¿Sabías que…?
... existe una tribu Lunarian en una isla del East Blue.
[Autonarrada] T1 - Una hoja para matar estrellas
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
Verano del 724,
Dia 10
Isla Organ-Ciudad Meruem
8:00am


La ciudad de Kalab tiene un latido propio. Sus calles polvorientas, mercados abarrotados y gritos de mercaderes crean una sinfonía de caos y supervivencia. En contraste con el desierto inhóspito que la rodea, Kalab se siente viva, aunque su vitalidad esté impregnada de desconfianza y peligro. Para mí, esta ciudad es un respiro y un recordatorio de lo frágil que es todo. Mis pasos me llevan al mercado principal, un laberinto de puestos y tenderetes improvisados. Agyo, mi hermano, ha insistido en quedarse en la sede del gremio. "Mejor descansar mientras puedas", dijo, aunque sé que no fue un consejo para mí, sino una excusa para evitar este lugar. El pendejo de Agyo nunca ha soportado las multitudes, porque le cuesta llamar la atención de todos a la vez, y si no llama la atención, el niño no es feliz, pero a mí no me molestan. Las multitudes son predecibles, y eso es reconfortante.

El mercado bulle de actividad. Hombres y mujeres discuten precios, niños corretean entre las piernas de los adultos y el olor de especias, cuero y sudor llena el aire. No tengo un propósito claro al venir aquí, solo una sensación de inquietud que necesito calmar. Es mi manera de evitar pensar demasiado, de mantener mi mente en movimiento. Mis ojos recorren los puestos. La mayoría de los objetos a la venta son lo que esperarías encontrar en un lugar como este: comida, herramientas, ropajes gastados, y armas baratas que apenas resistirían un golpe en serio. Pero algo me llama la atención. Un tenderete más apartado, en una esquina casi olvidada del mercado. La mesa está cubierta con armas: espadas, dagas, lanzas, e incluso un par de pistolas oxidadas. La mayoría parecen baratijas, pero hay algo en la forma en que están dispuestas que me invita a mirar más de cerca.

El mercader es un hombre mayor, de piel curtida por el sol y ojos que parecen haber visto demasiadas cosas. Me observa acercarme, sin decir una palabra. No me gusta que me hablen primero, así que lo prefiero así. Mis dedos rozan las empuñaduras de algunas armas mientras evalúo su calidad. -Busca algo en particular, amigo?-su voz finalmente rompe el silencio, rasposa como la arena en una tormenta. Lo ignoro. Hablar sin necesidad no me gusta y menos con gente que huela a cebolla. Él parece captar la indirecta y se queda en silencio, pero hay una ligera sonrisa en sus labios, como si disfrutara del juego. Entonces la veo.

Es una cimitarra, colocada al final de la mesa, como si intentara ocultarse a plena vista. La empuñadura es de oro y la base de la hoja tiene forma de media luna. La luna del alba sin duda sonaría mejor si llevara esto en mi mano, pero luego veo que la hoja tiene algo especial. Su superficie parece absorber la luz del sol en lugar de reflejarla, un detalle sutil pero inusual. La tomo con cuidado, notando el peso perfecto y el equilibrio impecable.

-Esa es especial, sí -comenta el mercader, inclinándose ligeramente hacia adelante. Lo miro sin decir nada, pero mis ojos deben haberle hecho la pregunta.-Kairoseki -dice en un tono bajo, como si temiera que alguien más escuchara. Mis dedos se tensan sobre la empuñadura. Kairoseki. No esperaba encontrar algo así en un mercado como este. Por lo general, las armas hechas con ese material son raras y extremadamente caras. Además, suelen ser utilizadas por marines de alto rango o traficadas entre nobles y piratas poderosos. -Difícil de encontrar, más difícil de mantener -añade el mercader, observándome con una mezcla de curiosidad y avaricia. Pero tú pareces alguien que sabe apreciar algo así.

No respondo. Mi mente está evaluando posibilidades. Si esta arma es legítima, podría ser una adición invaluable a mi arsenal. El Kairoseki es conocido por sus propiedades únicas, especialmente su capacidad para neutralizar a los usuarios de frutas del diablo. No que yo confíe en esas habilidades, pero cualquier ventaja es bienvenida.

-¿Precio-Um? -La palabra sale de mis labios como un gruñido.

El mercader sonríe, como si estuviera esperando este momento.

-Para ti, un trato especial. Dos millones de berries.

Contengo la risa. Es una cifra absurda, incluso para un arma como esta. Lo suficientemente alta como para espantar a la mayoría, pero no tanto como para ser totalmente irreal. Es un juego, y yo conozco las reglas. Dejo la cimitarra en la mesa y me doy la vuelta, como si no me interesara.

-Espera, espera -dice rápidamente el hombre, con una nota de ansiedad en su voz-. Estoy seguro de que podemos negociar.
Me detengo, pero no me vuelvo. Dejo que el silencio haga su trabajo.

-Un millón y medio, pero solo porque pareces alguien que puede darle buen uso.

Esta vez sí me giro, pero mi expresión sigue siendo impasible. El precio aún es alto, pero ahora estamos en territorio negociable.
Saco una bolsa de berries y la dejo caer sobre la mesa. No está llena, pero contiene lo suficiente para que el mercader sepa que no estoy aquí para perder el tiempo. Le doy solo ochocientos mil.

El hombre frunce el ceño, pero no protesta de inmediato. Sabe que no encontrará muchos compradores para un arma como esta, no aquí. Después de unos momentos de deliberación, asiente con resignación -Es tuya.

Tomo la cimitarra y la envaino en una funda sencilla que el mercader incluye con la compra. El peso de la hoja contra mi costado se siente correcto, como si hubiera estado destinada para mí. -¿Nombre?-pregunta el mercader mientras recolecta las monedas.

-Starkiller-Um.

No sé por qué lo digo. Las palabras simplemente salen, y el mercader asiente, como si entendiera algo que yo no. Al dejar el mercado, la ciudad me parece un poco menos caótica, un poco más soportable. No es que una hoja, por poderosa que sea, cambie mi vida. Pero me recuerda que incluso en un lugar como este, puedes encontrar algo valioso si sabes dónde buscar.

Mientras camino de regreso al gremio, Starkiller a mi lado, no puedo evitar sentir que esta cimitarra será más que un arma. Será un símbolo. Un recordatorio de que incluso en medio del caos y la incertidumbre, puedo encontrar un propósito, un camino. Y si alguien tiene la mala idea de ponerse en mi camino, sabrá muy pronto por qué la llamo así.

El sol estaba en su apogeo cuando dejé atrás el mercado, y la ciudad parecía más ruidosa que nunca. La cimitarra, Starkiller, descansaba a mi costado, su peso una presencia constante, como un recordatorio de mi decisión. Por alguna razón, me sentía más alerta, como si llevarla hubiera despertado algo en mí. El gremio de cazadores estaba a pocas calles, pero decidí tomar un desvío. Kalab tiene esa cualidad particular: por mucho que creas conocerla, siempre hay algo nuevo esperando a la vuelta de una esquina. Además, una parte de mí quería probar Starkiller. Sentir cómo se movía, cómo respondía a mi mano. No en un entrenamiento; eso sería aburrido. En una situación real.

El barrio que recorría estaba más deteriorado que el centro del mercado. Las paredes de adobe estaban agrietadas, y las sombras parecían más profundas aquí. La mayoría de las personas evitaban cruzar miradas, y los pocos que lo hacían lo hacían con una mezcla de curiosidad y temor. Estos lugares siempre tienen sus propios códigos, y yo no tenía intención de romperlos. Sin embargo, el destino tenía otros planes.

Un grito rompió el murmullo de la calle, un sonido agudo y lleno de pánico. Me detuve, mi mano ya descansando en la empuñadura de Starkiller. El sonido venía de un callejón cercano. "Podría ignorarlo", pensé. Este tipo de situaciones suelen ser trampas, y no tenía tiempo ni paciencia para juegos. Pero algo me obligó a avanzar. No era compasión; esa emoción me resulta ajena. Era curiosidad, y quizá una pizca de aburrimiento. Al doblar la esquina, encontré la fuente del grito. Un hombre estaba acorralado contra la pared por tres figuras. Su ropa indicaba que era un comerciante, probablemente uno que había tenido la mala suerte de cruzar el barrio equivocado. Los tres que lo rodeaban eran bandidos, eso era obvio por su aspecto desaliñado y las armas que blandían: cuchillos y un garrote.

-¡Por favor, no tengo más! -suplicó el comerciante, con las manos alzadas.
Los bandidos rieron, una risa vacía y cruel que conozco demasiado bien. Uno de ellos, un hombre robusto con una cicatriz en la mejilla, se inclinó hacia el comerciante.
-No es cuestión de cuánto tienes -dijo- Es cuestión de cuánto vales.

No suelo interferir en este tipo de cosas. La vida es cruel, y cada quien debe aprender a sobrevivir por sí mismo. Pero algo en la situación me molestó, un detalle que no podía ignorar. Tal vez era la forma en que los tres actuaban, como si creyeran que nadie se atrevería a detenerlos. Esa arrogancia me irritaba.
Avancé sin hacer ruido, mi sombra proyectándose sobre ellos cuando estuve lo suficientemente cerca. El de la cicatriz fue el primero en notarme, y su sonrisa se desvaneció al instante.

-¿Quién diablos eres tú? -gruñó, dando un paso atrás.

No respondí. Mis dedos se deslizaron sobre la empuñadura de Starkiller, y el sonido del metal al desenvainarse pareció llenar el callejón. La cimitarra brilló bajo la luz del sol, su hoja absorbiendo la claridad de una manera que la hacía parecer casi viva. Los otros dos bandidos se tensaron. No eran estúpidos; reconocieron la calidad del arma en cuanto la vieron.

-Mira, amigo -dijo uno de ellos, alzando las manos en un gesto de rendición- No queremos problemas.

No dije nada. No tenía que hacerlo. Di un paso adelante, dejando que la amenaza de Starkiller hablara por mí. El de la cicatriz apretó los dientes, su orgullo claramente herido. No parecía dispuesto a retirarse sin más, y su mano fue hacia el cuchillo en su cinturón- Te arrepentirás de esto -gruñó, lanzándose hacia mí.

El movimiento fue torpe, impulsado más por la rabia que por la técnica. Me deslicé a un lado con facilidad, y Starkiller se movió en mi mano como si fuera una extensión de mi cuerpo. La hoja cortó el aire con un silbido, y un instante después, el cuchillo del bandido cayó al suelo, partido en dos. Los otros dos se quedaron inmóviles, sus ojos fijos en la hoja de Starkiller.

-Larguense-Um -dije, pronunciando claramente cada una de las sílabas. Estos infelices me hicieron hablar. Más vale que corran. Fue suficiente. Los dos bandidos restantes se miraron, luego miraron al hombre de la cicatriz, que ahora estaba desarmado y furioso. Sin esperar más, ambos dieron media vuelta y huyeron, dejando a su compañero atrás. El de la cicatriz me miró, su rostro una mezcla de odio y miedo.

-Esto no ha terminado -murmuró, antes de dar un paso atrás y desaparecer en las sombras.
Guardé la cimitarra, dejando que el silencio volviera al callejón.

-G-Gracias... balbuceó el comerciante, todavía temblando.

No respondí. Simplemente me giré y salí del callejón, volviendo al bullicio de la ciudad. Había probado Starkiller, y la hoja había demostrado su valía. No necesitaba más. El gremio estaba cerca ahora, y la idea de descansar comenzaba a parecerme atractiva. Sin embargo, mientras caminaba, no podía dejar de pensar en el hombre de la cicatriz. Su amenaza no me preocupaba; estaba acostumbrado a ese tipo de palabras vacías. Pero algo en su mirada me hizo pensar que este encuentro no sería el último. Esta ciudad del carajo siempre tiene una forma de mantener las cosas interesantes. Y Starkiller, ahora más que nunca, sería mi compañera en lo que estaba por venir.
#1


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