Alguien dijo una vez...
Rajoy D. Mariano
"Es el Gorosei el que elige al Moderador, y es el Moderador el que quiere que sean los Gorosei el Moderador"
[Común] [C-Pasado] Un plumaje familiar [Priv. Donatella]
Sowon
Luna Sangrienta
La Oni percibió que algo malo pasaba al ver a Donatella hablar, al principio lo confundió con cansancio pero luego pudo notar la verdad cuando su haki le previno de un objeto similar que chocó contra el lomo de su enorme espadón. Una aguja, un truco barato pero suficiente para generar un profundo malestar en el humor de la rubia, sin mediar palabras atravesó la ventana con su enorme arma en un movimiento que paralizó el aire sumado al estruendo del concreto estallando y los cristales chirriando. Volvió a recoger su espada para presenciar el cuerpo sin vida colgando en la punta de la misma, de sus manos cayeron las agujas envenenadas y la sangre que adornó el filo de su arma por unos segundos antes de lanzarlo al suelo. La caza había terminado, sin embargo los problemas apenas comenzaban, tenía a tres criminales para entregar y a una mujer guapa para rescatar. Lo malo es que ella era buena quitando vidas, no salvando, por lo que debería actuar rápido antes de que las cosas empeorasen. Cargó los cuerpos de los criminales bajo un brazo y cuidadosamente levantó a la muchacha entre sus manos comenzando a caminar por la ciudad, tampoco era la mejor en guardar apariencias ya que muchos pudieron ver a la gigante cargando los cuerpos y avanzando hacia el primer lugar que se le ocurrió un hospital cercano con el cual ya había trabajado anteriormente.

― Tranquila, te llevaré a un lugar donde curan gente, pero debemos darnos prisa no sé que veneno han usado... Ni siquiera sabía que los venenos podían hacer eso... ―

Suspiró mientras pateaba la puerta del hospital y se dirigía a la recepción con la chica en brazos, tras explicar la situación como mejor pudo dejó que las enfermeras se ocuparan del caso. Suspiró al escuchar que no era grave, debería cobrar la recompensa mientras estaba allí, por suerte su contacto de un gremio estaba cerca y con dinero en mano para que luego de una llamada pudiera canjear los tres pesados cuerpos por unos buenos sacos de berries. No era nada del otro mundo, pero bastaría para costearse unos instrumentos nuevos para la forja y por supuesto repartirse los frutos con su compañera, ingresó nuevamente al hospital con la bolsa de dinero mientras esperaba novedades sobre el estado de su compañera. Como si fuese un perro fiel, se quedaría en ese lugar hasta que todo se normalizara, por suerte el incidente no había ocurrido hace mucho y la Oni actuó rápido para que no avanzara demasiado el veneno. De cierta forma se sentía aliviada, pero la situación de su compañera le tenía en vela, a fin de cuentas había sido ella la que le había llevado a ese lugar sin tener en cuenta que los humanos a veces podían ser un poco más frágiles que ella. Suspiró levantando la mirada y observando el techo de aquel lugar, el aroma del desinfectante llenaba la sala de espera, por lo que salió unos minutos a tomar un poco de aire y a lo mejor era tiempo de reacomodar las ideas, debería explicarle bastantes cosas a su compañera cuando esta despertase.

― A lo mejor las cosas se dieron así por algo... Solo espero que no termine por costarme toda la recompensa. ¡Bwahahaha! ―

Bromeó para sí misma al tiempo que volvía a entrar al hospital, solo quedaba esperar alguna mejoría y por mucho que la Oni pusiera caras, se mostrase impaciente o caminase de un lado al otro no avanzaría el tiempo. Los profesionales tenían su ritmo y este a ojos de la Oni era lento, pero tocaba tragarse todo su orgullo, cruzarse de brazos y esperar golpeteando su pie a que le llamasen para informarle del estado de su compañera. Eso le llevaría el resto del día y a lo mejor la noche, por suerte tenía algunas cosas en la mochila para pasar el tiempo.
#11
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
El mundo comenzaba a tambalearse y desvanecerse lentamente para Donatella, quien intentaba mantener su compostura, pero cada paso que daba la hacía sentir más distante de la realidad, como si la fiebre la arrastrara a un abismo del que no podía escapar. Sus sentidos, normalmente agudos y dominantes, ahora estaban nublados, su cuerpo se sentía pesado y sin fuerzas, y la temperatura de su cuerpo simplemente era insoportable. Aquella impotencia por su estado le recordaba al sentimiento de cuando su hermano les abandonó, pues no había sido envenenada en un combate, sino un truco sucio de un enemigo demasiado cobarde para enfrentarse a ella de frente, un rufián incapaz de dar la cara a sus responsabilidades y a la vida.
 
Afortunadamente, su orgullo la mantenía alerta, aunque solo lo suficiente como para escuchar las palabras de Sowon. ¿Tranquila le había dicho? ¿Cómo podía estar tranquila cuando su cuerpo le estaba fallando de una manera tan humillante frente a una desconocida? Sus labios se abrieron como si tratasen de responder, pero ningún sonido salió, solo un jadeo entrecortado por su respiración ya agitada.
 
Su visión comenzó a oscilar, entre un juego de sombras y luces que se mezclaban borrosamente. Podía sentir el movimiento de Sowon cargándola, y aunque su mente quería resistirse ante tal ayuda, su cuerpo ya no respondía. Intentó alzar una mano, en un último acto de desafío, pero la extremidad temblorosa cayó sin fuerzas sobre su propio pecho, apagándose completamente, siendo el rostro de la oni lo ultimo en ver antes de caer completamente inconsciente.


Luego de llegar al hospital...


Las enfermeras reaccionaron de inmediato al ver a la oni entrar con Donatella en un estado tan débil, estaba pálida y febril. — ¡Rápido, tráiganla aquí! — Ordenó una de ellas para que, en cuestión de segundos, Donatella fuera colocada con cuidado sobre la cama mientras un grupo de médicos comenzaba a evaluar su estado. Su piel ardía al tacto, su respiración era pesada y su frente estaba perlada de sudor.
 
Tiene fiebre alta, probablemente inducida por el veneno. — Comentó una de las enfermeras mientras desabrochaba parte de la ropa superior de Donatella para inspeccionar la herida donde la aguja había perforado su piel.
 
Necesitamos identificar la toxina antes de que avance. — Otro médico trajo un frasco con un líquido especial, empapando una gasa y aplicándolo sobre la pequeña herida. El silencio se instaló en la sala por unos segundos hasta que el color de la sustancia reaccionó al contacto con la herida de Donatella, tornándose de un tono verdoso.
 
Unos bandidos han estado utilizando esta toxina. No es letal, pero es un veneno debilitante. Diseñado para causar fiebre y pérdida de fuerza en el objetivo. Preparen un suero de limpieza. Necesitamos purgarlo de su sistema lo antes posible. — Una aguja fue insertada en la vena de su brazo y un suero especial comenzó a recorrer su cuerpo, limpiando poco a poco las toxinas que la mantenían sumida en la fiebre. Durante horas, el hospital estuvo en calma, con las enfermeras monitoreando su temperatura, asegurándose de que la fiebre descendiera gradualmente.
 
Finalmente, una de las enfermeras salió de la sala y se dirigió hacia Sowon con una leve sonrisa. — La paciente ha despertado. Aún está algo débil, pero se encuentra fuera de peligro. Puede pasar a verla si lo desea. — Las palabras eran un alivio, pero también significaban que la conversación pendiente entre ambas estaba a punto de suceder dentro de la habitación donde la heredera Pavone ahora reposaba, recuperándose lentamente de aquella humillación envenenada.
#12
Sowon
Luna Sangrienta
Por fortuna su accionar pareció ser el indicado, los doctores se encargarían de aquello en lo que no tenía ni idea, por su parte tocaba esperar. Sacó de su bolsillo una moneda y se dirigió a una de las máquinas expendedoras del hospital, seleccionando unos ositos de gominola para pasar el tiempo y otra bolsita más por si a su compañera le gustaban. Con un aire más calmado volvió a la recepción, masticar le ayudaba a calmar la impaciencia, por mucho que apenas se conociesen la Oni solía entablar con facilidad cierto espirìtu de camaradería y más con personas fuertes como había demostrado su compañera.

—Oh claro que iré a verla, luego de ese susto sería muy grosero de mi parte, además yo fui en parte responsable. —

Respondió la guerrera mientras era guíada, ingresó masticando los últimos ositos de gominola y dejando la bolsa sin abrir sobre la pequeña mesa de luz. Teniendo que agacharse para no estrellar su cabeza o sus cuernos contra el marco de la puerta, su actitud no parecía haber variado y más que mirar a su compañera con pena o decepción le admiraba por haber sobrevivido a lo que ella creía era una toxina letal. Se mantuvo a una distancia prudencial, había notado sus gestos y ciertos modales que le recordaban a algo horrible de su pasado aunque agachó la cabeza y se tragó un poco de su orgullo.

— Lamento si actué sin consultarte, o si excedí los límites de nuestra alianza al traerte a este lugar. Un Oni no abandona a un herido mientras este aún respire, mi orgullo me obligaba a no dejarte morir. Si aun así deseas golpearme para enmendar lo que las hormigas puedan considerar una falta de respeto, puedes hacerlo, pero te ruego que excluyas mis cuernos o mis manos. —

Suspiró mientras levantaba la mirada y ofrecía su mejilla para ser golpeada, no le importaba llevarse un recuerdo y tampoco quería que la humana le guardase rencor por una acción surgida de la necesidad y el temor. Su voluntad siempre se mantenía ahí, pero sabía que sus tradiciones no siempre eran comprendidas y que ella no podía caer bien a todos aunque lo intentase. Buscó las bolsas de dinero de su bolsillo y las colocó sobre las piernas de su compañera.

— Es todo lo que sacamos de esas escorias, divide como gustes, los gastos de este lugar van a mi cuenta. Soy herrera, no es demasiado para mí y he ganado mucho vendiendo cuchillos a humanos. ¿Te apetece ver mi trabajo? —

Sonrió mientras cambiaba el tema a uno mucho más placentero, tomando asiento en el suelo y sin desviar un minuto sus ojos de los de aquella mujer. La Oni era como un libro abierto, quien nada oculta nada teme, esa era su filosofía e incluso con la amenaza de un golpe o de terminar su sociedad de mala manera no mostraba signos de guardarse ningún rencor o sentir remordimientos por lo que había hecho. El miedo, las dudas y la inoperancia era para quienes no se animaban a tomar las riendas de su vida y Sowon siempre saldaba sus asuntos para no tener que mirar atrás.
#13


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