
Octojin
El terror blanco
15-12-2024, 03:54 PM
Era un día especialmente soleado en la base del G-31, pero el ánimo de Octojin no reflejaba en absoluto la claridad del cielo. Desde temprano, le habían informado que uno de los nuevos reclutas que estaba entrenando estaba mostrando un comportamiento preocupante. El informe era claro: pereza, falta de colaboración y un desempeño deficiente en sus tareas. El tiburón no era precisamente el tipo más indulgente cuando se trataba de disciplina, pero tampoco era alguien que actuara sin investigar. Decidió citar al joven para una conversación seria.
El recluta en cuestión, un muchacho llamado Samuel Trenard, era joven, apenas superaba los veinte años, y había entrado en la marina con una energía positiva que llamó la atención al escualo. Tenía el cabello castaño, ligeramente despeinado y un par de ojeras profundas que indicaban noches sin mucho descanso, algo que ya podía dar pistas de qué le ocurría. Octojin le había observado durante las últimas semanas en los entrenamientos, y era cierto que su actitud no encajaba con el compromiso que se esperaba de un marine. No obstante, algo en él le parecía fuera de lugar. Había algo más detrás de su apatía. Algo que el habitante del mar no sabía qué podía ser, pero que sin duda, evidenciaba su falta de compromiso.
Octojin esperó a Samuel en una sala sencilla con una mesa y dos sillas de madera. Cuando el joven entró, lucía nervioso, aunque intentaba disimularlo con una postura despreocupada. El tiburón lo invitó a sentarse con un gesto y se acomodó frente a él, cruzando los brazos. Estaba listo para intentar ver a través de él, para pretender salvarle, si es que podía.
— Samuel, ¿sabes por qué estás aquí? —preguntó Octojin con voz firme, pero sin intención de intimidar.
El joven se encogió de hombros y evitó mirarle a los ojos. Su vergüenza debía venir de algún sitio. Quizá de saber que se habían dado cuenta de sus actos.
— Me lo imagino, señor. Supongo que me van a echar la bronca por no ser como los demás.
El alférez lo observó detenidamente, notando el tono de amargura en su voz. No parecía una simple respuesta defensiva; había algo más profundo allí.
— No estoy aquí para echarte la bronca, Samuel. Pero quiero entender por qué no estás dando lo mejor de ti. Aquí, en la Marina, somos un equipo. Si uno falla, todos fallamos. ¿Qué está pasando contigo?
El recluta mantuvo el silencio por unos segundos, jugando con las mangas de su uniforme. Finalmente, suspiró y se dejó caer contra el respaldo de la silla.
— Es que… no sé, señor. A veces siento que no pertenezco aquí. Me esfuerzo, pero no sé si realmente vale la pena.
Octojin arqueó una ceja. Había algo más. Lo sabía. Esa respuesta era ciertamente vaga y debía esconder algo más. El verdadero motivo.
— ¿Por qué no te sientes parte? Samuel, hablar conmigo no va a traerte problemas. Solo quiero entenderte.
El muchacho finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de algo más que cansancio: dolor.
— Mi familia, señor. Perdí a mis padres hace dos años. Mi hermana pequeña… —La voz de Samuel se quebró por un momento antes de que pudiera continuar— Mi hermana pequeña se quedó con unos tíos, pero no podían cuidar de ella. Cuando entré en la Marina, pensé que podría enviarle dinero y asegurarme de que estuviera bien, pero… no he podido hacer lo suficiente. Me siento como un fracaso. No veo a mi hermana desde hace meses, y cada día que pasa siento que me estoy alejando más de ella.
Octojin sintió cómo el corazón se le encogía. Había enfrentado muchas situaciones difíciles en su vida, pero escuchar algo así de un joven al que todos señalaban como vago le hizo replantearse todo. No había ni un ápice de maldad ni mentira en sus palabras. Su dolor era verdadero.
— Samuel… lo siento mucho. Pero, ¿por qué no le has contado esto a nadie? Hay maneras en las que podemos ayudarte.
El joven negó con la cabeza rápidamente.
— No quería parecer débil. Ya tengo suficiente con que me miren mal por no estar al nivel de los demás. Pensé que podría manejarlo solo.
El tiburón suspiró y se inclinó hacia adelante, colocando una mano firme pero amable sobre el hombro del joven.
— Escúchame bien, Samuel. Todos necesitamos ayuda a veces. No eres débil por admitirlo. Eres humano, y eso significa que no tienes que cargar con todo solo.
El recluta asintió lentamente, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas que intentaba ocultar. Octojin retiró la mano y se levantó de su asiento.
— Voy a hacer algo por ti. Vamos a solicitar ayuda profesional para que puedas lidiar con esto. Pero necesito que confíes en mí. Si te esfuerzas, te aseguro que todo irá mejor. ¿De acuerdo?
— Sí, señor —respondió Samuel con voz temblorosa, agradecido por la comprensión.
Octojin sabía que la Marina ofrecía apoyo psicológico a los reclutas, pero había un problema: no sabía escribir con fluidez. Nunca había sido una habilidad que le enseñaran en su juventud, y aunque había aprendido lo básico, no era suficiente para redactar un informe oficial. Sin embargo, eso no lo detendría. Se dirigió al despacho de uno de los oficiales administrativos, un joven cabo llamado Markus, conocido por ser accesible y eficiente. Ya había acudido a él en varias ocasiones, y siempre había obtenido una gran ayuda sin presuntas. Algo que el tiburón agradecía.
— Markus, necesito tu ayuda con algo importante —dijo el tiburón al entrar, sin rodeos.
El cabo, que estaba organizando un montón de papeles, levantó la vista sorprendido.
— Claro, alférez. ¿Qué necesita?
Octojin le explicó la situación, asegurándose de detallar todo lo que Samuel le había contado. Markus escuchó con atención y tomó notas rápidamente.
— Entendido, señor. Redactaré el informe y lo enviaré a los superiores para que aprueben el acceso al apoyo psicológico. Es bueno que lo haya notado a tiempo.
Octojin asintió, agradecido. Sabía que era algo sumamente importante para él. Pero más aún para el joven Samuel.
— Gracias, Markus. Este chico tiene potencial, pero necesita apoyo. No quiero que se pierda en todo esto.
Esa noche, mientras miraba el cielo desde su habitación en la base, Octojin no podía dejar de pensar en Samuel. Había estado a punto de juzgarlo sin conocer su historia. Era un error que no quería repetir. La vida era complicada, y cada persona llevaba su propia carga, incluso si no era evidente a simple vista.
“Todos merecen una oportunidad”, pensó mientras se recostaba en su cama. Pero también sabía que no podía resolver todo por su cuenta. La clave estaba en trabajar como un equipo, en apoyarse mutuamente para superar las dificultades. Y sobre todo, en aprender de estos errores. Si hubiese más confianza en el equipo, estas cosas se dirían y todo podría solucionarse de una manera más eficiente y rápida.
Mirando al techo, se prometió a sí mismo que estaría más atento a las señales. No volvería a apresurarse en sus juicios. Como marine y como gyojin, su deber no era solo castigar, sino también proteger y guiar.
Y eso era exactamente lo que haría.
El recluta en cuestión, un muchacho llamado Samuel Trenard, era joven, apenas superaba los veinte años, y había entrado en la marina con una energía positiva que llamó la atención al escualo. Tenía el cabello castaño, ligeramente despeinado y un par de ojeras profundas que indicaban noches sin mucho descanso, algo que ya podía dar pistas de qué le ocurría. Octojin le había observado durante las últimas semanas en los entrenamientos, y era cierto que su actitud no encajaba con el compromiso que se esperaba de un marine. No obstante, algo en él le parecía fuera de lugar. Había algo más detrás de su apatía. Algo que el habitante del mar no sabía qué podía ser, pero que sin duda, evidenciaba su falta de compromiso.
Octojin esperó a Samuel en una sala sencilla con una mesa y dos sillas de madera. Cuando el joven entró, lucía nervioso, aunque intentaba disimularlo con una postura despreocupada. El tiburón lo invitó a sentarse con un gesto y se acomodó frente a él, cruzando los brazos. Estaba listo para intentar ver a través de él, para pretender salvarle, si es que podía.
— Samuel, ¿sabes por qué estás aquí? —preguntó Octojin con voz firme, pero sin intención de intimidar.
El joven se encogió de hombros y evitó mirarle a los ojos. Su vergüenza debía venir de algún sitio. Quizá de saber que se habían dado cuenta de sus actos.
— Me lo imagino, señor. Supongo que me van a echar la bronca por no ser como los demás.
El alférez lo observó detenidamente, notando el tono de amargura en su voz. No parecía una simple respuesta defensiva; había algo más profundo allí.
— No estoy aquí para echarte la bronca, Samuel. Pero quiero entender por qué no estás dando lo mejor de ti. Aquí, en la Marina, somos un equipo. Si uno falla, todos fallamos. ¿Qué está pasando contigo?
El recluta mantuvo el silencio por unos segundos, jugando con las mangas de su uniforme. Finalmente, suspiró y se dejó caer contra el respaldo de la silla.
— Es que… no sé, señor. A veces siento que no pertenezco aquí. Me esfuerzo, pero no sé si realmente vale la pena.
Octojin arqueó una ceja. Había algo más. Lo sabía. Esa respuesta era ciertamente vaga y debía esconder algo más. El verdadero motivo.
— ¿Por qué no te sientes parte? Samuel, hablar conmigo no va a traerte problemas. Solo quiero entenderte.
El muchacho finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de algo más que cansancio: dolor.
— Mi familia, señor. Perdí a mis padres hace dos años. Mi hermana pequeña… —La voz de Samuel se quebró por un momento antes de que pudiera continuar— Mi hermana pequeña se quedó con unos tíos, pero no podían cuidar de ella. Cuando entré en la Marina, pensé que podría enviarle dinero y asegurarme de que estuviera bien, pero… no he podido hacer lo suficiente. Me siento como un fracaso. No veo a mi hermana desde hace meses, y cada día que pasa siento que me estoy alejando más de ella.
Octojin sintió cómo el corazón se le encogía. Había enfrentado muchas situaciones difíciles en su vida, pero escuchar algo así de un joven al que todos señalaban como vago le hizo replantearse todo. No había ni un ápice de maldad ni mentira en sus palabras. Su dolor era verdadero.
— Samuel… lo siento mucho. Pero, ¿por qué no le has contado esto a nadie? Hay maneras en las que podemos ayudarte.
El joven negó con la cabeza rápidamente.
— No quería parecer débil. Ya tengo suficiente con que me miren mal por no estar al nivel de los demás. Pensé que podría manejarlo solo.
El tiburón suspiró y se inclinó hacia adelante, colocando una mano firme pero amable sobre el hombro del joven.
— Escúchame bien, Samuel. Todos necesitamos ayuda a veces. No eres débil por admitirlo. Eres humano, y eso significa que no tienes que cargar con todo solo.
El recluta asintió lentamente, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas que intentaba ocultar. Octojin retiró la mano y se levantó de su asiento.
— Voy a hacer algo por ti. Vamos a solicitar ayuda profesional para que puedas lidiar con esto. Pero necesito que confíes en mí. Si te esfuerzas, te aseguro que todo irá mejor. ¿De acuerdo?
— Sí, señor —respondió Samuel con voz temblorosa, agradecido por la comprensión.
Octojin sabía que la Marina ofrecía apoyo psicológico a los reclutas, pero había un problema: no sabía escribir con fluidez. Nunca había sido una habilidad que le enseñaran en su juventud, y aunque había aprendido lo básico, no era suficiente para redactar un informe oficial. Sin embargo, eso no lo detendría. Se dirigió al despacho de uno de los oficiales administrativos, un joven cabo llamado Markus, conocido por ser accesible y eficiente. Ya había acudido a él en varias ocasiones, y siempre había obtenido una gran ayuda sin presuntas. Algo que el tiburón agradecía.
— Markus, necesito tu ayuda con algo importante —dijo el tiburón al entrar, sin rodeos.
El cabo, que estaba organizando un montón de papeles, levantó la vista sorprendido.
— Claro, alférez. ¿Qué necesita?
Octojin le explicó la situación, asegurándose de detallar todo lo que Samuel le había contado. Markus escuchó con atención y tomó notas rápidamente.
— Entendido, señor. Redactaré el informe y lo enviaré a los superiores para que aprueben el acceso al apoyo psicológico. Es bueno que lo haya notado a tiempo.
Octojin asintió, agradecido. Sabía que era algo sumamente importante para él. Pero más aún para el joven Samuel.
— Gracias, Markus. Este chico tiene potencial, pero necesita apoyo. No quiero que se pierda en todo esto.
Esa noche, mientras miraba el cielo desde su habitación en la base, Octojin no podía dejar de pensar en Samuel. Había estado a punto de juzgarlo sin conocer su historia. Era un error que no quería repetir. La vida era complicada, y cada persona llevaba su propia carga, incluso si no era evidente a simple vista.
“Todos merecen una oportunidad”, pensó mientras se recostaba en su cama. Pero también sabía que no podía resolver todo por su cuenta. La clave estaba en trabajar como un equipo, en apoyarse mutuamente para superar las dificultades. Y sobre todo, en aprender de estos errores. Si hubiese más confianza en el equipo, estas cosas se dirían y todo podría solucionarse de una manera más eficiente y rápida.
Mirando al techo, se prometió a sí mismo que estaría más atento a las señales. No volvería a apresurarse en sus juicios. Como marine y como gyojin, su deber no era solo castigar, sino también proteger y guiar.
Y eso era exactamente lo que haría.