Hay rumores sobre…
... una plaga de ratas infectadas por un extraño virus en el Refugio de Goat.
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[Aventura] Construyendo una casa en Oykot [T2]
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
Día 48 de Verano

Oykot era un lugar en proceso de sanación. Las cicatrices del conflicto aún eran visibles en las calles, en las fachadas de las casas derrumbadas y en las miradas de sus habitantes. Pero algo más se notaba ahora, esperanza. Era una esperanza frágil, como la primera luz de un amanecer, pero suficiente para que hombres y mujeres se arremangaran y comenzaran a reconstruir lo que el tiempo, la guerra y el abandono les habían arrebatado. Ragn había estado entre ellos desde el principio. Junto a los balleneros y los civiles que permanecían, había trabajado sin descanso, levantando muros caídos, reparando tejados y recuperando barcos dañados. A pesar de las manos callosas y los músculos adoloridos, cada piedra que colocaba y cada tablón que fijaba lo llenaban de un extraño orgullo. Era un orgullo diferente al que sentía en sus días de cazador o guerrero. No provenía de la fuerza, ni del ingenio en la batalla, sino de algo más sencillo y profundo: estaba devolviendo vida a un lugar que lo necesitaba. Sin embargo, mientras las semanas pasaban, Ragn comenzó a sentir un vacío en su interior. Aunque trabajaba hombro a hombro con los demás, cuando caía la noche y todos regresaban a lo que quedaba de sus hogares, él se quedaba solo. Había dormido en chozas prestadas, en barcos amarrados al puerto y, a veces, incluso al aire libre bajo las estrellas. Pero eso no era suficiente. Por primera vez en mucho tiempo, Ragn sintió el deseo de tener un lugar que pudiera llamar suyo, un refugio que no solo lo protegiera del viento y la lluvia, sino que también le diera algo más intangible; pertenencia. Fue una mañana fría, cuando la brisa del mar traía el aroma salado y la promesa de un nuevo día, que Ragn tomó la decisión.

Voy a constrrruir mi casa. —Anunció frente a Umi, el gigantesco gyojin y los civiles, mirando hacia las afueras de la ciudad, donde las colinas onduladas y el bosque se encontraban. Los balleneros con los que trabajaba lo miraron en silencio por un momento. Luego uno de ellos, un hombre mayor llamado Aldrik, asintió con una sonrisa. —Tienes buenas manos para la construcción, Ragn. Seguro que será una casa fuerte. — Ragn asintió, pero no dijo nada más. En su mente, ya estaba visualizando el lugar: no sería una mansión ni nada lujoso, pero sería suficiente para él. Un lugar donde podría descansar después de las largas jornadas y tal vez, algún día, compartirlo con alguien más. Ragn pasó los días siguientes buscando el lugar ideal. No quería estar demasiado lejos de Oykot, pero tampoco tan cerca como para sentir la agitación constante de la ciudad en reconstrucción. Finalmente, encontró un claro en las colinas, no muy lejos de un arroyo que descendía desde las montañas. Era un sitio tranquilo, con vistas al mar en el horizonte y rodeado por altos árboles que ofrecían sombra y protección contra los vientos más fuertes. Cuando estuvo seguro de que ese era el lugar, comenzó el trabajo. Lo primero que hizo fue limpiar el terreno. Con un hacha al hombro y una pala en la mano, pasó horas cortando ramas, arrancando arbustos y nivelando el suelo. Los días eran largos y duros, pero Ragn encontraba satisfacción en cada tarea completada. Cuando terminó, el claro estaba listo, y podía imaginar los cimientos de su hogar. Decidió que la base sería de piedra, para darle estabilidad y resistencia. Por las mañanas, antes de que el sol estuviera demasiado alto, subía a las colinas cercanas con un carro improvisado y recogía rocas que fueran lo suficientemente grandes y planas para usarlas. A menudo se quedaba mirando las piedras, buscando las que encajaran mejor, como si fueran piezas de un rompecabezas. Por las tardes, con el sol cayendo en el horizonte, trabajaba ensamblando las piedras en un patrón firme. Usaba una mezcla de barro y cal para sellarlas, aprendida de los antiguos métodos que había visto durante sus viajes. Con cada fila que completaba, la base de la casa tomaba forma.


Una vez que tuvo los cimientos, llegó el momento de trabajar con madera. Aquí es donde Ragn se sentía más en su elemento. Recordó las veces que había ayudado a reparar barcos y los años de práctica manejando herramientas de carpintería. El bosque cercano se convirtió en su fuente de materiales. Ragn seleccionaba los árboles con cuidado, asegurándose de no talar más de lo necesario y dejando espacio para que el bosque se regenerara. Cada tronco que derribaba lo cargaba de vuelta al claro, donde lo cortaba y modelaba según las necesidades de la construcción. El armazón de la casa fue lo primero en levantarse. Con cada viga que colocaba, la estructura tomaba vida. Los postes principales eran robustos, capaces de resistir las tormentas más feroces, mientras que las paredes se construían con tablones más delgados, reforzados con clavos de hierro. El techo fue su mayor desafío. Decidió hacerlo inclinado, para que la lluvia y la nieve no se acumularan. Después de construir las vigas principales, utilizó tejas de madera que él mismo cortó y alisó, colocándolas con cuidado para evitar filtraciones. Cuando terminó, se dio cuenta de algo: la casa no era solo madera y piedra. Cada golpe de martillo, cada corte con el serrucho, llevaba consigo una parte de su espíritu. Era como si, con cada tabla que fijaba, estuviera dejando un pedazo de sí mismo en el lugar. Con la estructura principal completa, Ragn se dedicó a los detalles, esos pequeños toques que transformarían la casa en un hogar. Decidió construir una chimenea en la sala principal, usando piedras más pequeñas y redondeadas que recogió del arroyo. Cuando encendió el primer fuego, el calor llenó el espacio vacío, y por primera vez, Ragn sintió que ese lugar podría ser un refugio verdadero. También construyó muebles básicos: una cama sencilla, una mesa robusta y un par de bancos. Cada pieza era funcional, pero también tenía un toque rústico que hablaba de su estilo práctico y directo. En las ventanas, Ragn colocó persianas de madera, que podían cerrarse para protegerse del frío nocturno. Finalmente, talló un pequeño emblema en la puerta principal: un nudo marinero, símbolo de su conexión con los balleneros y el mar. Cuando la casa estuvo terminada, Ragn pasó la primera noche allí. Había preparado una cena sencilla con pescado y pan que le habían regalado en Oykot, y se sentó junto a la chimenea, mirando las llamas bailar.

Por un momento, se permitió cerrar los ojos y escuchar los sonidos a su alrededor: el crujir de la madera al calentarse, el susurro del viento entre los árboles y el lejano murmullo del arroyo. Era un sonido distinto al bullicio de la ciudad o al rugido del océano. Era paz. Esa noche, durmió profundamente en su nueva cama, sintiendo algo que hacía mucho tiempo no experimentaba: seguridad. En los días siguientes, los habitantes de Oykot comenzaron a visitar la casa de Ragn. Algunos llegaban por curiosidad, otros para pedir consejo sobre construcción, y algunos simplemente para compartir una bebida y charlar.

—Es un buen lugar. —Dijo Aldrik una tarde, mientras bebían cerveza frente a la chimenea. —Se siente... como si hubiera estado aquí siempre.— Ragn sonrió ante el cumplido. —Tal vess porque no solo la constrrruí parrra mí. Serr parrrte de lugar, igual que tú, yo y todos los demás.
Y así fue como el hogar de Ragn no solo se convirtió en su refugio, sino en un símbolo de la reconstrucción de Oykot. Un recordatorio de que, incluso en los tiempos más oscuros, siempre se puede construir algo nuevo.
#1
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