¿Sabías que…?
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[Aventura] [T5] Operación Loto Azul (Pt.1)
Raiga Gin Ebra
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Vaya viaje has tenido, compañero... No sabes muy bien cómo has acabado llegando, pero lo has hecho. Me alegro de ello, al menos de momento.

La bruma se aferra a la isla de Kuen como un manto espectral, envolviendo sus costas en un velo de misterio y peligro que cala hasta en los huesos. Desde la cubierta del barco, la silueta de la isla se alza entre la niebla, con acantilados irregulares que parecen dientes afilados listos para devorar a cualquier insensato que se acerque sin la debida precaución. ¿Estás seguro de que quieres ir ahí? El viento arrastra un aroma terroso y húmedo, una mezcla de bambú mojado, agua estancada y algo más agrio, quizás el hedor de la decadencia que impregna cada rincón de esta tierra. Una mezcla que, si me preguntas, intentaría ignorar lo máximo posible.

El barco se desliza con cautela por una de las bahías de acceso, evitando los traicioneros arrecifes que rodean la isla. Lo cierto es que no hay demasiados navíos en el puerto, lo cual no es de extrañar. Kuen no es un lugar de paso; quienes vienen aquí lo hacen con un propósito claro, y la mayoría de esos propósitos están lejos de ser legales. Sin embargo, tú has decidido meterte en la boca del lobo por tu propio riesgo. Te lo vuelvo a preguntar, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?

A simple vista, el puerto parece modesto, con una hilera de muelles maltrechos y algunas barcazas que oscilan al ritmo de la marea. Barqueros de aspecto rudo van y vienen, transportando mercancías que nunca pasarían un control aduanero. Los ves con cara de pocos amigos, rondando de aquí para allá sin muchas ganas de seguir trabajando, pero ahí están. Algunos llevan cajas sin distintivos, otros cubren su carga con lonas desgastadas. Todo en este lugar huele a transacción clandestina.

En cuanto se pone pie en tierra firme, la sensación de inquietud se intensifica. Hay miradas furtivas desde las sombras, ojos avizores que examinan cada movimiento. Aquí, la desconfianza es ley, y un forastero emana mucha desconfianza. Dime, ¿has pensado qué decir si alguno de esos fornidos hombres te pregunta? ¿Tienes una coartada? Quizá te haga falta.

Desde tu posición puedes observar a algunos comerciantes con túnicas amplias, ocultando con maestría el contenido de sus bolsillos, mercenarios con cicatrices que cuentan historias de cuchillos en la oscuridad y contrabandistas que negocian en susurros con mil ojos acechando. Una anciana encorvada vende hierbas de origen dudoso en un puesto improvisado, mientras un grupo de jóvenes vestidos con ropajes oscuros vigila la zona con una atención poco disimulada que seguramente llame tu atención. Pufff, es muy probable que no sepas ni por dónde empezar. Y te entiendo. Aquí todo el mundo es sospechoso de algo, y la gran mayoría son culpables antes siquiera de que les pongas el ojo encima.

El camino a Tatsuya es traicionero, un sendero estrecho que serpentea a través de un bosque de bambú que alberga seres que aún no han visto la luz. El clima húmedo y la niebla espesa hacen que la visibilidad sea limitada en toda la isla, pero principalmente en este punto, y el aire se siente denso, pesado, como si la propia isla exhalara secretos al oído de aquellos que se aventuran en sus dominios. De vez en cuando, se pueden ver pequeñas góndolas que recorren el río principal de la isla, el Río Serpe, el cual bordea la ciudad por completo. Góndolas tripuladas por figuras silenciosas que apenas parecen moverse mientras sus remos cortan la superficie del agua con una gran precisión calculada, fruto de años de trabajo y práctica en el mismo lugar. Alguno de ellos tiene la mayor pinta de mafioso que te puedas imaginar, aunque quién sabe si realmente pertenecen a alguna organización mafiosa o no.

La Ciudad de Tatsuya emerge de entre la niebla como una bestia al acecho. Su arquitectura, con evidentes influencias orientales, está marcada por callejones estrechos y enrevesados que forman un laberinto para aquellos que no conocen su diseño. No serías ni la primera ni la última persona que se pierde ahí dentro. Y si lo haces... Creo que serías hombre muerto. O eso me han contado. Las casas, de tejados curvados y estructuras de madera oscura, se superponen en niveles irregulares, algunas conectadas por pasarelas improvisadas y otras no. La ciudad vibra con un bullicio contenido, donde las conversaciones se siguen desarrollando en un evidente secreto continuo.

El Mercado Negro de Tatsuya es un hervidero de actividad. Aquí se comercia con todo lo imaginable y lo inimaginable. No tienes más que darte una vuelta para sorprender a tu propia imaginación. ¿Qué es lo más raro que crees que se podría vender? Da igual la respuesta, ahí lo venden seguro. En los callejones menos transitados, se pueden ver cajas de armamento, drogas exóticas y objetos cuya procedencia no se cuestiona. Un puesto de armas improvisado exhibe cuchillos con empuñaduras talladas y dagas bañadas en toxinas. En otro, un hombre de rostro enjuto muestra una colección de pergaminos con mapas de rutas secretas y documentos falsificados. Todo lo que puedas imaginar.

Más allá, el murmullo de las alcantarillas sugiere que la ciudad tiene más de un nivel. Desde las rejas oxidadas que asoman en algunas esquinas, un hedor malsano se eleva, mezclado con la humedad de la ciudad. Se dice que por esas cloacas transitan ciertos especímenes con malas influencias, dispuestos a todo o casi todo.

Todo en Kuen sugiere que un paso en falso puede significar la ruina o la muerte. Aquí, la astucia es tan valiosa como el oro, y la lealtad es una moneda de doble filo. La ciudad no da la bienvenida a los forasteros, pero tampoco los rechaza abiertamente. Solo observa, evalúa y espera. Y la pregunta es: ¿cuánto tiempo puede un desconocido deambular por sus calles antes de llamar la atención equivocada?

Bienvenido!
#1
Henry
Tigre Rojo de la Marina
Día 33 de Invierno del Año 724

Desde la distancia podía sentir como mi visita en aquella isla no sería nada sencillo. Parado en la cubierta del barco podía ver como pequeños barcos mercantes salían de la isla, barcos cuyos tripulantes tenían cara de pocos amigos, seguramente intentando huir de aquella isla y sus peligros. La niebla que cubría toda la isla le daba el toque final, acompañando aquél sentimiento de misterio e intriga qué tanto envolvía a la isla Kuen.
 
Aquella era una isla en la que la muerte y las traiciones eran el pan de cada día, cosa de la que debía de cuidarme. Afortunadamente nada de esto era al azar, pues llevábamos meses de preparación para llevar a cabo esta misión. Mi objetivo era la recopilación de información de todo tipo, así como buscar y conseguir todo tipo de ventaja que ayude a la Marina. Esta era mi prueba de fuego en la cual demostraría mi determinación en acabar con la piratería.
 
Una vez en Kuen pude sentir todas aquellas miradas clavandose en mí, sospechando de mis intenciones. Pero todo parecía estar dentro de lo normal, quitando que muchos de los barcos del lugar transportaban y comerciaban con cosas altamente ilegales. Mentiría si dijera que no quisiera calcinarlos a todos en el lugar, pero solo complicaría más las cosas, quedándome sin mi fachada de Chef.
 
En mi caminata por la principal ciudad de Kuen, la ciudad de Tatsuya, pude ver todo tipo de cosas, pero siempre había un mismo factor; las miradas de sospecha de la gente que no dejaban de tenerme en su mira. Me encontraba solo en aquella isla y debía de ser inteligente, por lo que seguiría con mi papel de chef en busca de ingredientes y recetas ilegales, por lo que una visita al mercado de Kuen sería lo indicado.
 
Mi ropa era básicamente el uniforme de un chef más una gran capa blanca para ocultar mis alas mecánicas, mi más recién adquisición y una gran herramienta que me servirá cuando las cosas se salgan de control. Como chef debía de ir a por lo más exótico entre lo exótico, por lo que me dirigí hacia el mercado negro, donde parecía moverse lo mejor que Kuen podía ofrecer. 
 
¿Que clase de ingredientes me venderías? ¡Estoy buscando lo mejor de lo mejor, ingredientes que solo los mejores paladares merecen probar!
 
No había mejor forma de saber lo que se movía por aquél mercado que preguntar, así tendría una mejor idea de lo que estaba a punto de enfrentarme. También debía de encontrar la forma de infiltrarme en los lugares de poder de aquella ciudad, sobre todo los que tengan que ver con la conocida Dama del Loto.
 
Personaje

V&D

Inventario
#2
Raiga Gin Ebra
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Las calles de Tatsuya te envuelven con su caos calculado mientras te adentras en el Mercado Negro, una amalgama de olores, sonidos y colores que chocan entre sí con una intensidad abrumadora. Pese a tus conocimientos, no logras descifrar todos los olores que te llegan, distingues varias especias y productos, pero son tantos que quizá te sientas incluso algo agobiado. A decir verdad, la mezcla de olores es hasta agradable, pero sobre todo, confusa. Lo primero que sí que notas es la multitud: un enjambre de cuerpos en constante movimiento, peleando por obtener la mejor ganga o simplemente por mantenerse a flote en el bullicio incesante del comercio clandestino.

Los tenderos gritan sus ofertas con voces rasposas, tratando de hacerse oír por encima del barullo, algo que en ocasiones es imposible. Los compradores, por su parte, no se quedan atrás, regateando con una agresividad casi ritualista, empujándose y gesticulando con una pasión feroz. Todo esto parece ser mucho más que un simple comercio. La gente vive cada operación que intenta realizar. No hay un solo rincón que esté quieto, y todo el mundo parece tener prisa. A tu alrededor, ves mercancías de todo tipo: armas con empuñaduras talladas con motivos demoníacos, venenos en frascos diminutos con inscripciones crípticas, especias de tonalidades imposibles que despiden aromas exóticos y turbadores, e incluso jaulas con animales que nunca antes habías visto, algunos de ellos retorciéndose en un silencio perturbador.

Caminas con paso firme mientras tu capa blanca ondea ligeramente con cada movimiento. Aunque tratas de integrarte en el flujo natural del mercado, notas algunas miradas que se clavan en ti de vez en cuando. No es que destaques demasiado, aquí todo el mundo parece sacado de una historia diferente, pero el instinto de supervivencia de esta gente es agudo. Saben cuándo un rostro es nuevo. Sin embargo, nadie parece prestar demasiada atención más allá de una simple evaluación visual. Aquí todos están demasiado ocupados con sus propios negocios como para hacer preguntas innecesarias. De momento entre la multitud, estás jugando el papel de perfil bajo.

Intentas captar alguna conversación útil en medio del caos, pero las palabras se pierden entre el ruido de la multitud. Algunas frases se quedan en tu mente sin contexto alguno: 
No deberías vender eso tan barato, te van a destripar, ¡Lo conseguí de un barco que encalló en la costa! Si no lo tomas tú, alguien más lo hará, Dicen que la Dama del Loto está preparando algo grande.

Nada de esto te da una pista clara de lo que buscas, pero confirma lo que ya sabías: aquí todo tiene un precio, y todo el mundo busca sacar ventaja, aunque eso implique hundir a alguien más en el proceso.

Decides hacer una pregunta en voz alta, modulando tu tono para que suene natural dentro del bullicio, y es sobre los ingredientes que buscas para mantener tu coartada. Eres muy general, sin especificar en nada concreto. Esto puede salir bien o mal, veremos.

Tu voz se une al océano de sonidos, perdiéndose casi por completo. Nadie parece prestarte atención. Un hombre a tu derecha sigue regateando por una botella de sake que parece valer más que su propia vida, una mujer de ojos rasgados y expresión severa inspecciona un cuchillo con una pericia que sugiere que sabe perfectamente cómo usarlo, y un grupo de individuos de aspecto peligroso murmura en un dialecto que no reconoces mientras vigilan sus alrededores. Tus palabras caen en el olvido, arrastradas por la corriente de la compraventa desenfrenada.

Justo cuando estás a punto de intentar algo de nuevo, un hombre de avanzada edad, cojeando ligeramente, se acerca a ti. Lo hace con una expresión bastante neutra y sin hacer el mínimo ruido, aunque a decir verdad, con el que ya hay de fondo, sería imposible detectarlo. Su rostro está marcado por el tiempo, con arrugas profundas que podrían contar historias de décadas de comercio en la sombra. Viste una túnica sencilla, de tonos oscuros y desgastada por los años, pero sus ojos siguen siendo agudos, brillando con la astucia de alguien que ha sobrevivido en este lugar durante más tiempo del que cualquiera esperaría. Al llegar hasta tu posición, pone ambas manos sobre el bastón que usa para apoyarse y te mira con una ligera sonrisa.

—Joven —su voz es áspera, con un matiz de cansancio, pero firme—, quizá deberías concretar un poco en tu petición. Todo lo que tenemos aquí está a la venta. Pero dime, ¿qué estás buscando exactamente? Quizá pueda ayudarte.

La pregunta, aunque directa, está cargada de una cautela implícita. No es solo curiosidad; el hombre está tanteando el terreno, midiendo tu respuesta antes de decidir si vale la pena seguir hablando contigo. En este mercado, nadie regala información sin una razón de peso.

Cosas
#3
Henry
Tigre Rojo de la Marina
Mis oídos aún se estaban adaptando al ruido de las personas y comercio de aquél lugar. La gente ofrecía su dinero para comprar ciertos artículos como si fuera último que harían en esta vida. Una combinación indescifrable de olores invadía mi nariz, impidiendo que pudiera preguntar por alguna especia en específico. Cambiar la mirada significaba observar toda una nueva sección de productos ilegales y algunos con marcas demoníacas, cosa que parecía sostener cierto nivel de importancia en aquella isla.
 
Buscando algo que comprar para mantenerme como un chef apasionado por lo exótico me dirigí a una zona dónde parecía haber todo tipo de ingredientes, entre otras cosas. Las especias en este lugar lucían como cosas de otro mundo y mejor no hablar de los animales que tenían asegurados en jaulas, estos a parte de que jamás los había visto algunos se encontraban en un estado enfermizo.
 
Decidí salir de ese lugar para seguir buscando por uno que me de más confianza. Mintras caminaba pensaba en alguna forma de infilrtarme en los dominios de la Dama del Loto y así poder obtener verdadera información sobre nuestro enemigo. Pero una cosa era decirlo y otra muy diferente era hacerlo así que debía de darle prioridad a la información sobre la Dama.
 
De la nada logro esuchar partes de una conversación entre dos personas las cuales discutían sobre que hacer con algo, pero este algo parecía ser de interés para la Dama del Loto. Con disimulo giro mi cabeza para poder identificar las caras de aquellos dos tipos pero había tanta gente que se me hizo imposible.
 
Si obtenía aquello de lo que sos tipos hablaban podría lograr captar el interés de la Dama del Loto así que debía de usar todas mis cartas para obtenerlo. Me acerqué a otro puesto de especias preguntando por estas pedo nadie parecía escucharme por el semejante ruido que hacía hasta que un anciano, aparentemente parte de aquél comercio, decidió atenderme. 
 
Busco algo de información sobre cierta cosa del interés de la mismísima Dama del Loto. Como el chef que soy me gustaría atraer la atención de solo los mejores clientes del lugar y quería ver si me podías ayudar con eso.
 
Luego de responder a la pregunta de aquél anciano dejé ver una bolsa de Berries con la cual le dejaba ver que pagaría por su "ayuda". Sabía que habían otros clientes a mi alrededor que podían escucharme pero todo era parte del plan, pues en cierta forma debía de hacerme notar como el chef caza-fortunas que era.
#4
Raiga Gin Ebra
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El anciano frunce el ceño y te observa en silencio durante unos largos segundos, como si estuviera evaluando cada centímetro de tu rostro, cada mueca que puedas poner, cada matiz de tu expresión. Sus ojos, hundidos en arrugas que delatan décadas de experiencia, parecen atravesarte con una mezcla de desconfianza y pesar. La mirada que te lanza te hace sentir un poco incómodo, pero afortunadamente dura poco y pronto se digna a hablar.

—Pensé que tu objetivo era alguna especia —dice finalmente, con voz grave y pausada—. Te voy a decir una cosa, chico. No te metas en líos con esa gente. Te habrán dicho que te cubrirán de oro, pero lo que seguramente pase es que caben tu propia tumba.

Niega con la cabeza y guarda sus manos nudosas en las mangas de su túnica gastada. Hay algo en su tono, en la forma en la que lo dice, que no suena a simple advertencia de un viejo cauto. Es experiencia. Algo en su vida le ha enseñado que aquellos que juegan con la Dama del Loto no suelen vivir para contarlo.

Sin esperar respuesta, el anciano se aleja, perdiéndose en la multitud con una facilidad pasmosa. Desaparece como si nunca hubiera estado allí. Quizá te llame la atención esa facilidad, pero para cuando quieras actuar, seguramente sea demasiado tarde. En este mercado abarrotado, la gente entra y sale del flujo de compradores con una naturalidad que vuelve imposible seguir a alguien si no estás acostumbrado a ello. Antes de que puedas decidir qué hacer, un par de hombres se acercan a ti.

No parecen mercaderes. Son tipos con ropa de telas gruesas y con cicatrices en los nudillos, como si hubieran pasado buena parte de su vida resolviendo problemas con los puños. Ellos sí te han estado escuchando.

—¿Quieres impresionar a la Dama? —pregunta el primero, con una sonrisa ladeada, casi burlona.

Su compañero se cruza de brazos, observándote con una ceja arqueada. No parecen especialmente peligrosos comparados con los matones de la ciudad, pero aquí nadie sobrevive sin una buena dosis de astucia y malicia.

—Yo te digo qué tienes que hacer —continúa—, pero tendremos que ir los tres.

Señala con un leve gesto de cabeza al hombre que lo acompaña, quien hasta ahora había permanecido en silencio. Es él quien decide hablar esta vez. Sus voces te suenan, y no tardarás mucho en darte cuenta de que son los tipos que habían hablado anteriormente sobre el tema.

—Vas a necesitar dinero, chaval. Hay que sobornar a un par de hombres que conocemos, pero no son baratos. Habrá una comida y… bueno, si eres chef, quizá deberías preparar tu mejor plato. Esa es la mejor manera de llegar hasta la Dama.

Las palabras flotan en el aire, acompañadas por el rugido del mercado. El ruido de regateos y discusiones continúa a su alrededor, pero por un momento sientes que el tiempo se ralentiza.

Es una oportunidad. Pero no es gratuita. Aunque nada en la vida lo es, si lo piensas.

El primer hombre se inclina un poco más, como si quisiera asegurarse de que nadie más está escuchando. Y entonces deja caer el verdadero trato. Repite un poco las palabras de su compañero, pero puedes notar que este tipo va más enserio que su amigo.

—Pero una cosa te digo —su voz se vuelve más grave—. Si quieres trabajar para ella, la condición es que formemos equipo los tres.

El segundo hombre asiente lentamente, sin apartar sus ojos de ti. La sonrisa en sus rostros no es del todo tranquilizadora. No parecen querer robarte, ni parecen estafadores de poca monta… pero tienen un plan. Y ese plan te incluye a ti. Además, parecen tener contactos. ¿Qué puedes perder?

—Bueno, ¿qué dices? Si aceptas, te daremos más información.

Te observan en silencio, esperando tu respuesta. Tienes que decidir.
#5
Henry
Tigre Rojo de la Marina
Aquél anciano sinque sabía como poner nervioso a uno con su mirada en cada detalle de mi persona. Este finalmente me habla para advertirme sobre la Dama del Loto y lo peligrosa que esta era, cosa que sabía de sobra pero tenía que pretender cierto nivel de ignorancia. Aquella isla estaba llena de criminales e injusticias y yo me había ofrecido para purgarla de todo este mal.
 
El viejo niega con la cabeza y su forma de ser deja ver que hay más peso en sus palabras de lo que uno creería. De un momento a otro aquél anciano había desaparecido entre la gente que visitaba el mercado. Obviamente desistí rápidamente pues no perdería mi tiempo siguiendo a un anciano entre tanta gente. Pensé que tendría que comenzar de nuevo y buscar alguna otra forma de llegar a la Dama, pero un par de tipos duros se me acercó, los cuales parecían tener experiencia usando sus puños.
 
El primero de estos mencionó a la Dama del Loto, preguntándome si deseaba impresionarla. Esto ya me decía que aquél anciano trabajaba con estos tipos, lo que me inspiraba un poco de inseguridad. Estos me llevaron a un lugar más privado, donde no habrían curiosos intentando cazar algo de información. 
 
Oyendo sus voces con cuidado me di cuenta de que se trataba de aquellos dos tipos que no pude visualizar entre los tumultos de gente, lo que me decía que estos dos tenían lo que se necesitaba para llegar a la Dama del Loto. Estos me decían que debía de ofrecer cierta cantidad de dinero para sobornar a unos guardias y a partir de ese momento ya podría acceder a los dominios de la Dama.
 
Dejándome poco tiempo para pensarlo, el otro sujeto se inclina un poco más para ofrecerme lo que parecía formar parte de su verdadero plan. Aparentemente estaban interesados en formar equipo conmigo en caso de que quisiera trabajar para la Dama del Loto y así posiblemente hacer un buen dinero. 
 
Bien, pueden contar conmigo.
 
Tomé mi bolsa de berries y se la lancé al primer tipo aue me habló. 
 
No sé si de verdad hay que sobornar a alguien pero consideren ese dinero como prueba de mi compromiso. Ahora, cuéntenme sobre esa cosa que tanto le interesaría a la Dama y dueña de esta isla, es hora de servirle a una de las mujeres más poderosas del North Blue.
 
[Consumir=DOCF003]
#6
Raiga Gin Ebra
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Los dos hombres se miran con sonrisas cómplices cuando aceptas. No parecen sorprendidos, pero sí satisfechos con tu respuesta. Uno de ellos coge la bolsa de berries en el aire y la pesa con la mano, midiendo su contenido sin necesidad de abrirla. El otro se cruza de brazos y asiente, como si este fuera el resultado que esperaba.

Chocan los puños entre ellos y entonces fijan su atención en ti. Hay un momento de duda, como si ambos estuvieran esperando que el otro tomara la iniciativa para hablar. Sus miradas se cruzan varias veces, los gestos son claros: ninguno quiere empezar. Finalmente, el de cara más tosca y con una cicatriz cruzándole la mejilla suspira con fastidio y se adelanta.

—Vale, con esto será suficiente para pagar los servicios de los primeros guardias. Aunque deberemos aportar más si queremos llegar hasta la Dama. Pero bueno, eso ya llegará.

Levanta la bolsa de berries y se la guarda en el interior de su chaqueta con un gesto hábil, como si tuviera mucha práctica escondiendo cosas. Sin perder más tiempo, los dos te señalan una casa algo apartada, una estructura pequeña y de aspecto deteriorado que se encuentra a unos cinco minutos de donde estáis.

—Vamos. Hablaremos allí.

La caminata hasta la casa no es larga, pero se siente curiosamente silenciosa. Los callejones de Kuen, angostos y oscuros, parecen tragarse el sonido, con la excepción del mercado negro a la distancia, cuyo murmullo constante sigue presente como un eco lejano.

Cuando llegáis, empujan la puerta sin ceremonias y te hacen pasar. El interior es aún más deprimente que el exterior.

Es una casa antigua. Las paredes, aunque blancas, están marcadas por el paso del tiempo, llenas de desniveles y manchas de humedad. Hay una mesa de madera en el centro, rodeada por algunas sillas cojas y una estantería repleta de objetos que parecen haber acumulado polvo durante décadas. No hay ventanas. El aire tiene un leve olor a moho y encierro.

Los dos hombres se sientan de inmediato, ignorándote por completo mientras empiezan a hablar entre ellos.

—Si yo me encargo de los guardias, tú te debes encargar del personal. 
—Eso no es justo, tenemos contactos con los guardias, pero con el personal aún no. ¿En serio me vas a mandar ahí sin conocer a nadie? 
—Es la única opción de que funcione. A ti se te da mejor eso de hacer contactos. 
—Joder.

Se miran el uno al otro con una mezcla de frustración y resignación. Claramente no están de acuerdo, pero tampoco tienen muchas opciones.

Mientras tanto, tienes tiempo para echar un vistazo a la casa. El mobiliario es rudimentario y carece de cualquier tipo de decoración real. Todo aquí parece improvisado, temporal. Como si estuvieran usando este sitio solo porque nadie más lo reclama. La única fuente de luz proviene de un farolillo colgado de un gancho en el techo, cuya tenue iluminación proyecta sombras irregulares por las paredes agrietadas.

Justo cuando terminas de inspeccionar el lugar, los dos tipos te miran de golpe.

—Bueno, va, vamos a ver cómo lo hacemos —dice el primero, apoyando los codos sobre la mesa—. Durante el día de hoy y el de mañana vamos a estar hablando con trabajadores de la Dama. Intentaremos que te cueles como chef del equipo personal de la Dama. Eso te permitirá hablar con ella, hacer contactos o lo que sea.

El otro, el de la cicatriz en la mejilla, se reclina un poco hacia adelante. Su tono es más severo.

—Mírame bien, chaval. Nos estamos jugando mucho con esto. Tiempo, dinero y, sobre todo, prestigio. Como la líes, nos pones a todos en un gran problema. Piensa bien qué decir antes de hacerlo, y actúa en consecuencia.

Sus palabras cuelgan en el aire durante unos segundos. Se están arriesgando contigo, pero tampoco parecen confiar del todo en ti. Es una mezcla confusa en un cóctel que parece que no tendrá muy buen sabor.

Sus miradas se cruzan de nuevo, como si compartieran una conversación silenciosa que tú no puedes escuchar. Es evidente que no están seguros de si hiciste bien en aceptar. Pero ya están dentro del juego.

Tal vez este sea el mejor momento para hacer preguntas. Tienes que asegurarte de que todo está claro. O quizás deberías empezar a buscar los ingredientes adecuados para preparar el mejor plato posible. Porque tarde o temprano, tendrás que demostrar que eres un chef digno.
#7


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