¿Sabías que…?
... el Reino de Oykot ha estrenado su nueva central hidroeléctrica.
[Aventura] ¿Qué podría salir mal? [T4]
Arthur Soriz
Gramps
Los que estaban sobre el escenario apenas tuvieron tiempo de procesar la oferta descomunal que les soltaste al aire, Silver. Era una cifra que superaba con creces cualquier otra propuesta anterior, elevándose como un trueno en medio de la subasta. Los asistentes sorprendidos por la súbita escalada quedaron atónitos, casi que sin palabras. Para el resto de los interesados el dinero no les faltaba, pero pocos estaban dispuestos a desembolsar tal suma por un esclavo que podían obtener por una fracción del precio. Ulamog los miró a ustedes dos, Silver y Marvolath, con ojos llenos de desdén, viéndolos como otro par de opresores que lo trataban como simple mercancía, una herramienta sin valor más allá de su fuerza.

Habría que dar muchas explicaciones antes de tratar siquiera con él.

Mientras tanto en las gradas un nuevo tipo de caos comenzaba a emerger, justo lo que esperaban. Las primeras señales de fuego que surgieron de las cortinas laterales pasaron desapercibidas en un comienzo, pero esto no duró mucho. Pronto las llamas empezaron a expandirse por las pesadas telas y extendiéndose con rapidez. El olor acre del humo llenó pronto el anfiteatro y las primeras exclamaciones de alarma se transformaron en gritos de terror desgarradores. Las mujeres perdían el control y los hombres se levantaban de sus asientos, sus ojos reflejando la creciente histeria.

Los guardias que quedaban en el lugar abrieron los ojos como platos incapaces de ocultar la sorpresa y miedo que sentían. El sujeto que parecía encargado del evento, sentado entre las gradas no podía creer lo que veía. Maldecía entre dientes, gritaba órdenes incapaz de comprender cómo todo se había desmoronado de manera tan rápida. Primero la llegada tardía de su mercancía especial, los dos Lunarian de los que se habían encargado ustedes en rescatar lo había puesto ya al borde de un ataque de nervios. Ahora el fuego devorando las cortinas, su seguridad colapsando y una puja sorpresivamente alta por parte de un desconocido... todo se había salido de control. Lo único que podía hacer era gritar órdenes, que todos se calmaran y... honestamente, cagarse en todos sus muertos.

Mientras tanto en la entrada del anfiteatro, tú Balagus hacías tu movimiento. Tu ataque fue tan brutal como efectivo. Cargando con la furia de un demonio, embestías a los dos guardias que custodiaban la entrada, lanzándolos con tal fuerza contra las puertas que estas se abrieron de par en par, los cuerpos de los guardias rodaron escaleras abajo chocando contra las personas que ya intentaban huir del lugar. El impacto generó una ola de pánico que se propagó rápidamente entre la multitud, y el caos estalló por completo.

Tras bambalinas los guardias luchaban por mantener el control aunque su número era insuficiente para contener a los esclavos inquietos. En el escenario el anunciador intentaba calmar a la multitud a través del micrófono pero sus palabras se perdían en el tumulto. Fue en ese momento que Ulamog, aprovechando el caos, se abalanzó sobre él. Con una fuerza demoledora arrebató el micrófono de las manos del hombre y lo tumbó al suelo. Sin piedad comenzó a golpear su cabeza con el micrófono una y otra vez hasta que el dispositivo se rompió, dejando al anunciador inconsciente. Su asistente no tardó nada en salir corriendo despavorida como el resto de los presentes.

La confusión reinaba, el pánico se había apoderado de todos aquellos insufribles que consideraban a estos seres como nada más que mercancía. Era hora de asegurar la libertad no solamente de Ulamog, pero también del resto de esclavos si acaso eso era posible... antes de que todo el anfiteatro fuera engullido en llamas.

resumen
#41
Silver D. Syxel
-
Casino Missile, Loguetown
Día 33, Verano del año 724

El caos ya era absoluto. El fuego consumía las cortinas, llenando el anfiteatro con el hedor acre del humo y los gritos aterrorizados de los asistentes que, en su desesperación, trataban de huir por cualquier salida disponible. Syxel avanzaba con paso firme entre el tumulto, ignorando las miradas nerviosas y los empujones de los asistentes que, sin mucha dificultad, apartaba de su paso. Su mirada estaba fija en el escenario y en el guerrero que acababa de abatir al anunciador con una brutalidad que habría impresionado —y asustado— a la mayoría.

Las cadenas de Ulamog seguían sujetas a sus muñecas, pero su espíritu indómito no podía ser contenido. Era un volcán a punto de estallar, y, si quería convertirlo en un aliado en lugar de un enemigo, tendría que actuar rápido. Subió los últimos escalones que lo separaban del escenario, levantando las manos en un gesto de calma. Su voz resonó por encima del alboroto, llena de autoridad.

¡Ulamog! No soy uno de ellos. —Hizo una pausa, mirando directamente a los ojos del guerrero—. Estoy aquí para liberarte... y a todos los que están tras ese telón. Pero necesito que confíes en mí, necesitamos tu ayuda.

No esperó a que el hombre respondiera con palabras; su lenguaje corporal sería suficiente para interpretar sus intenciones. Mientras hablaba, Syxel desenfundó ambas espadas con un movimiento fluido, dejando que el reflejo del fuego en las hojas captara la atención del guerrero.

Un aura oscura comenzó a envolver las hojas, tornándolas en un negro brillante mientras el Haki de Armadura las reforzaba. Avanzó despacio hacia él, manteniendo las armas visibles pero no amenazantes.

Voy a cortar tus cadenas. Si estás con nosotros, siguenos. Si no... bueno, tendrás tu oportunidad de vengarte después.

Con un movimiento preciso y cargado de intención, Silver trazó un corte limpio hacia las cadenas que sujetaban las muñecas de Ulamog, buscando liberarlo.

Si el guerrero aceptaba su ayuda, Syxel giraría la cabeza hacia la parte posterior del escenario, señalando con su espada.

¡Vamos! Hay otros que necesitan nuestra ayuda, y juntos podemos sacarlos de aquí.

Mientras esperaba la respuesta de Ulamog, sus sentidos permanecían alerta. Su haki seguía extendido, rastreando las emociones de los esclavos tras el telón y cualquier amenaza inmediata que pudiera surgir. Si alguien intentaba interponerse, estaría listo para actuar.

¡Marvolath! —gritó por encima del ruido mientras volvía la cabeza hacia donde había dejado a su compañero—. ¡Debemos liberar al resto y salir de aquí cuanto antes!.

El humo empezaba a dificultar la visibilidad, y las llamas no tardarían en hacer inhabitable el lugar. El tiempo jugaba en su contra. Era ahora o nunca.



Percepción II
KENB401
KENBUNSHOKU
Haki básico
Tier 4
1/10/2024
7
Costo de Haki por Turno
2
Enfriamiento
Permite al usuario percibir con precisión la presencia de otros seres vivos en un área, siendo capaz de apreciar las emociones muy fuertes que exterioricen como un sufrimiento fuerte o un gran instinto asesino, etc. Si lo activa puede anticiparse a un ataque obteniendo para ello un bono de +5 [Reflejos].
Área: [VOLx12] metros. +5 [REF]

Refuerzo II
BUSO401
BUSOSHOKU
Haki básico
Tier 4
15/10/2024
8
Costo de Haki por Turno
2
Enfriamiento
Permite al usuario recubrir hasta dos extremidades o dos armas con haki, tornándose estas de un color oscuro y brillante como el metal, siendo capaz de golpear los cuerpos de todo tipo de Akumas. Obteniendo un bono de +15 en los daños que aplique el Haki y +5 [Resistencia] ante daños y efectos. (En caso de querer recubrir solo pequeñas zonas del cuerpo, inferiores a la mitad del recubrimiento máximo, el coste bajará a la mitad)
+15 en los daños físicos con Haki imbuido y +5 [Resistencia] ante daños y efectos en el área.

Resumen
#42
Marvolath
-
Los gritos en las filas más alejadas del escenario fueron la señal para comenzar la segunda parte del plan. Los asistentes a la subasta trataban de huir, pero con el fuego tan cerca de la salida la dirección no estaba clara. Corrían de primero para un lado y luego para otro, probando distintas salidas, empujando y arroyando a quien se atreviese a cruzarse en su camino, llamando a gritos a sus protectores y culpando a la guardia por no actuar. Por su puesto, la guardia no podía actuar al estar ocupada luchando contra la marea aterrorizada en su intento de alcanzar el fuego.

La solución se presentó en forma de golpe, seguida de dos cuerpos que volaron hacia el interior del teatro. Ya era evidente que no se trataba de un accidente sino de un ataque, y la visión del imponente atacante en la entrada en llamas no hizo sino aumentar el terror. En el extremo opuesto, Ulamog parecía haber aprovechado la oportunidad para liberarse y encargarse del presentador.

Caos. Por todos lados. Como un tornado de personas, fuego, y confusión. Y en el ojo, todavía en calma, Silver y Marvolath compartieron una fugaz mirada de asentimiento. Silver subió al escenario, a tratar con el esclavo y declarar sus intenciones. Marvolath, por otro lado, corrió ágilmente a través de las filas de butacas -ahora vacías- escurriéndose a través de los pequeños espacios que dejaba la gente.

Por un lado, espantaba a los asistentes, tratando de guiarlos hacia la salida como un perro pastor a las ovejas. Por mucho que estuvieran allí para comprar o vender esclavos eran personas, y no podía dejarlos a su suerte. Sólo quedaba confiar en que Balagus no se interpusiera...
Por otro, buscaba a los guardias. Si bien su altura era un inconveniente para localizarlos, los gritos dando órdenes y lanzando maldiciones le indicaban la dirección, y con su agudo sentido de la vista le bastaba un momento para distinguirlos. Un golpe de la garra de Ryushoken, potenciado con la infusión de haki podía ser suficiente para tumbar a un hombre común, pero no a un guardia curtido. Pero cuando se mide un metro la zona objetivo es... vulnerable. Y aunque sólo los doblase por el dolor, la muchedumbre no les permitiría volver a levantarse en mucho tiempo.

Según sus cálculos, había derribado a la mitad de los guardias cuando escuchó la voz de Silver: hora de liberar a los esclavos tras el telón. Saltó, destacando por encima de la multitud, y buscó a Balagus -algo bastante sencillo- para confirmar que había podido escuchar a Silver y su orden. Después, corrió, o más bien saltó de cabeza en cabeza, hasta llegar al escenario.

El gentío le protegía, pero también le frenaba. Ahora, en campo abierto, su velocidad sería su ventaja, y cargó sin vacilar ante cualquier guardia que pudiera quedar. Una vez asegurada la zona, y confiando en que sus acciones hubiesen hablado más y mejor de lo que él podría haber hecho, se acercó a los esclavos que parecían más fornidos para romper sus cadenas.

- ¡Ayúdennos a liberar a los demás! Sé que hay una puerta trasera, y será mejor salida que a través del casino. ¿Saben por dónde está?

Resumen
#43
Balagus
-
Una agradable corriente de endorfinas recorrió la espalda de Balagus cuando sus destrozados enemigos salieron volando como muñecas de trapo, atravesando la puerta y desatando el pánico absoluto, hasta el punto de que se permitió mostrar el efímero destello de una cruel sonrisa. Sin embargo, podía ver que no había tiempo que perder: el fuego, seña de identidad de su capitán a la hora de provocar el caos, devoraba ya los caros cortinajes de la sala. Apenas quedaban suficientes guardias allí dentro como para mantener el orden siquiera, pero no sería por mucho tiempo: debían actuar con premura y sin dudar, pues ya fuera por las llamas, por los refuerzos que, sin duda, ya debían estar siendo llamados, o por la vuelta de los propios contingentes de seguridad que el oni había sacado de allí, se les acababa el tiempo.
 
Y, lo que era peor: el feroz guerrero se encontraba ante un doloroso dilema. Por un lado, miraba al público y sólo sentía odio y furia por aquellos despreciables deshechos humanos que sólo merecían una muerte lenta y dolorosa. Por el otro, incluso con la infernal cacofonía de gritos y voces del teatro, el oni podía escuchar los aterrados aullidos y llantos de los esclavos aún encerrados, y que pronto serían pasto del fuego.

Balagus bufó con frustración. No necesitó de escuchar la orden de su capitán para decidirse, pues ya había empezado a abrirse paso a empujones y empellones entre la tumultuosa multitud, camino hacia el escenario donde Silver trataba de convencer al esclavo presente.

“Yo llevo la venganza y el odio de mi gente. Debo derramar la sangre de los malditos hasta saciar la deuda, pero… ¿A qué precio? No, no puedo dejar que otros mueran a causa de mis imprudencias. Mi sed de sangre no puede volver a nublarme el juicio. Habrá más oportunidades para masacrar esclavistas, pero no para estos pobres desdichados.”

No tardó mucho en alcanzar a su capitán, pues había apartado sin miramientos ni cuidado a todos los que se interpusieron en sus zancadas: que no se enzarzara en cruenta masacre contra ellos no quería decir que tuviera que tratarles de buenas maneras, y si alguno moría aplastado entre sus iguales, tanto mejor. Viendo la inseguridad y desconfianza del fornido esclavo, Balagus apretó los dientes y tomó aire: no le gustaba nada tener que hacer lo que iba a hacer, pero nada ayudaría a los esclavos más que ver a otro que había pasado por el mismo infierno que ellos sacándoles de allí.

- ¡Guerrero! – Lo llamó, pues desconocía su nombre, mientras se quitaba uno de los protectores de cuero del antebrazo y mostraba sus tatuajes en forma de cadenas sobre él, marca indeleble y ampliamente reconocible de su pasado como esclavo. - ¡No estás sólo! ¡Vamos a sacaros de aquí, debéis confiar en nosotros! ¡Por mi honor, te juro que hoy saldrás de aquí como hombre libre! -

Y, con aquella última promesa, continuó hacia los bastidores tras el telón, donde ya se había dirigido Marvolath antes que él. Todavía quedaban algunos guardias, pero el oni aprovechó que todavía estaban concentrados en el pequeño intruso para acabar con ellos con rápidos tajos de su hacha. Levantando su brazo, mostró también sus tatuajes de esclavo a los que allí permanecían, al igual que había hecho con el del escenario.

- ¡Venid con nosotros! – Bramó para hacerse oír. - ¡Este día se os devuelve la libertad! ¡Levantaos! ¡Tomad las armas y salgamos de aquí! -

De inmediato, y sin esperar más que a que los esclavos tensaran las cadenas y grilletes, Balagus fue descargando su pesada hacha, imbuida en Haki, sobre las impedimentas de aquellas gentes, con golpes rápidos, pero cortos y medidos.

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#44
Arthur Soriz
Gramps
El lugar ardía, mientras Ulamog miraba a todos lados... su mundo una vorágine de caos y emociones encontradas. Las llamas devoraban el escenario y las columnas del anfiteatro llenando el aire con un calor insoportable y el hedor de madera y telas quemadas. Se escuchaban a la gente y los esclavos en pánico tras bambalinas, los guardias derrotados y los inesperados liberadores que habían irrumpido como una tempestad. Ulamog sin embargo apenas percibía el pandemonio a su alrededor. Toda su atención estaba fija en ustedes dos, Silver y Marvolath, que ahora se erigían como sus supuestos salvadores. ¿Cómo confiar en gente con ropas tan pulcras y costosas? ¿Alguien que parecía que no había sentido el peso de los grilletes o el ardor del látigo en la carne desnuda?

¿Qué podían saber ustedes dos del sufrimiento de los suyos? ¿Cómo podían comprender la furia que quemaba dentro de él como el fuego consumía ahora el anfiteatro y amenazaba con hacer lo mismo en el casino entero?

Su mandíbula se tensó. El resentimiento acumulado durante años en cautiverio se derramaba en su mirada, fija en ustedes dos. Las palabras que pronunciaban, las promesas de libertad, sonaban vacías... quizás guiado por su instinto de supervivencia. Como las mismas mentiras que había escuchado antes de ser traicionado y encadenado.

Pero entonces, el rugido de una figura colosal llenó el aire. Balagus.

Tu avanzar es cual titán entre las llamas, apartando escombros y cuerpos con la facilidad de quien rompe ramas secas. Ulamog giró la cabeza bruscamente hacia ti, preparado para enfrentar a otro posible enemigo. Pero lo que vio le golpeó como un mazazo. Las marcas en tus brazos, esas malditas cadenas grabadas en la carne... eran inconfundibles. El tiempo pareció detenerse mientras las llamas danzaban a su alrededor, reluciendo como un estigma de un pasado compartido.

"¡No estás sólo! ¡Vamos a sacaros de aquí, debéis confiar en nosotros! ¡Por mi honor, te juro que hoy saldrás de aquí como hombre libre!"

Ulamog sintió cómo algo en su interior, algo que había estado endurecido y bloqueado durante años comenzaba a fracturarse. Por primera vez en mucho tiempo, creyó. No en las palabras de elegantes guerreros, sino en el juramento de un hombre que había caminado el mismo infierno que él. Su odio, que hasta ese momento le había mantenido erguido y le había dado fuerzas empezó a transformarse. No era un cambio absoluto ni inmediato, pero ahora había una chispa de esperanza al menos.

Ulamog asintió lentamente, su mirada pasando de ti, Balagus, hasta los otros dos. Aunque la desconfianza persistía, tus palabras habían inclinado la balanza. Si tú confiabas en ellos, él podría hacer lo mismo... al menos por ahora.

Síganme. —dijo Ulamog. Su voz grave resonó como un tambor de guerra en medio del caos.

Con pasos pesados pero veloces, Ulamog lideró el camino hacia tras bambalinas. Los pasillos traseros estaban llenos de humo y gritos. Los pocos guardias que quedaban luchaban por someter a los esclavos pero estaban siendo superados por el terror y el caos. Varios esclavos, algunos apenas adolescentes, forcejeaban contra sus cadenas mientras otros intentaban ayudar a sus compañeros con total desesperación; no querían morir allí.

Ulamog no dudó. Con una brutalidad que rayaba en lo salvaje se lanzó contra los guardias como una tormenta desatada, permitiéndoles a ustedes ocuparse de los que no pudiera hacerlo él por su cuenta. El primero intentó alzar una porra, pero Ulamog la desvió con su brazo, agarrándolo del cuello y estrellándolo contra la pared con un sonido seco y visceral. El segundo apenas tuvo tiempo de girarse antes de que el puño del hombre le impactara en el pecho, hundiendo la armadura ligera y dejándolo sin aliento al instante, escupiendo sangre por la boca y cayendo de rodillas al suelo desplomado.

Los esclavos observaron en silencio, algunos paralizados por el miedo. Otros empezando a comprender que la balanza había cambiado, más aún al ver a Ulamog entre ellos. Una mujer anciana con el rostro surcado por arrugas y cicatrices dejó escapar un débil sollozo al ver a Ulamog levantarse sobre los cuerpos de los guardias caídos, y a ustedes tres detrás.

¡Somos libres! —gritó un joven, apenas un niño que levantó una lanza caída del suelo con manos temblorosas.
Nos vamos de aquí. —les dijo a ustedes Ulamog al mirarlos de soslayo. — Sé el camino hasta la entrada por donde nos metieron.

Comenzó a moverse junto con los esclavos, esperando que ustedes hicieran lo mismo. Las cadenas caían al suelo una tras otra, algunas cortadas por ustedes probablemente, otras arrancadas con pura fuerza bruta. Tenían que avanzar cuanto antes... entre la multitud de esclavos habían hombres, mujeres y niños de todas las razas y edades, siendo unos quince a veinte esclavos en total mientras iban liberando a más por el camino. Se notaba que este lugar era casi un laberinto, lleno de almacenes internos que servían para guardar "mercancía" antes de ser vendidos al mejor postor. También recámaras que parecían de tortura, era prácticamente un infierno.

Finalmente, llegaron a una enorme puerta doble de metal. Era la salida. Ulamog probó las llaves robadas de los guardias pero ninguna encajaba. Frustrado golpeó la puerta con el puño dejando una abolladura visible. Su mirada se cruzó con la tuya, Balagus, buscando que hubiera un entendimiento silencioso entre los dos. No había necesidad de palabras. Te estaba invitando a tumbar la puerta con él de la forma que fuera necesaria.

Mientras tanto, el humo comenzaba a llenar los pasillo. Los gritos del anfiteatro, ahora completamente envuelto en llamas, se filtraban hasta allí. Ulamog podía oír los gritos de los esclavistas y los llantos de los compradores que no habían logrado escapar... bien, se lo merecían. Ahora, solo importaba salir. A juzgar por el tamaño del anfiteatro, si este ya se había cubierto en llamas... no faltaría mucho para que el Casino entero terminase igual, engullido en un infierno para ser consumido por completo.

Con un rugido gutural, esperando recibir parte de tu ayuda, Balagus, se lanzó contra la puerta. El impacto resonó como un trueno y tras dos embestidas más las bisagras cedieron. El aire fresco entró como una bocanada de vida disipando parte del humo y trayendo consigo la promesa de libertad. Ulamog no se detuvo, señalando al exterior. Los esclavos comenzaron a salir en tropel, algunos cargando armas y otros ayudando a los más débiles. Si miraban para atrás, podrían ver que del edificio comenzaba a salir humo negro, espeso... en cualquier momento podría desatarse la hecatombe si el edificio entero se consumía en llamas. Ulamog permaneció al frente junto a ustedes asegurándose de que nadie quedara atrás. Y tras esto, los miró a ustedes... esperando el siguiente paso a seguir.

Ahora había una nueva chispa en la mirada de esta gente... la promesa de que nunca volverían a ser encadenados.

resumen
#45
Marvolath
-
La mirada hostil y desconfiada que Ulamog dedicaba a Silver cuando Marvolath llegó al escenario le dejó claro que la situación no estaba completamente de nuestro lado. Confiando en la habilidad de Silver y en la fuerza de Balagus, quien pronto se reuniría con él, continuó cumpliendo su orden, adentrándose entre bastidores en busca de guardias que neutralizar y esclavos que liberar.

Los pasillos, no siempre bien iluminados y a menudo obstaculizados por cajas y atrezo de toda clase, eran como un laberinto. Tras deambular, encontrándose -por suerte o por desgracia- a pocos guardias, acabó regresando al escenario cuando casi choca con Ulamog, escoltado por Silver y Balagus. Entendiendo la situación, se unió a la comitiva, y juntos encontraron al resto de guardias y esclavos. La fuerza, furia y determinación de Ulamog estaba a la altura de la de Balagus, y no tardaron en ascender las escaleras hacia la salida.

El aire fresco sabía a libertad y descanso, pero sabían que el humo no era sólo una señal para el fuego, sino para la marina, que no tardarían en llegar.

- Debemos huir, rápido. - dijo a Silver, Balagus, y a Ulamog, que parecía haberse impuesto como líder al liberar a los demás -  El puerto no está lejos. Nuestro barco no es lo suficientemente grande para alojarlos a todos, pero pueden usar el barco de la tripulación esclavista a la que estamos liberando.

Le hubiese gustado pensar que los marines ayudarían a los esclavos, comprendiendo que son víctimas de delincuentes. Pero sabía lo suficiente del gobierno -y más que sabría en un futuro próximo- como para saber que los culparían del incidente y "ajusticiarían". Menuda "Justicia".
Consciente de que la decisión no estaba en su mano, se dirigió a Silver tratando de aportar más detalles al plan, pues el tiempo apremiaba y lo importante era actuar cuánto antes.

- Quizá no tengan navegantes, pero bastará con alejarnos del puerto. Quizá Balagus, y quién ellos consideren oportuno, pueda acompañarles para instruirles. Cuando las aguas se hayan calmado podremos reorganizarnos.

Tras una pausa para permitirles responder, añadió, esta vez dirigiéndose tanto a Silver como a Balagus

- Gracias. Sé que no habrá sido fácil.

Resumen
#46
Silver D. Syxel
-
Loguetown
Día 33, Verano del año 724

El humo ascendía al cielo, marcando como un faro el lugar donde el infierno se había desatado. Silver se detuvo un instante en la salida del casino, mirando hacia atrás mientras las llamas se extendían por la estructura. El rugido del fuego se mezclaba con los gritos lejanos de los ciudadanos, y en algún punto más allá, el sonido de las campanas de alarma comenzaba a resonar. La Marina no tardaría en aparecer.

Esto se va a llenar de marines en cualquier momento. —advirtió, girándose hacia Ulamog y el grupo de esclavos liberados. Sus palabras estaban cargadas de urgencia, pero también de firmeza—. Debemos movernos. Ahora.

Sus ojos se posaron en el guerrero tribal, que aún parecía medir cada palabra y movimiento del capitán. Syxel dio un paso adelante, buscando transmitir confianza y liderazgo.

Hay un barco en el puerto que pertenecía a los desgraciados que os trajeron aquí. —continuó, dirigiéndose tanto a Ulamog como al grupo en general—. Ya nos hemos encargado de ellos. Lo tomaremos. Es lo suficientemente grande para todos. Seguid nuestro barco en cuanto zarpemos, y ya podremos organizarnos mejor cuando estemos a salvo.

Hizo una pausa, pasando su mirada de un rostro a otro. Algunos de los esclavos aún parecían dubitativos, pero otros asintieron con determinación. Silver apuntó hacia el puerto.

Confiad en nosotros. Sigamos adelante. No queda tiempo.

Sin más preámbulos, comenzó a moverse, liderando al grupo a través de las callejuelas de Loguetown. Manteniendo un paso rápido pero controlado, revisaba constantemente con su haki cualquier presencia cercana que pudiera representar una amenaza. Los marines estaban cerca, podía sentirlo.

Mientras avanzaban, miró por encima del hombro hacia Balagus.

Guíalos y prepárate para organizar a la gente en el barco. Debemos zarpar lo antes posible.

Luego, sus ojos se dirigieron hacia Marvolath. Asintiendo brevemente para confirmarle que seguirían el plan sugerido. La adrenalina corría por sus venas mientras se acercaban al puerto. Al llegar, señalaría el barco de los esclavistas, asegurándose de que Ulamog y los suyos entendieran qué hacer.

Nosotros os cubriremos.

Si todo salía bien, ambos barcos podrían zarpar antes de que los marines cerraran el puerto. Con suerte, aquel fuego en el casino seguiría distrayéndolos el tiempo suficiente para que desaparecieran en el horizonte.



Percepción II
KENB401
KENBUNSHOKU
Haki básico
Tier 4
1/10/2024
7
Costo de Haki por Turno
2
Enfriamiento
Permite al usuario percibir con precisión la presencia de otros seres vivos en un área, siendo capaz de apreciar las emociones muy fuertes que exterioricen como un sufrimiento fuerte o un gran instinto asesino, etc. Si lo activa puede anticiparse a un ataque obteniendo para ello un bono de +5 [Reflejos].
Área: [VOLx12] metros. +5 [REF]

Resumen
#47
Balagus
-
Satisfecho por haber reavivado el espíritu de combate y la sed de libertad en el guerrero, Balagus se cargó a los esclavos más maltrechos e incapaces de correr que sus brazos y hombros pudieron cargar, guardando su hacha de vuelta en sus sujeciones y esperando que sus compañeros pudieran abrir paso mientras seguían a Ulamog. En los pasillos y almacenes, el enorme tamaño del oni le complicada sensiblemente el camino, pero aguantó estoicamente los roces y golpes contra las paredes y los esquinazos hasta que dieron con la última puerta.
 
Sin dudarlo, dejó con gentileza a los esclavos que cargaba en cuanto vio a Ulamog tratar de abrir la cerradura sin éxito. Su decidida mirada sólo confirmó lo que su corazón ya había intuido, y ambos cargaron con furia incontenible contra el obstáculo final, hasta que cedió, incapaz de detenerlos por más tiempo.
 
Su rugido conjunto resonó en la noche cuando atravesaron las hojas de metal, y la libertad los recibió con el frío y vigorizante aire nocturno, así como los ecos del caos resultante del incendio. Notó la mirada de Ulamog posarse sobre la suya, buscando una confirmación para confiar en aquel hombre. El oni sólo asintió en silencio y con gesto grave, mientras volvía a atarse la protección del antebrazo y golpeaba silenciosamente su pecho con el puño.

Esperando que fuera suficiente prueba, junto con su recobrada libertad, para que les siguieran hasta los muelles, Balagus volvió a echarse encima a tantos esclavos como pudo, priorizando a aquellos con dificultades para moverse o seguirles el ritmo, y todos regresaron hacia los barcos.
 
El oni jadeaba y respiraba con severas dificultades, agotado tras el esfuerzo de cargar con todo aquel peso al mismo tiempo que evitaba que alguno se cayera en mitad de la carrera. Pese a todo, su voluntad inquebrantable de cumplir con su promesa y sacarlos a todos de allí pesaba más que cualquier montaña que le pudieran echar encima, y le daba fuerzas para continuar sin flaquear ni detenerse, ni siquiera para contestar a su capitán, a quien respondió con firmes y silenciosos asentimientos de cabeza.
 
Finalmente, el puerto. Balagus empezó a dar órdenes rápidas y concisas, entrecortadas por sus jadeos, esperando que Ulamog las corroborase, para que todos subieran al barco esclavista y lo prepararan para abandonar la isla. Cuando se hubo quedado satisfecho, y sólo él quedaba por subir, se aproximó a Silver y a Marvolath, ofreciéndoles un palmeo en sus hombros.

- Saldremos de aquí, me ocuparé personalmente de ello. – Contestó a su capitán, antes de girarse hacia el doctor y responderle a su agradecimiento anterior. – Te mentiría si dijera que lo hice por ti. Pero digamos que sí me contuve porque me lo pediste, ¿de acuerdo, doctor? -

El oni le dedicó una media sonrisa cansada durante unos breves instantes, antes de girar en redondo y correr hacia el barco esclavista: Ulamog necesitaría otro par de brazos fuertes y recios para poner en rumbo el navío lo antes posible.


Resumen
#48
Arthur Soriz
Gramps

El humo espeso y denso del Casino Missile ascendía hacia el cielo formando lo que parecía ser una espiral oscura que amenazaba con devorar la tranquilidad de la ciudad. Las llamas se reflejaban en las ventanas de los edificios cercanos, y los gritos no tardaron en llegar. Mientras se alejaban el sonido de las sirenas, las campanas de alarma y los silbatos resonaban por toda la ciudad, marcando el anuncio de que si acaso era posible debían apresurar el paso cuanto antes.

Los habitantes de la ciudad al principio ajenos a lo que realmente estaba ocurriendo comenzaron a darse cuenta de la magnitud de la situación. En las callejuelas cercanas al casino los transeúntes comenzaron a detenerse mirándolos no solamente a ustedes tres pero también a la gran cantidad de esclavos que los seguían. Incluso entre las sombras, era difícil mantenerse oculto con un grupo tan numeroso yendo de forma tan apresurada.

Ustedes tres avanzaban lo más veloz que podían aprovechando la distracción del casino en llamas, pero la escena que generaban no pasaba desapercibida. Cada paso que daban era observado por las miradas curiosas de los ciudadanos. Algunos confundidos, otros simplemente pensaban que era un grupo grande escapando del casino y nada más. La gente murmuraba, algunos los señalaban, pero desconocían lo que en verdad habían hecho esa noche y hasta qué punto se habían ganado el odio del inframundo de Loguetown.

"¿Qué está pasando? ¿Quiénes son esos, por qué corren?" Se podía escuchar mientras pasan a toda velocidad, mientras una niña se asomaba por la ventana de su casa viendo confundida el desfile de personas que avanzaban hacia el puerto; dicho desfile siendo ustedes. Los hombres en su gran mayoría los ignoraban o decidían hacer caso omiso, prefiriendo seguir con sus quehaceres y terminar la jornada cuan rápido pudieran para volver a casa con sus familias y comer algo caliente y delicioso.

La presencia de la Marina en la ciudad era conocida, y ante las primeras sirenas que comenzaron a sonar a lo lejos, anunciaba la llegada inminente de estos. Aún así, el incendio del Casino Missile para buena fortuna de ustedes parecía servir como una distracción perfecta. Las llamas, el humo espeso y las alarmas estaban creando una cortina que desvió la atención hacia ese lado de la ciudad. A medida que llegaban al borde de la ciudad las vistas del puerto comenzaban a formarse ante ustedes. El sonido del mar, el ligero crujir de los barcos en el agua y la visión de las embarcaciones aliviarían un poco el miedo de ser encontrados y tener que pelear para poder escapar sanos y salvos.

Al llegar al puerto, Ulamog y los esclavos hicieron lo que pudieron con las órdenes que Balagus les daba. Desataban cuerdas, bajaban velas, levaban anclas. Todo lo necesario para salir de ahí cuanto antes, no sin antes todos agradecer de una forma rápida, asintiendo con la cabeza porque sabían que el tiempo apremia y ahora mismo este no les sobraba antes de que alguien descubriera hacia dónde se habían ido. Ulamog en específico se veía tan concentrado que incluso llegaba a sudar, dándole lo mismo si se lastimaba las manos o se pelaba la piel en quemaduras chinas por hacer esfuerzo de más... cualquier dolor en comparación al que sufrió siendo un esclavo palidecía ante este dolor infligido por la nueva libertad que les habían dado ustedes.


Y finalmente, el momento llegó. Con las velas desplegadas, los barcos comenzaron a separarse del puerto. Y Loguetown, la ciudad que había sido testigo de su captura, de sus sufrimientos y de sus vidas destrozabas quedaba atrás. A medida que tanto el barco esclavista como el de ustedes se alejaban, el horizonte poco a poco comenzaba a tragarse a la ciudad, haciendo que las luces de la costa se convirtieran en puntos lejanos y difusos, y el único que ahora se veía más... era el de las llamaradas que amenazaban con probablemente consumir el Casino Missile en casi toda su totalidad.

Con ello llegó la calma, poco a poco. Las aguas tranquilas, el viento a favor, y el sabor de la libertad que tocaba sus labios. Se dieron la chance de llorar, de reír. Todos los esclavos se abrazaban, agradecían y vitoreaban a troche y moche. Todos, excepto uno. Ulamog, el cual tenso parecía aún con la mirada perdida, fija al frente como si no quisiera mirar atrás hasta que alguien o algo le confirmara que esto no era un sueño, que de verdad estaba fuera de peligro.

Pero no pudo contenerse, y un grito gutural de victoria escapó de su boca, tan alto que incluso se llegó a lastimar las cuerdas vocales. Un grito de alguien que aceptaba su nueva vida, la vida que ustedes... todos ustedes, le habían brindado sin pedir nada a cambio.


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