Hay rumores sobre…
... un algún lugar del East Blue los Revolucionarios han establecido una base de operaciones, aunque nadie la ha encontrado aun.
Tema cerrado 
[Autonarrada] [T1] Predicando en Kilombo
Sirius Herald
Eleos
El sol apenas lograba penetrar la bóveda de hojas que cubría el bosque de Kilombo, donde el mundo parecía detenido en el tiempo. Los árboles, gigantes silenciosos, extendían sus ramas formando un dosel cerrado, y la luz que lograba colarse entre las hojas proyectaba sombras en movimiento sobre el suelo cubierto de musgo. Cada paso que daba aquel hombre era ligero pero firme, sus botas apenas perturbaban el silencio reverencial del lugar. No era extraño para él; el bosque no le era desconocido, era su hogar y su santuario. La figura de ese hombre destacaba en el verde infinito, no por su tamaño, que, aunque medía unos dos metros de alto, no era lo que más curiosidad daba, iba con una serenidad innata y su cabello celeste pálido caía en mechones… cuidadosamente peinados. Llevaba un adorno extraño en el pelo, semejante a una especie de halo fracturado el cual reflejaba la luz tenue del bosque. Sus ojos, tenían un tono suave que transmitían una infinita melancolía y observaban el sendero con una calma inquebrantable, pero en la mente de aquel hombre, había una misión la cual muy pocas personas eran capaces de comprender y que solo aquella persona podía llevar a cabo.

- ¿Quién, era esa persona, os podréis preguntar?, era yo, hijos míos. Dejad que os explique un poco mas de como hemos llegado a esto. - En su mano derecha portaba un pequeño libro de cuero, gastado por el uso. Para los demás, podía tratarse de un simple libro de escrituras, pero para aquel hombre, era un mapa, una guía que le mostraba el camino, su herramienta mas poderosa, el centro de su fe y de su propósito. Ese nombre, no era un simple devoto; era un predicador, y su fe había encontrado la fuerza para avanzar en un mundo que a menudo se sentía hostil y confuso.

-Como ya sabéis, hoy tendremos una charla tranquila, ¿Cuál es el tema del día? El equilibrio. - Parecía ser que Sirius, se encontraba en el claro de un bosque, rodeado de algunos aldeanos, hombres y mujeres y los hijos de estos. Este comenzó, su voz resonaba con una calma profunda, haciendo que cualquier tipo de murmuro cesaran de inmediato. -Nuestro dios, el gran artífice no pide adoración ciega. Nos pide acción. Nos pide que seamos las manos que construyan la armonía en un mundo roto como es el nuestro en el que vivimos, donde los piratas tratan de destruirnos.
Sus palabras estaban medidas, cada una elegida con precisión tratando de hacer resonar en el corazón de las personas que lo estaban escuchado, al hablar también movía las manos lentamente, sus gestos eran casi hipnóticos, alentando a los aldeanos todo lo que pudiera. Algunos de ellos lo miraban con atención, otros parecían compartir la devoción, habiendo sido ya convertidos a la religión por el propio Sirius, y otros… bueno, parecían escépticos ante las palabras del predicador, pero aun así no podían negar la presencia que ejercía el alado. Había algo en el… que trascendía las palabras, algo que los hacía sentir, que, aunque fuera por un segundo, el mundo podía ser mejor.
Cuando Sirius terminó con el sermón, varios aldeanos se acercaron para hablar con él. Hombres y mujeres que buscaban consuelo, respuestas a sus preguntas más profundas, el…. los escuchaba con paciencia, su rostro sereno irradiaba comprensión, pero mientras respondía, su mente… bueno, trabajaba a otro nivel. No todas sus palabras eran sinceras (como la de todos los predicadore), pero todas eran necesarias, sabía que la fe era una herramienta poderosa, y él no tenía reparos en usarla para sus propios fines, aunque esos fines tuvieran un bien mayor: Ayudar a la marina a reclutar nuevas personas que busquen ayudar a todo el mundo… aunque si que creía en ese dios, eso lo sabía perfectamente, había una entidad superior que quería ayudarle en todo momento, un único dios… el dios verdadero.
Una pequeña voz lo sacó de su trance. -Señor Herald. - La voz de un joven marine rompió el momento. Sirius giró la cabeza para encontrarse con un muchacho de rostro juvenil que se veía fuera de lugar en el uniforme de la marina. Estaba sudando y su postura era rígida, como si no estuviera seguro de cómo dirigirse a alguien como él.
-El capitán nos convoca, dijo, haciendo un saludo torpe. -Tenemos una misión en el puerto.
Sirius asintió, guardando el libro en el bolsillo interior de su chaqueta. Antes de irse, colocó una mano en el hombro del joven marine. -Gracias, Mirio. - dijo, llamándolo por su nombre. -Recuerda siempre: servir no es solo un deber, es un acto de fe.

El texto cambia a primera persona por el ego del pj, representación de su religiosidad como si fuera un narrador omnipresente

Mirio parece desconcertado, pero no dice nada, estoy acostumbrado a ese efecto en las personas. Ellos me miran... intentan entenderme, pero siempre hay algo que les escapa, y eso está bien, claro. La incomprensión es parte del mismo misterio que trataba de mantener a mi alrededor, una... mera herramienta mas en mi arsenal, por si alguien hacía preguntas.

El puerto de Kilombo está lleno de movimiento y ruido, los barcos mercantes atracan y zarpan, los trabajadores descargan cajas y barriles mientras los gritos de órdenes y el sonido del agua rompiendo contra el muelle crean un caos organizado. Yo camino entre ellos con calma, mis ojos se encargan de observarlo todo, no buscaba detalles superficiales; Busco señales, patrones que me traten de indicar que algo no se encontraba bien.

Enseguida noto las cosas que otros parecen ignorar: Un marinero evita mi mirada, una caja que parecía haber sido colocada con demasiado cuidado, un comerciante que parece observarnos con mas interés del que debería, tras ver toda esa escena, decido acercarme a una de las cajas que había llamado mi atención, con mi rango de sargento los marineros no podrían decirme nada, al fin y al cabo estaba de misión oficial. La abro con cuidado, encontrando algo que parecía ser a simple vista equipo médico, eso lo sabía bien pues era una de mis propias habilidades, pero algo no estaba bien... revisando todo, encontraría un segundo fondo, ¡aja!, un pequeño secreto escondido dentro de lo que parecía ser solo otro envío rutinario, uno de los engaños mas comunes.

Dentro de ese compartimento, encontraría frascos con un extraño liquido iridiscente, cambiante, reflejado la luz de manera que no era capaz de identificar. Cierro la caja sin que los marineros se dieran cuenta de que había encontrado eso y mientras, mi mente ya estaría trabajando en lo que esto podría significar: ¿Contrabando?, ¿un experimento secreto?, ¿Un complot?, cualquiera de esas opciones es posible, pero sé que no puedo confiar en ninguno de los presentes para descubrir la verdad, por lo que a la noche me reuniría con el soldado Mirio para hablar de todo esto.

A la noche

Esa noche, mientras mis compañeros marines descansan, permanezco en mi habitación, el libro de mi señor el artífice abierto frente a mi mientras estoy en posición de rezo, aunque... mis ojos no estaban en las palabras; Mi mente estaba ocupada planeando al mismo tiempo que rezaba. Ya estaba acostumbrado a este tipo de situaciones, los problemas no siempre se tenían que resolver con espada; a veces, las respuestas requieren sutileza, paciencia... y un poco de manipulación, pensaba que incluso podía utilizar a mis propios feligreses para que me ayudaran a encontrar a los contrabandistas.
Pero en medio de la noche, Mirio abre la puerta de mi habitación, encontrándome en medio de uno de mis trances religiosos, su rostro estaba lleno de preocupación, ay... pobre alma descarriada, es una oveja a la que podía cuidar en mi corral si el mismo se abriera a mi y a mis enseñanzas.
-Señor Herald, Se pronunció, -Uno de los comerciantes del puerto... lo he visto anteriormente en Loguetown, hablando con un oficial de la marina. ¿esa información... te sirve, mi señor?. Alcé la mirada, deshaciéndome de mis rezos noctámbulos, mi mirada se fijaba en él, después me acercaría a el, colocando mi mano en su pelo, por supuesto era mas bajo que yo, formaba parte de esas razas inferiores.. a las que yo tenía que guiar. -Bien hecho Mirio.- Digo, haciendo que retroceda con mi intensidad. -Has cumplido con tu parte, Hermano, el gran artífice te lo pagará, te lo aseguro, pero... Ahora, déjame dormir, mañana cumpliré la mía. y así, esa pequeña oveja salió de la habitación, mi mente se quedaba plagada de como iba a actuar al día siguiente... pero, eso eran cosas para el futuro.

A la mañana siguiente

Cuando se hace de día, regreso al puerto, Esta vez no hay palabras para los marineros ni ningún tipo de sermón, mi mirada estaba totalmente fija en el comerciante que Mirio se había referido el día anterior, el era la pieza faltante, la clave para desentrañar este misterio. Pues bueno, me acerco a él, mi sonrisa se encontraba tranquila, igual que mi cara. -Buenos días.- Le digo con un tono amistoso, casi informal. -He oído que tienes un cargamento interesante. Quizás... podamos hablar de negocios, ya sabes. El comerciante me mira con desconfianza, pero yo, mantengo mi sonrisa, puedo ver como la duda se empieza a instalar en sus ojos. En cuestión de minutos, con palabras cuidadosamente elegidas, empieza a hablar, confesando mas de lo que había planeado. Me cuenta que el cargamento contiene un ingrediente raro y peligroso, destinado a un laboratorio clandestino, Pew, di totalmente en el clavo, como era de esperar.
Asiento a sus palabras, como si todo estuviera empezando a encajar en su lugar. -Gracias por tu sinceridad.- le digo finalmente, colocando una mano en su hombro mientras agarraba un pequeño balde con agua. -Ahora, hijo mío, permíteme ayudarte a conseguir la redención, el gran artífice es benevolente al fin y al cabo.- No hay confrontación, no hay arrestos innecesarios. El, me mira, y en sus ojos veo un atisbo de esperanza, ¿yo? le ofrezco una salida, y él la está tomando, por lo que el cargamento acaba siendo confiscado y sus responsables detenidos. Pero nadie, absolutamente nadie, sabe que guardé uno de los frascos para mí. No por avaricia, ni por fines corruptos, sino porque sé que el conocimiento... es poder, Y este descubrimiento podía serme útil en algún momento en el futuro.

Mientras regresamos al cuartel después de la misión exitosa para informar al jefe, Mirio camina a mi lado, observándome con esa mezcla de fascinación e inquietud que siempre noto en aquellos feligreses que me rodean. Me pregunto que pensará de mi, si se pregunta si de verdad soy un hombre de fe o un simple estratega.... aunque bueno, o cierto es que era ambos, mientras que la fe era mi modo de vida, también era una herramienta... y la estrategia solo era un arte.

Camino en silencio, mis pensamientos se encontraban divididos entre la misión cumplida y lo que vendrá, me acerco a mi escritorio de la habitación, encontrando el símbolo de mi fe, el halo espinoso, no era solo un símbolo de mi fe, se que la gente que me sigue me ve como un salvador, pero en realidad, soy mucho mas que eso, cada alma que cruzo en mi camino es una oportunidad, cada situación un tablero en el que juego, y juego siempre para ganar, la gente que era fácil de manipular... simples piezas que pondré en el futuro, ¿mi destino? llegar a ser almirante, se que lo conseguiré. Y mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñiendo el cielo de sus colores dorados y carmesíes, junto mis manos en oración, no rezo por redención ni por perdón, pues se que mis acciones son extensiones de la fe del gran artífice. Yo rezo por la fuerza para seguir adelante, pues sé que el camino no será fácil, pero el camino que tenía que recorrer, además... al día siguiente tenía ya marcando en el calendario uno de mis sermones religiosos, me preguntaba si vendría alguien nuevo, ojalá mas de mis compañeros marines entendieran que tenían que unirse a mi, yo era su única salvación del pecado.
#1
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