Alguien dijo una vez...
Monkey D. Luffy
Digamos que hay un pedazo de carne. Los piratas tendrían un banquete y se lo comerían, pero los héroes lo compartirían con otras personas. ¡Yo quiero toda la carne!
[Diario] El poder tiene un extraño sabor
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
Verano día 1, año 724
Afueras de la ciudad de Meruem
11:00pm


Habíamos estado de acuerdo, Agyo y yo. Las cosas en el gremio se estaban complicando. Kalab, por más que intentara aparentar orden con su sheriff honrado, era un caos disfrazado de civilización. Los contratos se volvían más escasos, los enfrentamientos más frecuentes. No podíamos quedarnos esperando a que la situación mejorara por sí sola.
-Necesitamos un cambio- dijo Agyo una noche, con su tono siempre firme, como si cada palabra fuera una declaración final.

Yo no respondí en ese momento, pero sabía que tenía razón. Más poder significaba más opciones. Menos depender de los caprichos de contratos mal pagados o de los callejones sin salida que el gremio parecía ofrecernos últimamente. Así que decidí salir al desierto, solo.

El desierto de Kalab es un lugar que exige respeto. Bajo el sol abrasador, incluso las criaturas más fuertes se convierten en presas fáciles de su crueldad. Pero la noche es otra historia. Es cuando los verdaderos horrores emergen, depredadores que no temen la oscuridad, sino que la abrazan. Fue precisamente por eso que partí al anochecer. Los verdaderos tesoros, al igual que los verdaderos peligros, suelen ocultarse en las sombras.

Mi objetivo era claro: encontrar algo, cualquier cosa, que nos diera una ventaja. Había rumores en el gremio, susurros de caravanas perdidas en las dunas, de lugares donde los vientos enterraban no solo riquezas, sino secretos. Y entre esos secretos, algunos hablaban de frutas. Frutas del Diablo.

No era un creyente fácil en rumores. Pero el simple hecho de que algo así pudiera ser cierto era suficiente para intentarlo. Las frutas del Diablo no eran comunes, y menos en un lugar como este. Sin embargo, si una de ellas estaba ahí afuera, enterrada en las arenas del desierto, la encontraría.

Tras horas de volar bajo el cielo estrellado, las primeras señales de mi destino aparecieron. Una estructura en ruinas, apenas visible en el horizonte. Columnas quebradas, medio enterradas en la arena, y lo que parecía ser una entrada a un pasaje subterráneo. El tipo de lugar que otros evitarían, y que yo buscaba precisamente por eso. La entrada estaba bloqueada por escombros, pero no fue difícil despejarlos. Mi fuerza siempre ha sido un recurso fiable, algo que no puedo atribuir a nadie más que a mí mismo. El aire en el interior era denso, cargado de una humedad extraña que no tenía sentido en medio del desierto.

Las ruinas eran un laberinto de pasillos estrechos, con inscripciones en las paredes que no reconocía. Mi intuición me guió, más que cualquier sentido de orientación. A cada paso, sentía que estaba siendo observado, aunque nunca vi nada fuera de lugar. Fue entonces cuando escuché el sonido. Un crujido, suave pero inconfundible, como si algo estuviera moviéndose en las sombras. Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de Starkiller, y me giré rápidamente, listo para enfrentar cualquier cosa.

Nada.

El silencio volvió, pero el aire se sentía más pesado. Continué avanzando, manteniéndome alerta. El pasillo se abrió finalmente a una cámara más grande, iluminada por un brillo tenue que parecía emanar de las paredes mismas. En el centro de la habitación, sobre un pedestal de piedra, descansaba una fruta. Era inconfundible. La piel de la fruta estaba cubierta de patrones en espiral, y su color era un tono de negro oscuro que parecía absorber la luz, atravezado por algunas franjas blancas. Una Fruta del Diablo estaba realmente allí.

Me acerqué lentamente, pero antes de que pudiera alcanzarla, un rugido estremeció la cámara. Desde las sombras surgió una criatura, enorme y deforme, como si el desierto y las ruinas hubieran dado forma a un guardián retorcido. Su cuerpo estaba cubierto de escamas ásperas, y sus ojos brillaban con un hambre casi animal.
Desenvainé a Starkiller, su hoja capturando la luz tenue de la cámara. La criatura cargó hacia mí, rápida a pesar de su tamaño. Rodé hacia un lado, esquivando sus mandíbulas, y contraataqué con un corte limpio. La hoja de Kairoseki hizo su trabajo, penetrando las escamas como si fueran papel. La criatura rugió de dolor, pero no retrocedió. Sus garras arañaron el suelo mientras giraba para atacarme de nuevo. Cada movimiento suyo era más desesperado, más feroz. Pero yo era más rápido, más calculador. Con cada golpe de Starkiller, la criatura perdía fuerza, hasta que finalmente cayó al suelo con un último gemido. Me quedé allí por un momento, respirando profundamente, mientras el silencio volvía a llenar la cámara.

Volví mi atención a la fruta. Ahora que la veía de cerca, su extraña belleza era innegable. Había oído historias sobre las Frutas del Diablo, sobre los poderes que otorgaban y el precio que exigían. Si la comía, perdería mi habilidad de nadar, algo que, siendo sincero, nunca he necesitado demasiado. Pero el poder... El poder era tentador. Tomé la fruta y la levanté, observándola por un momento más antes de dar el primer mordisco. El sabor era tan horrible como decían las historias, como si estuviera comiendo algo que no debería existir. Pero lo soporté, porque sabía lo que estaba ganando a cambio.

El cambio fue inmediato. Sentí un calor recorriendo mi cuerpo, una energía que no podía describir con palabras. Era como si algo dentro de mí hubiera despertado, algo que siempre había estado allí, esperando ser liberado.

No tardé en descubrir lo que la fruta me había otorgado. Mis manos, mi cuerpo, comenzaron a cambiar de manera extraña, como si una bestia intentara salir de mi. Todo se volvió rojo a mi alrededor. Golpeé una de las paredes de la cámara con mi puño, ahora convertido en una enorme garra, y esta se desmoronó como si hubiera sido golpeada por una bola de demolición. Era el brazo de una extraña bestia. Pude sentir en mi boca cómo unos colmillos comenzaban a crecer, pero entonces decidí calmarme. No quería que mi nueva fuerza tomara control de mi y me hiciera perder la razón. Esto debía ser algo que aprendiera a dominar con cuidado...

El poder era abrumador. Pero no me sentía perdido en él. Lo sentía como mío, como si siempre hubiera sido parte de mí. Cuando salí de las ruinas, el sol estaba comenzando a asomarse en el horizonte, pintando el desierto con tonos dorados y rojos. La ciudad estaba a lo lejos, y mi mente ya estaba trabajando en cómo usar este nuevo poder. Agyo seguramente criticaría esto que acabo de hacer, pero sé que al final lo entendería. Ambos habíamos pasado por demasiado como para no reconocer una oportunidad cuando se presentaba. Con este poder, no solo podíamos sobrevivir. Podíamos prosperar. Mientras caminaba de regreso, con Starkiller a mi lado y el eco de mi nuevo poder vibrando en cada poro de mi piel, sabía una cosa con certeza: las cosas estaban a punto de cambiar. Para mí, para Agyo, y para cualquiera que se interpusiera en nuestro camino. Con el nuevo sol, un nuevo poder surgía en mi.
#1
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
El sol estaba en su punto más alto cuando las murallas de Kalab comenzaron a asomarse a lo lejos. El desierto, comenzaba a enfriar y no mostraba misericordia ni para los fuertes ni para los desesperados. Pero yo ya no era ni lo uno ni lo otro. Mientras caminaba hacia la ciudad, cada paso era una batalla interna para mantener bajo control mi nuevo poder. Mi cuerpo, ahora fusionado con la esencia del hurón de la miel, parecía ansioso por revelarse. Sentía la energía vibrando bajo mi piel, un pulso constante que amenazaba con desbordarse en el momento menos oportuno. No podía permitirme eso. No todavía.

Cuando llegué a las puertas de Kalab, los guardias me lanzaron una mirada rápida antes de volver a sus conversaciones. Mi ropa, cubierta de polvo y arena, y el aire frío y calculador que siempre llevaba conmigo, no eran novedad. Ungyo Nisshoku, el cazador que siempre volvía del desierto con algo nuevo, ya no era motivo de curiosidad. Y eso me convenía. El gremio estaba más animado de lo usual. La taberna adyacente parecía haber atraído a un nuevo grupo de cazadores, y las risas estridentes y los golpes en las mesas resonaban por todo el edificio. Crucé el salón sin detenerme, ignorando las miradas ocasionales de los demás. Mi objetivo era simple: llegar a mi habitación y evitar cualquier interacción innecesaria.

La puerta se cerró detrás de mí con un clic seco, y finalmente dejé salir un largo suspiro. El pequeño cuarto apenas ofrecía comodidad, pero era mi refugio. Dejé a Starkiller apoyada contra la pared y me desplomé en la cama. Por un momento, me permití cerrar los ojos. Pero la paz fue breve. Una punzada de energía recorrió mi brazo derecho, y antes de darme cuenta, mis dedos comenzaron a cambiar. Garra. Piel cubierta de un pelaje áspero. El poder de la fruta luchaba por salir, como si la bestia que ahora formaba parte de mí no quisiera ser contenida.

"Tranquilo..." Era un murmullo, apenas un susurro que resonaba en mi mente. No sabía si me lo decía a mí mismo o al animal dentro de mí. Quizás ambos.
Controlarlo no sería fácil, pero no podía dejar que nadie lo notara. No Agyo, no los otros cazadores. No todavía.

Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.

-Ungyo, ¿estás ahí? -La voz de Agyo. Siempre directo, siempre en control.

Me enderecé rápidamente, ocultando cualquier rastro de mi transformación antes de abrir la puerta.

-¿Qué-Um? La palabra salió cortante, una de las tres que me permitía usar.

Agyo alzó una ceja, como si analizara cada detalle de mi expresión. Había pasado toda una vida conmigo; no sería fácil ocultarle algo.

-¿Qué encontraste? -preguntó finalmente, cruzándose de brazos.

Mi mirada se endureció, y respondí con la verdad parcial que ya había preparado.

-Ruinas-Um

Sabía que no le bastaría, pero Agyo tenía sus propios métodos para sacar información. Lo dejé pasar, sabiendo que presionaría más tarde.

La primera verdadera prueba llegó esa misma noche. La taberna del gremio, siempre un hervidero de actividad, había atraído a un grupo particularmente ruidoso de viajeros recién llegados. Uno de ellos, un hombre alto y musculoso con un aire de arrogancia, decidió que la mejor forma de celebrar era provocando al primer rostro serio que encontrara. Fui yo.

-Oye, grandulón -dijo, tambaleándose hacia mi mesa con una jarra de cerveza en la mano- ¿Siempre tienes esa cara de funeral o es solo hoy? No respondí. Solo lo miré, frío y calculador, como siempre.

-¿Demasiado importante para hablar con nosotros, eh? -continuó, mientras sus compañeros reían detrás de él. Sentí la tensión en mi cuerpo, el poder queriendo salir. Mi mano, oculta bajo la mesa, comenzó a transformarse, y tuve que concentrarme para detenerlo.
"No ahora. No aquí"

El hombre se inclinó más cerca, claramente buscando una reacción -Vamos, ¿ni una palabra?

- No-Um-Fue lo único que dije, antes de empujar la mesa hacia él con fuerza suficiente para hacerlo retroceder.

El movimiento fue suficiente para calmar la situación. Él gruñó algo antes de volver con sus amigos, y la taberna recuperó su ambiente habitual.
Pero yo sabía que había estado cerca de perder el control. Demasiado cerca. Esa noche, de vuelta en la habitación, Agyo me enfrentó.

-¿Qué estás ocultando? Su tono no admitía evasivas, pero yo no estaba dispuesto a ceder.

La mirada que le lancé fue directa, pero Agyo no era tonto. Sus ojos se estrecharon mientras daba un paso más cerca -Te conozco, Ungyo. No puedes esconderlo de mí.

Mi mandíbula se tensó, pero no respondí. Mantener el secreto sería un desafío, especialmente con Agyo. Pero tenía que hacerlo, al menos hasta que entendiera completamente lo que esta nueva habilidad significaba para nosotros.

Esa noche apenas dormí, mi mente llena de posibilidades y peligros. El poder que ahora poseía no era solo una ventaja; era una responsabilidad. Algo que podía cambiar nuestras vidas, para bien o para mal. Kalab seguía siendo un caos disfrazado de orden, como siempre lo había sido. Los contratos seguían siendo escasos, y los enemigos abundantes. Pero ahora tenía una herramienta que nadie más tenía a su disposición. Y aunque el camino para dominarla sería difícil seguramente, sabía que estaba dispuesto a recorrerlo.

Por ahora, mantendría el secreto. Por ahora, el hurón de la miel seguiría oculto, especialmente del pendejo de mi hermano menor. Pero cuando llegara el momento, cuando el mundo supiera de lo que era capaz, nadie volvería a dudar de Ungyo Nisshoku, la Luna del Alba.
#2


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