Alguien dijo una vez...
Bon Clay
Incluso en las profundidades del infierno.. la semilla de la amistad florece.. dejando volar pétalos sobre las olas del mar como si fueran recuerdos.. Y algún día volverá a florecer.. ¡Okama Way!
[Aventura] [T3] Disturbios en la ciudad
Octojin
El terror blanco
Y otro día más de entrenamiento... Hoy toca de nuevo instrucción, qué coñazo. Cada día se curran menos las clases, pero qué os voy a decir, ya lo estáis viviendo allí en primera persona. Nuevamente, de camino al gimnasio, os recibe el bullicio característico de una mañana en plena actividad.

Los reclutas corren en formaciones teóricamente ordenadas, transportando cajas, armas y documentos, mientras los gritos de los oficiales resuenan por los pasillos y os recuerdan que aquí no hay lugar para la holgazanería. Todo, dentro de un caos aparente, tiene su orden, aunque en un primer vistazo no lo parezca. El trabajo fluye, así como la actividad. A vuestra izquierda, un grupo de marines limpia el patio de entrenamiento bajo la atenta supervisión de un sargento cuya voz parece rivalizar con el estruendo de un cañón. ¿Hace falta gritar tanto para dar órdenes? A vuestra derecha, un carpintero revisa los desperfectos de un cañón que, a juzgar por las marcas de hollín, tuvo una noche más agitada que la vuestra. Hay que ver, eh. Todos trabajando y vosotros ahí mirando, ya os vale.

El olor a salitre del puerto cercano se mezcla con el de la madera fresca y el aceite para armas, formando un aroma que es ciertamente rudo. Un aroma de disciplina, esfuerzo y, sobre todo, expectativa.

Un recluta que apenas parece haber pasado los dieciocho años se os acerca con paso apresurado, sosteniendo un sobre lacrado. Su uniforme está impecable, aunque su expresión nerviosa lo delata como alguien que todavía no está acostumbrado al peso de las responsabilidades. Al entregaros el sobre, se aclara la garganta y tartamudea un poco antes de decir algo.

—La capitana Montpellier solicita vuestra presencia en su despacho. Cuanto antes.

Ya sabéis que ese cuanto antes es ya. Así que yo, sinceramente, no tardaría en ir. No hay explicación adicional, ni contexto, ni pistas sobre el motivo de la convocatoria, algo que lamentablemente suele ser una práctica habitual en la marina, y concretamente en las instrucciones de la capitana. Solo un mensaje claro y directo, que deja poco margen para la especulación. Con un asentimiento rápido, el joven se marcha casi tan rápido como llegó, dejando tras de sí una estela de intriga que ahora lleváis con vosotros.

Habéis escuchado los rumores sobre la capitana Montpellier: estricta, perspicaz y conocida por no tolerar ni un atisbo de insubordinación. Algunos incluso ya la habéis conocido. Su reputación como una estratega brillante y una mujer de carácter inflexible la precede, y creo que estáis a punto de ver por qué.

El despacho de la capitana Montpellier está en el ala oeste de la base, un lugar que parece tan inaccesible como solemne. Al avanzar por los pasillos, las miradas de otros marines os siguen, algunas cargadas de curiosidad, otras con un destello de envidia o simple indiferencia. Lleváis a un espécimen un poco raro con vosotros, quizá sea por eso. Con respeto, lo digo, Ares. De bicho raro a bicho raro. Cada paso retumba en el suelo de madera pulida, y las puertas cerradas a ambos lados parecen guardar secretos que no estáis seguros de querer conocer.

Finalmente, alcanzáis la puerta del despacho. Es de roble oscuro, con un acabado pulido que refleja la luz del sol que entra por las ventanas del pasillo. El emblema de la Marina está grabado en el centro, y el pomo parece demasiado brillante para pertenecer a un lugar donde la acción y el desgaste son moneda corriente. Antes de que vuestros nudillos puedan hacer contacto, la puerta se abre.

Un suboficial de mediana edad os mira con expresión seria y os hace un gesto para que entréis. El interior del despacho está bastante ordenado, es minimalista y con una atmósfera que exuda autoridad. Una gran ventana en la pared del fondo deja entrar la luz natural, iluminando el escritorio de madera maciza que domina el centro de la habitación. A un lado, un mapa detallado del East Blue cubre casi toda la pared, con varias marcas y anotaciones hechas a mano que vete tú a saber qué significan. El silencio es francamente sorprendente, algo que desentona bastante con el lugar en el que os encontrábais hace unos minutos.

No hay rastro de la capitana Montpellier aún, pero sabéis que es cuestión de tiempo antes de que haga su entrada. El suboficial se retira sin una palabra más, cerrando la puerta tras de sí y dejándoos en esa tensión casi palpable. Mientras esperáis, el sonido lejano de las campanas del puerto marca el paso de los minutos. Queda por ver si esta reunión es una oportunidad, un castigo o algo completamente diferente.

Sea lo que sea, sabéis que estáis a punto de enfrentaros a algo importante. Y en la Marina, la importancia rara vez viene sin un precio.

Hola holita
#1
Ares Brotoloigos
Personaje

Virtudes y Defectos

Inventario


Y otro día rutinario en el cuartel, como no. No es que estuviese habituado o le gustase, pero era lo que había por ahora. Era verdad que ya había renegado alguna que otra vez al rsepecto de ciertas cosas, y ya se había llevado alguna bronca por el camino. Todavía era un recluta. Ares lo sabía, por desgracia, pero ya estaba mentalizándose de que eso no sería así para siempre. Poco a poco iba a buscar la forma de escalar peldaños, de hacer valer su justicia y la de, seguramente, muchos otros que pensasen como él. Pero, por ahora, no podía tragarse toda la carne junta, sino miembro por miembro.

Todavía era algo temprano en la mañana, pero el patio principal bullía de energía y movimiento, como según había visto desde el día que había llegado a Loguetown. Unos entrenando, otros dando órdenes, moviendo sacos, limpiando el patio. Puliendo las bolas de cañón. Los pasos del reptiliano eran seguros bajo el sol de la mañana. Por suerte todavía no hacía demasiada calor, aunque no es como si él tuviese mucho problema con unos cuantos grados de más. Todos parecían realmente ocupados mientras él paseaba tranquilamente. En realidad, su rutina comenzaban en las zonas de entrenamiento si no le requerían para otra cosa.

Saludó apenas a algunos compañeros reclutas que pasaron cerca hasta que se encontró con otro ue se dirigía expresamente hacia él. Hacia ellos, en realidad. Ares acabó con un sobre en las manos, lo que le arrancó un breve gruñido. No amenazante, sino más bien confuso. Porque justo en ese momento se percató de dos figuras más que estaban cerca de él. Una era la de Jack, con el que había compartido una misión anteriormente. Y la otra... La otra era la de aquella chica rara y sonriente.

Ten, ábrelo tú. — Se lo tendió directamente al medio hombre. No lo decía, o pensaba, como una manera de insulto, sino como lo que realmente era el pobre Jack y cómo se veía a sus ojos, y a los de todos. Era la mitad de una persona. Le faltaba un brazo, le faltaba una pierna. A veces se preguntaba si le faltaba algo más que escondiese debajo de las ropas. Pero no le iba a preguntar. No por ahora, al menos.

Por otro lado, se había habituado a dejarle el papeleo cercano al pobre chico. Ares no sabía leer ni escribir, así que entregarle un sobre sin más era como darle una lechuga a un perro. No iba a saber qué hacer con eso. O, quizás, simplemente lo ignoraría. Por fortuna, el recluta que les habia hecho entrega de dicho sobre, también vino con el recado como tenía que ser.

¿La capitana Montpellier? ¿Qué tripa se le había roto ahora? El lagarto bípedo suspiró brevemente. Era consciente de que ese era un llamado, una orden que no podía ignorar. No a esas alturas todavía. Sin más, se acomodó las prendas y asintió.

No recuerdo haber hecho nada, todavía, para que me manden llamar... — Al menos un alto cargo como el de la capitana.

Pero bueno, quizás sí había hecho alguna cosa, solo que él no lo veía como algo grave. Se desperezó tranquilamente, con un bostezo que recordaba a algún tipo de lagarto perezoso, y se echó a caminar sin más. Era muy consciente de las miradas, no todas pero sí algunas, que se dirigían hacia él. Era un bicho raro en aquel lugar, un especimen llamativo y por demás exótico. Y que, obviamente, no gustaba a todo el mundo. Unos más racistas que otros, probablemente. En realidad, al diablos le daba reverendamente igual, mientras caminaba en silencio por el pasillo, con su larga cola escamada apenas moviéndose al compás de cada avance de sus pies. Finalmente, la puerta del despacho de la capitana Montpellier apareció ante sus narices. Era curioso, y casi irrisorio, lo detallada que era únicamente la puerta, con su pomo cromado y dorado con respecto al resto del cuartel en sí, que estaba más desgastado que el lápiz de un carpintero. Por decirlo de forma amable, claro.

Cuando entró, con los demás, fueron recibidos por un suboficial de seria expresión. La mirada rojiza y penetante del diablos se posó en el susodicho, en silencio, a medida que esperaba. Aunque no pudo evitar que la punta de su cola se moviese nerviosamente por la expectación de la situación. Y también porque le costaba bastante estar sin hacer nada. Y le habían interrumpido el entrenamiento matutino, todo sea dicho. Ares echó un vago vistazo al mapa que estaba colgando en una pared lateral. Distinguía, curiosamente, las zonas casi a la perfección, pero no los nombres escritos de cada una.

No tenía ni puta idea de leer, pero al menos tenía una buena memoria fotográfica.

Exhaló un suspiro por las narinas con cierta impaciencia. ¿Cuánto más iban a hacerles esperar ahí?
#2
Jack Silver
-
Personaje

Inventario

Información Adicional




G-31 Base de la Marina, Loguetown
Día 13, Verano del año 724

Jack había comenzado su día como de costumbre, despertando antes de que el cuartel cobrara vida por completo. Había recorrido las avenidas de Loguetown en su rutina matutina de trote, esquivando a los madrugadores que ya se dirigían al mercado y absorbiendo el fresco aroma del amanecer mezclado con la salinidad del puerto cercano. El sudor invadía su frente cuando regresó al cuartel, justo a tiempo para una ducha rápida antes de integrarse al bullicio habitual.

El patio del cuartel estaba, como siempre, plagado de actividad. Jack pasó junto a los reclutas que transportaban suministros y los oficiales que parecían competir por quién tenía los pulmones más potentes. Sus pasos eran ágiles pese a su pierna protésica, que resonaba con un leve chasquido metálico a medida que avanzaba. Había aprendido a ignorar las miradas furtivas de algunos compañeros, esas que parecían querer examinar su cuerpo incompleto como si esperaran encontrar un misterio en sus cicatrices.

—La capitana Montpellier solicita vuestra presencia en su despacho. Cuanto antes —lo detuvo una voz.

El mensaje no era solo para él. Ares, el imponente reptiliano, y una recluta más estaban allí también, recibiendo la misma orden. Alzó una ceja cuando el grandullón le tendió el sobre y, demostrando un habilidoso juego de dedos, lo abrió con su única mano.

Al final tendré que enseñarte a leer... —comentó con una media sonrisa, tomando el papel sin quejas. Su tono era ligero, pero detrás de él se escondía un rastro de resignación; ya se estaba acostumbrando a ser el encargado de estas tareas.

Desplegó la carta con cuidado, y aunque el mensaje era breve y conciso, la mención de Montpellier bastaba para provocar un leve cambio en su expresión. Pues en su corta experiencia ya había comprobado que la capitana no era de las que les convocaba por trivialidades.

Pues vamos allá, no querríamos hacerla esperar —murmuró, ajustándose la gorra.

El grupo avanzó hacia el ala oeste, y de nuevo el paso firme de Jack apenas se veía interrumpido por el sutil sonido de su prótesis. El ambiente se volvió más solemne a medida que se acercaban al despacho, con el bullicio de la base cediendo ante un silencio casi opresivo. Ares parecía algo inquieto, a juzgar por su cola moviéndose con nerviosismo, mientras que Jack intentaba mantenerse sereno. Aunque sus pensamientos divagaban sobre el motivo de la llamada.

Finalmente, se encontraron ante la puerta pulida que marcaba el dominio de la capitana. Jack intercambió una mirada breve con sus compañeros antes de que el suboficial los invitara a entrar.

El despacho era tal y como lo recordaba: un espacio ordenado, meticuloso, como cabría esperar de alguien con la reputación de Montpellier. La luz natural bañaba la estancia, proyectando sombras suaves sobre el mapa que dominaba la pared. Jack dejó escapar un suspiro leve, relajando ligeramente la postura mientras esperaba, observando cada detalle del lugar en un intento de distraerse de la creciente tensión.

No sé vosotros, pero a mí esto me recuerda a esperar en una consulta médica. —murmuró, más para sí mismo que para los demás, aunque su tono dejaba claro que la espera comenzaba a incomodarle.

Su ojo sano se posó en el mapa. Las marcas y anotaciones parecían indicar algo, quizás rutas o estrategias, pero no había forma de descifrar su propósito. Aunque no dejaba de observarlo con una mezcla de curiosidad y frustración. La espera se prolongaba, y Jack sintió cómo la expectación se convertía en un peso casi físico, cargando la atmósfera con una anticipación inquietante.



Resumen
#3
Dan Kinro
[...]
Personaje
Virtudes y Defectos
Datos Bélicos
Inventario



Día 13 de Verano, Loguetown.
Base del G-31

El bullicio del cuartel no era nada nuevo para Dan, pero cada vez que recorría el patio sentía esa chispa inconfundible. El ajetreo, los reclutas cargando cajas y corriendo en filas torcidas, los gritos de los oficiales resonando como truenos... todo eso le ponía las pilas. Era caos, sí, pero un caos que tenía su propia armonía, una sinfonía en la que cada uno tocaba su nota, incluso los que se limitaban a limpiar cañones con más hollín que futuro.

Dan Kinro caminaba con la frente en alto, el sol acariciando su piel y el aire cargado de salitre llenando sus pulmones. El uniforme le quedaba como un guante, reluciente, y la espada que llevaba al costado daba golpes suaves contra su pierna mientras avanzaba en el interior de su funda. Después de todo, no podía negar que le gustaba la posibilidad de un futuro ascenso. Sargento Kinro. Sonaba bien, ¿no? Aunque apenas estaba empezando a acostumbrarse al posible título. La responsabilidad era mayor, claro, pero el desafío... ¡oh, el desafío! ¡El combate! Eso era lo que realmente le emocionaba.

A mitad de camino hacia el gimnasio, su rumbo cambió cuando un joven recluta se plantó frente a ella. Pobrecillo, apenas tenía pelos en la cara, y ya se le notaban los nervios en el temblor de sus manos. Alzó una ceja mientras lo observaba, cruzando los brazos con una leve sonrisa torcida.

¿Qué pasa, Nae? ¿Se te ha perdido algo? — preguntó con un tono relajado pero firme.

El chico tragó saliva y le entregó un sobre lacrado con manos temblorosas. Antes de que pudiera preguntar, él ya estaba soltando el mensaje:

La capitana Montpellier solicita vuestra presencia en su despacho. Cuanto antes.

Dan dejó escapar un largo silbido entre dientes, llevándose una mano al cinturón y asintiendo lentamente.

Montpellier... Vaya tela. 

Había escuchado cosas de la capitana, y no todas eran halagos. Estricta, brillante y con una paciencia tan corta como el filo de una navaja. No era el tipo de persona que llamaba a alguien para una charla trivial, menos a alguien como ella.

Nae, cuando dicen "cuanto antes", significa "deja lo que estás haciendo y mueve el culo". Así que eso voy a hacer. Aye, gracias por el recado — respondió con una palmada ligera en el hombro del recluta.

Sin más, tomó el sobre y lo guardó en el cinturón. Ni siquiera lo abrió; no hacía falta. La orden era clara, y si Montpellier había mandado un mensaje, lo último que iba a hacer Dan era tardarse en llegar. Se ajustó la gorra, giró sobre sus talones y emprendió camino hacia el ala oeste.

A medida que avanzaba por los pasillos, el bullicio del cuartel fue quedando atrás, reemplazado por un silencio solemne que casi podía cortar con un cuchillo. Los pasos resonaban con fuerza contra el suelo de madera pulida, y Dan no pudo evitar notar las miradas que la seguían. Algunas eran de curiosidad, otras de respeto... y algunas, bueno, hacía su físico.

Y entonces...

¡BONK!
La chica se había estampado contra la puerta de la entrada, estallando algunas risas entre los marines. Lejos de avergonzarse, se ajustó la bandana y siguió caminando.

Nae, que miren lo que quieran, no tengo nada que esconder.

Era su lema. Siempre lo había sido. Sinceridad en todos los aspectos.

Finalmente, accedió tras la puerta del despacho. De roble oscuro, con un pomo brillante que parecía de oro, la entrada imponía respeto. Incluso la madera parecía juzgarte antes de que pudieras cruzarla. Dan sonrió de medio lado, porque sabía que si algo hacía falta en la Marina era un poco de dramatismo. Dio un par de toques suaves con los nudillos. Aunque tras su golpe, lo mismo no le habría hecho falta.

El interior del despacho era justo lo que esperaba: sobrio, ordenado y cargado de autoridad. Una gran ventana dejaba entrar la luz del sol, iluminando el escritorio macizo que dominaba la habitación. Pero lo que más llamó su atención fue el enorme mapa del East Blue que cubría una de las paredes, lleno de anotaciones y marcas que parecían danzar entre sí.

Dan Kinro se detuvo justo en el centro de la estancia, manteniendo una postura recta pero relajada. Cruzó los brazos mientras echaba un vistazo al mapa siguiendo la mirada de Jack y luego al escritorio. No había rastro de Montpellier todavía, pero sabía que la capitana no tardaría. La tensión en el ambiente era palpable, casi como si la oficina misma estuviera reteniendo el aliento.

Vaya, vaya... Esto parece más un museo que un despacho. Bonito sitio, aunque podría usar un poco más de personalidad, ¿no creen? — murmuró, hablando más para sí misma que para nadie.

La espera no era algo que Dan disfrutara particularmente, pero no era el lugar ni el momento para impacientarse. Por ahora, se limitó a observar cada detalle del lugar, sus ojos moviéndose con una mezcla de curiosidad y análisis. No importaba qué quería la capitana de ella; fuera lo que fuera, la kuja estaba lista. O al menos, eso esperaba.

Nae, si algo era seguro, era que los juegos con Montpellier siempre iban en serio.



Resumen
#4
Octojin
El terror blanco
Cuando Dan se gira hacia vosotros, haciendo un comentario casual sobre la decoración de la sala, un golpe seco sobre la puerta interrumpe el ambiente cargado de tensión. Probablemente os giréis al unísono, alertados por la brusquedad del sonido, y allí está ella: la capitana Montpellier, en toda su presencia reluciente y autoritaria. Camina firme y decidida, como es ella. Quizá tengas alguna duda de si te ha oído, Dan. Al menos a juzgar por sus movimientos tan vivos y llenos de energía, como si estuviese conteniendo ira. Pero pronto crees que no, que no ha podido tener un oído tan fino. Aunque bueno, siempre puedes lanzarle una propuesta de decoración, quizá le guste.

El uniforme de Montpellier parece haber sido planchado con la precisión de un cirujano, y su porte es tan impecable que, por un momento, incluso el aire en la habitación parece contener la respiración. Hay gente que tiene un porte increíble, y esta mujer es una de ellas.

Sin dirigir ni una palabra ni una mirada directa hacia vosotros, Montpellier avanza hacia la zona de su escritorio con pasos rápidos y decididos. Sus botas resuenan contra el suelo, acompañadas por el leve crujido de la madera bajo su peso, que por un momento es el único ruido de la habitación. Al llegar a su mesa, comienza a rebuscar entre un montón de papeles con movimientos fluidos pero firmes, como si cada acción estuviera meticulosamente planeada. Parece ignoraros por completo, dejando que la tensión crezca a cada segundo que pasa.

Coge su Den Den Mushi, situado en la parte derecha de la mesa, y hace una pequeña llamada que dura menos de cinco segundos.

— Ben, a mi despacho. Tengo aquí el informe.

Finalmente, con una carpeta en la mano y su mirada fija en los documentos, se gira hacia vosotros. Sus ojos recorren al grupo de manera meticulosa, como si estuviera evaluando vuestras capacidades en silencio. Un momento que, desde fuera, se puede vivir de manera bastante tensa, la verdad. Entonces, por fin, rompe el silencio con una voz clara y firme y se dirige a vosotros.

—Bienvenidos. —Su tono no deja lugar a dudas: aquí manda ella, y vosotros estáis para escuchar y obedecer. Bienvenidos a la marina.

Aunque algunos de vosotros lleváis ya un tiempo en la base, esta es la primera vez que recibís una orden directa de vuestra capitana. Qué nervios, ¿no?. Montpellier no pierde tiempo en discursos innecesarios y va directa al grano, como es su costumbre, y esta vez no será una excepción.

—Ha habido un incidente en la taberna del Trago Marinero. Una más, sinceramente, yo ya no sé cuantas llevamos este mes —Hace una pausa breve, dejando que las palabras se asienten antes de continuar. —. Regina Muller, la dueña, nos ha llamado porque le han destrozado gran parte de la vajilla en una pelea. Varias de las personas involucradas parecen estar inconscientes, y sospechamos que hay algo más en juego que un simple altercado entre borrachos. Pero son eso, sospechas.

Sus ojos os recorren de nuevo, como si intentara medir vuestras reacciones. Esto empieza a ser un juego peligroso de aguantar la mirada y no gesticular más de lo debido, o en su defecto, no hacer gestos que puedan conllevar a una malinterpretación, o de seguro que Montpellier los toma en cuenta. El ambiente en la habitación se siente más denso, cargado con la responsabilidad que acaba de depositar sobre vosotros.

—Vuestra misión es sencilla, al menos en teoría. Encontrad a los culpables, investigad qué ha sucedido realmente y traedme información clara. Organizaos como queráis, pero espero resultados. Y que quede claro, no toleraré errores. ¿Entendido? Por cierto, la violencia es el último recurso. Si me entero que os habéis excedido, estaréis en problemas.

Su mirada fija en vosotros no necesita más palabras. La capitana Montpellier siempre ha sido conocida por su estilo directo y su incapacidad para adornar las cosas. No está aquí para agradar; está aquí para liderar.

Sin esperar una respuesta verbal, Montpellier cierra la carpeta con un gesto decidido y la coloca en el extremo del escritorio. Da un paso hacia atrás, cruzando los brazos sobre el pecho, y os lanza una última mirada, esta vez más incisiva, casi como si estuviera diciéndoos que ya os habéis visto suficiente por hoy. Con un ademán de la mano, os indica que la reunión ha terminado, por si no había quedado lo suficientemente claro.

—Es todo. Poneos en marcha.

Sin más preámbulo, Montpellier se dirige hacia una estantería en la esquina de la habitación, dejando claro que ya no tiene más tiempo para vosotros. Estáis libres para actuar, pero la responsabilidad de lo que suceda a continuación recae completamente sobre vuestros hombros.

La tensión del momento se disipa ligeramente al abandonar el despacho, pero no del todo. Fuera, el bullicio del cuartel vuelve a envolveros, aunque ahora parece un ruido lejano en comparación con el eco de las palabras de Montpellier. La misión está clara, pero cómo la llevaréis a cabo depende completamente de vosotros. El Trago Marinero os espera, y con él, las respuestas que Montpellier exige. Es hora de organizaros, decidir vuestros próximos pasos y afrontar lo que sea que os espere en esa taberna.
#5
Ares Brotoloigos
Personaje

Virtudes y Defectos

Inventario



Por inercia y también por puro instinto, el diablos continuaba fijándose en el interior de aquel lugar. Miró de reojo a Jack durante unos momentos y, posteriormente, a la chica de cabellera alba que también se había unido a aquella reunión. El único sonido, de momento, era el de las propias respiraciones del trío ahí metido y un silencio espeso que parecía ponderar en aquel lugar. No había rastro de la capitana Montpellier por ningún lado o, al menos, eso era la sensación que al más alto le daba. Y, aún así, movía la punta de la cola escamosa como si algo fuese a suceder en cualquier momento, con cierta impaciencia. Escuchó los murmullos del otro par y si bien no dijo nada al respecto, sí que estaba de acuerdo con ambos. Ares llevaba mal las esperas prolongadas o, más bien, las que sentía que eran importantes. Tenía que estar siempre haciendo algo para mantenerse ocupado.

Y, sin previo aviso, el sonido de un golpe seco le hizo envarar la espalda y entornar la mirada cuando, por fin, la presencia de la capitana Montpellier se deja ver, imponente en aquel despacho. Caminando con la misma supremacía de quien controla y gobierna todo aquello sin tener que alzar tan siquiera la voz. Los ojos rojizos del ser repitiliano la siguieron con una mezcla de fascinación, respeto y quizás algo más, pero no abrió la boca al respecto. Solo se cuadró cuando hubo que hacerlo y continuó atento, y en silencio, a que ella les diese permiso para hablar. O les dijese qué era lo que hacían allí. Ahora bien, las ganas que tenía de preguntar, abiertamente, tuvo que aguantárselas.

Sin florituras ni nada, la mujer va directa al grano, algo que el diablos agradece infinitamente. No soportaba los discursos ni nada parecido. Así que de momento guardó silencio mientras escuchaba, con atención, los detalles que la mujer les estaba otorgando.

Una disputa en el Trago Marinero. Casi chasqueó la lengua con decepción. ¿Cuándo no se producían altercados en una taberna? Por inercia, se relamió los dientes en lo que la capitana continuaba con el resto de lo que tenían que saber. ¿No violencia? ¿En serio? Tendría que controlarse porque, efectivamente, había sentido la mirada de la capitana sobre sí mismo cuando su mirada se cruzó con la de ella. Ares se la mantuvo, impertérrito, aunque no estaba tan de acuerdo con eso de no violencia. O que no se excediesen. Si los idiotas aquellos eran colaboradores... Bueno, entonces no habría que excederse, ¿no?

Ares continúa siguiéndola con la mirada y, de hecho, por inercia su atención se posa solo un momento en la carpeta que sostiene y que, tras cerrarla, la capitana Montpellier deja sobre un costado del escritorio. Tras una total declaración de intenciones, la capitana los termina despachando y el lagarto es uno de los primeros en salir, abriendo la puerta para que el otro par haga lo mismo tras él.

Una vez en el exterior del despacho, termina por suspirar.

Supongo que lo primero será ir hasta allí y hablar con la dueña, a ver qué más información nos puede dar. O una descripción de los sujetos. Al menos de los que hayan iniciado la trifulca. — Fue la propuesta que comentó a Dan y a Jack.

Resumen
#6
Dan Kinro
[...]
Dan Kinro se detuvo en seco, girándose hacia Ares con un movimiento brusco que hizo crujir ligeramente su chaqueta de cuero. Su rostro era una mezcla de sorpresa genuina e indignación. 

Sus ojos de color ámbar se clavaron en él como si quisiera atravesarlo con la mirada, y sus manos se apoyaron firmemente en las caderas, en un gesto que claramente decía: "¿Qué acabas de insinuar?"

¡Sacar información, claro que sí! ¿Qué otra cosa iba a decir, nae?

La Sargento exclamó, subiendo un poco la voz y haciendo un amplio gesto con las manos, como si intentara barrer la idea absurda que, en su opinión, Ares acababa de plantear. Luego chasqueó la lengua y bufó, claramente molesta por el malentendido.

Sin apartar la vista de Ares, dio un paso al frente, su postura más tensa de lo habitual, como si le costara contenerse. Aunque Dan no era conocida por tener mucha paciencia, esta vez intentó no explotar.

Escucha, Ares, yo no soy de las que desobedecen órdenes, y mucho menos las de Montpellier. Si ella quiere información, le llevamos información. ¿O acaso tienes algún plan brillante que compartir con la clase, eh? — preguntó, alzando una ceja con sarcasmo evidente.

Dan hizo una pausa, mirando hacia la puerta del despacho de Montpellier, como si temiera que la capitana pudiera salir de un momento a otro y fulminarlos con una mirada. Su voz bajó ligeramente de volumen, pero el tono seguía cargado de exasperación.

Si esa mujer cree que puedo sacar información con palabras bonitas, lo intentaré, aunque no sea lo mío. Pero si lo que quieres es que use...hizo una pausa para enfatizarotros métodos, olvídalo. Estoy en la marina, no en un tugurio cualquiera. ¿Estamos?

La forma social no era lo de Dan Kinro, y había malinterpretado por completo las palabras del lagarto Marine.

Dan se giró hacia Jack y luego volvió a Ares, señalándolos con el dedo.

Así que hagamos las cosas bien por una vez, ¿vale? Vamos al Trago del Marinero, hablamos con la dueña y vemos qué demonios pasó ahí. Ni una palabra más sobre sacar o enseñar... cosas.

Dicho esto, giró sobre sus talones con un resoplido final y comenzó a caminar hacia la salida, completamente sonrojada e indignada, katana enfundada.

Y por favor, os lo digo ya: no hagáis que me arrepienta de seguir órdenes al pie de la letra, porque Montpellier no es la única que puede hacer que esto duela. ¡Vamos!

Información
#7


Salto de foro:


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