Alguien dijo una vez...
Donquixote Doflamingo
¿Los piratas son malos? ¿Los marines son los buenos? ¡Estos términos han cambiado siempre a lo largo de la historia! ¡Los niños que nunca han visto la paz y los niños que nunca han visto la guerra tienen valores diferentes! ¡Los que están en la cima determinan lo que está bien y lo que está mal! ¡Este lugar es un terreno neutral! ¿Dicen que la Justicia prevalecerá? ¡Por supuesto que lo hará! ¡Gane quién gane esta guerra se convertirá en la Justicia!
[Aventura] [T1] El abuelo que saltó por la ventana y se alistó (Argestes Aquilo).
Dan Kinro
[...]
Loguetown, 
G-31 Base de la Marina,
Día 1 de Verano del año 724

El sol brillaba alto sobre Loguetown, iluminando el ajetreo del Cuartel G-31 de la Marina con una luz implacable que hacía brillar el blanco de los uniformes. Aunque la ciudad en sí bullía de vida con mercaderes, piratas encubiertos y marineros de permiso, dentro del cuartel el ritmo era algo diferente. Las órdenes resonaban por los pasillos, botas marchaban sobre el suelo de piedra y el olor a comida de la cantina competía con el aroma salado del océano cercano.

Y en medio de toda esta rutina, un detalle fuera de lugar capturaba la atención de todos. Sentado tranquilamente en una silla de ruedas anticuada, Argestes Aquilo era una figura que parecía sacada de otra época, una reliquia viviente entre las filas de jóvenes marines. Con 98 años, su presencia no solo desentonaba, sino que atraía miradas de reojo, susurros mal disimulados y expresiones de curiosidad.

Por supuesto, Argestes no estaba solo. En su regazo, como un emperador en su trono, descansaba Godofredo, un gato naranja de proporciones generosas y actitud indolente. El felino ronroneaba suavemente mientras observaba su reino: una serie de despachos, pasillos llenos de papeles y un patio de entrenamiento donde los cadetes sudaban la gota gorda.

La Capitana del cuartel, un mujer imponente a la que se dirigen como Capitana Montpellier, pasó frente a Argestes mientras revisaba un pergamino enrollado. Se detuvo en seco al notar la escena. Era difícil no hacerlo. Después de un momento, sacudió la cabeza y murmuró algo que sonó como "cosas de la Marina" antes de seguir su camino.

Mientras tanto, los nuevos reclutas cuchicheaban a unos metros de distancia, claramente intrigados por el anciano y su acompañante felino.

¿Es cierto que fue un Vicealmirante? — preguntó uno, un joven de cabello oscuro y cara de niño que todavía no llenaba su uniforme.

Dicen que peleó contra el mismo Salazar... — susurró otro, exagerando un poco y recibiendo un codazo de su compañero más sensato.

No digas tonterías, si hubiera hecho eso, tendría una estatua aquí mismo.

Mientras la charla se intensificaba, Godofredo bostezó, dejando ver unos colmillos pequeños pero afilados. Luego miró directamente a los reclutas y dejó escapar un maullido seco, casi despectivo. Los cadetes se callaron de inmediato, como si el gato los hubiera regañado.

El sonido del maullido llamó la atención de una marinera con un semblante sereno y lentes redondos. Se acercó con una carpeta bajo el brazo, ignorando las miradas de los reclutas. Era la formadora Jela Morell, conocida por su paciencia y su habilidad para organizar el caos administrativo del cuartel.

Señor Aquilo — dijo con un tono respetuoso, inclinándose ligeramente hacia él. — Hemos recibido su solicitud de re inscripción en la Marina, aunque nos gustaría hacerle algunas preguntas antes de su incorporación.

Unos metros más atrás, los reclutas seguían atentos la escena, claramente interesados en lo que podía ocurrir. Jela, siempre pragmática, los fulminó con la mirada.

¿Ustedes no tienen ejercicios que practicar? — preguntó con firmeza, haciendo que los cadetes se dispersaran como gaviotas asustadas.

En el patio del cuartel, las voces de los cadetes practicando gritos de combate y los sonidos de las espadas chocando contra maderos marcaban el trasfondo de la tarde. En la distancia, un recluta tropezó con un barril mientras intentaba cargarlo y se ganó un sermón de su superior inmediato.

Y bien. ¿Qué le motiva para ser Marine?

[Imagen: p5Jo3OJ.jpeg]

Resumen
#1
Argestes Aquilo
El Coloso de Dressrosa
Personaje



¿Cuánto tiempo hacía que el anciano no salía de la residencia? Argestes ya no lo recordaba, aunque eso no era extraño para él. Extraño… extraño era el lugar: ocho horas dando vueltas por Loguetown y unas cuantas siestas hasta llegar al Cuartel G-31.



Desde que había cruzado la puerta de la residencia, quién sabe la de vueltas que había dado el anciano con su silla y su fiel Godofredo alrededor del edificio. Gustav, el portero, no le dio demasiada importancia; no era la primera vez que Argestes salía empeñado en ir a alguna parte al otro lado del mundo por la mañana, y por la tarde se presentaba frente a Alfonso, el portero, renegándole por haberlo dejado fuera tantas horas. ¿Por qué iba a ser esta vez diferente? Pues mira por dónde, esta vez lo era.

Nicoletta, esa niña de las visitas de la tarde… «¡qué se creía esa mocosa de tres al cuarto!» No se creía que Argestes había sido un marine con todas las letras, no, no. Ni siquiera cuando la cuidadora aquella, Serafina, la que siempre le servía la sopa a la temperatura perfecta… espera… ¿era Serafina o la otra, Josefa? Josefa era la de las mantas… no, no, Fernanda era la de las sopas… bueno, que la niña esa, Antonietta, aseguraba que Argestes solo era un viejo sin más. «¿Cómo iba a ser un civil si estaba en una residencia de marines? Que no, que no, Marietta no tenía razón», y si no tenía razón ella, la tenía Argestes, y eso para él era un reto.
¡Ay de los insensatos que retaban al viejo Aquilo! No sabían dónde se habían metido. Hala pues, se iba a enterar Violetta. Argestes no solo le demostraría que fue un marine, no, no. El anciano regresaría de su retiro y traería la cabeza de un Yonko a la residencia. Esa misma noche había escrito y enviado la solicitud. «¡Se iba a enterar Henrietta!»


zZz


«¡Cáscaras de krakén fritas!» ¿Por qué Argestes estaba en la pescadería? Y lo más importante, ¿por qué el pescatero lo miraba como si fuera la vigésimo cuarta vez que aparecía ahí en esas seis horas? El olor a pescado se le metía por su abultada napia, mientras Godofredo ponía ojitos pidiendo cabeza. No había que hacerle caso al truhán felino; Godofredo siempre estaba pidiendo comida, aunque fuera a reventar, y encima el pescado no le gustaba. ¡¿A qué gato no le gusta el pescado?!
El olor a mar, la de horas en el barco surcando las olas que había podido disfrutar en su juventud… ah, sí, la Marina. Argestes se iba a enrolar de nuevo en la Marina para cazar un Yonko y llevárselo a esa niña, Loretta.


zZz


Loguetown, menuda ciudad. Mercados, el puerto, el Cuartel G-31 de la Marina, la Residencia de Veteranos de la Marina, edificios a cholón… Desde luego no era un mal lugar para vivir. Lo único malo eran sus habitantes ¡ESPERA! ¡¿Cuartel G-31?! Argestes miraba a Godofredo como diciendo: "Aquí trabajé yo".


zZz




Media hora de siesta en la puerta.
Al despertar, lo primero que vio fue a cuatro reclutas y un médico tomándole el pulso. Argestes los apartó rápidamente refunfuñando. «¡Muerto ni que muerto!» Les dio varios bastonazos a cada uno con el bastón que llevaba siempre enganchado a la silla y retomo la marcha, adentrándose en el cuartel por error.

«Un cuartel de la Marina... anda que no había cambiado todo… y la ropa que me llevan...» Argestes afiló su mirada inquisitiva. «Y se hacen llamar marines… Los uniformes de mis tiempos, eso sí que eran uniformes… y estos reclutas, míralos, cara de besugo con alcachofas que se gastan. Ni para tragarse un anzuelo sirven, míralos».
Tentado a liarse a bastonazos con todos le pareció oír una voz femenina. Giró la silla hacia ella para oírla por el oído bueno. ¿Era el izquierdo o el derecho? Bueno, el oído bueno, confirmando que la Capitana Jela Morell se estaba refiriendo a él.
«¿Motivo para reenrolarme? Ayyy hija mía, menuda pregunta…» El viejo hizo una pausa en la que estuvo a punto de dormirse. Por suerte, lo espabiló un pequeño espasmo producido por las uñas de Godofredo al clavarse en sus pantalones al estirarse.

«Rosetta» Apretó el puño, se le infló una de las venas de la frente... e intentó poner su mejor cara:
Justicia y valor


Resumen
#2
Dan Kinro
[...]

Uh... ¿Se ha muerto? — Resoplaron los reclutas cotillas.

La formadora Jela Morell observó con atención al anciano Argestes Aquilo, esperando una respuesta concreta a su pregunta. Los segundos se alargaron peligrosamente mientras el anciano parecía debatirse entre el sueño y la vigilia, o la muerte.

Tuvo que llamar a un doctor para confirmar de que todavía seguía en el mundo de los marines vivos. Por suerte para todos, se ahorrarían los gastos de enterrarle en servicio. Aunque fue "despedido" a bastonazos por parte de Argestes.

Los ojos de aquel hombre entrecerrados detrás de unas gafas de sol miraban hacia algún punto del infinito, como si en su mente estuviera pasando lista a sus recuerdos, uno por uno. El leve ronroneo de Godofredo añadía un fondo sonoro a la espera, que se tornaba más incómoda con cada instante que pasaba.

Todos los reclutas que se habían quedado escondidos y cotilleando, tenían el corazón en un puño, esperaban la respuesta a todas sus preguntas existenciales.

Finalmente, un tic involuntario del gato — o quizá el movimiento de las uñas clavándose levemente en la pierna de su amo — lo trajo de vuelta a la realidad. 

Argestes, con un ademán lento pero firme, apretó el puño con resolución y su voz, aunque gastada por el tiempo, emergió con un tono que alguna vez debió de comandar barcos enteros.

Justicia y valor.

De fondo se escuchó un sonoro "Oooooohhhhhh" de los reclutas, como si hubiese soltado tremendo punchline.

Jela Morell parpadeó un par de veces, como si evaluara la sinceridad de aquella respuesta, mientras a su alrededor algunos reclutas, que habían logrado mantenerse cerca sin ser vistos, contenían la respiración. Era evidente que esperaban algo más, quizás una historia heroica o una arenga que los dejara boquiabiertos, pero en lugar de eso, Argestes pareció satisfecho con su declaración.

La frase había sonado vieja, como si hubiera sido sacada de los primeros manuales de la Marina, aquellos escritos cuando el mundo era menos complicado y los ideales, más puros.

La formadora Jela ajustó las gafas redondas sobre el puente de su nariz, intentando recomponer su compostura tras ese inesperado momento solemne.

Entendido, Señor Aquilo — respondió finalmente, con formalidad — Procederé a añadir su solicitud al registro. Aunque será necesario… una evaluación física y táctica.

Algunos murmuraban que era una locura poner a un anciano en pruebas de combate, mientras otros, más impresionables, comenzaban a tejer leyendas en voz baja. Argestes, sin embargo, parecía no haber escuchado nada de esto; ya tenía los párpados a medio cerrar otra vez, el peso de los años empujándolo lentamente hacia el sueño.

La mujer instructora acercó su mano hacia el veteranisimo y mostrando el indice y el pulgar le consultó.

Dígame señor Aquilo, ¿cuántos dedos ve usted aquí ahora mismo?

Resumen
#3
Argestes Aquilo
El Coloso de Dressrosa
La voz de la instructora resonó en la cabeza de Argestes como una campana.



Crujiendo como una torta de maíz, empezó a arrugar la cara, afilando la mirada y mostrando su desagrado hacia Jela. «¡Ridiela, golfo gordo! Se piensa que no sé contar. Esto, en mis tiempos, no se le hacía a los veteranos, pero ¿qué van a saber estos bebedores de agua salada?»
Argestes giró la cabeza, mirando con aún más desdén a los reclutas. «Míralos, qué pintas me llevan y las caras qué ponen. Entre cuatro no juntan media neurona para hacer bien un nudo». La vena de la frente del anciano se iba inflando de pura mala leche. «¡Malditos pulpos de agua dulce! Especialmente ese atontao… ni se mueve ese palo de escoba con sombrero. Lo sacan de misión y seguro que no sale ni de la cama». Argestes no era consciente de que estaba mirando a una columna.

«¡¿A dónde vamos a parar?!» Negando con la cabeza, volvió a centrarse en la instructora, cambiando completamente de expresión. «Esa melena… ¿a quién me recuerda?».
Por la cabeza del anciano comenzaron a pasar destellos de mujeres. Vete tú a saber si eran de su juventud o de cuándo diantres sería, y mucho menos qué relación tendrían con… anda, mira, esa era Adolfina, la mejillonera. ¿Cuánto tiempo hacía que Argestes no probaba unos buenos mejillones?
Antaño se acercaba al comercio al menos una vez y preparaba un arroz con gambas, almejas, calamares y mejillones que era una delicia. Encima, como entonces solo sabía cocinar en cantidad para un regimiento, acababa comiendo media Marina. La Marina… Una vez se oyó que Argestes cocinó una gaviota marinada, lo que sería un ave marina marinada. Marinada…

El viejo comenzó a mirar a su alrededor. «¿Ande lubinas estoy?».
Godofredo alzó la cabeza hacia Argestes y, con un maullido, lo guio de nuevo hacia Jela, quien permanecía a la espera con el índice y el pulgar extendidos. Durante un par de segundos centró su ojo bueno en el pulgar y luego otros dos en el índice. «¿Pero esta qué hace con los dedos levantados? ¿Será alguna seña nueva? Nada, seguro que es alguna estupidez de estas juventudes».
Volvió su cara de desagrado y negó con la cabeza. Dejando su bastón enganchado en la silla, llevó su mano buena a la rueda derecha.

¡Venga ese permiso! —dijo exigente mientras avanzaba hacia una de las habitaciones del fondo, murmurando y maldiciendo, dejando a Jela Morell detrás si no llega a ser porque se detuvo de golpe a quedarse dormido.

zZz




RESUMEN
#4
Dan Kinro
[...]
y así, como si el peso del océano entero reposara sobre sus párpados, el viejo Argestes quedó inclinado hacia adelante, en un equilibrio inestable entre la vigilia y el sueño. El murmullo de los reclutas se apagó casi por completo, dejando solo un silencio incómodo que colmaba el aire, roto apenas por el leve maullido de Godofredo, quien observaba a su amo con una mezcla de curiosidad y paciencia felina.

Jela Morell, todavía con los dedos en alto, entrecerró los ojos y ladeó la cabeza como quien examina un barco que amenaza con hundirse en el muelle. No estaba segura de si debía insistir o dejar al anciano en su paz momentánea. Argestes parecía tan frágil como los manuscritos de los primeros manuales de la Marina o un periódico de hace años, pero al mismo tiempo había algo en él, en su presencia obstinada, que no podía ignorar.

Los reclutas, apiñados como cangrejos en un rincón, intercambiaban miradas nerviosas. Uno de ellos se atrevió a susurrar:

¿Está dormido o…? ?

Un codazo oportuno lo hizo callar, pero la pregunta quedó flotando en el aire. A lo lejos, el sonido del viento contra las ventanas recordaba que la vida fuera de aquel despacho seguía su curso, indiferente a la escena que ahora parecía extraída de una obra de teatro tragicómica.
Finalmente, Jela dejó caer la mano y suspiró. No fue un suspiro de exasperación, sino de resignación. Había algo profundamente humano en esa imagen del veterano, cansado pero terco, aferrándose a un rincón del mundo que ya no parecía hecho para él. Se ajustó las gafas y murmuró, más para sí misma que para los demás:

Este hombre ha visto más mares que todos nosotros juntos…

En ese momento, Godofredo, siempre práctico, saltó al suelo y comenzó a caminar alrededor de la silla de Argestes, como marcando el límite de un pequeño territorio sagrado. El anciano, por su parte, emitió un leve ronquido y se inclinó un poco más hacia adelante, como si estuviera a punto de deslizarse hacia otro sueño, más profundo que el anterior.

Jela finalmente dio un paso atrás, levantando una mano para silenciar cualquier comentario de los reclutas.

Será mejor dejarlo así por ahora. Llamad a alguien para que lo lleve a descansar… y a ese gato también, antes de que se apropie del despacho. Iré a visitarle a su despertar.

Los jóvenes obedecieron, aunque no sin lanzar miradas furtivas hacia el anciano, como si esperaran que en cualquier momento se despertara de golpe. Los reclutas llevaron al viejo a una habitación colindante acompañados de un doctor que se aseguró de que el anciano siguiese con vida, quedándose junto a Godofredo a la espera de que el bueno del Coloso de Dressrosa se despertase.
#5
Argestes Aquilo
El Coloso de Dressrosa
Ante las palabras de la instructora Jela Morell, Godofredo, con su pachorra característica, comenzó a caminar hacia ella, abandonando momentáneamente a su compañero humano. Los pasos del gato eran lentos, pero decididos y elegantes, moviendo ligeramente de lado a lado su tripa.

Al llegar a los pies de Jela, Godofredo dio un cabezazo cariñoso en la pierna izquierda de la instructora y, acto seguido, se restregó durante unos segundos. Su ronroneo se oyó claramente antes de acabar con una sucesión de cuatro maullidos de agradecimiento, seguidos de un largo bostezo. Después, regresó con Argestes a la misma velocidad con la que lo había dejado, volviendo a saltar sobre su regazo para dormir.

Siguiendo las instrucciones de Jela, varios marines funcionarios recogieron al anciano y llamaron a la Residencia de Veteranos de la Marina para regresarlo.
Pasados quince minutos, el viejo Aquilo y Godofredo se encontraban de nuevo durmiendo en su habitación.



Un ronquido más potente de lo habitual precedió a un ligero espasmo que anticipó el despertar de Argestes al sentir que se estaba cayendo. Se aferró con todas sus fuerzas al colchón y a las sábanas de la cama. Viendo el ritmo cardíaco que llevaba, algún día uno de esos despertares lo llevaría al hoyo, pero hoy no era ese día.

Se incorporó ligeramente, dejando que su espalda y su cadera crujieran, solo para reencontrarse con Godofredo. El gato saltó a la cama y lamió la mano del anciano antes de subir hacia su cara para chocar y restregar su cabecita con la barbilla de Argestes. Después saltó de la cama y salió de la habitación, quizás para buscar a alguien.

Argestes se volvió a tumbar en la cama, quedando embobado mirando el techo mientras masticaba lo que parecían ser los restos de una mandarina… Parecía, pero hacía dos días que de postre solo había comido plátanos, ciruelas y un pastel de queso… ¿o era un brownie? Bueno, eso, nada de mandarinas o naranjas.
El viejo se centró en el techo. «Tiburones y barriles, vaya horror de techo, ni un mono borracho con pincel lo habría pintado peor».

Monos… A Argestes le vino a la mente el recuerdo de una isla llena de monos, con unos extraños caníbales, donde se topó con un extraño joven rubio que quería ser pirata y que necesitaba superar tres pruebas, un tal Gaibrash. «¿Qué clase de nombre es Gaibrash?» ¿O era Jaumas?. No importaba mucho, porque el entonces joven Aquilo y sus compañeros encerraron a aquel aspirante a pirata.

Piratas… Algo tenía que hacer Argestes con los piratas… «Alfonsetta, dolor de muelas de niña. Yo me iba a volver a enrolar en la Marina».
El viejo Argestes se reincorporó en la cama y, con un enorme esfuerzo, se sentó en su silla de ruedas para acudir al cuartel del G-31 y solicitar el permiso para su regreso a la Marina. Decidido y con energías renovadas, avanzó hacia la puerta.



RESUMEN
#6
Dan Kinro
[...]

Jela Morell dejó la carta de recomendación sobre la silla de Argestes, un gesto que parecía trivial, pero que estaba cargado de un simbolismo profundo. El veterano, casi desvanecido en su descanso, ni siquiera era consciente de la acción. A medida que la formadora observaba su figura encorvada, sentada en la silla, tan frágil y cansada, no podía evitar preguntarse qué utilidad quedaba en esos gestos formales, en estas actitudes que la Marina aún intentaba preservar. 

La carta era una formalidad, un acto que seguía el protocolo, pero ¿realmente serviría para algo? ¿Acaso la edad y el cansancio de Argestes aún podrían ofrecer algo a los nuevos reclutas, esos jóvenes con el brillo en los ojos y las manos llenas de sueños de gloria?

La carta de recomendación no era más que un pedazo de papel, una firma y unas palabras que hablaban de la experiencia y la sabiduría acumuladas durante años de servicio. 

Pero la formadora sabía que esas palabras no representaban completamente lo que Argestes había sido. El hombre frente a ella, ahora dormido o tal vez sumido en un estado de vigilia perturbada, no era solo un pedazo de historia, no era solo un ex-marine al que se le daba un pequeño papel para cumplir con el protocolo. No. Argestes había sido algo más, algo que no se podía reducir a una simple recomendación.

Jela Morell no podía negar que se sentía un tanto frustrada al tener que enfrentarse a la imagen del veterano en su estado actual. 

Si bien el hombre había sido una leyenda viva en su época, ahora parecía tan vulnerable que casi resultaba doloroso. La vida había pasado factura, y con ella, la edad, la enfermedad y el cansancio habían arrastrado a aquella persona hacia un retiro que ni él mismo parecía haber elegido. La Marina, que antes había sido su mundo, ya no le ofrecía el mismo propósito. Sin embargo, ahí seguía, luchando por aferrarse a una vida que ya no estaba hecha para él, ni para sus huesos, ni para su mente que se dispersaba con cada despertar.

Jela pensó en los jóvenes reclutas que la rodeaban. Ellos, llenos de energía, fuerza y ambición, no comprendían realmente lo que significaba estar allí, frente a alguien como Argestes. Para ellos, el hombre era solo un viejo, un anciano cuyo tiempo ya había pasado. No veían lo que él representaba, lo que había vivido, ni la historia que había escrito con cada batalla, cada victoria y cada derrota. 

En sus ojos, Argestes no era más que una figura cansada, incapaz de seguir el ritmo de su generación. Pero Jela sabía que había algo más en él, algo que no se podía medir con la mirada superficial de los jóvenes. Quizá no podía correr ni pelear como antes, pero aún así, su presencia era importante. La experiencia que había acumulado a lo largo de los años no se podía sustituir con energía ni juventud. Había una sabiduría que solo los años podían ofrecer, una sabiduría que muchos de esos jóvenes nunca entenderían hasta que el tiempo hiciera su trabajo.

La formadora Jela Morell, con una mezcla de pesar y comprensión, observó la carta de recomendación una vez más antes de dejarla sobre la silla. Sabía que, en un sentido, el documento representaba más que un simple trámite administrativo. Era un intento de preservar algo que el tiempo se había llevado, de mantener viva la memoria de un hombre que, aunque ya no podía ofrecer más que palabras, aún tenía mucho que enseñar.

 Y, en ese momento, la mujer entendió algo que no había comprendido antes. La edad, a pesar de su fragilidad, tiene una validez que no puede ser ignorada. No es solo una cuestión de fuerza o energía: es la profundidad de la experiencia lo que otorga poder. La juventud puede ser feroz y audaz, pero la sabiduría que se obtiene con el paso de los años es invaluable, y Argestes, con todo su cansancio, aún representaba esa sabiduría.

La Marina necesitaba de los jóvenes, sí, pero también necesitaba a los veteranos como él, quienes, aunque frágiles en apariencia, seguían siendo los pilares sobre los que se construyó todo lo que significaba ahora el G-31. Esa carta de recomendación, aunque solo un documento formal, reflejaba la necesidad de conectar esas dos generaciones: la juventud y la experiencia. Y, aunque el tiempo fuera implacable, Jela comprendió que el papel de los mayores en la Marina no debía subestimarse. Porque, al final, la verdadera riqueza de una institución no reside solo en sus logros inmediatos, sino en el legado que pasa de generación en generación, y en las lecciones que, aunque a menudo olvidadas por los jóvenes, siguen siendo la base de su crecimiento.

Jela Morell se retiró con una sensación de responsabilidad. Ella, como formadora, tenía la misión de enseñar a esos jóvenes, pero también debía ser el puente que conectara las generaciones. Debía ayudarles a ver lo que no veían en ese viejo marine, lo que sus ojos no alcanzaban a percibir. Porque, más allá de la fragilidad de su cuerpo, más allá de los recuerdos que se desvanecían, Argestes representaba la continuidad de algo más grande que él mismo: la historia, la sabiduría y el espíritu indomable de aquellos que, aunque envejecidos, siguen siendo los guardianes de lo que realmente importa.

LA JUSTICIA

Y al final, en un rincón apartado de la sala, la figura de Argestes, ya recuperado y decidido a regresar a la Marina, recordó a todos que la edad no es un obstáculo, sino un testimonio de la vida vivida. En sus ojos, aunque apagados por el cansancio, aún brillaba la fuerza de alguien que había visto el mar en su furia y en su calma, alguien que había conocido tanto la derrota como la victoria. Alguien que, aunque sus días de combate ya se habían ido, aún podía enseñar a los demás, a su manera.

Jela Morell, al ver cómo Argestes comenzaba a prepararse para dejar la habitación, pensó que en el fondo, los mayores siempre tendrían algo que ofrecer, algo que los jóvenes no podrían reemplazar. La sabiduría no se mide en años, sino en las lecciones que los años han dejado atrás.


A quien corresponda:

Por medio de la presente, se hace constar que:

Nombre: Argestes Aquilo
Oficio: Ayudante de Cocina y Auxiliar de Navegación
Brigada designada: バッドバッチ (Bad Batch)

El suscrito certifica que el mencionado individuo se encuentra en pleno ejercicio de sus funciones como parte de la brigada designada, cumpliendo con sus responsabilidades en el ámbito asignado con la mayor dedicación y profesionalismo.
Para cualquier aclaración o información adicional, no dude en ponerse en contacto.

Atentamente,

Jela Morell.



Información
#7
Argestes Aquilo
El Coloso de Dressrosa
El viejo Argestes vio de reojo algo que llamó su atención sobre el escritorio, deteniéndose en su avance hacia la puerta. Por pura curiosidad, se acercó lentamente, encontrándose con una nota y, encima de esta, una pañoleta azul. Se recolocó las gafas de sol parcialmente graduadas para poder leer el contenido con su ojo bueno… bueno, es un decir.

«… aceptada… texto texto… readmisión… esto no sé qué es, ¡maldita jerga de jóvenes!… asignación… Bad Batch… ¿Bad Batch?… texto texto… cordialmente, patatín patatán».

Argestes sonrió, haciéndole crujir la piel del rostro, y con cierto orgullo se colocó la pañoleta azul alrededor del cuello. Luego se acercó al armario y descolgó de la percha su antiguo sombrero blanco de la Marina, que se colocó de forma épica sobre la cabeza. Se giró para verse en el espejo de su cuarto y… se durmió.

ZzZ



Pasadas vete a saber cuántas horas, unos pequeños tirones, que resultaron ser Godofredo mordiendo la manga del pantalón del viejo mientras intentaba mover la silla de ruedas hacia fuera de la habitación, despertaron a Argestes.

El anciano frunció el ceño.

Pssss pssss pssss —llamó a Godofredo, señalándole para que se colocara en su regazo.

El gato anaranjado dejó de tirar del pantalón y saltó hacia el escritorio, trayendo hacia el anciano la carta de readmisión en la boca. Argestes releyó la nota:
«… aceptada… texto texto… readmisión… esto no sé qué es, ¡maldita jerga de jóvenes!… asignación… Bad Batch… ¿Bad Batch?… texto texto… cordialmente, patatín patatán».

Alzó lentamente la mirada, volviendo a verse reflejado en el espejo, esta vez con su sombrero y pañoleta puestos, pero con cara de haber dormido horas y el brillo de la baba aún cayéndole de la boca. El viejo se limpió con la manga de la bata y se acercó a la puerta de la habitación, pero estaba completamente cerrada, pues ya era de noche.

«¡Calamares y centollos! Encerrado de nuevo en prisión. Pues no saben con quién están tratando».

El anciano se acercó al somier de la cama y, con la ayuda de Godofredo, logró desmontarlo, haciendo el suficiente ruido para que alguien llamara a la puerta pidiéndole que no hiciera ruido.

Argestes no se inmutó. Abrió la ventana de su habitación de par en par y colocó las tablas del somier a modo de rampa. Agarró a Godofredo, se pegó al otro extremo de la sala y, con todas sus fuerzas, empujó las ruedas de la silla, subiendo a toda prisa por la improvisada rampa para acabar saltando por la ventana.



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#8
Moderador Doflamingo
Joker
¡RECOMPENSAS POR AVENTURA T1 ENTREGADAS!


Usuario Argestes Aquilo
  • Berries: 15.962.500 -> 16.462.500 (+500.000)
  • Experiencia: 330.33 -> 360.33 (+30)
  • Nikas: 18 -> 23 (+5)
  • Reputación: +10 Reputación Positiva

Narrador Dan Kinro (Narrador Estudioso)
  • Berries: 7.795.000 -> 8.095.000 (+300.000)
  • Experiencia: 1189.38 -> 1234.38 (+45)
  • Nikas: 10 -> 17 (+7)
  • Cofres: +Cofre Decente

    [Imagen: 95fa77531754675c202aa20ac4047d602acade5e.gif]
#9


Salto de foro:


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