Alguien dijo una vez...
Donquixote Doflamingo
¿Los piratas son malos? ¿Los marines son los buenos? ¡Estos términos han cambiado siempre a lo largo de la historia! ¡Los niños que nunca han visto la paz y los niños que nunca han visto la guerra tienen valores diferentes! ¡Los que están en la cima determinan lo que está bien y lo que está mal! ¡Este lugar es un terreno neutral! ¿Dicen que la Justicia prevalecerá? ¡Por supuesto que lo hará! ¡Gane quién gane esta guerra se convertirá en la Justicia!
[Diario] Peacock Feather
Arthur Soriz
Gramps
[Imagen: mOuxZyL.png]
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día 12 de verano, 9:37am
año 724


Temprano en la madrugada y Arthur ya estaba haciendo sus labores en el puerto. No importaba lo que le pidieran, él sin rechistar lo hacía y hasta con una amplia sonrisa en su rostro; le encantaba. Fuera carpintería por pequeños arreglos a los barcos, estibador cargando y descargando la mercancía de los barcos, o simplemente como guardia asegurándose de que todo estuviera en orden... allí estaría el Soriz para dar una mano o dos.

Y honestamente, ese día no parecía que fuese a ser muy diferente a los demás... o de eso se convenció en un principio. Los barcos iban y venían, algunos pesqueros del pueblo que habían salido con las primeras sospechas de rayos del sol asomándose por el horizonte en lontananza. El barullo constante y las ocasionales charlas efímeras lograban hacer que Arthur tuviera siempre una sonrisa de oreja a oreja plasmada en su rostro. Más aún ahora que era considerado un soldado de tercera por aquellos que eran sus compañeros de la Marina. Aún no le encargaban tareas demasiado elaboradas, la mayoría del tiempo era mantener el orden en las inmediaciones de ... cosa que ya hacía desde antes así que le venía como anillo al dedo.

Pero el aura era diferente, quienes lo habían visto crecer sabían de sus deseos de ser Marine, pero muchos opinaban que era... muy tarde, estaba demasiado viejo. Más ninguno se animaba a decírselo a la cara, creyendo de que por más buen físico que tuviera ya sus años dorados habían quedado atrás hace mucho tiempo. Se daba cuenta de esto, de las miradas... las sonrisas fingidas. No es que les incomodara el hecho de que Arthur fuese un Marine ... ¡todo lo contrario! Pero creían que se terminaría haciendo más daño del que podría llegar a hacerle a los 'malhechores' que él estaba dispuesto a dar caza y ajusticiarlos como era debido.

Y pues allí estaba, cruzado de brazos, asistiendo en todo lo que le pedían, u ordenaban si algún superior aparecía por allí en el puerto.
#1
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
El puerto de Rostock estaba tan vivo como el corazón de un mercado en días de fiesta, aunque para Donatella Pavone, todo aquel ruido no era más que una distracción en su búsqueda. Había llegado a Kilombo hacía apenas un día, pero ya había aprendido que este lugar, aunque apartado y modesto, tenía sus propias reglas y costumbres. Y, como siempre, era su deber aprenderlas rápidamente si quería moverse con eficacia y reanudar su misión.
 
Vestida con su habitual capa ligera que le permitía pasar desapercibida entre los plebeyos, Donatella caminaba con calma por los muelles, sus ojos ámbar recorriendo cada detalle del bullicioso y desagradable puerto. El mar parecía un espejo interminable bajo el sol de la mañana, y las olas rompían suavemente contra los barcos atracados, algunos de ellos ya siendo descargados por marineros y trabajadores del pueblo. Su mirada se deslizaba de un lado a otro, buscando cualquier señal de algo inusual, cualquier rostro que pudiera ser útil o peligroso.
 
Había oído hablar del puerto desde que llegó al pueblo, de cómo era el centro de comercio y actividad, y también de cómo algunos visitantes poco confiables podían ocultarse entre las tripulaciones. Era el lugar perfecto para iniciar un levantamiento de la zona. Cada palabra, cada gesto de los trabajadores locales podía darle información valiosa sobre los personajes que frecuentaban este rincón del mundo. Fue entonces cuando lo vio; un hombre que destacaba entre el resto, no solo por su tamaño imponente, sino también por la energía casi contagiosa que emanaba. Era difícil no fijarse en él, con su cuerpo masivo que rondaba los tres metros de altura, moviéndose con una agilidad que no se esperaría de alguien de su edad. Su cabello canoso y el rostro curtido por los años hablaban de una vida de trabajo duro, pero su sonrisa amplia y genuina lo diferenciaba de los rostros cansados y amargados de muchos otros.
 
Donatella detuvo su paso por un instante, observándolo desde la distancia. Por un momento, pensó en cómo alguien con esa edad podía seguir trabajando con tanta dedicación. Las miradas de algunos trabajadores al pasar junto a él no eran difíciles de leer; una mezcla de respeto y duda se dibujaba en sus expresiones. Probablemente lo consideraban un hombre fuera de lugar en la Marina, alguien que había llegado tarde a cumplir una fantasía infantil, sin duda un sujeto inusual y muy probablemente fuera de lugar.
 
Con un suspiro, La Garra de Pavone se ajustó la capa y comenzó a caminar hacia él, sus zapatos verdes de combate resonando levemente sobre la madera del muelle. Si había algo que había aprendido en su viaje, era que incluso los aliados más improbables podían ofrecer información valiosa. Y este hombre, con su imponente presencia y conexión con la Marina, podía ser justo lo que necesitaba. Se detuvo a unos pasos de Arthur, lo suficiente como para no invadir su espacio, pero lo bastante cerca como para captar su atención. Levantó ligeramente el rostro mientras desvelaba su rostro retirando la capucha de la capa, mientras su mirada ámbar buscaba encontrarse con los ojos de él.
 
Disculpe señor. — Dijo con un tono firme pero educado, asegurándose de que su voz se proyectara lo suficiente para ser escuchada por encima del bullicio del puerto. Su acento refinado, aunque ligeramente disfrazado, era un eco de la educación noble que siempre trataba de ocultar sin éxito en lugares como este. — Pareces ser un hombre que todos aquí respetan. — Una pequeña sonrisa se formó en sus labios, más por cortesía que por calidez. Extendió una mano en un gesto de presentación, observando de cerca cómo reaccionaba el hombre ante su presencia.
 
Soy Donatella. He quedado varada en esta isla, necesito aprender como funcionan las cosas para continuar con una misión muy importante. — Su tono era directo, pero no carente de sutileza pues trataba de ocultar la melancolía que se le presentaba con solo pensar en el naufragio y posible muerte de sus guardias reales. Sabía que no debía apresurarse ni mostrar todas sus cartas de inmediato, el señor podía ser un hombre amable y servicial, pero también era un Marine, y su lealtad podía complicar las cosas si no jugaba bien sus palabras. Mientras esperaba su respuesta, sus ojos continuaban escaneando el puerto, siempre alerta a cualquier detalle que pudiera ser útil en su misión.
#2
Arthur Soriz
Gramps
"Disculpe señor."

Dos palabras que fueron suficientes para que Arthur bajara la mirada y despertara en él un nuevo interés. El gentil sonido de la tela deslizándose entre sus finos dedos al bajarse la capucha dio vista a una bella y joven mujer. De inmediato una gentil sonrisa se plasmó en el rostro del anciano, asintiendo con la cabeza y cruzándose de brazos esperó a que la muchacha terminase de hablar. Su halago le infló ligeramente el pecho, teniendo que resoplar por la nariz para que su sonrisa no se ampliara más de lo necesario.

Necesitaba su ayuda, sus palabras fueron claras y su mirar distante aún más.

Con un vigor revitalizante y un tono de voz un par de decibeles más alto de lo necesario, Arthur asintió con la cabeza mostrando disposición absoluta sin la necesidad de decir nada en un comienzo.

¡Cruel sería de mi parte no ayudar a alguien que lo necesita! Joven, mi nombre es Arthur Soriz y hasta que dejes de precisar mi asistencia... me tienes a total disposición.

Su forma de decirlo no era la de alguien coqueto. Lejos de ser un Casanova, tan solo estaba siendo afable como lo sería con cualquier persona que pidiera su ayuda. No podía hacer la vista gorda; no estaba en su carácter. Primero lo primero, se encontraba varada en Kilombo, lo que le dejaba deducir que no manera de irse o volver a su hogar, algo que jaló fuerte de las cuerdas de su corazón. Un poco de lástima había, pero tenerle lástima a la gente es lo peor que puedes hacer; subestimas su capacidad de supervivencia.

Primero permíteme preguntarte, ¿tienes hambre? Porque no muy lejos de aquí hay un puesto de fideos Udon que son... ¡MWAH!~ ¡Una delicia!

Propuso el hombre mayor, emitiendo una sonora carcajada. Acto seguido, viró su cuerpo noventa grados hacia la derecha, estirando un brazo al lado como invitando a la joven a que comenzara a caminar, él sería su guía por el día de hoy.

Dime entonces, joven... ¿Qué en específico quieres saber sobre la isla? Y no escatimes en preguntar, suéltalo todo... ¡sin miedo! — vociferó, adoptando una pose muscular haciendo que los músculos de su pecho parecieran inflarse en tensión, pareciendo una roca impenetrable más que un hombre anciano. Su forma particular de decir que su paciencia era más grande que la montaña más alta del mundo.

Prefiero que resuelvas todas tus dudas conmigo, a que tengas el infortunio de encontrarte con alguien que quiera sacarte dinero a cambio de 'información'... ¡Que por cierto, mucho muy importante! — se interrumpió a si mismo al decir aquello último. — Si conoces a alguien así, te pediré encarecidamente... que me avises, para llevarlo al cuartel... no sin antes dejarle en claro que la Marina no siente agrado por los estafadores.
#3
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
La cálida respuesta de Arthur no pasó desapercibida para Donatella, quien arqueó ligeramente una ceja, intrigada por la efusividad del hombre. La sinceridad en su tono, la fuerza que emanaba de su porte, y aquella sonrisa que parecía querer aliviar cualquier peso que alguien pudiera cargar, hicieron que Donatella lo observara con un renovado interés. Aunque, por supuesto, su rostro permaneció tan sereno como siempre, reflejando una mezcla de cortesía y agradecimiento moderado.
 
Arthur Soriz, ¿eh? — Respondió con suavidad, probando el nombre en sus labios como si buscara grabarlo en su memoria. — Es un placer conocerle. Mi nombre es Donatella Pavone. — La formalidad y el porte refinado de sus palabras parecían contrastar con la jovialidad del marine. Sin embargo, su tono no era frío, más bien transmitía la cortesía de alguien que había sido educada en un ambiente donde las primeras impresiones lo eran todo.
 
Cuando mencionó el puesto de fideos Udon, Donatella inclinó levemente la cabeza, dejando que un destello de curiosidad cruzara su mirada. — No negaré que algo caliente y sustancioso sería bien recibido después de un largo día, aunque debo advertirle que no tengo intención de abusar de su hospitalidad. — Dijo con una pequeña sonrisa apenas perceptible en las comisuras de sus labios tratando de chasquear sus dedos de manera sutil y con suerte imperceptible.
 
Mientras comenzaban a caminar, Donatella se tomó un momento para observar los alrededores. Los bulliciosos sonidos de Kilombo eran casi reconfortantes, un recordatorio de que, a pesar de las dificultades, la vida seguía su curso. No obstante, había algo en la energía de la isla que le resultaba inquietante, como si una sombra velada acechara bajo la superficie vibrante del lugar.
 
Las preguntas de Arthur la devolvieron al presente, y su mirada ámbar se fijó en él mientras consideraba sus palabras. — Agradezco su disposición, Arthur. Kilombo es... peculiar, y reconozco que aún no he tenido oportunidad de entender del todo cómo funcionan las cosas aquí. Me interesaría saber más sobre las rutas comerciales, los grupos o figuras influyentes de la isla, y cualquier información sobre actividades sospechosas que la Marina esté monitoreando. Recientemente he sufrido un naufragio y me he visto forzada a convertirme en cazarrecompensas, mercader y aprender a valerme por mi cuenta. Aunque, he de destacar que soy de las mejores navegantes de mi reino. — Su tono era directo pero respetuoso, como quien sabe que las palabras precisas ahorran tiempo valioso.
 
Cuando Arthur mencionó a los estafadores, Donatella dejó escapar un leve suspiro, casi imperceptible. — He visto bastantes de esos en mi tiempo aquí. La mayoría son inofensivos, aunque molestos, pero si me topo con alguno que exceda los límites, me aseguraré de informarle o mejor aún… entregarlos directamente. — La promesa en su voz era clara, aunque no expresada con la misma pasión del marine. Para Donatella, cumplir con su palabra era una cuestión de honor, no de emoción.

Sin embargo, había algo en la intensidad de Arthur que le resultaba ligeramente refrescante tras todos los acontecimientos que había tenido en su corta estancia en el Mar del Este. La energía con la que se ofrecía a ayudar, la manera en que proyectaba un aire de seguridad y confianza eran una rareza en el mar de rostros cansados y desconfiados que solía encontrar. Tal vez, pensó, valdría la pena aprovechar la oportunidad para aprender más sobre este lugar, pero también sobre el hombre que parecía tan dispuesto a extenderle una mano sin esperar nada a cambio.
 
Arthur, me doy cuenta de que su experiencia en esta isla va más allá de lo superficial. Agradecería si pudiera compartir alguna advertencia o consejo para alguien que... no pertenece aquí, como yo. — Sus palabras eran sinceras, aunque cuidadosamente medidas. No podía permitirse desperdiciar una oportunidad de obtener información valiosa. Después de todo, La Garra de Pavone siempre jugaba con cuidado, incluso cuando se trataba de algo tan simple como aceptar un cuenco de fideos Udon.
 
Con un último vistazo a su alrededor, se permitió relajarse un poco, permitiendo que la conversación fluyera con naturaleza hasta que el rugido de su estómago la delató. Sin embargo, Donatella simplemente actuaría como si no había escuchado a su propio cuerpo y por dentro deseaba que el señor hiciera lo mismo, ella no cargaba con muchos berries y no quería aprovecharse de un recién conocido, mucho menos de un marine.
#4


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