
Airgid Vanaidiam
Metalhead
14-12-2024, 10:02 PM
El crepúsculo se deslizaba lentamente sobre el Reino de Oykot, bañando las calles empedradas y los edificios de arquitectura marinera con tonos cálidos de naranja y púrpura. La isla era grande y bulliciosa, un punto clave de comercio y encuentro para viajeros y mercaderes. Para Airgid, sin embargo, aquella gran ciudad portuaria no ofrecía mucho más que soledad en ese momento. Sus amigos aún no habían llegado, lo cual la inquietaba ligeramente, y Asradi, su compañera sirena, había partido hacia Loguetown días antes. Por primera vez en meses, Airgid estaba completamente sola. Lo cierto es que no le molestaba demasiado. Había aprendido a disfrutar de la soledad en pequeñas dosis, y ahora tenía una tarea que había estado postergando durante semanas. En su pequeño taller, ubicado en una calle lateral del bullicioso mercado ballenero, se sentó frente a su mesa de trabajo, iluminada por una lámpara de aceite cuyo cristal estaba salpicado de manchas de hollín. Frente a ella, rodeada de herramientas y planos arrugados, descansaba su proyecto más ambicioso hasta la fecha: una pierna biónica.
Airgid había perdido su pierna izquierda años atrás, en un accidente que prefería no recordar demasiado. Desde entonces, había usado una prótesis rudimentaria que hacía el trabajo, pero siempre la limitaba. Tras aprender ingeniería tanto en la Isla de Dawn como en todo su día a día, se había prometido que construiría algo mejor, algo que no solo reemplazara su pierna, sino que la hiciera sentir completa de nuevo. Había pasado semanas ensamblando cada parte con paciencia y precisión. El diseño era una mezcla de funcionalidad y estética, algo tosca, o mejor dicho, resistente. La pierna, hecha de un metal brillante y plateado, estaba compuesta de múltiples piezas articuladas que imitaban los movimientos naturales de una pierna humana. Había añadido detalles adicionales, como pequeños grabados, y... un secretito que prefiero no desvelar de momento.
Aquella noche, con el ruido del mercado portuario disminuyendo y la brisa marina colándose por la ventana abierta, Airgid decidió que era el momento. Se puso de pie, apoyándose en la mesa, y estudió la pierna biónica una vez más. Era hora de dejar de postergar su instalación. Respiró hondo, recogiendo las herramientas necesarias, y se sentó en una silla resistente que había preparado especialmente para el procedimiento. Había pasado semanas estudiando cómo conectar los nervios de su muslo a los sensores de la pierna, uniendo la biología y la tecnología de una forma que, en teoría, debería permitirle controlarla como si siempre hubiera sido parte de su cuerpo. Sin embargo, la práctica era una historia completamente distinta. — Allá vamos... — Susurró, hablando para sí misma, tratando de calmar sus nervios. Sus ganas. Con manos firmes, comenzó el procedimiento. Con un destornillador fino y precisión quirúrgica, ajustó los conectores en su lugar, asegurándose de que cada pieza encajara perfectamente en su correspondiente receptor. El dolor era intenso, pero Airgid estaba acostumbrada. Había aprendido a convivir con él desde el día en que perdió su pierna.
Cuando terminó de ajustar los últimos tornillos y asegurar las placas de conexión, se recostó en la silla, con el sudor perlándole la frente. Por un momento, no pasó nada. La pierna permaneció inmóvil, un peso muerto de metal frío. Airgid sintió un nudo de frustración formarse en su pecho. ¿Y si algo había salido mal? ¿Y si todos esos días de trabajo habían sido en vano? Entonces, una chispa de energía recorrió la prótesis. Airgid sintió un leve cosquilleo en el extremo de su muslo, como si la pierna estuviera despertando. Lentamente, con cautela, intentó moverla. La articulación de la rodilla se flexionó ligeramente, emitiendo un suave zumbido mecánico. Sin creérselo aún, se levantó de la silla, tambaleándose al principio mientras se acostumbraba al peso y la sensación de la nueva pierna. Cada paso era un desafío, pero con cada movimiento se sentía más natural, como si la tecnología y su cuerpo comenzaran a sincronizarse.
Cuando finalmente pudo caminar con confianza, una idea loca cruzó su mente. Miró hacia la ventana abierta, donde el paseo marítimo se extendía a lo largo de la costa. La ciudad estaba casi en silencio a esas horas, con solo un puñado de farolas encendidas y el reflejo de la luna danzando en el agua. Airgid sonrió. ¿Por qué no? Cerró el taller, asegurándose de que todo quedara en su lugar, y salió a la calle. Al principio, caminó lentamente, disfrutando de la estabilidad y la fluidez que su nueva pierna le ofrecía. Era como si hubiera recuperado algo que ni siquiera sabía que había perdido. Pero caminar no era suficiente. Quería más.
Con una sonrisa en el rostro, comenzó a correr. Al principio, sus movimientos eran torpes, pero pronto encontró el ritmo. La pierna biónica respondía perfectamente, adaptándose a su velocidad y terreno. Cada zancada era ligera y poderosa, como si estuviera volando en lugar de correr. La brisa nocturna acariciaba su rostro mientras pasaba por el paseo marítimo, dejando atrás los pequeños puestos cerrados y las barcas amarradas. Su cabello se revolvía con el viento frío de la noche. El mundo parecía desvanecerse a su alrededor. No había preocupaciones, ni dolor, ni limitaciones. Solo el sonido de sus pasos sobre el empedrado y la sensación de libertad absoluta. Hacía años que no se sentía tan viva, y por un segundo, juró sentir algo revolverse en su interior. O alguien. Lo cierto es que a pesar de que sus compañeros no estaban con ella en ese momento, Airgid no estaba sola, y aquella personita que crecía en su interior parecía estar igual de emocionada que ella. Como si sus sentimientos se hubieran conectado por un momento.
Se detuvo junto a un pequeño muelle, jadeando ligeramente, con el corazón acelerado pero una sonrisa radiante en los labios. Miró hacia el mar, donde las olas rompían suavemente contra las embarcaciones. Su reflejo en el agua le devolvía la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, no vio a una chica incompleta o rota. Vio a alguien que había tomado las piezas de su vida y las había ensamblado en algo nuevo. Airgid se dejó caer sobre el muelle, mirando las estrellas. Pronto embarcaría de nuevo con sus compañeros revolucionarios, pero aquella noche era solo suya. Una celebración silenciosa de lo que había logrado, y de lo que aún estaba por venir. Con una última sonrisa, se levantó y caminó lentamente de regreso a su taller, lista para enfrentar lo que el futuro le deparara. Por primera vez en mucho tiempo, Airgid se sentía libre.
Airgid había perdido su pierna izquierda años atrás, en un accidente que prefería no recordar demasiado. Desde entonces, había usado una prótesis rudimentaria que hacía el trabajo, pero siempre la limitaba. Tras aprender ingeniería tanto en la Isla de Dawn como en todo su día a día, se había prometido que construiría algo mejor, algo que no solo reemplazara su pierna, sino que la hiciera sentir completa de nuevo. Había pasado semanas ensamblando cada parte con paciencia y precisión. El diseño era una mezcla de funcionalidad y estética, algo tosca, o mejor dicho, resistente. La pierna, hecha de un metal brillante y plateado, estaba compuesta de múltiples piezas articuladas que imitaban los movimientos naturales de una pierna humana. Había añadido detalles adicionales, como pequeños grabados, y... un secretito que prefiero no desvelar de momento.
Aquella noche, con el ruido del mercado portuario disminuyendo y la brisa marina colándose por la ventana abierta, Airgid decidió que era el momento. Se puso de pie, apoyándose en la mesa, y estudió la pierna biónica una vez más. Era hora de dejar de postergar su instalación. Respiró hondo, recogiendo las herramientas necesarias, y se sentó en una silla resistente que había preparado especialmente para el procedimiento. Había pasado semanas estudiando cómo conectar los nervios de su muslo a los sensores de la pierna, uniendo la biología y la tecnología de una forma que, en teoría, debería permitirle controlarla como si siempre hubiera sido parte de su cuerpo. Sin embargo, la práctica era una historia completamente distinta. — Allá vamos... — Susurró, hablando para sí misma, tratando de calmar sus nervios. Sus ganas. Con manos firmes, comenzó el procedimiento. Con un destornillador fino y precisión quirúrgica, ajustó los conectores en su lugar, asegurándose de que cada pieza encajara perfectamente en su correspondiente receptor. El dolor era intenso, pero Airgid estaba acostumbrada. Había aprendido a convivir con él desde el día en que perdió su pierna.
Cuando terminó de ajustar los últimos tornillos y asegurar las placas de conexión, se recostó en la silla, con el sudor perlándole la frente. Por un momento, no pasó nada. La pierna permaneció inmóvil, un peso muerto de metal frío. Airgid sintió un nudo de frustración formarse en su pecho. ¿Y si algo había salido mal? ¿Y si todos esos días de trabajo habían sido en vano? Entonces, una chispa de energía recorrió la prótesis. Airgid sintió un leve cosquilleo en el extremo de su muslo, como si la pierna estuviera despertando. Lentamente, con cautela, intentó moverla. La articulación de la rodilla se flexionó ligeramente, emitiendo un suave zumbido mecánico. Sin creérselo aún, se levantó de la silla, tambaleándose al principio mientras se acostumbraba al peso y la sensación de la nueva pierna. Cada paso era un desafío, pero con cada movimiento se sentía más natural, como si la tecnología y su cuerpo comenzaran a sincronizarse.
Cuando finalmente pudo caminar con confianza, una idea loca cruzó su mente. Miró hacia la ventana abierta, donde el paseo marítimo se extendía a lo largo de la costa. La ciudad estaba casi en silencio a esas horas, con solo un puñado de farolas encendidas y el reflejo de la luna danzando en el agua. Airgid sonrió. ¿Por qué no? Cerró el taller, asegurándose de que todo quedara en su lugar, y salió a la calle. Al principio, caminó lentamente, disfrutando de la estabilidad y la fluidez que su nueva pierna le ofrecía. Era como si hubiera recuperado algo que ni siquiera sabía que había perdido. Pero caminar no era suficiente. Quería más.
Con una sonrisa en el rostro, comenzó a correr. Al principio, sus movimientos eran torpes, pero pronto encontró el ritmo. La pierna biónica respondía perfectamente, adaptándose a su velocidad y terreno. Cada zancada era ligera y poderosa, como si estuviera volando en lugar de correr. La brisa nocturna acariciaba su rostro mientras pasaba por el paseo marítimo, dejando atrás los pequeños puestos cerrados y las barcas amarradas. Su cabello se revolvía con el viento frío de la noche. El mundo parecía desvanecerse a su alrededor. No había preocupaciones, ni dolor, ni limitaciones. Solo el sonido de sus pasos sobre el empedrado y la sensación de libertad absoluta. Hacía años que no se sentía tan viva, y por un segundo, juró sentir algo revolverse en su interior. O alguien. Lo cierto es que a pesar de que sus compañeros no estaban con ella en ese momento, Airgid no estaba sola, y aquella personita que crecía en su interior parecía estar igual de emocionada que ella. Como si sus sentimientos se hubieran conectado por un momento.
Se detuvo junto a un pequeño muelle, jadeando ligeramente, con el corazón acelerado pero una sonrisa radiante en los labios. Miró hacia el mar, donde las olas rompían suavemente contra las embarcaciones. Su reflejo en el agua le devolvía la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, no vio a una chica incompleta o rota. Vio a alguien que había tomado las piezas de su vida y las había ensamblado en algo nuevo. Airgid se dejó caer sobre el muelle, mirando las estrellas. Pronto embarcaría de nuevo con sus compañeros revolucionarios, pero aquella noche era solo suya. Una celebración silenciosa de lo que había logrado, y de lo que aún estaba por venir. Con una última sonrisa, se levantó y caminó lentamente de regreso a su taller, lista para enfrentar lo que el futuro le deparara. Por primera vez en mucho tiempo, Airgid se sentía libre.