
Ubben Sangrenegra
Loki
26-03-2025, 06:05 AM
Aquel bar sucio y oscuro, enclavado en los bajos fondos de Logue Town, no era más que una fachada para el negocio turbio que el bribón de ojos dorados había construido con el tiempo. Con la venia de Sorvolo, su presencia allí se mantenía sin sobresaltos, siempre y cuando no metiera las narices en los asuntos de Diente Oro. Esa era la única regla, y Ubben no tenía intención de quebrantarla.
La noche avanzaba lenta y agobiante, como siempre en ese rincón olvidado de la ciudad. Poco antes, el hijo de Heimdall le había enviado un aviso: alguien llegaría en busca de refugio. La idea no le hacía gracia al peliblanco, pero sabía que negarse no era una opción. Aquel muchacho tenía el poder de convertir su vida en un infierno con un simple chasquido de dedos, y Ubben no estaba en posición de desafiarlo… todavía.
El bar había cerrado hace rato, dejando en su interior solo a Ubben y Jeffry, el viejo dueño del lugar. Ambos compartían una jarra de cerveza en silencio, cómplices en el tipo de atrocidades que ese establecimiento albergaba a diario. La penumbra y el hedor a licor añejo impregnaban el aire, una combinación tan familiar como las sombras que cubrían los rincones del local.
El bribón, con su abrigo gris de detalles dorados y el tricornio que tanto lo caracterizaba, se entretenía lanzando agujas como si fueran dardos contra un cuadro maltrecho y perforado en la pared. Un pasatiempo sin propósito, más allá de afilar su puntería y matar el tiempo. El sonido metálico de las agujas clavándose en la madera apenas rompía la quietud del lugar, hasta que un golpe en la puerta irrumpió en el silencio.
Ubben alzó la mirada, exhalando con desgano antes de murmurar para sí mismo. —Supongo que será el invitado del otro chico…— Jeffry, con su habitual mal humor, se levantó sin prisa y deslizó el pequeño corredero de la puerta para inspeccionar al visitante. Su ceño se frunció de inmediato al encontrarse con una joven de cabellos oscuros al otro lado. Su tono, seco y antipático, no tardó en salir —¿Quién es?— El viejo esperó una respuesta antes de decidir si le concedía el paso. Fuera quien fuera, la noche prometía volverse extrañamente interesante.
La noche avanzaba lenta y agobiante, como siempre en ese rincón olvidado de la ciudad. Poco antes, el hijo de Heimdall le había enviado un aviso: alguien llegaría en busca de refugio. La idea no le hacía gracia al peliblanco, pero sabía que negarse no era una opción. Aquel muchacho tenía el poder de convertir su vida en un infierno con un simple chasquido de dedos, y Ubben no estaba en posición de desafiarlo… todavía.
El bar había cerrado hace rato, dejando en su interior solo a Ubben y Jeffry, el viejo dueño del lugar. Ambos compartían una jarra de cerveza en silencio, cómplices en el tipo de atrocidades que ese establecimiento albergaba a diario. La penumbra y el hedor a licor añejo impregnaban el aire, una combinación tan familiar como las sombras que cubrían los rincones del local.
El bribón, con su abrigo gris de detalles dorados y el tricornio que tanto lo caracterizaba, se entretenía lanzando agujas como si fueran dardos contra un cuadro maltrecho y perforado en la pared. Un pasatiempo sin propósito, más allá de afilar su puntería y matar el tiempo. El sonido metálico de las agujas clavándose en la madera apenas rompía la quietud del lugar, hasta que un golpe en la puerta irrumpió en el silencio.
Ubben alzó la mirada, exhalando con desgano antes de murmurar para sí mismo. —Supongo que será el invitado del otro chico…— Jeffry, con su habitual mal humor, se levantó sin prisa y deslizó el pequeño corredero de la puerta para inspeccionar al visitante. Su ceño se frunció de inmediato al encontrarse con una joven de cabellos oscuros al otro lado. Su tono, seco y antipático, no tardó en salir —¿Quién es?— El viejo esperó una respuesta antes de decidir si le concedía el paso. Fuera quien fuera, la noche prometía volverse extrañamente interesante.