en un chal grueso. Sus ojos, grandes y marrones, se abrieron aún más al verme sosteniendo el paquete.
- ¿Puedo ayudarte? - preguntó con un tono curioso.
- ¿Eres Rosalía? Tu madre me pidió que te trajera esto. Es comida hecha por ella.
Rosalía parpadeó, claramente sorprendida.
-¿Mi madre? ¿Cómo está? No sé nada de ella desde hace meses.
-Está bien, aunque no pudo venir porque tiene problemas con la cadera. Además, quiere que le mandes una carta contándole cómo estás.
La joven me invitó a pasar, insistiendo en que debía calentarme antes de regresar. Acepté, aunque no planeaba quedarme demasiado. La casa era acogedora, con una pequeña chimenea que crepitaba suavemente y un aroma a especias que llenaba el aire.
- ¿Qué la llevó a pedirte esto? - preguntó mientras abría el paquete.
- Simple, no es muy fan de los Den Den Mushi. Dice que le dan escalofríos. - Contesté justo antes de soltar una carcajada.
- Eso suena como ella. Siempre ha sido un poco peculiar. Pero… gracias. Significa mucho que haya pensado en mí.
Nos sentamos junto al fuego mientras ella probaba la comida que su madre había preparado. Entre bocados, me contó sobre su vida en la aldea, su trabajo como costurera y cómo había estado tan ocupada que no había tenido tiempo de visitar a su madre.
- Siempre pienso en ella, pero el trabajo me consume. Creo que… he dejado que pase demasiado tiempo.
- Nunca es tarde para arreglarlo. Una carta sería un buen comienzo.
Antes de partir, Rosalía me entregó un sobre cuidadosamente sellado.
-Por favor, dile que la extraño. Y gracias por hacer esto. Realmente lo aprecio.
Le aseguré que su mensaje llegaría a salvo, y emprendí el camino de regreso.
Cuando regresé a la aldea inicial, la noche ya había caído. Encontré a la señora en la taberna, sentada junto al fuego con una expresión de preocupación que se desvaneció en cuanto me vio entrar.
Le entregué el sobre y le conté cómo estaba Rosalía. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sostenía la carta con manos temblorosas.
-Gracias, joven. No sabes cuánto significa esto para mí. - Me dijo con los ojos húmedos, a puntos de llorar.
Me despedí con una sonrisa, dejando a la señora disfrutar de las palabras de su hija. Mientras salía de la taberna, el frío de la noche parecía menos intenso, y el mundo, de alguna manera, se sentía un poco más cálido.
Había entrado en la taberna con pasos lentos y cuidadosos, claramente luchando contra algún dolor propio de la avanzada edad. Su cabello, completamente blanco, estaba recogido en un moño apretado. Su rostro, aunque bastante marcado por los años, tenía una calidez que inmediatamente te hacía sentir en casa, dando la clásica imagen de una abuela que se preocupa de tener bien mimado a su nieto favorito. Llevaba un tiempo observándome, lo cual me inquietó cada vez más, pues nunca se me habría ocurrido el motivo que había detrás. Se detuvo frente a mi mesa, con semblante pacífico pero algo vergonzoso, como quien va a pedir un favor, y para mi sorpresa, era justo eso, y tenía relación con un pequeño paquete envuelto en tela que cargaba entre sus manos
- Disculpa que le moleste, joven. - Comenzó, con una voz suave pero cargada de urgencia. - Usted no es de por aquí, imagino que está viajando... ¿Sería tan amable de hacerme un gran favor? - Preguntó con algo de pena en sus ojos, pero firme.
Dejé mi taza de café sobre la mesa y la miré con curiosidad.
- Depende del favor. Pero con esa mirada, dudo que pueda negarme. - Le contesté risueño para que se relajase un poco. - Y por favor, no me trate de usted, siéntese.
Ella soltó una risita nerviosa y extendió el paquete hacia mí, mientras tomaba asiento.
- Es comida. La preparé para mi hija, que vive en la aldea vecina. Quería llevársela yo misma, pero estos viejos huesos ya no me lo permiten. Mi cadera no está para caminatas largas.
Me incliné hacia adelante, interesado, pero con cuidado de no sonar brusco o borde.
- ¿Por qué no le llama para que venga a buscarlo?
La señora torció el gesto, transmitiéndome con toda seguridad que eso no iba a ser posible al tiempo que sesacudió la cabeza con visible desagrado.
- No puedo usar esos Den Den Mushi. Me dan escalofríos… esa cosa moviendo los ojos mientras hablas. No, no, no, es superior a mi. Prefiero evitarlo.
No pude evitar soltar una carcajada. Había oído muy pocas veces que alguien no usaba Den Den Mushi, pero jamás con una razón como esa.
- Bueno, tiene sentido. - Le contesté para contrarrestar mi risa de antes. - Pero, ¿por qué no le pide a algún vecino?
Ella suspiró, mirando el paquete como si sostuviera algo mucho más valioso que comida.
- La mayoría de mis vecinos tienen cosas que hacer, y no quiero ser una carga. Pero tú… tú pareces fuerte, joven, y como si estuvieras de paso. Además, ella no sabe nada de mí porque hace tiempo que no nos comunicamos. Si aceptas llevarle esto, ¿podrías pedirle que me mande una carta contándome cómo le va?
Era difícil negarse a alguien tan genuinamente bondadoso, además, la idea de hacer de repartidor por un día no sonaba tan mal.
- Está bien, señora. Considera tu encargo como hecho. ¿Cómo se llama tu hija?
- Rosalía. Vive en una casita cerca del molino, a la entrada de la aldea. No tiene pérdida. Gracias, joven. De verdad, muchas gracias.
Con el paquete bien sujeto, salí de la taberna y comencé mi caminata hacia la aldea vecina. La nieve había comenzado a caer con más intensidad, pero el camino estaba relativamente despejado. A mi alrededor, los árboles desnudos crujían bajo el peso del hielo, y las pocas aves que quedaban en la zona graznaban desde las ramas más altas.
Mientras caminaba, no pude evitar pensar en la señora. Había algo en su petición que me recordaba a mi propia madre, siempre preocupada por el bienestar de los demás, incluso a costa de su propia comodidad.
- Debe ser duro no saber nada de tu hija durante tanto tiempo. - reflexioné en un intento de distraerme en el camino. - Y todo por un miedo a los Den Den Mushi. Aunque, bueno, no puedo culparla… esos caracoles son un poco inquietantes, nunca me había parado a verlos así.
Llegué a la aldea vecina un par de horas más tarde. El molino que la señora había mencionado era fácil de encontrar, y justo frente a él, una pequeña casa de madera con un jardín cubierto de nieve se alzaba modestamente. Me acerqué a la puerta y golpeé un par de veces.
Una joven mujer abrió, envuelta en un chal grueso. Sus ojos, grandes y marrones, se abrieron aún más al verme sosteniendo el paquete.
- ¿Puedo ayudarte? - preguntó con un tono curioso.
- ¿Eres Rosalía? Tu madre me pidió que te trajera esto. Es comida hecha por ella.
Rosalía parpadeó, claramente sorprendida.
-¿Mi madre? ¿Cómo está? No sé nada de ella desde hace meses.
-Está bien, aunque no pudo venir porque tiene problemas con la cadera. Además, quiere que le mandes una carta contándole cómo estás.
La joven me invitó a pasar, insistiendo en que debía calentarme antes de regresar. Acepté, aunque no planeaba quedarme demasiado. La casa era acogedora, con una pequeña chimenea que crepitaba suavemente y un aroma a especias que llenaba el aire.
- ¿Qué la llevó a pedirte esto? - preguntó mientras abría el paquete.
- Simple, no es muy fan de los Den Den Mushi. Dice que le dan escalofríos. - Contesté justo antes de soltar una carcajada.
- Eso suena como ella. Siempre ha sido un poco peculiar. Pero… gracias. Significa mucho que haya pensado en mí.
Nos sentamos junto al fuego mientras ella probaba la comida que su madre había preparado. Entre bocados, me contó sobre su vida en la aldea, su trabajo como costurera y cómo había estado tan ocupada que no había tenido tiempo de visitar a su madre.
- Siempre pienso en ella, pero el trabajo me consume. Creo que… he dejado que pase demasiado tiempo.
- Nunca es tarde para arreglarlo. Una carta sería un buen comienzo.
Antes de partir, Rosalía me entregó un sobre cuidadosamente sellado.
-Por favor, dile que la extraño. Y gracias por hacer esto. Realmente lo aprecio.
Le aseguré que su mensaje llegaría a salvo, y emprendí el camino de regreso.
Cuando regresé a la aldea inicial, la noche ya había caído. Encontré a la señora en la taberna, sentada junto al fuego con una expresión de preocupación que se desvaneció en cuanto me vio entrar.
Le entregué el sobre y le conté cómo estaba Rosalía. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sostenía la carta con manos temblorosas.
-Gracias, joven. No sabes cuánto significa esto para mí. - Me dijo con los ojos húmedos, a puntos de llorar.
Me despedí con una sonrisa, dejando a la señora disfrutar de las palabras de su hija. Mientras salía de la taberna, el frío de la noche parecía menos intenso, y el mundo, de alguna manera, se sentía un poco más cálido.