Alguien dijo una vez...
Bon Clay
Incluso en las profundidades del infierno.. la semilla de la amistad florece.. dejando volar pétalos sobre las olas del mar como si fueran recuerdos.. Y algún día volverá a florecer.. ¡Okama Way!
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[Autonarrada] [Autonarrada - T2] No hay monedas, paga como puedas.
Vance Kerneus
Umi no Yari
No hay monedas, paga como puedas

Día 48 de Verano del año 724.
El Baratie emergió en el horizonte como una promesa irreal, un espejismo en medio de un océano que parecía extenderse hasta el infinito. Las olas rompían suavemente contra la estructura, y la luz del sol reflejaba un arcoíris brillante sobre su peculiar arquitectura, una amalgama entre un barco y un pez gigante. Vance lo observó con una mezcla de curiosidad y alivio, sus ojos recorriendo cada detalle del lugar mientras su estómago rugía con una fuerza que apenas podía ignorar.
 
Habían pasado dos días desde que escapó de Vodka Shore, desde que los gritos de los piratas ahogándose tras intentar atacarle sin éxito se apagaron en el mar. Dos días de remar sin rumbo, con apenas un puñado de percebes arrancados de la base del bote como único sustento. Su fuerza, aunque legendaria entre los apostadores de peleas clandestinas, comenzaba ya a flaquear. Cada golpe de los remos le recordaba el peso acumulado de sus cicatrices, la constante lucha por sobrevivir en un mundo que no le daba tregua.
 
Cuando el gyojin alcanzó el Baratie, dejó que su bote se deslizara lentamente hacia uno de los embarcaderos. A su alrededor, un bullicio de clientes y empleados llenaba el aire con risas, voces y el inconfundible aroma de la comida recién hecha. El hambre golpeó a Vance como una ola rompiente. Con un movimiento torpe pero decidido, se levantó y ató el bote, sobresaliendo con su imponente altura sobre casi todos los presentes.
 
El interior del restaurante era aún más impresionante. Lámparas colgantes en forma de peces iluminaban las mesas, y el aroma de especias y mariscos flotaba en el aire, envolviendo a los comensales en una especie de trance. El espacio era amplio, pero incluso así, los más cercanos a la entrada se giraron al verlo. Sus ojos recorrían su figura: la piel escamada de un azul profundo, el tridente atado a su espalda, y sobre todo, su altura descomunal, que parecía encogerse ligeramente bajo el peso de las miradas.
 
-          ¿Qué se supone que es eso? - susurró un hombre en una mesa cercana, su voz no lo suficientemente baja como para no llegar a los oídos de Vance.
 
-          Un gyojin - respondió otro, más joven, con un tono que mezclaba curiosidad y desprecio -. No sabía que dejaban entrar a los de su clase aquí.
 
Vance había escuchado comentarios peores, mucho peores. Así que famélico como estaba decidió ignorarlos, concentrándose en lo único que le importaba en ese momento: la comida. Pero antes de que pudiera encontrar una mesa o incluso reunir el valor para pedir algo, una voz cálida y autoritaria interrumpió sus pensamientos.
 
-          ¿Qué haces ahí parado, chico? - La voz pertenecía a una anciana de cabellos grises cortados a la altura de sus hombros. Su delantal estaba tan inmaculado como su expresión severa, aunque sus ojos parecían brillar con una pizca de bondad oculta. - Si has venido a mirar, podrías al menos no bloquear el paso. Pero si has venido a comer, tenemos una mesa para ti.
 
La anciana, que más tarde supo que se llamaba Nana, no esperó una respuesta. Lo guió con una rapidez sorprendente para alguien de su edad hacia una esquina del restaurante, donde la mesa más amplia del lugar parecía el rincón más adecuado él.
 
-          Siéntate, y deja de intimidar a mis clientes con esa cara de pez hambriento. Te traeré el menú.
 
Vance obedeció, agradecido pero desconcertado. Apenas se había dejado caer sobre el banco cuando Nana regresó, dejando frente a él un vaso de agua y un menú que parecía minúsculo en sus enormes manos.
 
-          Hoy el menú del día incluye sopa de mariscos, solomillo a la parrilla con vegetales y pastel de limón para el postre. ¿Te interesa?
 
Vance asintió, hambriento. Pese al agujero en el interior de su vientre tenía claro que en un lugar como aquel debía comportarse, pero cuando Nana volvió con la primera bandeja las intenciones de moderación se desvanecieron ante la intensidad de su hambre. En cuestión de minutos, la sopa había desaparecido, seguida de dos platos más del mismo menú y, finalmente, un tercer pastel de limón. Los murmullos de asombro se extendieron entre los clientes a su alrededor mientras el gyojin devoraba cada plato con una intensidad casi religiosa, aunque nunca perdió el cuidado de no parecer completamente salvaje.
 
Al terminar, Vance se recostó ligeramente en el asiento, sintiendo por primera vez en días una paz que no nacía de la violencia, sino de la satisfacción pura. Pero esa paz se quebró cuando Nana regresó con la cuenta.
 
-          Son tres menús. Treinta mil berries, por favor.
 
El rostro del liberto, que había comenzado a relajarse, se endureció al instante. Hurgó en las pocas pertenencias que llevaba consigo en un gesto casi simbólico, pues sabía bien que no encontraría ni una sola moneda. Finalmente, levantó la mirada hacia Nana, y con su voz grave y profunda, dijo:
 
-          Lo siento, no tengo dinero.
 
El silencio que siguió fue tan pesado como una tormenta. La anciana lo miró fijamente, sus ojos oscilando entre el enfado y la incredulidad. Pero en lugar de gritar, dejó escapar un largo suspiro, plantando las manos sobre sus caderas.
-          Muy bien, chico. Si no tienes dinero, trabajarás para pagarlo. Vamos, levántate. La cocina te espera.
 
Vance se levantó con una mezcla de vergüenza y resignación. Su enorme figura destacaba aún más entre las mesas ahora que el ambiente del restaurante había caído en un incómodo silencio. Mientras lo seguía, Nana no dejó de hablar, reprendiéndolo como si fuera un niño sorprendido robando unos caramelos.
 
-          ¿Qué clase de persona entra a un restaurante sin una sola moneda en el bolsillo? - murmuró, aunque lo suficientemente alto como para que él la escuchara -. Y con un apetito como el tuyo, me sorprende que no hayas dejado los huesos de los solomillos limpios como un gato hambriento.
 
Vance no respondió. Las palabras le resbalaban, no por falta de culpa, sino porque se encontraba demasiado avergonzado para replicar. A lo largo de su vida había enfrentado golpes, látigos y humillaciones sin doblarse, pero la perspectiva de fregar platos le resultaba desconcertante, como si la fuerza que habitaba en sus brazos no supiera cómo traducirse en algo tan delicado.
 
La cocina era un hervidero de actividad. Las ollas y sartenes bullían en los fogones, el aire estaba cargado con el aroma de hierbas y especias, y los cocineros se movían con la precisión de bailarines experimentados. En cuanto el liberto cruzó el umbral, las conversaciones cesaron por un momento, y todas las miradas se volvieron hacia él.
 
-          ¿Y este quién es? - preguntó un chef fornido de mediana edad, secándose las manos en un delantal manchado de salsa.
 
-   Un cliente que ha decidido pagar con sudor en lugar de monedas, hijo - respondió Nana, cruzando los brazos. Luego señaló una pila de platos sucios que parecía tan alta como un mástil -. Ahí tienes, chico. No quiero ver ni un solo grano de arroz pegado cuando termines.
 
Vance miró la montaña de platos con una mezcla de incredulidad y desconcierto. Su tridente, tan familiar en su mano, no podía ayudarle aquí. En su lugar, tomó un paño y una esponja, acercándose a la pila como si enfrentara a un enemigo desconocido.
 
El primer plato se resbaló de sus manos casi de inmediato, cayendo al suelo con un estruendo que hizo que varios cocineros se giraran en su dirección. El gyojin soltó una maldición en voz baja, recogiendo los pedazos mientras Douma, el hombre que había preguntado a Nana por su identidad, lo observaba con una ceja levantada.
 
-          Ten más cuidado, amigo. Esos platos son más valiosos que tu orgullo.
 
Apretando los dientes, Vance continuó. La esponja parecía diminuta en sus enormes manos, y el agua jabonosa salpicaba por todos lados mientras trataba de encontrar un equilibrio entre la fuerza y la delicadeza. Cada plato lavado era un desafío, un recordatorio de que sus habilidades, tan letales en el campo de batalla, eran completamente inútiles en una tarea tan mundana.
 
Los cocineros comenzaron a acostumbrarse a su presencia, incluso bromeando entre ellos sobre el “pez lavaplatos”. Al principio el liberto se tensaba al escucharlos, pero pronto se dio cuenta de que no había malicia en sus palabras. Incluso un rato más tarde, Douma se acercó para ofrecerle consejos.
 
-          No uses tanta fuerza - dijo mientras le mostraba cómo sujetar un plato con cuidado -. No estás peleando con él. Y perdona a mi madre, a veces puede ser un poco brusca.
 
Vance asintió en silencio, agradecido por la ayuda. Poco a poco, su ritmo mejoró. La pila de platos comenzó a disminuir, y aunque sus manos estaban entumecidas y la espalda comenzaba a dolerle por estar encorvado, sentía algo parecido al orgullo al ver que estaba cumpliendo con su parte.
 
El tiempo pasó muy lentamente, marcado por el incesante sonido del agua corriendo y el entrechocar de los platos. Para cuando la última olla estuvo limpia, el sol ya había comenzado a ocultarse en el horizonte. El habitante del mar dejó escapar un suspiro largo, mirando sus manos mojadas y llenas de jabón.
 
Nana entró entonces, evaluando su trabajo con ojo crítico. Cogió un plato al azar, inspeccionándolo como si buscara el más mínimo defecto. Finalmente, asintió con aprobación.
 
-          Bien hecho. No pensé que un tipo como tú pudiera tener paciencia para algo así.
 
Vance no respondió de inmediato. Había algo en la voz de la anciana, algo que no era del todo reproche ni del todo admiración. Finalmente, levantó la mirada y dijo:
-          Gracias por darme la oportunidad de pagar lo que debía.
 
La anciana lo miró durante un largo momento, su expresión suavizándose ligeramente. Luego hizo un gesto hacia la puerta.
 
-          Anda, vete antes de que me arrepienta y te ponga a pelar patatas.
 
El gyojin sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera, y salió de la cocina. Fuera, el restaurante estaba tranquilo, pues la gran mayoría de los comensales ya habían partido. Una carcajada escapó de lo más profundo de su garganta. Su vida como hombre libre acababa de empezar y ya había estado a punto de liarla. Por suerte se había topado con una persona de corazón tan grande como la vieja Nana, a quien siempre le agradecería no haberle denunciado cuando se dio cuenta de que no podía pagar lo que había consumido.
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