Hay rumores sobre…
...un hombre con las alas arrancadas que una vez intentó seducir a un elegante gigante y fue rechazado... ¡Pobrecito!
[Diario] Marine Pride
Arthur Soriz
Gramps
[Imagen: VN4FbLR.png]

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día 3 de verano
año 724
¿Cómo lo vas llevando, Arthur?
Preguntó el Sargento Viren, a lo que casi de inmediato Arthur hizo el característico saludo Marine respetuoso poniéndose erguido y mirando al frente.
¡Señor, muy bien señor!
Descansa, soldado... solamente soy yo.
Aún así... ¿en qué le puedo ayudar? — preguntó el anciano, relajando su postura y cruzándose de brazos; para mayor comodidad. — Creí que estaría ocupado con otras cosas, honestamente.

Ah... sobre eso, no te preocupes. Y ya te dije que puedes tutearme, joder. — rechistó el joven Sargento, renegando suavemente con la cabeza para inmediatamente seguir hablando luego de suspirar ligeramente. Era incapaz de todos modos romper esa terquedad profesional que mostraba Arthur... no de momento al menos. — Quiero que socialices un poco con los demás soldados rasos, estás todo el día trabajando y entrenando... van a pensar que eres un 'workaholic'.
¿Un qué, señor...?
... Nada, que hables con los demás Marines, es una orden.
¡Señor, sí señor!

Tras decir esto último, Viren giró los ojos en blanco y se retiró a seguir haciendo sus cosas, frustrado de que el viejo no se relajara un poco aunque sea y disfrutara de la vida... no todo era trabajo incluso para un Marine, pero al parecer su ferviente deseo de ser uno no le permitía tomarse las cosas con calma, aún no. Así el anciano recorrió la base, charlando con algunos de los reclutas, otros de su rango o incluso mayor, pero siempre con un respeto profesional, al menos hasta que se aproximó a una figura femenina, alta y esbelta.

Aclaró su garganta, no queriendo ser descortés por si estaba ocupada con algo. Su cabellera rojiza como el fuego y ese par de cuernos que asomaban le dejaban inquirir que no era una humana.

¡AHEM!~ Disculpe, señorita...

Buena manera de comenzar una conversación. Esperó a que se diera vuelta si es que acaso lo hacía, tampoco es que pensara obligar a todos aquellos con los que se cruzaran en su camino a entablar una conversación con él, pero sí que era agradable intercambiar algunas palabras con los que estaban ahora mismo en la base siempre y cuando mostrasen interés.
#1
Manon S. Du Soleil
Mao/Drine
¡Amaba los viajes! Me encantaba surcar los mares en barco, escuchar el sonido de las olas y observar cómo impactaban, muchas veces violentamente, contra el casco; sentir la brisa marina acariciando, o golpeando, mi rostro, volviendo la piel pegajosa en más de una ocasión; trabajar incansablemente en las reparaciones, varias de las cuales no estaban dentro de mi campo de especialización, pero tendrían que estarlo porque en más de una oportunidad no había un carpintero que pudiera encargarse; discutir en muchas situaciones con algunos compañeros, porque la causa de las reparaciones acababa siendo yo, aunque actualmente no sucede tanto como antes. Quizás suene sarcástico, pero, de todas formas, ¡Adoro los viajes! A pesar de que este se estaba sintiendo demasiado largo. Venía desde Loguetown hacia Kilombo, y tuve que viajar desde el Archipiélago Conomi hasta Loguetown… Bueno, quizás el orden era un poco enrevesado, ya que primero había viajado desde Conomi hacia Loguetown y luego desde allí a Kilombo ¿Mejor?

El caso es que aún tendría que ir y venir entre las dos islas los próximos días, por lo que mantenía mi maleta cerrada, sin desarmar, hasta estar segura de que me quedaría por un tiempo largo y tendido en una de las dos bases, a fin de cuentas estaba cumpliendo con mi deber, pero volver al Archipiélago era uno de mis deseos, después de todo la base en la que solía quedarme por más tiempo estaba allí mismo. Me desplacé por la base rápidamente, hablando con uno que otro marine, socializar siempre fue sencillo para mí, desde pequeña, aunque buscar problemas también, pero ese tipo de información era fácil de deducir tras conocerme ¡Ja! Quería saber qué pensaban de mí los marines de este lugar dentro de una semana. Lo malo con algunos compañeros de trabajo es que les cuesta abrirse y están dedicados en demasía al deber.

No es que yo no lo estuviera, pero, inclusive estando en el trabajo, me divertía en muchos aspectos, desde hablar o discutir con compañeros, hasta capturar criminales y hacerles caer todo el peso de la ley, porque muchos de ellos realmente merecían las penas máximas, otros quizás no tanto, pero ¿Quién puede corroborar que no volverán a cometer actos ruines? Mejor acabar con la maleza desde la raíz y evitar que crezca nuevamente, como la hydra, cuando cortas una cabeza, crecen dos más, mejor cauterizar la cabeza cortada o encargarse del cuerpo principal. Si. Mientras dialogaba con una mink murciélago; era la primera vez que veía uno, después de todo los murciélagos son los únicos mamíferos capaces de volar, y no se los suele ver precisamente muy seguido, más bien, se encuentran ocultos la mayor parte del tiempo, por lo que sus parientes humanoides debían ser igual de esquivos, o al menos eso es lo que me explicó la misma mink; escuché los pasos resonantes de alguien.

Intenté no darle importancia, ya que no sería la primera ni la última vez que oía ese tipo de marcha en cualquier base marine, el paso de oca suele ser algo muy común.

. – Creo que es un poco extremo querer que la mayoría de los criminales sean ejecutados, quizás encerrados, pero ¿Ejecutados?

. – Nadie dice que no podrán escapar, no sería la primera vez, además, si escapan causarán estragos, lo que significa que realmente no sirve mantener a muchos de ellos encerrados. –Apoyé una mano en mi cintura, dejando el brazo en jarra, mientras movía mi mano libre para hacer ademanes, acompañando mis palabras– ¿Qué te asegura que se comportarán por fuera de los barrotes y no tendrás que atraparlos de nuevo? Quizás suene muy extremo, pero la justicia debe impartirse para que la maldad no se extienda y…

Parpadeé cuando escuché un carraspeo detrás de mí, interrumpiendo la conversación, no me molestaba realmente, quizás era alguien que deseaba aportar y estaba tratando de llamar nuestra atención para entrar en la conversación. Por eso, di media vuelta, encontrándome con un marine mayor: Era un hombre relativamente más alto que yo, con una masa muscular sorprendente, vestido de azul, negro y amarillo, con una barba y cabello canosos, este último ligeramente largo, atado en una coleta baja. Sus brazos cubiertos de vendas indicaban que entrenaba a diario o se metía en peleas a diario, y las cicatrices decían que se trataba de un hombre que había visto sus batallas. Una sonrisa amistosa apareció en mi rostro cuando me giré completamente hacia él, no esperaba que me llame señorita.

. – ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Necesita algo? ¿O quiere unirse a nuestro debate? –Pregunté directamente, inclinando ligeramente la cabeza, y dejando que la cascada de cabello carmesí y dorado cayera por mi hombro– ¡Ah! Me disculpo, primero las presentaciones, me llamo Manon Du Soleil ¿Quién es usted, caballero?
#2
Arthur Soriz
Gramps
El carraspeo escapó de mis labios sin intención de interrumpir... honestamente fue tan solo un reflejo destinado a llamar la atención de quien estaba ahora frente a mi. Sin embargo pareció haber funcionado. La joven Marine frente a mí giró sobre sus talones de manera veloz... probablemente agarrada desprevenida por mi presencia, enfrentándose a mí con una mirada llena de curiosidad y una sonrisa franca que, para mi sorpresa no contenía ni un rastro de fastidio por haber tenido que interrumpir dicho debate.

Su postura era firme pero no rígida... y su expresión mostraba una seguridad que no siempre se encuentra en los jóvenes que recién comienzan su vida en la Marina.

Al escucharla hablar, su tono fue cortés y amistoso, como quien está acostumbrado a afrontar las cosas de frente. Había algo admirable en eso, y cuando mencionó su nombre... "Manon Du Soleil", no pude evitar pensar que le quedaba bien. Un nombre fuerte, brillante, como si estuviera destinado a dejar una marca en este mundo, como el sol de la mañana.

Me tomé un momento antes de responder, evaluando la escena con la paciencia que solo los años te otorgan. Detrás de ella, un grupo de reclutas gesticulaba y debatía animadamente sobre algo que seguramente consideraban trascendental. Desde mi perspectiva probablemente era una de esas discusiones que solo importan cuando tienes toda la energía... y el ímpetu que la juventud trae consigo. Aun así no podía juzgarlos, después de todo yo también había sido joven alguna vez y mi buen número de debates habré tenido tal como ellos ahora estaban teniendo.

Volví mi atención a Manon. Había algo en su semblante que me hizo querer medir mis palabras con más cuidado... como si este encuentro mereciera ser tratado con un poco más de respeto y cuidado. Enderecé mi espalda, lo justo para destacar mi altura y mi porte sin parecer imponente, y dejé que una sonrisa se asomara en mis labios. Me sorprendió un poco que me llamara "caballero." No era algo que escuchara mucho desde que me uní a la Marina... la mayoría simplemente me llamaba "viejo" o evitaba referirse a mí directamente.

Encantado, señorita Du Soleil —comencé diciendo, mi voz grave resonando con un tono calmado y firme... como si cada palabra fuese tallada en piedra—. Arthur Soriz, recluta de tercera. Un viejo novato, si se quiere, recién llegado.

Hice una pausa breve, el tiempo suficiente para que mis palabras se asentaran, y luego incliné ligeramente la cabeza en un gesto respetuoso. A pesar de ser mayor que ella en años me presentaba con el mismo respeto que todos se merecían por igual, en especial al no saber si era de mayor rango que yo.

Respecto al debate que tienen aquí, dependerá del tema. — dije en principio. Mis ojos viajaron brevemente hacia los jóvenes detrás de ella, antes de regresar a su rostro—. Si están discutiendo sobre la mejor manera de planchar el uniforme o quién es el mejor cocinero en la base, temo que mis habilidades no sean de mucha ayuda.

Dejé escapar una pequeña risa, grave y ronca, el tipo de risa que viene con los años y las cicatrices. Luego crucé los brazos con calma, dejando que las vendas que cubrían mis antebrazos y las cicatrices que marcaban mi piel se hicieran evidentes. No para presumir, sino para que entendiera que no estaba frente a un marine cualquiera, sino a alguien que llevaba las marcas de muchas batallas, incluso si la mayoría no habían sido libradas en el mar o formando parte de la Marina per se.

Así que dígame, ¿Cuál es el tema que tiene a este grupo tan entusiasmado? ¿Es algo que merece la opinión de un viejo como yo, o debería dejarla volver a deslumbrar a sus compañeros?

Dejé que mi sonrisa se ensanchara apenas un poco, suficiente para mostrar que, aunque mis palabras eran formales, había un aire de diversión detrás de ellas. Después de todo, incluso un viejo como yo podía apreciar los pequeños momentos de conexión entre compañeros, más cuando se trataba de jóvenes posiblemente pidiendo la opinion de un geronte como yo.
#3
Manon S. Du Soleil
Mao/Drine
Incliné la cabeza ligeramente al notar que el hombre que había llamado mi atención aclarándose la garganta estaba sorprendido ¿Por qué? ¿Sería mi apariencia? ¿Mi especie? Muchas personas se sorprendían de que una oni estuviera dispuesta a unirse a la marina, por múltiples motivos que, por mi lado, no terminaba de comprender. Algunos decían que la marina era muy restrictiva acerca de sus métodos para aplicar justicia; que tenían demasiados problemas a la hora de asignar ciertas misiones a personas con un rango inferior al que deberían tener para estas; que la jerarquía era muy estricta y se debían seguir las órdenes de los superiores sin rechistar, ya que comenzabas con un rango bajo y, aparentemente, la obediencia o disciplina no era algo habitualmente visto en los Oni ¡Ja! ¡Como si eso definiera completamente a toda una especie! Si bien es cierto que soy algo impulsiva, no significa que no sea capaz de seguir órdenes ¿Me gusta? ¡No! ¿Tengo que hacerlo si quiero alcanzar mis objetivos? ¡Si! ¡Por supuesto!

No había visto a este marine antes, pero estaba dispuesta a hablar con él ¡Como con cualquiera!

Algo relativamente curioso de toda la situación es que este marine mayor; por no decir “señor” mayor… ¿Adulto mayor?; Se estaba tomando las cosas con especial calma, la mayoría de las personas, cuando se adentraron en una charla, solía hacerlo de múltiples formas, pero, la mayor parte del tiempo veía personas nerviosas, intranquilas ¿Sería mi presencia? ¿Mi altura? En el caso de este marine en particular seguro que no era ninguna de esas, era unos centímetros más alto que yo. No pasé por alto su mirada evaluadora hacia el grupo de marines con los que estaba hablando hace un momento, supuse que estaba sopesando el momento, la charla, las personas presentes en ella y cómo reaccionarían. Las personas mayores, muchas veces, son algo… Juiciosas hacia los jóvenes, bueno ¡La mayoría! No todos, generalizar solo trae problemas después de todo, no sabía que estaba pensando él.

Cuando sus ojos volvieron a mi, su postura cambió, era mucho más firme, determinada, es decir, él ya parecía determinado, pero ahora se acentuaba aún más con la pose algo marcial que había adoptado, jadeé mentalmente ¿Sería de esas personas que no se suelen relajar con facilidad? Ah, un hueso duro de roer. La sonrisa en su rostro y su modo de referirse a mí; ¡Señorita! no “Señora”, definitivamente me iba a caer bien este hombre si continuaba por ese camino; me sacaron una sonrisa enérgica y amistosa. Cuando comentó que era un soldado raso, un recluta de tercera, me alegré, ah, entonces no era la única que estaba aquí con un rango bajo, entre tantos peces enormes surcando los mares de la marina, había algunos peces de mi rango. Interactuar con los superiores a veces me resultaba complicado, después de todo eran superiores, entonces ¿Cómo debía dirigirme a ellos? ¿Formal? ¿No tan informal?

¡Qué difícil se tornan algunas interacciones! Siendo que las interacciones fuera del trabajo resultan tan sencillas, o con personas que no son superiores en la parte alta de la cadena alimenticia, o con soldados de mi mismo rango.

. – Mucho gusto Arthur, también soy una vieja novata, soldado raso, vengo desde el Archipiélago Conomi ¿Y usted? –Consulto con curiosidad, porque si él era un recién llegado, entonces o venía de otra isla o se había unido recientemente a la marina y sus acciones lo subieron de jerarquía, después de todo los actos heroicos o valientes son recompensados por la marina de diferentes formas– ¿Es de alguna base de la marina del East o viene de fuera?

Me reí abiertamente acerca de su pregunta por el debate que estábamos teniendo, al parecer tenía una idea errónea de este mismo y, al mismo tiempo, no era bueno en las tareas de la vida cotidiana ¿Sería ese tipo de personas que se concentra en demasía en su trabajo y, por defecto, comienza a perder habilidades básicas para la supervivencia?

. – ¡JAJAJAJA! ¡Para nada! –Intenté recuperar la compostura, negando con la cabeza– Hablamos de algo más profundo, pero si quiere puedo enseñarle a cocinar. –Hice una pausa para respirar profundamente– Hablábamos de lo poco estricta que es la marina con respecto a los métodos de impartir justicia, quiero decir, algunos criminales que deberían ser arrestados y castigados solo reciben una advertencia y se les deja vagando por las islas, impunes, a pesar de que no se sabe si cometerán los mismos actos, o peores.

Dejé escapar un suspiro cansino, al igual que la mink murciélago que estaba detrás mío, al otro lado de la mesa.

. – Eso es simplemente juzgar a las personas sin conocerlas, Manon. No sabes si volverán a cometer crímenes, quizás lo hacían por necesidad.

. – Si, puede ser, pero nadie le asegura a la marina o los civiles que no continuarán haciéndolo, o si es por “necesidad”, Nina. A veces ni siquiera se les pregunta eso mismo, se intenta “disuadirlos” con nuestra presencia. –Crucé los brazos, chasqueando la lengua y girándome ligeramente para poder verla, pero sin darle la espalda a Arthur– La indulgencia se paga caro.

La mirada de la mink murciélago, con ojos eternamente negros y oscuros como la laca, se dirigieron hacia el recluta más antiguo, hacia Arthur, como buscando su apoyo.

. – ¿Usted qué piensa, señor Soriz?
#4
Arthur Soriz
Gramps
Inicialmente hice un ademán con la cabeza a modo de saludo también hacia el resto de jóvenes marines que acompañaban esa tarde a la señorita Du Soleil para que no se sintieran ignorados por mi. Con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa cortés respondí entonces a la pregunta inicial de Manon. Me parecía de muy mala educación ignorar las presentaciones cuando alguien se tomaban la molestia de compartir un dato personal sobre ellos mismos.

El gusto es mío. Yo nací aquí en Kilombo, criado en el pueblo Rostock... así que se podría decir nunca he salido de esta isla.

Hice una pausa breve, rememorando con afecto los paisajes y las personas que conocí con el pasar de los años... aquellos que llegaron, y los que ya no estaban... antes de regresar al presente parpadeando un par de veces antes de reanudar la charla con la oni de cabellos carmesí.

Tan solo harán dos años que me uní a la Marina... siendo más exactos un año, nueve meses y tres días.

Al terminar, tomé aire riendo suavemente pero sin relajar mi postura de brazos cruzados. Sus palabras sobre la justicia, así como las réplicas de Nina traían consigo una conversación que no era extraña para mí. Las dudas y debates sobre cómo debía impartirse justicia eran tan antiguos como la propia institución de la Marina. No era un novato a la hora de charlar este tipo de cosas, a fin de cuentas había sido mi padre el que me inculcó los valores que ahora sostenía cual estandarte con orgullo y honor.

Sobre el tema que mencionan... —comencé, dirigiendo una mirada reflexiva hacia ambas—. La justicia es un ideal complicado, señorita Du Soleil, señorita Nina. Es algo que constantemente estamos tratando de alcanzar, pero rara vez podemos asegurar que lo logramos.

Mis manos se movieron detrás de mi espalda, adoptando una postura más formal dando un par de pasos de un lado al otro mientras meditaba a medida que las palabras salían de mi boca; años de experiencia no venían solos.

En Kaigekitai, mi brigada, actuamos bajo ciertos principios... uno de ellos es el respeto a la vida. Eso significa que siempre debemos intentar evitar causar daño innecesario, incluso cuando nos enfrentamos a alguien que parece irredimible. No todos los criminales son iguales, como tampoco todas las víctimas lo son. Algunas personas delinquen por maldad, es cierto, pero otras lo hacen por desesperación, ignorancia o simplemente porque nunca tuvieron otra opción.

Miré directamente a Manon... mi voz volviéndose más firme, no para contradecirla sino para invitarla a considerar otro punto de vista.

Por eso creo en la importancia de dar segundas oportunidades. No porque sea ingenuo o blando... sino porque creo que el cambio es posible. Claro... no siempre funciona. Hay quienes aprovecharán para reincidir, y es nuestra labor ser firmes en esos casos. Pero si nunca intentamos guiarlos hacia algo mejor, ¿Qué clase de protectores somos?

Mis palabras resonaban con emoción y convicción en ellas, pudiendo verse fácilmente cómo se me inflaba el pecho nada más de decirlas porque estaba cien porciento seguro que esa era la verdadera justicia, una que con mano firme sabe dar una bofetada... más también brindar apoyo a los descarrilados.

Eso no significa que debamos ser descuidados. La indulgencia puede costar vidas y entiendo su frustración... de verdad que lo hago, señorita Du Soleil. — aquello último parecía decirlo en un tono sombrío, como sabiendo perfectamente a lo que me refería con la pérdida innecesaria de vidas. Rápidamente me repuse, continuando con mi punto de vista. — Pero la justicia no puede ser impartida desde el miedo a equivocarnos, sino desde la convicción de hacer lo correcto. Aunque a veces eso implique cargar con el peso de nuestras decisiones, incluso cuando no resultan como esperamos.

La conversación había tomado un tono serio, pero sabía que la solemnidad por sí sola no fortalecía los lazos. Decidí añadir algo para aligerar el ambiente aunque sin desviarme del todo.

En cuanto a lo que mencionó antes, sobre enseñarme a cocinar... —hice una pausa, dejando que un destello de humor cruzara mi expresión—. No voy a mentirle, señorita... Si acepta ese reto, espero que tenga la paciencia de un santo, porque la cocina y yo hemos tenido nuestras diferencias desde siempre, no me pida hacer más que unas empanadas y jugo.

Dejé escapar una risa breve y ronca, relajando un poco los hombros.

Pero claro, si el día de mañana logro preparar algo decente, al menos sabré que fue gracias a usted. Quizás sea más fácil que convertir a un criminal en alguien de bien... aunque no estoy tan seguro.

La última línea salió con un toque de autocrítica humorística, algo que siempre servía para romper la tensión cuando se discutían temas ciertamente incómodos y un tanto controversiales para algunos. Mis ojos se mantuvieron en los presentes paseando de uno al otro ocasionalmente, abiertos a cualquier otra respuesta o idea que quisiera compartir. Este tipo de intercambios aunque complicados de abordar, eran los que definían no solo el trabajo de un marine sino también la humanidad detrás de la insignia.
#5
Manon S. Du Soleil
Mao/Drine
El grupo de marines con los que estaba charlando saludaron a Arthur, algunos más reacios que otros, supuse que lo conocían y, por algún motivo, se mostraban algo taciturnos con él, pero eso era lo de menos, en lo que a mí respectaba era otro marine más con quien deseaba hablar y quien, al parecer, también deseaba hablar conmigo, por ello mi sonrisa se volvió amplia y amigable en su totalidad, porque no tenía deseo alguno de excluirlo, además, ya le había incluido en la conversación, lo que significaba que el resto debía, por lo menos, intentar dialogar con algo de respeto. Era una tarea bastante simple la verdad, solo se trataba de conversar ¿No? Bueno, a algunos no se les daba tan bien, era consciente de ello, pero, a mi me resultaba sencillo. Saber que había nacido aquí y que nunca salió de la misma me sorprendía, aunque el “podría decirse” dejaba al aire la posibilidad de que hubiese explorado algo más allá de su lugar de nacimiento.

. – ¿Nunca? ¿Ni siquiera para una misión? ¿O para alguna emergencia? –Elevé las cejas, sorprendida y curiosa al mismo tiempo.

Hubo unos segundos en los que el marine mayor se perdió en sus pensamientos, lo entendía, me sucedía, a veces era por un largo rato, otros me ensimismaba por un instante tan rápido y pasajero, que me asombraba poder pensar tantas cosas en tan poco tiempo, pero sabía que era posible, después de todo, a veces la mente va más rápido que las acciones, es lo que me permitía, una que otra vez, llegar a conclusiones acertadas antes de tiempo, aunque eso significaba, en más de una ocasión, suponer ciertas cosas ya que no contaba con pistas que me ayudasen. Esperé pacientemente a que Arthur termine de pensar y, cuando volvió en sí, asentí suavemente ¡Increíble! Llevaba mucho menos tiempo en la marina que yo, pensar que aún no había ascendido en rangos… Aunque gran parte de mi tiempo lo utilicé para entrenar realmente.

. – Wow, eso es bastante tiempo, y ya eres soldado raso ¡Felicitaciones!–Animé al marine mayor con una palmada en el brazo– Yo llevo unos… 3 años en la marina, me uní a los 19, y estuve un tiempo fuera hasta mis 34.

Lo recordaba claramente, haberme unido a la marina tan joven no me había permitido hacer muchas cosas, por ello decidí retirarme temporalmente hasta que hubiese cumplido todo aquello que deseaba, solo para volver luego de tanto tiempo. Loco ¿No? Pero estudiar como artesana requiere tiempo, particularmente si te esmeras por dedicarte a dos especializaciones, las cuales me encantaban, por supuesto, me habría encantado lograr más aún, tener más conocimiento, pero en aquel entonces sentí una gran prisa por regresar al trabajo que había apuntado desde que mi familia fue asesinada por Salazar Stone. No quería que el pirata se escapase tan fácilmente, él era una de mis motivaciones para continuar, pero aún así, quería alcanzar un puesto alto en la jerarquía como marine.

La risa de Arthur resultó reconfortante, aunque al parecer él no relajaba su postura completamente, sería… ¡¿Sería ese tipo de personas que son adictas al trabajo y la formalidad?! Mentalmente jadeé, pensando lo difícil que debía ser mantenerse en esa postura marcial de forma constante ¿Lo haría también por fuera del trabajo? ¿No le dolían los músculos? ¿La espalda? ¿El cuello? Esa era mucha tensión muscular ¿No sentiría estrés al mantenerse de forma sempiterna en guardia? Ok, quizás “sempiterno” era una palabra un poco demasiado fuerte, si, pero no quería repetir “constante” una y otra vez hasta el cansancio. Lo bueno es que, a pesar de lo anterior, Arthur pudo unirse a la conversación con facilidad, tal vez era un tema que le resultaba familiar, bueno, como a muchos marines realmente. Aunque, en algo tenía razón, la justicia era un ideal complicado, y yo aún no la comprendía en su totalidad…

Las orejas de Nina elevaron ligeramente, animada por el discurso de Arthur, quien no solo mantenía su firme posición, sino que también había llevado las manos detrás de su espalda en una pose de relativa autoridad; o quizás lo asociaba con autoridad porque muchos líderes estaban acostumbrados a colocarse en esa pose. Cuando Arthur mencionó a su brigada mi sorpresa aumentó un poco, después de todo había mencionado que era un soldado raso, aunque podía pertenecer a dicha brigada y no ser el fundador de la misma. El resto de marines en la mesa le escucharon con diferentes rangos de interés, siendo Nina quien se encontraba concentrada en lo que tenía que decir en referencia a la filosofía que adoptaba su equipo que, realmente, era el mismo que la mayoría de la marina blandía como estandarte, el “respeto a la vida”. Ah, volvía a topar con esa filosofía.

. – Entiendo, quiero decir, no estoy del todo de acuerdo en respetar la vida de alguien que es irredimible, hay personas que realmente no merecen continuar libres, porque causarían caos. Hay gente que solo desea ver el mundo arder, y perdonarlos creo que sería fatídico.

Nina me miró con las orejas retraídas, pero no dijo nada, sabía que ella estaba de acuerdo en eso, porque ella misma había sufrido por las acciones del mismísimo Stone, como muchos en los Blues.

. – Pero en el resto lo entiendo, aunque, lo que comprendo en los métodos de la marina es dejar ir a los criminales con solo nuestra presencia, nada asegura que no volverán a delinquir ¿O no? –Ante su argumento me quedé reflexionando por un momento– Si, no todos los criminales son iguales, pero los motivos por los que cometen ciertos actos, como matar a otros, no son justificativos, quizás sí para robar, pero lastimar a las personas… No me parece un acto que se penalice sólo con una palmadita en la mano, por más indulgentes que queramos ser.

La guía… Era una buena forma de reformar a las personas, sin duda, pero hay quienes no pueden ser reformados, quienes simplemente se divierten con el sufrimiento de los demás, o cuya ambición crece tanto que acaban lastimando a personas inocentes en el proceso. Estaba muy dividida al respecto, porque entendía que no debía juzgar a todos con la misma balanza, porque los actos delictivos se cometen con móviles diferentes, pero ¿No era injusto al mismo tiempo? ¡Ah! ¡Demasiado! Deslicé los dedos por mis cuernos en una suave caricia tranquilizante, mientras intentaba pensar hacia donde debía inclinarme.

. – Entonces… Entonces ¿Lo que hacen los revolucionarios es correcto? Quiero decir, ellos protegen, en muchas ocasiones, los intereses de las personas que más lo necesitan, incluso cuando la marina defiende el otro extremo. –Fruncí el ceño mientras meditaba lo que dije y lo que dijo Arthur– Además ¿Cómo sabemos que quieren nuestra guía? Hay personas que no quieren guía, no quieren ayuda ¿Qué se hace con ellos?

La mirada de los marines en la mesa rebotaba entre los dos, algunos estaban horrorizados por la idea de parecerse a los revolucionarios, otros intrigados, algunos indiferentes, solo queriendo cumplir su deber sin cuestionarse demasiado la justicia o injusticia que cometían.

. – ¿Cómo haces lo correcto si no sabes qué es lo correcto? Quiero decir, lo correcto es diferente para todos ¿No? Hay personas, como mencionaste, que roban por necesidad, y lo consideran correcto porque deben sobrevivir y tienen bocas que alimentar ¿No es eso hacer lo correcto? –Incliné la cabeza, contrariada aún.

A pesar de el camino que tomó la conversación y lo pesada que se tornó, Arthur mencionó que, si podía tomar el reto de enseñarle a cocinar, debía ser lo suficientemente paciente como para instruirle en el arte de la cocina. Era gracioso, hablaba de la cocina como un acérrimo rival, como yo hablaba de mis invenciones, mis “bebés”, y a veces las personas me miraban decepcionadas cuando les mostraba que mis bebés eran armas o ropa. Al notar la autocrítica que se estaba haciendo a sí mismo, claro, porque era “auto”, decidí intervenir y me puse las manos sobre las caderas, dejando los brazos en jarras antes de negar con la cabeza firmemente, clavando mis ojos ardientes como el sol en él, lista para tomar este desafío.

. – ¡Me niego a que se critique de esa forma! ¡Verá! ¡Tomaré este desafío y le convertiré en un cocinero increíble! –Alcé mi mano derecha, cerrando el puño con fuerza a la altura de mi pecho– ¡Tenga esperanza! No hay nadie que no pueda cocinar un huevo duro, pero seguro que puede explotarlo.

Nina me miró con los párpados medio caídos por aquello último– ¿Lo dices por ese huevo hervido que dejaste durante más de treinta minutos en el jarro y terminó explotando y esparciéndose por toda la cocina?

. – ¡Ese mismo! Pero eso fue un accidente, juro que sé cocinar, es solo que me distraje un poco. –Miré a Arthur, apenada
#6
Arthur Soriz
Gramps
La joven marine hablaba con una energía contagiosa pero también con la determinación de alguien que buscaba respuestas que realmente marcaran una diferencia. Mientras la escuchaba noté en su mirada un reflejo de mi yo más joven... lleno de ideales y convicciones irrefutables, de fuerza y de la creencia de que todo podía reducirse a blanco y negro. Pero la vida... como me ha enseñado tantas veces, rara vez es así de simple.

Cuando terminó dejé que el silencio hablara primero. A veces las palabras necesitan espacio para asentarse... tanto para el que las dice como para el que las escucha. Procesar lo dicho, que todos los presentes comprendieran aquellas palabras y recién allí reaccionar. Luego de haberle dado la chance de expresar su punto de vista con todo el respeto que se merecía. Mantenía esa postura recta de brazos cruzados que muchos confundían con un signo de autoridad y severidad, pero que para mí siempre ha sido una forma de mantenerme enfocado.

El respeto por la vida no es una concesión gratuita, señorita Du Soleil —comencé diciendo, con un tono firme pero reflexivo asegurándome de que todos los presentes pudieran escucharme—. No se trata de dejar a los criminales irse de rositas solo porque podemos. Es un recordatorio constante de que nuestro deber no es ser verdugos, sino guardianes. Hay quienes merecen el castigo más severo y no dudo en aplicarlo cuando es necesario, nunca me temblará la mano si es necesario. Pero la clave está en juzgar con sabiduría, no con el impulso de la rabia o el rencor.

Hice una pausa, observando detenidamente cada una de sus reacciones y expresiones faciales. Esperaba poder captar su interés y que no solamente se encontrase con el mismo discurso de siempre, eso era lo primero que necesitaba para que estas palabras llegaran donde debían.

Respecto a los revolucionarios… —continué, cortando mis palabras momentáneament6e con un leve suspiro, como si el peso de la experiencia descansara sobre cada palabra—. No negaré que hay algunos que actúan con honor y compasión. Pero eso no excusa sus métodos ni el caos que desatan en nombre de su causa. Su error es olvidar que la justicia no se impone, se construye. Y sí... hay quienes rechazan nuestra guía, quienes nos ven como enemigos sin importar nuestras intenciones. Con ellos actuamos con firmeza. No porque lo queramos, sino porque debemos. El equilibrio no es sencillo... pero la justicia nunca lo es.

Lo menos que quería era que mis palabras terminasen siendo las mismas que miles de veces ya habrá escuchado. Estaba en mi la oportunidad de presentarle un nuevo punto de vista, uno que no veía en tonos absolutos, sino que también contemplaba el entremedio... los grises que rara vez podíamos ser capaces de decir eran los más adecuados.

He vivido suficiente para ver que la línea entre el bien y el mal es muy fina —dije, con un tono algo más suave—. Algunos revolucionarios empiezan con intenciones nobles, pero sus métodos los convierten en algo peor que aquello que buscan destruir. Y otros, a los que podríamos llamar criminales, piratas, han demostrado tener un corazón más puro del que imaginábamos. Entonces, ¿Cómo saber quién merece otra oportunidad? No siempre podemos saberlo. Pero eso no significa que dejemos de intentarlo.

Me giré ligeramente hacia el resto de los marines que escuchaban. Esta no era solo una lección para una persona; era para todos los que estuvieran dispuestos a escuchar.

Nuestro deber no es buscar venganza ni imponer nuestra visión de justicia con violencia. Es proteger a los inocentes, mantener la paz y actuar con honor. Y si eso significa dar una segunda oportunidad, la damos. No por debilidad... sino porque creemos en algo más grande que nosotros mismos.

Volví a centrarme en la oni, que esperaba siguiera con la mirada fija en mí. No esperaba cambiar su punto de vista con esto, pero sí que comprendiera que la vida no se trata de blancos y negros, de definitivos... nada en esta vida lo es. Nunca nada será como uno lo quiere o planea desde un inicio. Siempre aparecerán sorpresas, cosas inesperadas que te obligarán a cambiar de perspectiva... la chance de no quedarse enfrascado dentro de una caja cegado de las mil y un posibilidades.

Lo correcto no es siempre lo más sencillo ni lo más evidente. Lo correcto es lo que nos permite dormir por la noche sabiendo que hicimos todo lo posible por hacer el bien. No siempre acertarás. Yo mismo he cometido errores que aún me pesan.. pesan mucho, señorita Du Soleil. Pero mientras actúes con la intención de proteger... de construir en lugar de destruir, estarás haciendo lo que se espera de ti.

Sentí que la atmósfera se relajaba un poco, aunque sabía que no había logrado convencerla, esa nunca fue mi idea desde un principio. Si había logrado al menos pasar un poco de mi sabiduría a través de mis palabras me sentiría más que realizado. A fin de cuentas, a veces las respuestas no llegan al instante... a veces necesitan tiempo para germinar. Decidí cambiar el tono, recordando el desafío ligero que había mencionado.

Y ahora, sobre el tema de la cocina… —dije, con una sonrisa que rompió el aire solemne de nuestra conversación—. Admito que me ha atrapado en mi punto débil. Mi habilidad culinaria es, digamos... inexistente. De hecho, he sido acusado de crímenes contra la gastronomía en más de una ocasión.

Me animé a bromear. Hubo risas entre los marines y aproveché ese momento para continuar con un tono más ligero.

Pero acepto su desafío. Si cree que puede enseñarme a cocinar algo decente, estoy dispuesto a intentarlo. Solo no prometo resultados inmediatos. Y por favor, no espere milagros.

Solté una suave carcajada, teniendo la pequeña osadía de poner una mano en su hombro, notándose el peso de esta sobre esa zona de su cuerpo. Le di un ligero apretón como muestra afable antes de seguir hablando, mi mirada expresaba una tranquilidad y afecto paternal que solamente alguien de mi edad podría llegar a tener.

Está bien —le dije, levantando un dedo de mi mano libre, como si estuviera estableciendo una regla inquebrantable—. Pero le advierto, si logra que yo cocine algo comestible, habrá logrado lo que ni siquiera mi madre pudo.

Las risas y comentarios de los demás marines nos envolvieron y por un momento la dureza de la conversación anterior dio paso a algo más apto de camaradería que hacía falta. Ese tipo de conexión, pensé, es lo que nos mantiene unidos entre Marines.

No me haré ilusiones de convertirme en un gran chef, pero si logro no hacer explotar un huevo... eso ya será una victoria. —hice una pequeña pausa, sacando la mano de su hombro— Y no se preocupe por los accidentes. Si algo he aprendido es que incluso los errores pueden convertirse en lecciones valiosas. Aunque eso sí prefiero que la lección no implique limpiar pedazos de huevo de toda la cocina.

Una confianzuda y más tranquila carcajada escapó de mi boca, no quería que aquel momento se viese opacado por la tensión de opiniones diversas y que a veces llegaban a chocar entre si... Al final del día, todos luchábamos por el mismo propósito.
#7


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