Alguien dijo una vez...
Crocodile
Los sueños son algo que solo las personas con poder pueden hacer realidad.
[Diario] Samsara (Parte 5)
Shy
"Shy"
-¿Dónde está…? –preguntaba Rin con voz trémula.

El cuerpo le dolía horrores. Casi parecía que le hubiera pasado por encima una de las enormes bestias que vivían en los archipiélagos más agrestes del East Blue. Y no era para menos. Una turba aterrorizada, azuzada por el rugir de los cañones y el bramido de los delincuentes que los portaban, le había pasado por encima. Un pisotón puede aguantarse. Dos incluso. Pero cerca de un centenar podría matar hasta al más resistente de los hombres. Y Rin no era especialmente resistente. Destacaba más en el cuerpo por su manejo del mosquete.

El cabo Almond le observaba. Haciendo honor a su nombre, sus ojos tenían un color y forma almendrados, y sus cabellos tenían un tono similar. Le miraba sentado junto a la cama, con expresión compungida. Almond no era un mal tipo, dentro de lo que cabía. Podía ser de los más afables del cuartel, incluso cuando compartía orfanato con Rin. Sin embargo, nunca habría abierto su corazón ni compartido opiniones sentimentales con aquel marine de pocas palabras. Razón de más para que la dolorida –que Rin sentía como casi desmigajada por los pisotones- frente de Rin se torciera en un gesto lánguido de duda y temor.

-Almond… Ame… ¿Dónde…?

Almond parecía intentar soltarlo. Titubeó. Cada segundo de aquella interacción se hizo eterno para Rin. Abrió los ojos como platos, mientras notaba su respiración acelerarse por momentos. Aquel silencio no auguraba buenas noticias, de ninguna manera. No. Solo las palabras más negras podrían salir de la boca del bueno de Almond. El hecho de que se le humedecieran los ojos no hizo sino confirmar los peores temores de Rin.

-Lo… Lo siento mucho, Rin –fue lo único que pudo decir Almond, antes de levantarse y abandonar la habitación, sollozando.

Rin fijó su mirada en el techo, con el corazón desbocado y los ojos escociéndole. No podía ser. El mayor de sus temores se había hecho realidad. Estaba solo. Solo. Ame le había abandonado. Por última vez. No quedaba nadie junto a él. Ya nadie reiría, cantaría ni le dedicaría las más bonitas palabras.

Nadie que le sanara. Rin estaba totalmente solo. Solo con el silencio.

***

La chica sabía dibujar bien. Bastó una mirada torva a los gorilas para que le dejasen estar con ella otros cinco minutos. Y en la siguiente entrega, veinte minutos. No hablaban demasiado, sencillamente pasaban el rato garabateando en la libreta de Shy. Era una muchacha tranquila, de silencioso porte y amable trato, aunque tan parca en palabras como él. La horma de su zapato. Normalmente era a Shy a quien tenían que sacarle conversación a cucharadas, pero con una persona igual que él, parecía difícil cualquier tipo de comunicación.

Había conseguido sonsacarle que su nombre era Nari. También, a través de los dibujos, había logrado saber que vivía en una casa de varias alturas que denotaba un cierto nivel de opulencia, y que le gustaba el arroz frito con tropezones diversos. Shy también pudo deducir que le gustaba tocar el shamisen y los atardeceres. Desde luego, el cazador podía aseverar que era Nari debía de ser una muchacha de infinita gentileza. Pero eso no le daba ningún tipo de información acerca de cómo había acabado en las garras de aquella mujer. Shy se resignó a quedarse sin esa información. Sabía que revivir eventos traumáticos podía ser muy doloroso, y muchos optaban por ignorarlos o esconderlos. Lo sabía demasiado bien.

Lo cierto es que no dejaba de pensar en lo absurdamente fácil que podía ser sacarla de allí. Desde el otro plano, podía observar dónde se ocultaba el tirador en la sala, dedicarle una letal aguja en su cuello, y marcharse de la mano con Nari, con el atardecer a sus espaldas y una canción de shamisen en su cabeza. Pero, como de costumbre, se daba de bruces con una realidad que no sabía explicar. No quería sacarla. Todavía no.

¿Por qué lo hago? Shy aúno todas las hipótesis en su cabeza, y se dio cuenta de una cosa: nadie le haría compañía de la forma en la que se la hacía Nari. Sí, ciertamente, contaba con las bromas sin gracia y las borracheras de Illyasbabel, pero eso no era lo que necesitaba. Necesitaba la compañía de alguien que le llenase, que le hiciera sentirse como si tuviera a Ame o a Hyun a su lado. Y en aquel cruel mundo, ese pájaro enjaulado era su mejor opción para huir de la soledad. Lo que, por otra parte, le hacía temer la llegada del momento en el que tuviera que hacer su última entrega a aquella banda de malhechores. ¿La dejarían marchar? Si era así, ¿querría siquiera aquella muchacha acompañarle en sus viajes, o le permitiría siquiera que la viera? ¿Le permitiría compartir su tiempo con ella?

Shy salió cabizbajo de aquella celda, con la mente hundida en aquellas cuestiones. Levantó la muñeca para que aquel simiesco criminal le quitase la esposa de Kairoseki.

-Aún no –dijo en aquel insoportable tono, señalando a una habitación contigua-. Tienes una conversación pendiente.

Shy resopló, cansino. Le cansaban aquellos trabajos. Le cansaba ser él mismo. Le cansaba su soledad. Mas, primordialmente, le cansaba aquel macaco impetuoso, al que quería convertir en un erizo humano a base de aguijonazos.

Allí le esperaba la mujer, con media cara oculta por aquella pamela y la otra media exhibiendo una sonrisa obscena. Shy frunció el ceño.

-Lo estás haciendo de maravilla –decía la señora, asintiendo-. Querría tenerte con nosotros, en nuestra organización, pero tristemente, parece que no te caemos bien. Pero no te preocupes. Ha llegado tu último cometido. Después de esto, puedes irte a tomar viento fresco.

Shy asintió, obediente.

-¿Y ella?

La mujer torció aun más las comisuras de sus labios.

-Verás, no puedo decirte nada aún. Como seguramente sabes, este oficio es impredecible, y no podemos ir comprometiéndonos con cosas que no sabemos si se cumplirán. No agendamos nuestros asesinatos, por ejemplo.

Shy se envaró.

-Libérela –dijo Shy.

-Querido, no estás en posición de pedirme cosas, y menos de esta manera. La familia Yeon aún tiene que pagar. Además, te recuerdo que te dije que no la dañaría mientras cumplieras. Nunca prometí dejarla ir.

Shy apretó los dientes antes de darse la vuelta y abandonar la habitación. Su agudo oído escuchó la agitada respiración de la señora en lo que parecía ser una muda risilla. Se mordió la lengua. En fin. Ya saqué los pies del tiesto para matar al cabronazo de Geldhart, pensaba Shy. ¿Qué más dará que añada una persona más a la lista de víctimas? No sería el primer jefe al que mato…
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