Gavyn Peregrino
Rose Branwell
13-12-2024, 01:59 AM
Tomar trabajos era lo mejor que sabía hacer en este momento, lo mejor que podía hacer, de hecho… Después de que pasaron 10 días tras el fatídico 20 de esta primavera, solo podía pensar en construir una rutina, una rutina establa después de realizar mi primer trabajo como tripulante en un barco mercante que me traería hasta aquí, hasta Oykot. El Reino de Oykot no era el lugar que más deseaba visitar, para nada, en el colegio había aprendido que era una isla que segregaba a las personas socioeconómicamente; si, si, en otros lugares también existe la segregación social, pero aquí la diferencia era realmente alevosa, tanto que la capital se dividía en “Alto y Bajo Oykot”. No es como si pudiera hacer nada acerca de ello, al menos no en este momento. Me corrijo, en este momento no puedo ni quiero hacer nada por las personas del Reino de Oykot.
¿Por qué lo haría? Me había costado mucho conseguir el trabajo al que me estaba presentando el día de hoy, trabajo que, en realidad, solo era algo meramente temporal, tenía mejores ideas que limpiarle la nariz a idiotas altivos y niños de papá que nacieron con una cuchara de plata en la boca. Arrugué la nariz al pensarlo, la mayoría de las personas de la clase social alta siquiera me dirigiría una segunda mirada, al menos no del tipo halagadoras o positivas. Entonces ¿Por qué estaba allí? Porque, en este momento, solo podía pensar en una forma de… “Procesar” las cosas: Trabajar. Trabajar hasta el cansancio, ocupar mi mente con el trabajo, con los problemas, con los dilemas y preguntas que necesitan ser resueltas, pero ¿Cómo es que mi actual trabajo temporal me ayudaría con eso? Bueno, ayudar a resolver, o resolver por motivación propia, no es lo único que puede hacerse, también se puede tramar, planear, para robar algo con suficiente valor para pagarme una buena cantidad de comida y comodidades.
Y entretenerme, claro está.
Eso no hacía que las calles empedradas, las farolas intercaladas con macetas y los arbustos de estas cortadas simétricamente fuesen menos artificiales. Me molestaba infinitamente como la clase social alta ostentaba en todo aquello que podía, es decir, no es que unas cuantas calles empedradas, farolas y arbustos hicieran algo para ellos, pero no todos tienen la suerte de que esas mismas calles se encuentren frente a tiendas con precios exorbitantes y recursos de calidad. Sentía que podía hinchar una vena en mi frente si continuaba observando, por ello simplemente decidí ocuparme de mis asuntos, continuar mi camino, perderme entre el gentío mientras ponía en práctica la visión de túnel de la que había leído en un libro de biología y psicología. Si, tengo mucha curiosidad por el cuerpo, eso es lo que me llevó, en parte, hasta aquí. No aquí a Oykot, sino a esta posición, esta sensación de estar caminando solo por la acera.
Exhalé un suspiro, hundiendo mis manos en los bolsillos del traje de mayordomo, era agradable, me gustaban los bolsillos, quizás esta locura que tenía en mente me ayudaría a conseguir algo que deseaba fervientemente, lo necesitaba para volar, por supuesto, pero no podía permitirme demasiado cuando había comenzado esta aventura hace solo diez días ¿Verdad? Querer ropa personalizada en esta situación era un capricho. Pero, vaya, considerando los hechos, podía permitirme ser un poco caprichoso. Caminé por las calles de Alto Oykot hacia la casa en la que trabajaría durante unos cuantos días, u horas si es que las cosas se daban de la forma correcta, mis hombros y cuello estaban tensos, llevaban así días, podía sentir la migraña acumulándose detrás de mis ojos, pero había tomado algo para eso hace rato, no permitiría que las cosas salieran mal solo por migrañas.
Apreté un poco la mandíbula cuando me encontré con la inmensa mansión que debía ser la morada del “Señor Arts”, señor que me había contratado a través de Juan, uno de sus, supuse, muchos mayordomos. Era lo suficientemente temprano como para que el sol estuviera a unos cuantos dedos del horizonte, debían ser las nueve de la mañana, al menos, pensar que la gente pudiente se permitía levantarse a estas horas. El niño rubio que corría por las calles de su ciudad natal, escapando, sólo podía permitirse soñar con esto… ¡Y seguiría soñándolo! Quién quiere vivir en una jaula, incluso si la jaula es de oro. Me adentré en la finca a paso tranquilo, Juan ya estaba en la entrada, esperándome, era un joven moreno, su cabello se rizaba y rebotaba de forma graciosa cada vez que caminaba.
. – ¡Oye! ¡Buen día, Ícaro! –Me saludó enérgicamente el muchacho moreno.
Diablos, Ícaro no era el mejor nombre falso para inventarme mientras estaba en esta situación. Le miré con el ceño fruncido, apretando los labios y suspiré, agitando mi mano con desgana a modo de saludo.
. – Hola Juan, llegaste temprano ¿Eh?
. – Solo hace un momento, vamos, tenemos que entrar para empezar con el trabajo. –Dijo antes de entrar en la mansión, al parecer estaba lo suficientemente familiarizado con el lugar como para hacerlo.
Lo más curioso de todo es que allí mismo, con aire de recién levantado y un cigarrillo en mano, estaba posado un chico pálido de cabello azabache y ojos muertos como los de un pez. Ah, el niño de la casa. Definitivamente el karma por pensar “Mal” de los ricos debía estar afectándome. Me reí internamente, antes de alzar una ceja y contestar con cierta molestia que intenté ocultar bajo una fachada de indiferencia, léase y énfasis en “ocultar”.
. – Buen día. –Dije, porque obviamente lo necesitaría– Soy Ícaro Branwell ¿Y a quién tengo el placer de conocer en este día tan bonito?
La mordacidad pasaría desapercibida si me sintiera con ganas de hacerlo, pero no sentía suficiente motivación y, honestamente, tampoco podría ocultar lo que sentía, todo estaba tan a flor de piel, tan fresco y crudo…
. – Hey, no causes una mala impresión. –Me siseó Juan antes de sonreírle al azabache– Lo siento Señorito Arts, Ícaro es nuevo, está algo nervioso.
Más bien el nervioso era él, con la risa, precisamente, nerviosa que se le escapó.