Alguien dijo una vez...
Bon Clay
Incluso en las profundidades del infierno.. la semilla de la amistad florece.. dejando volar pétalos sobre las olas del mar como si fueran recuerdos.. Y algún día volverá a florecer.. ¡Okama Way!
[Común] La Metrópolis de la Plebe
Matthias Blutmond
-

El elevador de vapor ascendía con su monótono zumbido, una estructura descomunal que, aunque fascinante para aquellos que la usaban día tras día, a mí solo me inspiraba una leve repulsión y un denso aroma a humo que reforzaba repugnancia mientras se mezclaba con el salitre de la isla. Su diseño era funcional, torpe en su estética, como todo lo que estos mortales construían para soportar el peso de su propia miseria. A través de las ventanillas empañadas por la humedad del puerto, observaba cómo Montfort se desplegaba lentamente bajo mis pies. La ceniza de las chimeneas industriales se entremezclaba con la niebla del amanecer, creando una capa sucia que cubría la ciudad como un manto de decadencia.


Desde la superioridad de mi linaje, mis ojos heterócromos oteaban el horizonte empequeñeciendo la urbe, deslizándose con vago interés mientras me ajustaba la capa engastada en pan de oro y fondo gules. El puerto bullía con actividad a esa hora temprana; sujetos malolientes descargaban los barcos, cuyos movimientos mecánicos y vacíos, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera la supervivencia diaria formaban parte de la fauna patria del lugar. La miseria era tan palpable que podía olerse incluso desde arriba, como un hedor que se colaba entre las rendijas de la cabina aún por encima del propio humo. 

Conocía bien la razón de encontrarme en el lugar, pues es deber de aquellos descendientes de las altas casas el aleccionar a los plebeyos mundanos que se resistían a acariciar la oportunidad de respirar el mismo aire que ellos. De la misma manera, los nuestros a veces bajamos a los reinos bajos para atisbar la vida sencilla de los menos favorecidos y más tras concluir misiones en lugares aledaños y pequeñas revoluciones.

Mientras ascendía en mi cabina metálica personal, la ciudad comenzó a revelarse en toda su extensión: la zona vieja, con su arquitectura medieval, aún parecía aferrarse desesperadamente a un pasado de grandeza, mientras que los barrios obreros se extendían como una mancha gris y desordenada, sofocando lo que quedaba del corazón de Montfort. Desde aquí, las callejuelas serpenteaban en direcciones imposibles, conectando sectores que parecían vomitar humo y hollín. Incluso a esta distancia, podía sentir la desesperación que latía en cada rincón de esas callejuelas. Nada de esto me afectaba; el caos ajeno siempre ha sido tan irrelevante como las vidas que lo habitan. Sin embargo, no podía evitar observar, analizar cómo la suciedad y el desorden se habían incrustado tan profundamente en esta ciudad que ni siquiera sus habitantes parecían notarlo, pidiendo una purga en gritos ahogados.

El elevador finalmente llegó a su destino, y las puertas se abrieron con un chirrido metálico. Salí al gran boulevard que cortaba la ciudad en dos, flanqueado por mansiones y edificios de aspecto señorial, que trataban en vano de ocultar la podredumbre de los barrios obreros a lo lejos. Cada paso que daba resonaba en las losas del suelo, el sonido de mis botas bien lustradas contrastando con el bullicio a mi alrededor. Los transeúntes me miraban con ojos bajos, conscientes de que mi sola presencia los superaba en todos los sentidos e intimidados por la realeza de mis ropajes.

Arack no debía de encontrarse muy lejos del lugar de encuentro, una fuente decorada con motivos marinos y con efigies de esbeltas ningyo. Durante la estadía en Tierra Santa, no era infrecuente ver a estas siendo invadidas por los nobles de menores modales y de mayores necesidades afectivas; pero incluso entre las casas celestiales, había diferencias. 
No tenía mucho contacto con la familia O'Bamars, pero era indiscutible que se formaban de otra pasta. Tenía curiosidad por el encuentro con el otro dragón.


Mientras avanzaba, mis pensamientos se detenían en la inutilidad de todo lo que me rodeaba. Los edificios, por muy bien cuidados que estuvieran, no podían ocultar la decadencia que fluía por las venas de esta ciudad. Sus habitantes, hombres y mujeres que se aferraban a rutinas miserables, no eran más que sombras que danzaban alrededor de sus propias tragedias. No podía evitar preguntarme qué pensaban cuando me veían. ¿Sentían miedo? ¿Reverencia? ¿O simplemente la desesperación de saber que existían seres como yo, intocables, infinitamente superiores?

Mis ojos recorrieron las estructuras más imponentes, las torres medievales que aún se erguían como recuerdos inútiles de un pasado que ya no importaba. La ciudad vieja, a lo lejos, parecía estar muriendo lentamente, sofocada por los nuevos barrios industriales que la rodeaban. Un leve desprecio se formó en mis labios mientras consideraba cómo los habitantes de Montfort se aferraban a un pasado que ya no les pertenecía, mientras el presente, gris y cargado de humo, los aplastaba sin piedad.

Finalmente, abnegué mi paseo frente a la fuente, y me senté a la linde de esta, clavando mi bastón, símbolo de poder y estatus, en el suelo con un golpe seco y ofreciendo una última mirada cansada a la supuesta parte respetable de Montfort.
#1
Key
Key
Unos pasos danzarines se deslizaban por las calles de Monfort. Key llevaba un día allí y aún no tenía muy claro dónde estaba; es lo que tiene entrar de polizón en un barco. A veces no sabes cuál es el destino, ni cuánto vas a tardar... Pero al menos si eliges un barco de pasajeros puedes pasar el viaje sin estar escondido en una caja.

Su primera impresión de la ciudad al bajarse al puerto la sobrecogió. Aunque las nubes de humo que se alzaban desde las ¿torres? de los edificios eran bonitas, el olor que impregnaba la ciudad era bastante desagradable. No obstante, decidió camuflarse entre la multitud como si fuese uno más y comenzó a explorar la urbe, impaciente, para intentar desentrañar los secretos que escondía.

Decidió hacer una pequeña parada en uno de los puestos de comida del boulevard. La comida local era saciante, al menos la del puesto que había escogido. Algo que había descubierto era que si había cola para comprar o estaba muy bueno lo que ofrecían o era barato. Mientras tomaba el último bocado y se debatía sobre si pedir una porción más o comprar algo en otro sitio para probar algo diferente. Pero una capa de color roja, como la mismísima sangre, llamó su atención y su mirada se volvió seria. "He visto ese emblema antes."

Tiró el plato en el cubo de basura del puesto y comenzó a seguir a aquella figura sin perderla de vista. Parecía que iba solo, pero siendo uno de ellos... tal vez tuviese alguna guardia oculta. Cuando giró una calle pudo ver su rostro por unos instantes. Habían pasado algunos años, pero le recordaba. Ella era entonces una niña flacucha, con la cabeza totalmente rapada y con unos ojos grandes, cada uno de un color distinto, justo como le ocurría a él. No había sido una posesión de su familia, pero desde el lugar en el que había estado encerrada si le había visto pasar algunas veces, con su impecable ropa y un porte altanero. Un rasgo que compartían todos ellos. Pero se acordaba especialmente de él. Era raro encontrar a alguien que no tuviese ambos ojos iguales.

Sabía que estaba poniéndose en peligro, pero no pudo contenerse... Deslizó su mano a uno de los tenderetes y con disimulo cogió un pañuelo blanco sencillo, apretando aún más el paso. Giró esa esquina y se puso el pañuelo en el pelo de modo que el flequillo tapase su ojo más llamativo. Conservó una distancia prudencial y cuando vio que se sentaba junto a una imponente fuente, ella tomó asiento cerca, donde no pudiese verla directamente, pero pudiese continuar observándole por si decidía moverse.

"Tal vez pueda averiguar cómo está mamá. Aunque a esta gente, solo le importan ellos mismos."
#2
Asradi
Völva
Montfort. Un lugar dominado por la contaminación, debido a las constantes salidas de vapor de las fábricas y del humo de las casas y del resto de almacenes industriales. La primera impresión que Asradi se había llevado en cuanto puso un pie ahí fue de que era un lugar terriblemente caótico y plagado de gente. ¿Sería un lugar interacial o habría algún tipo de marginación hacia otras razas? La cosa no debía de pintar muy bonita cuando se había enterado, mediante mapas e historias durante el viaje hacia el reino de Lvneel, que la misma ciudad estaba dividida en dos. La zona de los plebeyos y la zona de los nobles. Ya solo con eso no hablaba muy bien del lugar, aunque todavía no quería juzgar a un libro por su portada. Lo bueno que tenía es que, ahora, podía pasar medianamente desapercibida entre el tumulto de gente, mayoritariamente humano, según veía. Su cola ya podía separarse en piernas (y viceversa), por lo que la infiltración solía ser bastante más fácil y llevadera en ese sentido. Lo único que jamás cambiaba eran sus ojos. Azules como las aguas más calmas del mar, pero que podían oscurecerse como una tormenta. Claramente, ese lugar no tenía punto de comparación con Flevance. Y aunque añoraba la tranquilidad que se desprendía en ésta última ciudad, la curiosidad y la necesidad de continuar siempre hacia delante, de descubrir lugares nuevos, siempre la empujaba a ello. Y, aún así, sabía que debía de ir con cautela. No siempre el esconder la cola era suficiente como para no ser descubierta. Se arrebujó en las ropas que portaba, fuertes y dignas de la gente de Skjoldheim, realmente. No hacía demasiado que había estado ahí y con la llegada más que reciente a Lvneel no le había dado tiempo, todavía, a buscarse unas ropas más adecuadas. No le importaba y tampoco tenía nada de lo que avergonzarse. Al fin y al cabo, en una urbe tan grande y tan masificada como Montfort, nadie se fijaría en ella. Mucho menos en eso.

Serpenteó, ojo avizor, entre las callejuelas medievales y empedradas. El aire era un amalgama de aromas, la mayoría desagradables. Y aunque reflejó dicho desagrado, con un pequeño gesto, en un par de ocasiones, continuó caminando. Un lugar como aquel, con tanta población, tenía que tener un buen historial médico o, simplemente, histórico y antigüo. Cosas de antaño que estaba ávida de aprender y de descubrir. Pero lo primero era ubicarse bien. Aquella fuente, en la plaza, parecía un buen lugar para tener como punto de referencia por si se perdía en algún momento. La gente iba y venía, y los alrededores de dicha plaza contribuían también a parte de la economía de la ciudad, con puestos ambulantes por aquí y por allá. Se aproximó a lo que parecía ser una pequeña librería móvil, donde se quedó charlando con el tendero durante unos cortos minutos, antes de adquirir un par de tomos sobre plantas locales que le resultaron interesantes. Los pobres libros estaban ya bastante gastados, pero todavía servían. Al barrer el lugar con su mirada, sus ojos se fueron de nuevo hacia la fuente. Donde, inicialmente, no había nadie, ahora se sentaba un varón de cabellos rojizos. Pero no era esto lo que le había llamado la atención. Eran, más bien, sus ropas. Demasiado llamativas, caras y de buena manufactura en contraste con los colores más grisáceos y apagados del resto de personas que circundaban esa zona.

La mirada de Asradi se entornó un poco. ¿Un noble? ¿En medio de toda la plebe, como esa gente les consideraba? Negó con la cabeza. Nunca había estado de acuerdo con ese proceder. Ella misma lo había sufrido en el pasado. Su espalda todavía estaba marcada por los golpes. Y, desgraciadamente, también todavía por ese pérfido e imborrable dibujo en forma de garra.

No estaba ahí, de momento, para buscar pelea, a no ser que se le provocase para ello. Lo mejor que podía hacer, al menos por ahora, era pasar desapercibida todo lo posible.
#3
Leander Swain
Garm
El joven caminaba por las calles como uno más y, aunque su altura destacaba levemente, nadie parecía girarse hacia él, algo que le agradaba. Las sombras siempre habían sido su lugar favorito para moverse, siendo un rostro más en la multitud. Leander observaba la actividad de las calles de Montfort con curiosidad, pues era la primera vez que visitaba aquel lugar y, para su sorpresa, no estaba decepcionado. A simple vista, la ciudad parecía una metrópolis bulliciosa, llena de gente ocupada, pero para el ojo experto de alguien habituado al submundo, las historias y rumores sobre una mafia mink que gobernaba el inframundo no pasaban desapercibidos. En cierto aspecto, esa perspectiva le resultaba atractiva.

Tras caminar un rato, llegó a la plaza donde se encontraba la fuente y se quedó observando a los presentes desde una esquina, ocultando su rostro bajo su sombrero mientras sacaba su petaca y daba un sorbo, degustando el sabor afrutado del vino rojo tradicional de uno de los pueblos de los feudos del norte de la isla. Gracias a una extraña habilidad que había desarrollado, a los ojos de la mayoría parecía un humano ligeramente más alto de lo normal, pero aquellos con mayor conocimiento sobre las razas que habitaban el mundo podían distinguir ciertos rasgos distintivos de los lunarians, como su piel morena y su cabello blanco plateado, similar a las perlas marinas. Aunque sus alas azabaches no eran visibles, quienes conocían o habían tratado con un lunarian antes podían intuir su verdadera naturaleza, y no estarían equivocados.

Su mirada se posó primero en un noble, analizándolo de arriba abajo con una expresión calculadora, aunque oculta tras el ala de su sombrero. Estaba fuera de lugar, sí, pero si era un noble debía tener sus razones para estar allí, lo cual despertó levemente su curiosidad, aunque no lo suficiente como para acercarse. No quería exponerse a una conversación con alguien de un estatus que, hasta cierto punto, detestaba.

Con un suspiro, sacó un cigarrillo y lo encendió, dando una larga calada antes de dejar su mano descansando sobre la empuñadura de su confiable katana mientras se apoyaba en la pared a su espalda. Su propósito en ese lugar era observar, escuchar y, sobre todo, buscar oportunidades si surgían y le resultaban interesantes.
#4
B. Arrak Obamars Trunoir
Obama
El gran boulevard de Montfort lucía los rasgos típicos de la alta burguesía. A ambos lados de la avenida se erguían opulentos edificios con las fachadas limpias y recién pintadas, cercados por refinados jardines de setos perfectamente recortados. Eran el evidente distintivo de la pequeña fortuna que sus dueños estaban dispuestos a gastar en su cuidado, pues su único propósito era el de mantener la más pulcra imagen de ostentosidad.

Una atención al detalle tan solo lograda por el esfuerzo de las manos y espaldas de aquellos que han nacido para engrasar la maquinara del mundo con su sudor, sangre y lágrimas. Pues de no ser así, la constante humareda que provenía de los niveles inferiores de la metrópolis terminaría por tintar con tonos grisáceos los alegres colores de los hogares de los más afortunados.

Porque, ¿quién puede negarse a una paga decente cuando las otras opciones son tan poco apetitosas? Aquellos cuya vida no vale más que el cuero de las gotas maltrechas que gastan no se merecen nada más allá de la fortuna de levantar sus mugrientos rostros hacia las estrellas, y sólo para agradecer la generosidad de aquellos quienes, en su más absoluta benevolencia, ven utilidad en su maloliente existencia entre la mugre, el hollín y la miseria intrínseca a su gente.

El portón doble de roble de uno de estos hogares se abrió de par en par. Un séquito de sirvientes se inclinaban frente a una figura ataviada con un sencillo traje de color azul oscuro, que se despedía con un gesto amable y una amplia sonrisa mientras descendía la escalinata hacia el boulevard. Dicha figura no miraba a los sirvientes, para él no eran mucho mejores que perros adiestrados, sino a la pareja cuya mirada nerviosa traicionaba la sonrisa que fingían.

Incluso cuando el hombre trajeado dejó atrás la gran reja de acero forjado no se atrevieron a dejar de saludar pues temían que, en uno de sus caprichos, decidiese volver a hablar con ellos. No fue hasta que transcurrieron tres minutos que consiguieron reunir el coraje suficiente para regresar al interior de su hogar y respirar con normalidad.

- Yo tengo un sueño. - Pensó el hombre, quien caminaba con pasos seguros y bien medidos en dirección a la fuente que estaba cerca de dicha casa. - Uno donde esta gente mantiene sus esperanza viva pero sus deseos contenidos, donde sus mayores aspiraciones se limitan a besar el suelo que piso. -

Pronto divisó la indudable presencia del miembro de la familia Blutmond. Su nobleza tan palpable como su atuendo, remarcado por el esplendor del distinguido bastón que relucía sobre aquella mísera imitación de la verdadera riqueza llamado Montfort. Sin duda, él si era alguien digno de su atención y tiempo, a diferencia de aquel patético intento de familia adinerada.

No tardó en situarse junto a él y, con el acento propio de los nobles, saludó con la cortesía más reverente y orgullosa.

- Es un honor conocernos al fin, señor Blutmond. - Dijo al tiempo que lucía una cálida sonrisa. - Estoy seguro de que ya me conocéis, pero si no es así, permitid que me presente. Soy B. Arack, de la gran casa de los Obamars. -
#5
Matthias Blutmond
-
Durante un vistazo rápido a las inmediaciones, entendí rápido lo que el mundano ser humano entendía por lujo, y no estaba más que construcciones de factura mediocre enarboladas por una fina capa de chabacanería que se disfrazaba torpemente de distinción.

Esto, ni más ni menos, era una ciudad de donnadies en mitad del North Blue, Monfort. No se podía esperar más.

Esta era la amable cara que los dragones celestiales mostrábamos al mundo, permitiéndoles poblar sobre nuestros territorios libremente mas, con todo, había algunos lo suficientemente osados para enfrentarse de forma transversal al mismo órgano le que les alimentaba, atentando contra el gran engranaje que era el fin mismo de sus insípidas vidas.

Con un pequeño ruido de ave cantor, sonó una alarma y de uno de los bolsillos interiores de mi chaqueta agarré un pequeño reloj de bolsillo con un botón en forma de caracola que nacía en la parte superior y que era adornado con motivos de hojas directamente talladas sobre un pequeño armazón de jade que escondía un cristal pulido con manijas engastadas en plata. Marcaba la hora a la que el encuentro se había dictado, lo que me despertó de mi abstracción.

Alzando entonces la mirada, pude encontrar la mirada de un hombre de ropas simples pero elegantes, donde ningún detalle quedaba al azar, pero al mismo tiempo era parco en ostentosidad haciendo gala de la preciada tela con la que su traje azul marengo estaba compuesta, y coronando con una pequeña medalla del Gobierno Mundial la parte derecha de su pecho. 

El hombre no apresuró a saludar, sino que sonreía casi de manera satírica a las personas con las que se iba cruzando, como si buscara la aprobación del prójimo de una manera abyectamente sarcástica.
La presencia de aquel hombre de traje azul marengo fue suficiente para arrastrar consigo las miradas osadas de algunos transeúntes, y la torpe disimulación de otros que, con gesto nervioso, intentaban aparentar que no les importaba lo que estaba a punto de acontecer. Los murmullos se esparcían entre las sombras de los edificios, y más de uno no pudo evitar desviar la vista para robar un vistazo a aquel encuentro entre dos figuras que irradiaban una autoridad imposible de ignorar.


El hombre que describía su rostro anguloso y de tez oscura con unos grandes ojos cansados de color avellana, claramente mayor que yo aunque con porte regio y rematado por un peinado corto, avanzó con paso firme hacia mí al tiempo que se notaba el peso de las miradas que nos rodeaban como moscas a la miel, pequeñas y despreciables, pero tenaces en su deseo de presenciar cualquier gesto que los elevara momentáneamente de su normalidad. Algunos escondían su curiosidad con un movimiento brusco, fingiendo estar distraídos por el rumor lejano del bullicio ciudadano, o con el suave zumbido de la fuente que brotaba en el centro de la plaza, pero sus ojos traicionaban sus aspiraciones.

El hombre se acercó con esa sonrisa burlona y alzó ligeramente la cabeza, dejando que la medalla en su pecho brillara al sol, y con un tono cuidadosamente calculado, dejó salir las palabras, con un saludo parco en ornamentos pero decididamente directo.

No respondí de inmediato. Mi mirada se mantuvo fija en él, impasible durante unos pequeños instantes, mientras una sonrisa, quizá algo ladina, se esbozaba por la comisura de mis labios.

Sir Arack, de los Obamars, al fin un nombre conocido— musité guardando mi pequeño reloj de bolsillo y ayudándome del bastón para ponerme a su altura. — Por supuesto, que he escuchado hablar de los suyos —comenté sin cruzar más que desairadamente su mirada durante unos instantes, demostrando cierto desinterés, intrínseco por otro lado a mi persona—. Aunque debo admitir que esperaba algo más... ostentoso, cierto es que podemos dejarnos de tratamientos honoríficos, al fin y al cabo no estamos en Tierra Santa. —continué dando paso a mi propia presentación singular, curiosamente sin mucho adorno auxiliar — Soy Sir Matthias Blutmond.

Montfort es un lugar peculiar... —añadí, desviando completamente mi atención hacia la fuente que adornaba el centro del boulevard—. Un territorio construido por y para aquellos que creen que sus aspiraciones significan algo más que polvo bajo nuestros pies. Fascinante, para unos Juegos, claro... ¿No te parece? — continué en alusión a una de las aficiones que tanto se estilaban entre los celestiales.
#6
Key
Key
Ya era raro ver a un dragón celestial fuera de Mry Geoise, pero dos...Y en una reunión. Un escalofrío recorrió la nuca de Key y de forma inconsciente acomodó sus ropajes y su cabello para asegurarse que la marca que tenía seguía bien oculta. Varios pensamiento recorrían su mente. "Aquí pasa algo gordo, tengo que intentar averiguarlo pero ante todo, no puedo causar sospechas. No puedo volver allí."

Solo la idea de que la capturasen y la llevasen de vuelta la aterrorizada, pero los conocía, sabía de lo que eran capaces, que su ego y su codicia no tenía límites y que cualquier cosa que pudiesen planear no podía ser buena. Había dejado de mirar hacia bastante rato a los hombres, para tratar de pasar más desapercibida, pero estaba lo suficientemente cerca para poder escuchar todo aquello que no fuese un susurro. Prestaba total atención a lo que decían y en cuanto la pronunció se estremeció mientras pensaba. "Juegos, ha dicho juegos... No se qué tendrá pensado pero conociéndolos acabará con muchos esclavos muertos peleando por un premio ilusorio o aporreado hasta casi dejarlos sin aliento. ¡Malditos desgraciados! ¿Quién diantres se creen que son..."

Key apretó sus puños y su mandíbula, mientras el resto de su cuerpo se tensaba. ¿Pero qué podía hacer ella? Desde que se escapó se había limitado prácticamente a subsistir. Había comenzado a divertirse un poco en los últimos años tratando de cumplir las últimas palabras que le había dicho su madre. ¿Interferir en esto entraba en conflicto con lo que le pidió? Ella no tenía una causa, ni siquiera había comprendido como funcionaba el mundo... Pero un sentimiento en su interior la hizo quedarse sentada escuchando. No sabía si era rabia, venganza o justicia, pero continuó escuchando la conversación con su cuerpo tenso y sus sentidos alerta ante cualquier posible amenaza. "¿Y si esta vez puedo hacer algo?"
#7
Asradi
Völva
Montfort era un caos de vapor y piedra, de olores entremezclados y ruidos constantes que jamás parecían dar tregua. Las calles serpenteaban como laberintos entre edificios de madera ennegrecida por el humo, y el empedrado húmedo reflejaba los destellos dorados de los faroles que colgaban de las esquinas. Era un lugar de contrastes marcados, de sombras proyectadas sobre quienes apenas podían alzar la vista y de luces que solo iluminaban a unos pocos. Asradi lo comprendía con solo observar. Desde su discreto rincón, apoyada contra la estructura de una librería móvil, dejó que su mirada recorriera la escena ante ella con la paciencia de un depredador.

La fuente de la plaza, que hasta hacía poco solo había estado rodeada por plebeyos ocupados en sus asuntos, ahora era testigo de la llegada de otro noble que desentonaba con el resto del entorno. Ropajes de telas finas, bordados con hilos dorados, caían con elegancia sobre las dos figuras que permanecían ante la fuente con porte regio. No se mezclaban con la multitud; más bien, la multitud se apartaba para darles paso. Eran nobles, eso era evidente. Su sola presencia exigía espacio, como si el aire se hiciera más denso alrededor de ellos, como si su existencia misma fuera incompatible con la de quienes apenas podían permitirse el lujo de detenerse a observar. Asradi se fijó en los pequeños detalles: la forma en que sus manos enguantadas apenas se movían, acostumbradas a no necesitar hacer nada por sí mismas.
Uno de los recién llegados, sin embargo, se separó apenas del grupo y tomó asiento en el borde de la fuente. Su cabello rojizo destacaba como una brasa entre las vestiduras más apagadas de su compañero, y sus ropas, aunque igual de lujosas, parecían haber sido elegidas con más pretensión que las de los demás, al menos desde el punto de vista de la sirena. No miraba a su alrededor con desdén, pero tampoco con empatía. Simplemente observaba, como si la escena no le concerniera del todo, como si fuera un espectador más en una obra de teatro mal ensayada.

Asradi entrecerró los ojos. Aquel lugar no era seguro para alguien como ella. Sabía bien lo que significaba pertenecer a una raza distinta en un mundo dominado por humanos. Sabía lo que era sentirse fuera de lugar, incluso cuando su apariencia le permitía camuflarse entre la multitud. Pero también sabía que, a pesar de todo, siempre había quienes miraban demasiado de cerca, quienes notaban los pequeños detalles que otros ignoraban. Y si alguien de aquel grupo noble tenía la costumbre de prestar atención a lo que ocurría a su alrededor, entonces ella debía ser aún más cuidadosa. Se envolvió un poco más en su capa, fingiendo interés en uno de los libros que acababa de adquirir. Pasó las páginas sin realmente leerlas, permitiendo que las palabras fueran solo un telón de fondo mientras su mente seguía analizando la situación.

Los nobles no solían aventurarse tan lejos de sus distritos sin razón. La plaza de Montfort no era un lugar de recreo para ellos; era un espacio de tránsito, de observación o, en el peor de los casos, de supervisión. ¿Qué los traía aquí? ¿Curiosidad? ¿Negocios? ¿Algo más turbio?

Asradi sintió un escalofrío recorrer su columna, una sensación instintiva de alerta que la hizo apretar la mandíbula. No desvió la mirada de inmediato, pero tampoco la sostuvo por mucho tiempo. No quería llamar la atención. No quería ser encontrada de esa manera, no tan pronto. Pero algo le decía que aquel encuentro, por más fugaz que fuera, no tardaría en tejer su propio destino.
#8
Leander Swain
Garm
Swain seguía en su esquina de forma tranquila mientras el cigarrillo se consumía poco a poco en su mano, dándole caladas ocasionales que hacían que el rojo ámbar de la punta brillaba levemente con más intensidad. Bajo su sombrero sus ojos observaban todo con detenimiento pues años viviendo entre los entresijos y las constantes tribulaciones ocasionadas por cómo era la vida del inframundo, él sabía que no había nada mejor que permanecer alerta incluso en un lugar que parecía seguro y que cada pedazo de información ya fuera tocada, vista o escuchada era de un valor interesante por lo que la llegada del segundo noble, claramente de menor jerarquía o influencia debido a sus ropas no tan caras u ostentosas, era algo que le llamaba la atención pero no le levantaba la suficiente curiosidad para acercarse mas, no aun.

Pasó su mirada a su alrededor como un águila planeando que busca una presa en los campos de hierba alta, escrutando cada persona a su alrededor con un ojo critico y analítico pues le gustaba imaginarse en su cabeza como eran los otros y pocas veces se equivocaba en sus pensamientos, así de perspicaz era. Lo primero que hizo que su ceja se levantara fue una cara conocida: “¿Dos años ya o más?” pensó para sí mismo cuando vislumbro a aquella joven humana acercándose a los nobles. Aun la recuerda bien de aquel incidente por culpa de una piña, algo que le trajo una sonrisa acompañada risita amena mientras recordaba el suceso mas no esperaba ver una cara conocida allí, más acercándose con tanta incredulidad a aquellos nobles pero sus motivos tendría, decidiendo no intervenir en los asuntos de la joven de pelo negro, al menos por el momento siempre y cuando no lo ameritase la situación.

La segunda cosa que le llamó la atención, de forma algo más interesante, fue la presencia de una figura camuflada en la multitud mientras leía uno de los libros que había comprado o al menos, disimulaba que lo hacía. Leander había vivido bastante de su vida en el North Blue bajo la tutela de su madre y había visitado Skjoldheim mas de una vez por lo que aquellas ropas, tradicionales y hasta cierto punto sencillas, le llamaban la atención y levantaba su curiosidad.

— Interesante cuanto menos — musitó para sí mientras una media sonrisa, fina y elegante se formó en el lado derecho de su boca.

Ciertamente estaba intrigado por aquella figura y no lo ocultaría, mas si esta se fijará en él podría ver como la observa fijamente pero manteniendo una distancia y una pose relajada que no mostraba interés de acercarse o interactuar, al menos no aun.
#9
B. Arrak Obamars Trunoir
Obama
- Oh, sois muy amable al poneros en pie, pero permitidme que tome asiento a vuestro lado.

Satisfecho con aquel gesto de camaradería por parte de su compatriota, el dragón celestial de piel morena decidió que aquella fuente era tan buen lugar como cualquier otro para asentar sus posaderas. Aguardó a que el noble aceptase la invitación de sentarse a su lado y continuó con la conversación.

- Estoy completamente de acuerdo con vos, mi querido Sir Matthias. Es cierto que mi vestimenta no es la más llamativa pero sí es la más útil, al menos para el propósito que tiene. Además, me resulta bastante más cómodo que esas togas con sus escafandras, y siempre viene bien el acostumbrarse a respirar un poco de aire pueblerino de vez en cuando. -

El acento de Obamars rezumaba elegancia y cordialidad, cualidades que iban de la mano de una especie de honestidad muy trabajada. Igual que una sonrisa practicada constantemente frente al espejo por un actor que busca encandilar al público, Obamars parecía derrochar seguridad en si mismo con la entonación de cada frase.

- Y sí, tengo la mira puesta en esta... - Se pausó durante un breve instante para encontrar un término lo menos insultante posible. - Llamémosla, "urbe en vías de desarrollo". -

El dragón celestial colocó una pierna sobre otra al tiempo que dejaba sus manos con elegante reposo sobre la rodilla.

- Esta parte superior parece ser la más decente, sin duda, pero no me preocuparía demasiado en conservarla. Son los pisos inferiores los que llaman mi atención, Sir Matthias. El lugar donde se acumula el mayor número de estas... Personas... Que tanto se esfuerzan por seguir adelante con su día a día. Oh, me cuesta tanto comprender esa ansia que tienen por ceder a sus instintos de propagarse que me recuerdan a roedores comunes. -

Los ojos de Obamars mantenían su atención en los de Sir Matthias con una mirada cálida y afable con el propósito de hacer bajar la guardia de su oyente de forma involuntaria. Un gesto que había estado practicando largo y tendido durante horas y horas con centenares de "voluntarios" hasta lograr la mezcla perfecta de empatía humana.

Pero durante uno de esas leves pausas para respirar durante su discurso, los ojos del noble mundial se vieron atraídos por un curioso brillo argento. Un destello que le hizo toparse con un ojos de iris grisáceo de mirada esquiva, perteneciente a una persona que estaba sentada en el borde de la fuente, próxima a los dragones celestiales. Curiosamente, esa misma persona cubría su otro ojo y melena por lo que a primera vista parecía tratarse un turbante improvisado con un pañuelo de tela blanca.

En ese pequeño segundo, aquella persona vería cómo la mirada de Obamars se tornaba helada y carente de empatía. Pero no queriendo desperdiciar su atención en un don nadie, el noble mundial regresaría a su toque cálido en el momento en que volvía a hablar con Sir Matthias.

- Hablando de roedores, ¿sabe usted que el amianto es mano de santo para controlar plagas? Decidimos recubrir las paredes y suelos de unas de las instalaciones de prueba e investigación con sujetos y los resultados han sido maravillosos. Según me explicó uno de nuestros investigadores, el amianto tiene el defecto de dar pie a problemas respiratorios en los sujetos de prueba, como tos seca y paradas cardíacas, pero estos síntomas no aparecen hasta pasados varios años de exposición continua. Y siendo sincero, nadie dura tanto en nuestras instalaciones como para que valga la pena preocuparse por ello. Además, el amianto es genial para mantener el fuego a raya. -

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Obamars para reafirmar su declaración.

- Además, ¿qué importa? Estos sujetos a lo sumo se pierden unas cuantas partidas de dominó en un hogar de acogida y a cambio ayudan a fomentar el progreso del mundo en décadas. -
#10


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