Alguien dijo una vez...
Donquixote Doflamingo
¿Los piratas son malos? ¿Los marines son los buenos? ¡Estos términos han cambiado siempre a lo largo de la historia! ¡Los niños que nunca han visto la paz y los niños que nunca han visto la guerra tienen valores diferentes! ¡Los que están en la cima determinan lo que está bien y lo que está mal! ¡Este lugar es un terreno neutral! ¿Dicen que la Justicia prevalecerá? ¡Por supuesto que lo hará! ¡Gane quién gane esta guerra se convertirá en la Justicia!
[Autonarrada] [A-T2] La vida se abre camino
Airgid Vanaidiam
Metalhead
48 de Otoño del año 424


El día había llegado. Tras semanas y semanas viajando, soportando el dolor y las incomodidades del embarazo, y de la soledad que ella misma se había autoimpuesto, al día siguiente de llegar a Kilombo, se había puesto de parto. Resultaba increíble las vueltas que daba la vida y las casualidades que de repente te sorprendían, que te hacían replantearte si de verdad era un hecho casual o el mismo destino que jugaba con ella. Iba a dar a luz en la misma isla donde años atrás, su madre la trajo a ella a este mundo. Y aunque no tenía a sus compañeros revolucionarios, a su Escuadrón, sí que tenía a esos vecinos a los que conocía de toda la vida.

Ocurrió de noche, mientras se encontraba en su antigua casa, un garaje que nadie se había tomado la molestia de ocupar mientras ella se encontraba fuera. Lo cierto es que nunca se había encontrado abandonada del todo, pues Billy, el frutero que vivía frente a ella, se había encargado de mantenerlo decente y limpio, negándose a dejar que aquel lugar simplemente quedara enterrado en el olvido. Airgid revisaba algunas de las pocas cosas que había dejado en su hogar, pues la mayoría de ellas se las llevó consigo el día en que embarcó en su aventura, cuando rompió aguas. Su grito fue tal que alarmó a todos los vecinos, aquellas personas que la conocían desde que era una enana mocosa con la cara llena de pecas y la ropa sucia y rota, y no tardaron en acudir a su llamada.

¡Billy, trae agua caliente y muchos paños! ¡Y borra esa expresión de tu cara, que ya tienes tres hijas, por el amor de dios! — Era Leo, la bibliotecaria, una mujer menudita y de piel morena que le regaló sus primeros libros a Airgid cuando no sabía ni siquiera leer. Billy le hizo caso, intentando borrar esa expresión de estupor de su rostro, incluso llamó a su mujer, que ya se encontraba en cama, para que fuera a prestar ayuda en el delicado proceso. No había médicos, conocían a uno pero vivía demasiado lejos como para ir a buscarle, y el bebé estaba de camino.

Lo más curioso es que, mientras Airgid se recostaba sobre la que había sido su cama tantos años, no sintió miedo ni por un solo segundo. Estaba decidida, segura y confiada. Aquel bebé que estaba a punto de salir de su interior había sido lo único que la había acompañado en aquellos meses de soledad y de incertidumbre, mientras buscaba a su desaparecido padre, mientras llegaba a preguntarse si de verdad volvería a verle alguna vez, aquel bebé había sido lo único que la había hecho seguir adelante. Porque se había prometido a sí misma, hace mucho tiempo, que no iba a dejar que su futura descendencia creciera sin amor, sin el mismo que a ella le faltó.


Off rol
#1
Airgid Vanaidiam
Metalhead
¿No era la tripa de Airgid demasiado grande para ser un solo bebé? Estaba claro que su padre era un buccaneer, pero...

Se hizo de madrugada, y tras unas horas de dolor, mucho sudor y sufrimiento, varios desmayos de Billy y el apoyo de Tirelan, su mujer, y Leo, Airgid finalmente dio a luz. — ¡Vamos, un último empujón! — Gritaron las dos mujeres al unísono, colocadas entre las piernas de la rubia, y Airgid desplegó todas sus fuerzas en lo que se pensó que sería el último esfuerzo, la tempestad arrolladora antes de la calma. Desatando el mayor grito que jamás había escapado de su garganta, terminó por expulsar a su hijo de sus entrañas. El llanto fue inmediato, una señal de buena salud, y Tirelan sostuvo al bebé mientras Leo se encargaba del cordón umbilical. Incluso Billy, completamente escrupuloso, se asomó para ver al recién nacido. — ¡Es un niño! Sano como una manzana. — Exclamó la dulce mujer del frutero, con la piel perlada del sudor y del cansancio tras implicarse por completo en aquel parto. Airgid tenía todos los pelos alborotados, los ojos cansados, la cara roja y las piernas temblorosas, pero de alguna forma, nunca se había visto tan preciosa. Esbozó una enorme sonrisa, sintiendo una felicidad nueva en ella, una enorme, infinita e incondicional. Instantáneamente, al ver el tamaño de su hijo, los pelitos rubios que asomaban en su cabeza y sus ojos claros, pensó en Ragnheidr. "Es clavadito a él", se dijo a sí misma, casi desfallecida por el cansancio.

Pero algo extraño estaba ocurriendo en su interior, algo que se negaba a dejarla descansar. — ¡Viene otro! Prepárate. — ¿En serio? Airgid no se lo podía creer, era como si estuviera completamente drogada o estuviera viviendo un sueño, pero ella misma también lo sintió, sintió que aquello no había terminado. Soportando el dolor y el cansancio, continuó con la ardua tarea que significaba ser madre, una que solo acababa de empezar para ella. — ¡Otro más! — ¿Tres? ¿Tres bebés? Airgid siguió sin conocer el miedo aquella noche, pero sí que sintió incertidumbre. Por un momento cerró los ojos con fuerza, pensando en lo mucho que habría deseado que Ragnheidr estuviera allí con ella. Sintiendo cómo las lágrimas estaban a punto de brotar de ella, Billy agarró su mano con firmeza, una que no había demostrado en toda la noche, hasta ahora. La miró con una decisión desconocida en sus ojos. — Estamos contigo, ¡tú puedes, venga! — Sonrió, pensando en que nunca había estado sola del todo, y continuó con aquella titánica tarea.


Off rol
#2
Airgid Vanaidiam
Metalhead
Recostada sobre su antigua cama, completamente exhausta y agotada, Airgid recogió en sus brazos a los tres bebés que acababan de nacer de su interior. Entre ellos, un varón, grande y rubio como su padre, observaba al mundo a su alrededor con los ojos sorprendentemente abiertos y atentos; la segunda en nacer fue una niña, más pequeña y tranquilam ya estaba dormida sobre ella con una cara de ángel envidiable; y por último, otra niña más, igual de grande que el varón y que movía sus brazos con un ímpetu sorprendente. Eran sencillamente preciosos, Airgid sintió que se había enamorado al instante de todos ellos. — Déjamelos, deberías darte una ducha y descansar. — Le recomendó Tirelan con su voz afrutada, recogiendo a los recién nacidos de su regazo y colocándolos en camitas improvisadas. Le habían buscado una cuna a Airgid el mismo día que vieron en el estado en el que se encontraba, pero claro, nadie contaba con que vinieran tres seguidos, así que tuvieron que apañárselas por el camino.

Airgid obedeció sin rechistar, pues estaba demasiado agotada como para llevarle la contraria a nadie. Se metió en el baño, luego en la ducha, y se mantuvo prácticamente inmóvil mientras el agua limpiaba y recorría todo su cuerpo desnudo, tembloroso y cansado. Acababa de vivir su guerra más dura, su batalla más difícil, y a la vez la más hermosa. Pero las contradicciones de su interior la confundían. Por un lado, sentía que había sido el día más feliz de su vida, lleno de amor y de vida. Pero por otro, notaba un vacío interior, una ausencia en su corazón que se le clavaba en lo más hondo de su ser. Si Ragnheidr hubiera estado esa noche con ella todo habría sido tan perfecto. O, si al menos supiera dónde se encontraba él aquella noche, en alguna isla de la que desconocía su ubicación, completamente ajeno al hecho de que acababa de convertirse en padre. Recordó el entusiasmo con el que recibió la noticia de parte de Airgid, en la taberna que llevaba el nombre de su amigo fenecido, y reflexionó, una vez más, en qué tendría que estar viviendo el vikingo para no haberse encontrado con ella a estas alturas. Ni con nadie de su Escuadrón. ¿Estaría bien, a salvo? ¿Estaría buscándola, quizás, como hacía tantos años? Las lágrimas se fundieron con el agua de la ducha, y Airgid agradeció derramarlas en soledad, pues odiaba que la vieran llorar.

Al salir del baño, limpia y con una ropa nueva, encontró a sus tres pequeñas criaturitas durmiendo plácidamente. Estaba amaneciendo, y habían abierto la puerta de la calle, inundando su pequeño garaje de luz anaranjada y brillante. Unos cuantos vecinos más de toda la vida se encontraban en la entrada, cotilleando con curiosidad, ajenos a lo que había ocurrido aquella noche. — Buenos días. — Saludó ella con cierta gracia, los ojos entrecerrados, muerta de sueño. Le dieron la enhorabuena y le prometieron organizar una fiesta al mediodía. — Mejor por la tarde, creo yo. — Respondió la rubia, bromeando acerca de lo muuuucho que estaba dispuesta a dormir.

Se despidieron de ella, y por fin, se tumbó sobre el colchón nuevo que le habían colocado tan amablemente. Y se quedó dormida prácticamente enseguida, siendo su última visión antes de cerrar los ojos, aquellos tres angelitos que descansaban plácidamente cerca suya. No, nunca volvería a estar sola, ni dejaría que ninguno de sus hijos lo estuviera jamás.
#3
Moderador Doflamingo
Joker
¡RECOMPENSAS POR AUTONARRADA T2 ENTREGADAS!


Usuario Airgid Vanaidiam
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#4


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