
Mayura Pavone
El Pavo Real del Oceano
08-12-2024, 04:29 PM
Isla Rudra, Día 65 de Verano del Año 724…
El sol del verano acariciaba la piel bronceada de Mayura mientras descendía del taxi marítimo que lo había llevado a la exótica isla de Rudra. La impresión fue instantánea, apenas puso un pie en el muelle sintió que había ingresado a otro mundo, a un mundo digno de ser su escenario. El aire estaba impregnado de una mezcla embriagadora de especias, sal marina y flores exóticas que no había olido anteriormente. Frente a él, los locales y sus mercados vibraban de vida, con puestos repletos de telas brillantes, joyas y alimentos que apenas podía identificar pero que sin duda captaban la atención de cualquier visitante. Los habitantes de Rudra, con sus ropas coloridas y ornamentadas, como las tangas decoradas con plumas exóticas, parecían más personajes de una obra teatral que simples isleños. Mayura sonrió ampliamente pues solo había puesto un pie en tierra y ya amaba este lugar.
— ¡Ah, Rudra! Qué tesoro escondido entre las olas, digno del Pavo Real del Océano. — exclamó, extendiendo los brazos hacia el cielo, ignorando las miradas curiosas de los locales.
Mientras recorría las calles afirmadas con una mezcla de arena y tierra, su fascinación crecía. Las mujeres llevaban collares con piedras preciosas que reflejaban la luz del sol, mientras que los hombres, con sus túnicas de seda o tangas decoradas con plumas exóticas, parecían caminar con la elegancia de reyes más era posible percibir sus habilidades de caza. Mayura no podía evitar detenerse en cada esquina, charlando con los vendedores sobre sus mercancías y probando frutas locales que explotaban de sabor en su boca. La cultura vibrante lo envolvía, y con cada interacción que lograba se sumergía más en el espíritu de la isla.
Sin embargo, así como en la vida, no todo era perfecto. Tan solo había pasado una hora explorando cuando el suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Fue un movimiento breve, pero suficiente para que los lugareños se detuvieran y cruzaran miradas de preocupación. Mayura, por su parte, mantuvo su pose altiva, aunque por dentro sintió un leve escalofrío. — Un pequeño temblor no es rival para mí. — murmuró para sí mismo, intentando no perder la compostura y analizando las reacciones de los locales.
A medida que el día avanzaba y conocía el territorio Maka, notó que los temblores eran frecuentes. No eran lo suficientemente fuertes como para causar daños visibles, pero parecían perturbar a los locales, quienes rápidamente hacían señas al cielo y murmuraban oraciones en un idioma que Mayura no entendía. Intrigado, decidió averiguar más y se acercó a un anciano que tejía canastas en un rincón de la plazoleta principal de la comunidad.
— Los temblores son un mal presagio, viajero. Hinokami, el dios del fuego y protector de esta isla está enfurecido. Hemos fallado en nuestros rituales, y ahora él nos castiga. Solo su perdón puede salvarnos. — Le explicó el anciano con voz baja y temblorosa, destacando su rostro surcado de arrugas y ojos llenos de sabiduría.
Las palabras del anciano provocaron una chispa de emoción en Mayura, aunque esta vez, mezclada con algo de preocupación. “¿Un dios enfurecido por rituales fallidos? ¿Es eso posible? ¿Podría ser esta la amenaza más teatral que haya enfrentado?” Reflexionó, evaluando si lo que el anciano decía era real o simple superstición isleña.
— Dígame, buen hombre, ¿cómo puedo saber más sobre Hinokami y su ira? — preguntó, inclinándose hacia el anciano con una sonrisa que mezclaba encanto e intriga. El anciano señaló hacia el templo que se alzaba en la cima de una colina cercana. Era una estructura majestuosa, con pilares de obsidiana y una escalera que parecía no tener fin. — Ahí es donde los sacerdotes guardan el conocimiento sobre Hinokami. Pero ten cuidado, forastero. Sus secretos no se revelan fácilmente. Aunque, siempre puedes intentar visitar la Casa del Gobierno y probar tu suerte. — advirtió, antes de volver a su tarea e ignorar la presencia del Pavo Real del Océano.
Mayura observó el templo desde la distancia, su silueta recortada contra el cielo naranja del atardecer. Había algo magnético en él, algo que le decía que debía quedarse. Aunque inicialmente había planeado quedarse solo unos días, ahora estaba decidido a extender su estadía. — No puedo arriesgarme a otra aventura solo, casi muero en ese mugroso casino de quinta y ni se diga de esos inútiles payasos de circo. — murmuró para sí, recordando sus aventuras anteriores mientras buscaba un pequeño trozo de papel para escribir rápidamente una carta dirigida a sus compañeros Alpha y Derian. La entregó al mensajero más rápido del puerto, confiando en que llegarían antes de que Hinokami decidiera aumentar la intensidad de su furia, pues le había pagado extra por el servicio de mensajería a través del taxi expreso.
Antes de ir al templo, Mayura decidió explorar las áreas circundantes y socializar con los locales. En la taberna, escuchó más rumores sobre la ira de Hinokami. Cada historia parecía más dramática que la anterior, como si los isleños compitieran por quién podía describir la furia del dios con mayor elocuencia. Algunos hablaban de columnas de fuego saliendo del suelo; otros, de una figura gigante en las sombras durante los temblores. Mayura se deleitó con las historias, aunque su instinto le decía que detrás de las exageraciones había algo real.
Finalmente, al llegar al templo, fue recibido por un sacerdote de aspecto solemne, con túnicas adornadas con triángulos apuntando hacia arriba, un signo común entre culturas para representar el elemento fuego y un enorme collar con una piedra similar a un sol. — Forastero, ¿qué te trae al santuario de Hinokami? — preguntó el sacerdote, su voz grave resonando en el recinto. — Pues solo vine de vacaciones, pero he escuchado que Hinokami está enfurecido, y no puedo resistirme a un buen misterio tan intrigante como una obra de teatro relacionada con dioses. Quizás pueda ayudar... o al menos asegurarme de que mi estancia aquí sea lo más segura posible. — Mayura inclinó ligeramente la cabeza, adoptando un tono respetuoso pero lleno de su característica confianza e histrionismo.
El sacerdote lo miró con recelo, pero después de unos momentos asintió. Lo condujo al interior del templo, donde las paredes estaban cubiertas de murales que narraban la historia de Hinokami: un dios poderoso, protector de Rudra, pero también volátil y vengativo. Según el sacerdote, los temblores eran un aviso, una advertencia de que algo peor podría suceder si no se realizaban los rituales correctos. Mayura escuchó atentamente, su mente ya planeando cómo convertir esto en su próximo acto memorable. — Interesante… muy interesante. Sin duda alguna esto merece una atención especial. Hice bien en avisar a mis queridos. — murmuró para sí mismo, observando los murales con atención. Había algo en la imagen de Hinokami, con su imponente figura de fuego y ojos ardientes, que lo cautivaba.
Para cuando salió del templo, Mayura decidió que debía quedarse más tiempo en Rudra. No solo para entender el misterio de Hinokami, sino también para recibir a Alpha y Derian, quienes con suerte podrían ayudarle en esta nueva aventura. Mientras caminaba de regreso a la comunidad Maka, ya podía imaginar las historias que compartiría con ellos y cómo él, el Pavo Real del Océano, sería el protagonista de cada momento. Porque, al final, las vacaciones de Mayura nunca eran solo eso. Siempre había un espectáculo esperando, y esta vez, parecía que Hinokami estaba decidido a ser parte del elenco. Sin embargo, Mayura ya había decidido: él sería quien dirigiera el acto final.