Hay rumores sobre…
... una isla del East Blue donde existen dos escuelas de combate enfrentadas. Estas escuelas hacen especial referencia a dos personajes de la obra original.
[Aventura] [T3] [Aventura] ¡De camino a Oykot!
Ubben Sangrenegra
Loki
El tirador, a pesar de su posición elevada y la ventaja que le daba el carajo, había cometido el error de dudar. Si algo había aprendido Ubben en su vida de fugitivo, era que una oportunidad desperdiciada podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Albert había tenido un tiro limpio, un disparo que podría haber cambiado el curso del enfrentamiento, y sin embargo, no había apretado el gatillo en el momento adecuado. Cobardía o sensatez mal encaminada, daba igual... ahora estaba atrapado con él.

El peliblanco llegó sin problemas hasta la plataforma. Abajo, la sirena ya se ocupaba de la oni que él había neutralizado. Puede que se le hubiera ido un poco la mano, pero jamás lo admitiría. Después de todo, no tenía sentido contenerse cuando el enemigo había decidido atacar primero. Sus manos seguían chisporroteando electricidad, y su mirada se clavó en Albert, tal como la de un depredador en su presa. El joven tirador tenía dos opciones... mantenerse firme o quebrarse ante la presencia amenazante del bribón. Ubben disfrutaba de aquel tipo de momentos, quebrar la voluntad de su adversario era un lujo que siempre le alegraba el día.



Atacaron sin motivos...— Su voz resonó en el pequeño espacio del carajo, sin prisa alguna en ella. Su mirada dorada se afiló aún más mientras ladeaba el cuello, haciendo crujir los huesos. —Tuviste el descaro de dispararme...— El chisporroteo de la electricidad en sus manos se intensificó, envolviendo un par de agujas entre sus dedos. —Dame un solo motivo por el cual no matarte...— Sentenció, con una calma aterradora. No tenía intención de cumplir esa amenaza, claro. Albert solo era un niño, y él no mataba a niños... al menos no gratis. Pero eso no significaba que no pudiera disfrutar viendo el pánico en su rostro. 

Era un juego con dos posibles desenlaces. Si Albert cedía al miedo, si su expresión se quebraba, su cuerpo temblaba ante la inminente amenaza de una descarga letal, el peliblanco soltaría una risa descarada y burlona antes de asestarle un puñetazo seco en el estómago. Si, en cambio, el chico mantenía la compostura, si sus ojos no se llenaban de terror como Ubben esperaba, el bribón de ojos dorados simplemente suspiraría con dramatismo, relajando los hombros como si de pronto se diera cuenta de lo exagerado que había sido. —Sí, demasiado dramático. Me pasé...— Y acto seguido, le daría el mismo puñetazo en el estómago. 

Tras el golpe, Ubben lo observó de arriba abajo, y la amenaza en su mirada se desvaneció, reemplazada por una expresión que rozaba la decepción.  —Por dispararme...— murmuró, casi como si la ofensa hubiera sido personal. Sus puños dejaron de chisporrotear, y las agujas desaparecieron nuevamente entre sus ropas. —Entrega todo lo que tengas, rápido— La orden fue seca, sin necesidad de elevar la voz. El joven no tenía opción. Si Albert hacía lo correcto y le entregaba lo que llevaba encima, Ubben no perdería más tiempo. Guardaría lo obtenido y bajaría con facilidad, deslizándose por las cuerdas con una destreza natural, como si el barco entero fuera su patio de juegos. 



Una vez de nuevo en la cubierta, el peliblanco caminó directamente hacia la sirena sin vacilación y, sin mediar palabra, le extendió el botiquín que siempre llevaba consigo. —Se me pasó la mano con la chica...— comentó con un tono casual, con un pequeño atisbo de arrepentimiento. Luego, sin perder el ritmo, se agachó frente al rostro de la oni maltrecha. Sus ojos dorados brillaban con un destello travieso, su expresión dejaba entre ver el descaro y un ínfimo romanticismo. —La próxima vez que quieras golpearme, que al menos sea en la cama y después de una cita, corazón... me gustan las chicas duras...— Susurró con dulzura irónica mientras su mano, se deslizaba sobre la mejilla de la joven, acariciándola con delicadeza antes de apartarse con la misma facilidad con la que había invadido su espacio.



Resumen
Relevantes
#31
Airgid Vanaidiam
Metalhead
¿Cómo había acabado así? Kovacs consideraba que su brigada era fuerte, que estaba bien entrenada, disciplinada, y aún así habían sufrido una derrota terrible. ¿Quizás habían tenido también algo de suerte? ¿Qué hubiera pasado si se hubieran topado con piratas, en lugar de revolucionarios? La piedad, la empatía y la humanidad que mostró aquel Escuadrón no era lo que le enseñaron sobre los criminales en la base de la marina. No eran asesinos sanguinarios y sin honor, de hecho, habían demostrado ser todo lo contrario. Puede que dentro de todos los malos caminos que pudieron haber tomado, hubieran corrido la suerte de toparse con el menos malo de ellos. Resultaba muy fácil dejarse llevar por el ego cuando se vencía una batalla; lo complicado era saber mantener la cabeza templada. Era algo que Kovacs aprendió desde una edad muy temprana.

Escuchó las palabras de Ragnheidr, que resonaron en su cabeza como el retumbar de un tambor. ¿Rey? ¿Qué estaba diciendo de un rey? El suboficial no entendía a lo que se estaba refiriendo, porque ni siquiera entendía el poder que había despertado hacía unos momentos. Sus miradas se cruzaron un segundo, en el que Ragnheidr podría detectar la confusión del marine ante sus palabras. A lo que sí pudo responder fue a lo siguiente que dijo, una vez ya rompió el contacto visual con él y comenzó a elevarse en el aire. — No os hemos seguido... habrá sido cosa del destino. — Y se le escapó una risa empapada en sangre. Estaba tumbado sobre los restos de madera astillada, al final de un agujero tremendo por el que asomaba ligeramente el sol. Sentía que si movía un músculo más de la cuenta, acabaría muerto. O desmayado, pero él se sentiría como muerto, prácticamente.



Sobre la cubierta, Sully no solo se encargaba de curar las heridas físicas de Chenai, sino también de calmar su desasosiego, su frustración. Airgid interrumpió en la escena, apuntando con su temible minigun al buccaneer y pidiéndole que le entregara cualquier tipo de botín. Sully sintió en su interior las ganas de pelear. Él aún no había sufrido daño alguno, cosa que le avergonzaba en parte. Pero sabía que sería una locura, ahora que las cosas se encontraban más o menos en calma. Tampoco es como si pudiera enfrentarse a Airgid, lo sabía, pero a Ubben... no, era mejor si se quitaba esas ideas de la cabeza. — Dinero y armas es todo lo que tenemos. Y tampoco es que haya mucho. — Respondió con sequedad en su voz, sin siquiera girar su cabeza hacia ella. Airgid sería capaz de sentir lo mismo que le había dicho, una especie de cofre con monedas en su interior, y lo que parecía ser un almacén con varias armas de repuesto.

Pero entonces apareció su ángel, su sirena. Solo la observó de reojo, tratando de mantenerse concentrado en Chenai, a pesar del rubor de su rostro, convenientemente oculto tras sus cabellos aún mojados. No le dijo nada, pero ella se acercó, y se siguió acercando, con aquellos peculiares saltitos a los que ya estaban acostumbrados gracias a Netary. Sentir su proximidad le provocó un repentino temblor en la mano derecha, una vibración que Chenai sintió al estar tratando sus heridas. La oni se encontraba en un estado bastante pésimo, pero aún así no se le escapaba una, y supo distinguir lo que aquel tembleque significaba. Le clavó la mirada a Asradi, intentando mostrarse menos vulnerable que hace un momento. Estuvo a punto de soltar una pequeña bordería al escuchar la crítica hacia su compañera, pero Sully habló antes que ella. — Por amor se hacen grandes imprudencias. — Una verdad como un templo que se le escapó desde lo más dentro de su ser. Se refería a Netary, por supuesto, y a su amor por sus compañeros y su Brigada. Pero era consciente de que existían muchas formas de interpretar aquel mensaje, de que cada uno podía verse reflejado, incluso él. Tomó los ungüentos que Asradi le dejó y se puso en pie, dispuesto a hacerle caso, a dejarla a cargo de Chenai mientras él acudía a atender a su suboficial. Antes de dejarse caer por el agujero, la miró una última vez, tratando de grabar aquella visión en su mente. Pronto se separarían, puede que para siempre, pero Sully trataría de no olvidar esa imagen.

Acercándose a la ubicación de Kovacs, pasó inevitablemente cerca de Ragnheidr. Eran casi de la misma altura. Sully no había conocido a mucha gente de su raza. Lamentó no poder enfrentarse a él, menos después de ver cómo había dejado a su suboficial. No le dijo nada, solo le miró con cierto respeto, antes de lanzarse al agujero con Kovacs, con cuidado de caer a su lado. Ninguno de los dos dijo nada al principio, sumidos en un silencio que hablaba más que cualquier palabra, Sully comenzó a tratar sus heridas, a usar su botiquín y también las medicinas que tan amablemente Asradi le había prestado. Pronto se dio cuenta de que la naturaleza de la mayoría de sus heridas eran de origen interno, de que Ragnheidr se había dedicado a destrozarle por dentro. Huesos fracturados, extremidades entumecidas... resultaba terrorífico, y tardaría bastante más en sanar.



Albert no hizo intento alguno de impedir que Ubben llegase hasta él. No quería pelear ni generar más problemas después de lo que acababa de ver. Sin embargo, Ubben no le resultaba demasiado amenazante. No porque no fuera poderoso, había demostrado con creces que así era, pero Albert no solía experimentar mucho miedo cuando se le amenazaba a él en concreto, sino más bien cuando se dirigía a sus compañeros. Era silencioso, callado, y con una continua expresión de que no parecía interesarle ni importarle nada en concreto. Cuando le pidió un único motivo por el cual no debería matarle... Albert lo tuvo claro. Habló con calma, como la persona inexpresiva y analítica que solía ser. — Habrías hecho igual. — Fue su única defensa posible, la más sincera de todas. Fue capaz de mantener la compostura, a pesar de la presión del revolucionario. De poco le sirvió, pues el golpe se lo llevó de todas maneras, un puñetazo en el estómago que se hizo encogerse ligeramente sobre sí mismo debido al punzante dolor. Albert sabía que estaba en lo cierto, que de haberse encontrado Ubben en su lugar, habría hecho lo mismo que había hecho él. Pero eso no quitaba que cada acto tenía sus consecuencias, y él acababa de ganarse un bonito moratón que permanecería unos días decorando su piel.

No llevaba demasiadas cosas encima, pero aún así, no dudó demasiado en hacer lo que Ubben le había pedido, dejando caer al suelo las monedas que llevaba consigo. Un buen puñado de berries, nada más y nada menos, además de su propia arma y su mochila, que solo contenía útiles de cocina y algunos cuadernos, nada demasiado interesante o de mucho valor monetario, aunque sí que eran importantes para Albert. Con un poco de suerte, solo tomaría el dinero.

Tras desvalijarle, Ubben se deslizó por las cuerdas del barco hasta llegar de nuevo a la cubierta, encontrándose con Ragnheidr, Airgid, Asradi, y por supuesto, Chenai. Se acercó a las dos últimas, mostrando una repentina amabilidad al tenderle su botiquín a la médica del grupo, después de haber actuado como verdugo. Chenai le miró con desprecio, sintiendo el impulso de tomar su espada del suelo y rebanarle el cuello según él recortaba distancias frente a su rostro. No solo le dedicó aquella frase completamente humillante para una mujer orgullosa como ella, sino que también osó acariciarle la mejilla, como se le hacía a un animal indefenso, domado. Puede que Chenai no tuviera las fuerzas necesarias para hacerle frente con su espada, pero sí con sus palabras. — La próxima vez... haré que me supliques por piedad... es lo que debe hacer todo aquel que quiera una cita conmigo. — Habló con completa sinceridad, a pesar de su tono sarcástico. Se podría decir que a Chenai le gustaba que los hombres se sometieran un poco a su voluntad.



Bajo el agua, Netary y Umibozu seguían enzarzados en una contienda que tenía un claro vencedor desde el principio. Llegados a este punto, era solo el orgullo lo que seguía peleando. El ataque acuático de Netary no supuso un reto para Umibozu, que no solo lo bloqueó, sino que también usó la rotación de su propio cuerpo para redirigir parte del ataque hacia la sirena, un movimiento que no se esperó y que acabó recibiendo de lleno. A pesar de lo decidida que estaba, cargando incluso el puño para dar un nuevo golpe, el daño que sintió fue demasiado como para ignorarlo y continuar con la ofensiva. El cuerpo de Netary se sintió débil, muy débil, demasiado como para seguir prolongando con aquel combate, por mucho que le doliera.

Se tomó unos segundos para respirar, sin preparar ninguna nueva ofensiva, sin lanzarse corriendo a por él, aunque sin perderle de vista. El "contraataque" del wotan la arrastró unos tres metros más allá, y por algún extraño motivo que desconocía, sintió un dolor interno bastante agudo al moverse. Aguardó en silencio, tomándose ciertas confianzas. Siendo sincera consigo misma, sabía que no era rival alguno para Umibozu, pero se aprovechó de que no parecía que él tuviera planes de atacarla directamente. Al menos no había dado señales de ello. — Sí que lo sois. — Discutió, sin miedo, ante la afirmación de Umibozu. — Matasteis a personas en Oykot. Puede que ahora estéis siendo más... selectivos, pero eso no borra el destrozo que hicisteis en la isla.Netary tenía unos valores muy claros y marcados, entendía que no estaba en mano de nadie el poder de arrebatar una vida, ni siquiera en las de la justicia. A pesar de sus palabras contundentes, el tono que utilizó no fue agresivo ni sarcástico, habló desde el interés de mantener un buen debate.

No soy estúpida, sé que no tengo posibilidad de vencerte. — Sintió que, sin sus compañeros escuchándola, en aquella especie de intimidad que les ofrecía el fondo del océano, podía sincerarse. — Tengo la sensación de que si me muevo más de lo debido, caeré al fondo del océano como un ancla... — Dijo en un tono un poco más bajo, sintiéndose realmente mal físicamente. Su cola apenas daba ligeros aletazos para poder mantenerse a la altura. — Es penoso, ¿no crees? Podrías haber acabado conmigo desde el primer momento, pero me autoengañaba a mí misma pensando que igual, si me esforzaba lo suficiente... — Decidió no seguir por ahí. — ¿Por qué no lo has hecho? ¿Por qué no te has librado de mí aún? ¿Es compasión, o una humillación? — Sonrió, aunque su rostro denotaba más tristeza que cualquier otra cosa.



¿Notáis eso? Puede que la situación a bordo fuera tan tensa que nadie se parase a otear bien el horizonte, pero los hakis de percepción no engañaban: cuatro navíos de la marina se desplazaban por el mar a una velocidad sorprendente, aproximándose cada vez más al barco de la Brigada A-90. Ya se encontraban rondando esas aguas próximas a Oykot, después de lo que sucedió en la isla, y cambiaron su rumbo al recibir la llamada de auxilio de Albert.

Los navíos vienen todos desde el sur, encontrándose ahora mismo a unos quinientos metros del galeón de la Brigada. A simple vista, se puede notar que son de un tamaño bastante considerable, y si aquellos que poseen el haki de observación quisieran, podrían también notar que había personas poderosas a bordo de los cuatro, igual o incluso más ellos mismos.

Tanto Umibozu como Netary, a pesar de que la última no tenía el poder del haki de la observación, serían capaces de notar las vibraciones del mar revuelto y embravecido, los peces asustados. Netary sabía lo que significaba, embarcaciones grandes y lo suficientemente numerosas como para llamar la atención de aquella manera. — Se nos acaba el tiempo, cuando estaba empezando a disfrutar un poco... — Estaba calmada, irónica, pero sincera. Puede que fuera por las heridas de su cuerpo, tanto externas como internas, que le impedían moverse, o quizás se debía a que ya había asumido su derrota. Había cierta tranquilidad en eso, aunque sonase extraño.




Airgid corroboró las palabras de Sully con el propio poder de su akuma. La habilidad de detectar el metal le indicó que efectivamente, guardaban un buen almacén lleno de armas varias. Aunque ninguna parecía especialmente diferente, o poderosa... al menos en cuando a materiales se refería, claro. También detectó aquel cofre con dinero. — Las arcas del estado, ¿eh? — Bromeó para sí misma en voz baja. "Bingo", pensó mientras se centraba en dicho cofre, usando los campos magnéticos a su antojo para elevarlo en el aire y atraerlo hacia ella. Que hubiera un agujero en mitad del barco lo cierto es que lo facilitaba todo mucho más.

Dejó el botín frente a sus pies, dedicándose a observar la escena a su alrededor. Estaban todos allí, en buen estado, menos Umibozu. No dudaba de que se encontraría perfectamente, pero no le gustaba haberle perdido de vista. No obstante, no le quedó otra más que confiar en que solo estaba disfrutando de un buen baño casi nocturno. Decidió acercarse a donde se encontraba Ragnheidr. El buccaneer había hecho un buen destrozo en el barco, uno que no olvidarían en mucho tiempo. Estaba levitando, preparado para volver a la Alborada. — ¿Me llevas? — Le preguntó con cierto aire de coqueteo, aunque no era esa solo su intención, la verdad es que se encontraba todavía algo cansada e indispuesta.

Escuchó y observó el medio coqueteo que se llevaba el otro buccaneer con la sirena, igual que el de Ubben con la oni, pero no dijo nada, solo sonrió con picardía, "está claro que aquí nadie pierde el tiempo", pensó para sus adentros. Parecía que todo había salido bien, que el asunto se había resuelto con relativa facilidad, y que ahora tendrían vía libre para volver a la Alborada y terminar el día con un buen sueño reparador.

Pero entonces lo vio. No hacía falta fijarse demasiado para verlo: cuatro barcos ondeando velas azules que se dirigían a su posición. — Esto no me gusta... — Susurró la rubia. Si ya no se había encontrado lo suficientemente bien como para pelear contra aquella brigada, no quería imaginarse lo que sería tener que enfrentarse a cuatro barcos más. Miró a Ragn, de reojo, mordiéndose la lengua con inquietud. No quería ser la primera en decirlo, pero estaba claro que tenían que irse. Y rápido. También, aunque no quisiera admitirlo, estaba empezando a sentir las ganas de un buen refresco entrar por su garganta. Putos vicios.

Datos Airgid




Indicaciones

Barco

NPCS

Mates de Kovacs

Mates de Netary y Umibozu

Mates de Sully, Chenai y Albert
#32
Umibozu
El Naufragio
Seguía ajeno a cuanto ocurría en la superficie. Mi ambiente, mi hábitat eran las profundidades marinas, por lo que siempre me resultaba más interesante lo que acontecía allí abajo. Negaría si parte de esa preferencia no fuera porque me encontraba más a gusto, más cómodo.  Los movimientos eran más fluidos y los colores más brillantes. El abrazo acuático masajeaba mis escamas con suavidad y la sal estimulaba mis branquias. Sí, definitivamente era mi hábitat.

Continuaba con la mirada fija en Netary, observándola, viéndome reflejado en su determinación y osadía. Admiraba su coraje y su fortaleza de espíritu, pero lamentablemente hoy aprendería algo que yo aprendí mucho tiempo atrás: en el mar, siempre hay un pez más grande que tú. El depredador, también es una presa. Terminada la contienda bélica, comenzaba una dialéctica. Sonreí al escucharla. No la interrumpí hasta que terminó de hablar por completo. A pesar de todo, su ego no le impedía reconocer la realidad y sus limitaciones, lo cual siempre era señal de inteligencia. A pesar de nuestra evidente rivalidad, cada vez me caía mejor.

¿Seguro-lurk? Todo es cuestión de perspectiva-lurk. ¿Acaso no estabas devorando a esos peces hacía un instante-lurk? ¿Por qué ellos son peores que tú-lurk? ¿O que esos humanos-lurk? Oykot estaba siendo consumida por la opresión y la corrupción-lurk. Nosotros nos limitamos a dar el espacio que necesitaban y merecían las buenas gentes de allí-lurk. ¿No crees que de ser asesinos no habríamos dejado a nadie con vida-lurk? ¿También son asesinos los civiles de Oykot que residen en paz ahora mismo-lurk? — hice un pequeño alto en mi discurso. Me erguí cuan grande era e hice brillar mi bioluminiscencia para resaltar algo grabado en mi pecho. Allí, en las profundidades brillaría una enorme huella de dragón tatuada a fuego en las escamas – Siento desilusionarte-lurk, pero la justicia no es la ley-lurk — estaba seguro que no hacía falta aclarar lo que significaba aquello — porque la ley-lurk, la mayoría de las veces-lurk, no es justa-lurk.

Dejé reposar aquellas palabras unos instantes. Permitir que se colaran en sus pensamientos como el agua en los canales de los pólipos, invadiendo cada neurona, cada principio, cada idea que pudiera tener, al igual que la sal había invadido cada gota de agua del mar.

Ninguna de las dos-lurk. Respeto y admiración-lurk. Al verte-lurk, me veo reflejado-lurk, pero necesitas aprender algo-lurk: en el mar siempre hay un pez más grande-lurk. Es algo que aprendí muchos años atrás-lurk. Necesitas ver por ti misma-lurk, el tamaño de esos peces para superarlos-lurk. Pero cuando llegues-lurk, recuerda que siempre habrá otro más grande dispuesto a comerte-lurk — las membranas se expandieron una vez más, tranquilamente, como si quisieran corroborar mis palabras. Hasta ese momento no me había percatado que habían estado muy tranquilas.

El fondo marino parecía volver a revolverse de nuevo, a pesar de que nuestro combate había terminado. Los habitantes marinos nadaban de nuevo en desbandada y las aguas reverberaban con el movimiento de unos barcos lejanos. Para generar tal vibración debía ser una embarcación enorme… O muchas de ellas. No estábamos lejos de Oykot y allí se habían atracado varios buques de la Marina. Lo sabía bien, pues yo mismo los descubrí cuando exploraba la isla durante la liberación de Oykot y los vi con mis propios ojos en el combate del pueblo.

Me acerqué hasta Netary con total calma y sin ninguna hostilidad evidente. Sin pedir permiso, alzaría la mano con forma cóncava desde la parte inferior de Netary hasta sacarla a la superficie, como si estuviera en una bañera gigante. En su estado difícilmente podría moverse, así que contaba con que permaneciera allí tal y como suponía. De ser el caso, nadaría hasta el barco, dejando a la sirena suavemente sobre la cubierta del mismo. Como había dicho, y nunca mentía, no éramos asesinos, lo cual distaba mucho de nunca matar a nadie. Matar estaba en nuestra naturaleza, pues de lo contrario no habría depredadores en el mundo. Todo era cuestión de perspectiva. Asesinar implicaba una premeditación previa y hacerlo por una cuestión nada loable y que, además, la supervivencia propia o de allegados no estaba en juego. Los límites eran difusos, pero ahí estaban. Matices y perspectiva, como ya había dicho.

Resumen

Aclaraciones


#33
Asradi
Völva
Apenas y fue una sonrisa pequeña la que Asradi le dirigió al joven buccaneer cuando éste no solo aceptó los medicamentos que le acababa de entregar, sino también el hecho de darle el voto de confianza para tratar a su compañera oni. La sirena la miró de hito en hito, pero no juzgó, solo se dedicó a comenzar a curarle las heridas. Al menos las más expuestas y las que consideraba más manejables en un momento como ese. También escuchó la frase del chico, y la misma Asradi asintió quedamente.

Eso es verdad. Seguramente yo hubiese hecho lo mismo. — Admitió poco después en voz baja. Dándole la razón al muchacho en su totalidad. Su mirada se entrecruzó, durante unos momentos, con la oni. Pareciese que desease decirle alguna bordería o algo de eso, tampoco la culpaba.

Habían arrollado con ellos de forma impune, prácticamente. Por fortuna, sabían donde estaba la línea del bien y del mal y les habían dejado con vida, a pesar de haber sido ellos quienes habían iniciado la ofensiva. Eran Marines. Decir que estaba en su naturaleza no era la frase correcta tampoco. Sino que era su deber. Aunque a veces quería creer que algunos tenían la capacidad de pensar por sí mismos.

Decidió no pensar en esas cosas, no en un momento como ese. Claro que Ubben tampoco ayudó a calmar un poco la situación gracias al comentario que hizo. Asradi miró de reojo a Chenai y luego suspiró.

Tiene razón, Ubben, eso ha sido innecesario. Debería tirarte al mar. — Lo dijo medio en broma y medio en serio al chico, antes de dirigirle una pequeña sonrisa, en lo que trataba una de las heridas que la oni tenía en el brazo. — Ve a ayudar a Airgid. Solo te pido un favor: dejadles los suministros médicos.

Había visto como uno de ellos había hecho un boquete en la madera debido a la ofensiva de uno de los suyos. Al que había indicado a Sully que fuese a atender.

Hay que apurarse, cuanto más tiempo nos quedemos aquí, más nos exponemos. — Adjuntó al bribón de ojos dorados. Todavía estaban relativamente cerca de Oykot y seguramente el resto de la Marina no anduviese muy lejos.

Cuando ambas estuvieron, finalmente, a solas, Asradi terminó de tratar las heridas de Chenai, ayudándose también del botiquín que Ubben le había entregado para tal menester. Al menos para que pudiese aguantar hasta que Sully volviese a ocuparse de ella o les llegase ayuda.

Somos revolucionarios, no somos asesinos. — Le dijo a la oni, mirándola de reojo. — Aunque vuestra sirena hubiese atacado primero. Quizás nos veamos en otra ocasión. Dale saludos al grandullón de mi parte. — Sonrió con cierta coquetería divertida.

Obviamente, se refería al buccaneer.

Tras eso, se separó de Chenai para ir en busca del resto. Airgid y Ragn ya parecían dispuestos a partir, y ellos deberían hacer lo mismo. Los ojos celestes de la sirena se posaron sobre el horizonte, donde ya los rayos del sol comenzaban a descender para dar paso a un bonito atardecer. Y, junto a ello, unos cuantos puntos que parecían irse acercando paulatinamente. Asradi entornó los ojos.

Creo que es hora de irse. — Mencionó, al tiempo que Umibozu emergía para dejar a la otra sirena en cubierta. También se dirigió a Ubben y al wotan en cuanto a eso. — Si ya tenemos todo, es mejor que nos vayamos.

Mientras, ella misma se sentaba tranquilamente sobre la barandilla del barco, dispuesta a abandonarlo y lanzarse al agua.

¿Te llevamos, pececito? — Preguntó, en un tono bromista y mirando a Ubben. Una de dos, o se lo llevaba ella nadando con él, o tendría que ser Umibozu quien se encargase del bribón de ojos dorados.

A no ser que Ubben prefiriese irse de nuevo con el de Elbaf y la rubia.

Resumen
#34
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
El cuerpo de Ragn se iba elevando en los aires, flotando como si algún dios caprichoso lo reclamara para sí. El gas, de un color cambiante e indeterminado, se filtraba a través de su piel con una textura casi líquida, recorriendo sus músculos y tendones como si los estuviera reforzando, consolidando su esencia. A su alrededor, la nave destrozada crujía en su lenta agonía, atravesada por un enorme agujero que la partía casi en dos. El viento, cargado de olor a pólvora y metal chamuscado, silbaba entre las grietas del casco, llevando consigo los ecos de la batalla recién terminada. Allí, al fondo de la estructura despedazada, yacía el cuerpo de su enemigo. El rey. Un título tan pomposo como vacío, pues ni siquiera él mismo parecía consciente de su condición. ¡Idiota! Eso le otorgaba un aura peculiar, una mezcla de ironía y patetismo que hacía que la victoria de Ragn fuera menos gloriosa de lo esperado. Porque, al final, ¿qué mérito tenía vencer a alguien que ni siquiera entendía la grandeza o el peso de su propia existencia? Era como derrotar a un espectro sin identidad, a una sombra que se desvanecía con la brisa. Pero entonces, una voz interrumpió sus pensamientos. Como un hilo que se filtraba por donde no debía, las palabras de Kovacs llegaron hasta los oídos del vikingo. Su reacción fue inmediata, instintiva, una carcajada gutural que emergió desde lo más profundo de su ser.

¡Jieeeejiejiejiejiejie! —Rió, su pecho retumba con cada estruendo, sus brazos extendiéndose con amplitud, como si abrazara el mismo aire que lo sostenía. Unas extremidades largas, fornidas, marcadas por el esfuerzo y el combate. Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y desafío mientras miraba al marine. — Errres grassioso, marrine. —Su voz arrastraba un acento inconfundible, un rugido áspero y lleno de burla. En ese preciso instante, supo que aquella no sería la última vez que cruzaría caminos con Kovacs. Se sentía el nacimiento de algo nuevo, una rivalidad que los conectaría en el futuro. Quizás un enemigo, quizás algo más. Pero lo que era seguro es que alguien con inteligencia lo habría eliminado en ese momento, cortando cualquier posibilidad de que se desarrollara como una amenaza futura. Sin embargo, ¿dónde estaba la diversión en eso? La vida sin riesgo, sin obstáculos, sin un enemigo digno, era un festín sin sabor. — Sí, deberrr de serrr el destino. —Comentó con una sonrisa ladeada, la mirada perdida en el horizonte por un instante. No tardaron en aparecer sus compañeros en cubierta. Algunos con pasos firmes, otros arrastrando el cansancio de la batalla, pero todos con la satisfacción de la victoria en sus rostros. Cada uno, a su manera, había superado a sus adversarios, dejando en claro que no eran simples tripulantes de una nave errante, sino guerreros, depredadores en un mar donde solo sobrevivían los más fuertes.

Un hombre de tamaño semejante pasó por delante de Ragn, una mole de músculos y presencia imponente. El vikingo lo siguió con la mirada, observando cada detalle de su porte, cada matiz de su expresión. Algo en él le resultaba familiar, como si fueran de una misma estirpe perdida en el tiempo. No era común ver a Buccaneers en estas aguas, de hecho, eran una rareza, casi una anomalía entre los humanos. Ragn lo sabía mejor que nadie. — ¿Sabrá de su potencial? —Pensó en voz baja, antes de apartar la vista. Su ascenso continuó con la misma naturalidad con la que respiraba. Entonces, sintió la presencia de Airgid, su compañera. Sin dudarlo, la tomó con su brazo derecho, cargándola con la facilidad con la que un guerrero empuña su espada. Sus cuerpos flotaron juntos por un instante, enmarcados contra el cielo teñido de nubes rasgadas y el resplandor de la luna. — Vamos. —Dijo con una sonrisa, la certeza de que la noche llegaba a su fin reflejada en su mirada.

El botín, la gloria, el reconocimiento… todo aquello daba igual. La batalla de hoy ya estaba ganada, y la promesa de futuras contiendas era mucho más valiosa que cualquier tesoro.
#35


Salto de foro:


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