
Baltazar Bonez
Mr.Bonez
20-01-2025, 10:08 AM
Dentro de aquellas hortas del ocaso, se podía ver bastante bien como el cielo pasaba de su brillante azulado y despejado a verse ya nubes en el cielo pintadas de rosáceo azulado, producto del sol que lentamente se escondía en el horizonte. Era nuevamente aquella hora en donde la congestión de la ciudad comenzaba a aminorar, mientras que las luces de las calles se hacían más notorias hasta el punto de que a lo lejos se pudiera ver aquel gran juego de luces de las casas de Logetown como si fueran un centenar de luciérnagas. Así era como Logetown volvía lentamente al término de otro día, haciendo que, mientras los trabajadores y ciudadanos que comúnmente transitaban la ciudad, ahora lo hicieran más que nada piratas, mercaderes y bandidos que aprovechaban la oscuridad y la escasez de patrullajes por parte de los marines para poder salir a hacer de sus fechorías.
Bonez, por su parte, se encontraba en el muelle, esperando a un viejo amigo que había conocido en uno de sus primeros trabajos en Logetown. Al parecer necesitaba protección para llevar una preciada carga de valiosos artefactos hacia Logetown; el problema es que sabía que sus perseguidores tenían hombres que seguramente estarían listos a interceptarlo en la ciudad. Bonez, a su vez, había aceptado echarle una mano, ya que aquella anciana había sido una de las pocas personas que había mostrado algo de amabilidad en el momento en el que había llegado a Loguetown sin dinero en sus bolsillos ni comida en su estómago. Era obvio que no podía darle la espalda en aquel momento de necesidad, así que después de una breve llamada por parte de su buen amigo, Bonez había decidido esperarle en el puerto.
Así fue como aprovechaba aquel momento para disfrutar de la vista de aquel colorido y hermoso puerto de la ciudad de Loguestown; manteniéndose a la espera de aquel hombre, Bonez se quedó observando las embarcaciones de mercaderes y transporte que iban y venían de diferentes islas con gente y objetos de otras islas. Entre el lento y apaciguado movimiento de los barcos en aquella tarde tranquila, pensamientos de su isla natal comenzaron a rondar por su mente. Aun no tenía noticias de lo que había sucedido en Fantasmagoria; aun teniendo dudas de si es que la ciudad estaba bien y si sus viejos amigos por lo menos le recordaban de alguna manera afectuosa antes de que aquella maldición cambiara el color de su piel y ojos. Los recuerdos de aquella noche la seguían atormentando, sobre todo en aquellos atardeceres que atraían la melancolía de aquellos días de niñez en aquella isla, que, aunque tétrica y pantanosa, guardaba en sus rincones cálidos recuerdos de sus aventuras y vivencias pasadas. El agua cerca del muelle hacía un sonido seco y rítmico cada vez que las olas golpeaban los cimientos con una repetición hipnótica que lo dejaba más inmerso en sus pensamientos.
Bonez, por su parte, se encontraba en el muelle, esperando a un viejo amigo que había conocido en uno de sus primeros trabajos en Logetown. Al parecer necesitaba protección para llevar una preciada carga de valiosos artefactos hacia Logetown; el problema es que sabía que sus perseguidores tenían hombres que seguramente estarían listos a interceptarlo en la ciudad. Bonez, a su vez, había aceptado echarle una mano, ya que aquella anciana había sido una de las pocas personas que había mostrado algo de amabilidad en el momento en el que había llegado a Loguetown sin dinero en sus bolsillos ni comida en su estómago. Era obvio que no podía darle la espalda en aquel momento de necesidad, así que después de una breve llamada por parte de su buen amigo, Bonez había decidido esperarle en el puerto.
Así fue como aprovechaba aquel momento para disfrutar de la vista de aquel colorido y hermoso puerto de la ciudad de Loguestown; manteniéndose a la espera de aquel hombre, Bonez se quedó observando las embarcaciones de mercaderes y transporte que iban y venían de diferentes islas con gente y objetos de otras islas. Entre el lento y apaciguado movimiento de los barcos en aquella tarde tranquila, pensamientos de su isla natal comenzaron a rondar por su mente. Aun no tenía noticias de lo que había sucedido en Fantasmagoria; aun teniendo dudas de si es que la ciudad estaba bien y si sus viejos amigos por lo menos le recordaban de alguna manera afectuosa antes de que aquella maldición cambiara el color de su piel y ojos. Los recuerdos de aquella noche la seguían atormentando, sobre todo en aquellos atardeceres que atraían la melancolía de aquellos días de niñez en aquella isla, que, aunque tétrica y pantanosa, guardaba en sus rincones cálidos recuerdos de sus aventuras y vivencias pasadas. El agua cerca del muelle hacía un sonido seco y rítmico cada vez que las olas golpeaban los cimientos con una repetición hipnótica que lo dejaba más inmerso en sus pensamientos.