
Fon Due
Dancing Dragon
17-12-2024, 01:23 PM
5 años antes de los incidentes actuales
Fon Due, 20 años, sobre la lengua de un pelicano
“Por supuesto que quieres que me ubique en el fondo de tu garganta, asqueroso pelicano inmenso, para olerme, saborearme, ¡verdad cabron!, ¡hmm!” – gritaba, conmocionado, mientras restregaba mi culo diminuto sobre las papilas gustativas del pelicano gigante (a ojos de un tontatta) que me había “recogido” días atrás.
Todo había escalado en cuestión de minutos. Había tenido una discusión muy fuerte con mis padres y había salido más rápido que un ciempiés fuera de los límites del bosque tontatta. Había atravesado varias hectáreas de campos floreciendo (incluyendo algunos con girasoles) hasta que de repente la oscuridad se cernió sobre mí. En cuestión de lo que a mí me pareció un instante, había sido “secuestrado” por un pelicano bocón que pasaba cerca de donde me encontraba.
“Felicidades, piratilla, acabas de ser tragado por sabrá el sol que monstruo de al menos de veinte veces tu tamaño, ¿ahora que sigue en tu ingenioso plan de rescate, imbécil?, ¿hmm?” – me reclame mentalmente. Me había llamado piratilla en plan despectivo dado mi animadversión a los piratas en general, malditos asquerosos, no podía concebir que solo uno fuera más útil que abono para las plantas. Y por supuesto, imbécil, pero eso no era algo nuevo desde hace 5 años.
Tenía que espabilar. Tan solo tenía que resolver el misterio de como escapar a tu pelicano gigante que ha tenido a bien no engullirte de momento pero que podría estar tratando de digerirte como parte de su almuerzo del día. Un lunes cualquiera vaya. Arrojado por la intensidad de las corrientes internas que es capaz de generar uno de estos seres inconmensurables (de nuevo, desde el punto de vista de un tontatta, para otros seria solo saliva), termine al final del maxilar superior de este ser (del cual ni me había tomado la molestia de preguntar su nombre). Preparándome para un futuro incierto, ¿y cuando no lo es?, me hice bolita (a falta de termino científico que venga a mi mente, preparado para aceptar la carga cinética del empujón que iba a soltar este bichajo en cuanto le pateara el cogote) y, dando cuatro o cinco giros, incorpore momentáneamente para instantáneamente ser disparado contra el infinito cielo azul.
Tras unos minutos girando en el cielo, rompí en el mar cual faja de señor divorciado de 50’s (mi tío vaya), lo cual me hizo volver en mi prácticamente al instante. Acababa de aparecer en un lugar desconocido. Sin saberlo, y sin planearlo, había terminado cerca de la Isla Kilombo (aunque ese detalle lo descubriría más adelante).
Tras el mayor de mis esfuerzos braceé la distancia entre mi posición actual y la costa. Para mi buena suerte, después de un par de minutos, me encontraba en lo que parecía una isla comercial, con tiendas y mercados de todo tipo, llenas de productos de mares lejanos (al menos según mi percepción) y disponibles de múltiples tabernas y posadas para atender a los viajeros.
Tras cruzar al centro de la isla, decidí adentrarme en un bar que tenía muy mala pinta, acercarme a la barra de la taberna y, en mi afán de parecer más grande de lo que en realidad soy, pedir un vaso de whisky single malt en las rocas. Esto último en realidad no tenía ni puta idea de que significaba, pero había escuchado en múltiples ocasiones a varios bravos guerreros del mar el pedir esta bebida por lo que pensé “Si la mayoría lo pide, no puede saber tan mal, ¿verdad?, ¿hmm?”.
El camarero, con una mirada aburrida, colocó un vaso corto en la barra, le puso 3 cubos de hielo, sacó debajo de la barra una botella con un culo redondo y un pico hexagonal, sirvió durante menos de 1 segundo un líquido ámbar, y deslizo el vaso a 15 centímetros de donde mi mano reposaba.
He de aceptar que todo el fanfarroneo del barman se había visto cool. Pero, tras cavilar mi situación actual, me fue imposible dejar de temblar. Aquí me encontraba, Fon Due, en una isla para mi desconocida, a kilómetros de mi hogar, cerca de probar mi primer trago de alcohol en la vida.
“Al menos tiene un color ámbar bonito, hmm.” – pensé, después de ingerir el shot de un solo trago.
“!HMMMM!” – exclamé tras dar el primer sorbo. Había pegado una buena bocanada como si de agua se tratara, grave error. Al instante siguiente de tomar la bebida sentía como mi garganta se calentaba hasta el punto de pensar que iba a explotar en fuego, un par de segundos después, una sensación similar invadió mi estomago el cual estaba vacío tras pasar el día entero dentro de las fauces de ese pterodáctilo o como sea que se llamara mi taxi pelicano – no había tenido tiempo a preguntarle su nombre.
Mientras ponía cara de asco y la toz me empezaba a invadir, podía escuchar como el camarero se reía sonoramente. Era una risa curiosa en realidad, parecía más el llamado de un pájaro que una risa normal, aunque en retrospectiva, mucha gente que había visto pasar a escondidas tenían risas bastante características.
“Kiiikiiki kiiki ki, ¿primera vez probando las mieles de la malta joven enano?” – preguntó el camarero poniendo algo más de curiosidad en mi presencia de la que había mostrado inicialmente al pedir el vaso de whisky. “Si me permites una recomendación, el whisky que te serví, como toda bebida de este bar, se disfruta mejor a ligeros sorbos.”
Un poco avergonzado, acepte el consejo del camarero, pero antes de retomar mi batalla con el whisky, quería hacerle más preguntas.
“Así que sorbos ligeros, entiendo. Hay algo más que deba saber para mejorar la experiencia, ¿hmm?” – pregunte con curiosidad.
“En realidad es que hay múltiples formas de disfrutar un buen whisky. Los más puritanos te dirán que el single malt solo se bebe en las rocas, incluso los hay quienes les parece un despropósito ponerle hielo al whisky. Sin embargo, si le preguntas a los maestros que destilan este licor, te dirán que el whisky se puede disfrutar con hielo, sin hielo, con agua, sin agua, con cola o sin cola, lo importante es que consigas el sabor que disfrutes tú, no lo que otros opinen de como bebes.” – sermoneo el camarero bastante feliz de que le haya preguntado al parecer.
Al final sentencio su discurso con una frase que se quedaría guardada en el fondo de mi ser, como si el consejo de mi padre se tratara – “En el whisky, como en la vida, nadie es dueño de la verdad absoluta”.
“Ya veo, pero es me deja con dos opciones según lo veo. O bien sigo tomando sin más, solo que, a sorbos ligeros, o pruebo todas las combinaciones posibles y me vuelvo un alcohólico en el proceso, ¿hmm?.” – conteste riendo, empezando a sentirme un poco ligero. “Tú que me recomiendas camarero, ¿hmm?”.
“Pues por supuesto que te recomendaría la segunda opción, siendo este mi bar me conviene que gastes todo tu dinero aquí, o si te quedas en la ruina podría emplearte de lavaplatos hasta que pagaras tu deuda. Pero, eso ya lo decidirás tu.” – asevero con un poco de picardía en su tono de voz. Sin decir nada más, se puso a limpiar un vaso similar al que yo tenía con media bebida aún sin acabar.
“¿No vas a volver a probar tu bebida, pequeñuelo?.” – preguntó el camarero luego de un momento en silencio mientras me miraba de reojo.
“Sigo cavilando sobre las diferentes opciones que tengo.” – contesté – “¿Cómo me recomiendas tomarlo? ¿Cómo lo sueles tomar tú?, ¿hmm?”.
“Tal cual te lo serví” – dijo el camarero con orgullo – “El vaso es importante, porque según la forma resalta los aromas antes de tomar el whisky, el hielo balancea el porcentaje de alcohol de este whisky específico que te serví, y el whisky por supuesto es de la mejor calidad para su edad. Solo te hace falta tomarlo con calma, inicia por acercarte el vaso y huele los aromas que suelta el whisky, luego, toma un ligero sorbo y retenlo en la boca, deja que tu lengua saboree las diferentes notas que se le agregaron y el sabor de la barrica, finalmente, digiérelo, ver ás la diferencia contra tu primer trago”.
Un poco atónito por el ‘crash curse’ en ‘whisky 101’ que me había dado el camarero, di mi segundo trago siguiendo sus instrucciones. La verdad es que era increíble la diferencia, el aroma que soltaba el whisky era a caramelo con un deje de chocolate muy tenue, casi imperceptible. El sabor me parecía más complejo de describir, las notas de naranja se peleaban con las de nueces y caramelo, al final, quedaba un regusto a especias cálidas que no sabría como diferenciar.
“Wow, esto está muy bueno.” – exclame tras pasar aquel sorbo. “Muchas gracias camarero. Por cierto, mi nombre es Fon Due y soy un Tontatta de Green Bit, el bosque de los Tontatta, no un enano como mencionaste anteriormente, hmm.”
“Mucho gusto joven Fon Due. Bienvenido al bar Zanators. El bar lleva el nombre del dueño quien se dedica a preparar bebidas en su tiempo libre y a conocer nuevos clientes interesados en una buena charla y un buen vaso de whisky.” – contestó el camarero, que en realidad era el dueño, con una sonrisa mientras continuaba limpiando los vasos de su repisa.
El sonido de los vasos y el tintineo de botellas me envolvieron mientras dejaba que la revelación del bar y el camarero, ambos Zanators, se asentaran en mi mente. Por fuera, el lugar parecía un típico bar de pueblo en medio de ninguna parte, con un letrero que colgaba sobre la entrada en madera vieja, tallada a mano con el nombre de Zanators en letras elegantes y claras. Sin embargo, una vez adentro, estaba sorprendido por el nivel de cuidado en cada detalle.
Apoyado en la barra, tras tomar mi segundo trago de whisky single malt, disfrutando de cada sorbo, admire el vaso en el que había sido servido. El vaso tenía un diseño simple, pero fino, de un vidrio que parecía tan cristalino que casi reflejaba el cálido brillo del lugar. Noté que toda la cristalería en la barra era igual de impecable; sin una sola marca, sin un borde astillado.
La barra, construida de una madera oscura y gruesa, recordaba esas cantinas del viejo oeste, pero era evidente que aquí todo estaba meticulosamente conservado. Cada borde y cada veta de la madera parecían lustradas a mano, y cada vez que apoyaba el vaso, el eco de mis golpes suaves se sentía como un pequeño saludo entre dos viejos amigos. El barniz tenía un tono cálido que capturaba la luz de las lámparas del techo, reflejando una especie de brillo dorado, como si el propio lugar quisiera ofrecer su hospitalidad.
Detrás de la barra, Zanators, el dueño del lugar, limpiaba otro vaso con una dedicación casi ceremoniosa. Su rostro era el de un hombre curtido, pero de expresión tranquila y afable. Vestía como un bartender de otra época, con chaleco oscuro y una camisa blanca pulcra. A pesar de su apariencia, parecía llevarse bien con la modernidad del lugar. Cada vez que preparaba una bebida, sus manos se movían con destreza y respeto, casi como si cada cliente mereciera su propio espectáculo.
El ambiente del bar era acogedor y al mismo tiempo imponente. Las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro, algunas de lo que parecían ser otras tierras, otras de barcos que parecían navegar en mares desconocidos. Había detalles que me hacían sentir en un lugar de otro siglo: espejos con marcos dorados, estanterías de madera robusta cargadas de botellas de distintas formas y tamaños, y lámparas de techo que colgaban con delicadeza, dando una luz tenue, pero suficiente para ver cada rincón.
Noté que el suelo era de tablones de madera, gruesos y sólidos, tan bien cuidados que no crujían al caminar. Los pies de mis botas parecían resonar de manera sutil, mezclándose con las notas suaves de un piano en el fondo. Me di cuenta de que, si bien la atmósfera evocaba un viejo oeste polvoriento, aquí no había nada dejado al azar; cada rincón, cada objeto estaba en su lugar, limpio y en perfecto estado.
El camarero me sirvió de la misma botella de whisky por tercera ocasión. Al levantar el vaso para otro sorbo, admiré el leve sonido del hielo moviéndose. En cada sorbo, el whisky deslizaba su aroma por mis sentidos, y mientras cerraba los ojos, parecía que me transportaba a lugares más antiguos, a costas lejanas.
La noche procedió al día y el hambre me hizo detener mi cruzada por terminar una botella de whisky por mi cuenta (de 10cl, que para mi son casi 1 litro) por lo que me despedí algo borracho del buen Zanators quien había ofrecido un rincón cerca de la ventana para dormir frescamente.
A la mañana siguiente con un dolor de cabeza sabroso me despedí sin hacer ruido y proseguí con mis aventuras por la Isla Kilombo. Ya que estaba por aquí, quizás valdría la pena cambiar mi fortuna, mi futuro, mi destino.
Fon Due, 20 años, sobre la lengua de un pelicano
“Por supuesto que quieres que me ubique en el fondo de tu garganta, asqueroso pelicano inmenso, para olerme, saborearme, ¡verdad cabron!, ¡hmm!” – gritaba, conmocionado, mientras restregaba mi culo diminuto sobre las papilas gustativas del pelicano gigante (a ojos de un tontatta) que me había “recogido” días atrás.
Todo había escalado en cuestión de minutos. Había tenido una discusión muy fuerte con mis padres y había salido más rápido que un ciempiés fuera de los límites del bosque tontatta. Había atravesado varias hectáreas de campos floreciendo (incluyendo algunos con girasoles) hasta que de repente la oscuridad se cernió sobre mí. En cuestión de lo que a mí me pareció un instante, había sido “secuestrado” por un pelicano bocón que pasaba cerca de donde me encontraba.
“Felicidades, piratilla, acabas de ser tragado por sabrá el sol que monstruo de al menos de veinte veces tu tamaño, ¿ahora que sigue en tu ingenioso plan de rescate, imbécil?, ¿hmm?” – me reclame mentalmente. Me había llamado piratilla en plan despectivo dado mi animadversión a los piratas en general, malditos asquerosos, no podía concebir que solo uno fuera más útil que abono para las plantas. Y por supuesto, imbécil, pero eso no era algo nuevo desde hace 5 años.
Tenía que espabilar. Tan solo tenía que resolver el misterio de como escapar a tu pelicano gigante que ha tenido a bien no engullirte de momento pero que podría estar tratando de digerirte como parte de su almuerzo del día. Un lunes cualquiera vaya. Arrojado por la intensidad de las corrientes internas que es capaz de generar uno de estos seres inconmensurables (de nuevo, desde el punto de vista de un tontatta, para otros seria solo saliva), termine al final del maxilar superior de este ser (del cual ni me había tomado la molestia de preguntar su nombre). Preparándome para un futuro incierto, ¿y cuando no lo es?, me hice bolita (a falta de termino científico que venga a mi mente, preparado para aceptar la carga cinética del empujón que iba a soltar este bichajo en cuanto le pateara el cogote) y, dando cuatro o cinco giros, incorpore momentáneamente para instantáneamente ser disparado contra el infinito cielo azul.
Tras unos minutos girando en el cielo, rompí en el mar cual faja de señor divorciado de 50’s (mi tío vaya), lo cual me hizo volver en mi prácticamente al instante. Acababa de aparecer en un lugar desconocido. Sin saberlo, y sin planearlo, había terminado cerca de la Isla Kilombo (aunque ese detalle lo descubriría más adelante).
Tras el mayor de mis esfuerzos braceé la distancia entre mi posición actual y la costa. Para mi buena suerte, después de un par de minutos, me encontraba en lo que parecía una isla comercial, con tiendas y mercados de todo tipo, llenas de productos de mares lejanos (al menos según mi percepción) y disponibles de múltiples tabernas y posadas para atender a los viajeros.
Tras cruzar al centro de la isla, decidí adentrarme en un bar que tenía muy mala pinta, acercarme a la barra de la taberna y, en mi afán de parecer más grande de lo que en realidad soy, pedir un vaso de whisky single malt en las rocas. Esto último en realidad no tenía ni puta idea de que significaba, pero había escuchado en múltiples ocasiones a varios bravos guerreros del mar el pedir esta bebida por lo que pensé “Si la mayoría lo pide, no puede saber tan mal, ¿verdad?, ¿hmm?”.
El camarero, con una mirada aburrida, colocó un vaso corto en la barra, le puso 3 cubos de hielo, sacó debajo de la barra una botella con un culo redondo y un pico hexagonal, sirvió durante menos de 1 segundo un líquido ámbar, y deslizo el vaso a 15 centímetros de donde mi mano reposaba.
He de aceptar que todo el fanfarroneo del barman se había visto cool. Pero, tras cavilar mi situación actual, me fue imposible dejar de temblar. Aquí me encontraba, Fon Due, en una isla para mi desconocida, a kilómetros de mi hogar, cerca de probar mi primer trago de alcohol en la vida.
“Al menos tiene un color ámbar bonito, hmm.” – pensé, después de ingerir el shot de un solo trago.
“!HMMMM!” – exclamé tras dar el primer sorbo. Había pegado una buena bocanada como si de agua se tratara, grave error. Al instante siguiente de tomar la bebida sentía como mi garganta se calentaba hasta el punto de pensar que iba a explotar en fuego, un par de segundos después, una sensación similar invadió mi estomago el cual estaba vacío tras pasar el día entero dentro de las fauces de ese pterodáctilo o como sea que se llamara mi taxi pelicano – no había tenido tiempo a preguntarle su nombre.
Mientras ponía cara de asco y la toz me empezaba a invadir, podía escuchar como el camarero se reía sonoramente. Era una risa curiosa en realidad, parecía más el llamado de un pájaro que una risa normal, aunque en retrospectiva, mucha gente que había visto pasar a escondidas tenían risas bastante características.
“Kiiikiiki kiiki ki, ¿primera vez probando las mieles de la malta joven enano?” – preguntó el camarero poniendo algo más de curiosidad en mi presencia de la que había mostrado inicialmente al pedir el vaso de whisky. “Si me permites una recomendación, el whisky que te serví, como toda bebida de este bar, se disfruta mejor a ligeros sorbos.”
Un poco avergonzado, acepte el consejo del camarero, pero antes de retomar mi batalla con el whisky, quería hacerle más preguntas.
“Así que sorbos ligeros, entiendo. Hay algo más que deba saber para mejorar la experiencia, ¿hmm?” – pregunte con curiosidad.
“En realidad es que hay múltiples formas de disfrutar un buen whisky. Los más puritanos te dirán que el single malt solo se bebe en las rocas, incluso los hay quienes les parece un despropósito ponerle hielo al whisky. Sin embargo, si le preguntas a los maestros que destilan este licor, te dirán que el whisky se puede disfrutar con hielo, sin hielo, con agua, sin agua, con cola o sin cola, lo importante es que consigas el sabor que disfrutes tú, no lo que otros opinen de como bebes.” – sermoneo el camarero bastante feliz de que le haya preguntado al parecer.
Al final sentencio su discurso con una frase que se quedaría guardada en el fondo de mi ser, como si el consejo de mi padre se tratara – “En el whisky, como en la vida, nadie es dueño de la verdad absoluta”.
“Ya veo, pero es me deja con dos opciones según lo veo. O bien sigo tomando sin más, solo que, a sorbos ligeros, o pruebo todas las combinaciones posibles y me vuelvo un alcohólico en el proceso, ¿hmm?.” – conteste riendo, empezando a sentirme un poco ligero. “Tú que me recomiendas camarero, ¿hmm?”.
“Pues por supuesto que te recomendaría la segunda opción, siendo este mi bar me conviene que gastes todo tu dinero aquí, o si te quedas en la ruina podría emplearte de lavaplatos hasta que pagaras tu deuda. Pero, eso ya lo decidirás tu.” – asevero con un poco de picardía en su tono de voz. Sin decir nada más, se puso a limpiar un vaso similar al que yo tenía con media bebida aún sin acabar.
“¿No vas a volver a probar tu bebida, pequeñuelo?.” – preguntó el camarero luego de un momento en silencio mientras me miraba de reojo.
“Sigo cavilando sobre las diferentes opciones que tengo.” – contesté – “¿Cómo me recomiendas tomarlo? ¿Cómo lo sueles tomar tú?, ¿hmm?”.
“Tal cual te lo serví” – dijo el camarero con orgullo – “El vaso es importante, porque según la forma resalta los aromas antes de tomar el whisky, el hielo balancea el porcentaje de alcohol de este whisky específico que te serví, y el whisky por supuesto es de la mejor calidad para su edad. Solo te hace falta tomarlo con calma, inicia por acercarte el vaso y huele los aromas que suelta el whisky, luego, toma un ligero sorbo y retenlo en la boca, deja que tu lengua saboree las diferentes notas que se le agregaron y el sabor de la barrica, finalmente, digiérelo, ver ás la diferencia contra tu primer trago”.
Un poco atónito por el ‘crash curse’ en ‘whisky 101’ que me había dado el camarero, di mi segundo trago siguiendo sus instrucciones. La verdad es que era increíble la diferencia, el aroma que soltaba el whisky era a caramelo con un deje de chocolate muy tenue, casi imperceptible. El sabor me parecía más complejo de describir, las notas de naranja se peleaban con las de nueces y caramelo, al final, quedaba un regusto a especias cálidas que no sabría como diferenciar.
“Wow, esto está muy bueno.” – exclame tras pasar aquel sorbo. “Muchas gracias camarero. Por cierto, mi nombre es Fon Due y soy un Tontatta de Green Bit, el bosque de los Tontatta, no un enano como mencionaste anteriormente, hmm.”
“Mucho gusto joven Fon Due. Bienvenido al bar Zanators. El bar lleva el nombre del dueño quien se dedica a preparar bebidas en su tiempo libre y a conocer nuevos clientes interesados en una buena charla y un buen vaso de whisky.” – contestó el camarero, que en realidad era el dueño, con una sonrisa mientras continuaba limpiando los vasos de su repisa.
El sonido de los vasos y el tintineo de botellas me envolvieron mientras dejaba que la revelación del bar y el camarero, ambos Zanators, se asentaran en mi mente. Por fuera, el lugar parecía un típico bar de pueblo en medio de ninguna parte, con un letrero que colgaba sobre la entrada en madera vieja, tallada a mano con el nombre de Zanators en letras elegantes y claras. Sin embargo, una vez adentro, estaba sorprendido por el nivel de cuidado en cada detalle.
Apoyado en la barra, tras tomar mi segundo trago de whisky single malt, disfrutando de cada sorbo, admire el vaso en el que había sido servido. El vaso tenía un diseño simple, pero fino, de un vidrio que parecía tan cristalino que casi reflejaba el cálido brillo del lugar. Noté que toda la cristalería en la barra era igual de impecable; sin una sola marca, sin un borde astillado.
La barra, construida de una madera oscura y gruesa, recordaba esas cantinas del viejo oeste, pero era evidente que aquí todo estaba meticulosamente conservado. Cada borde y cada veta de la madera parecían lustradas a mano, y cada vez que apoyaba el vaso, el eco de mis golpes suaves se sentía como un pequeño saludo entre dos viejos amigos. El barniz tenía un tono cálido que capturaba la luz de las lámparas del techo, reflejando una especie de brillo dorado, como si el propio lugar quisiera ofrecer su hospitalidad.
Detrás de la barra, Zanators, el dueño del lugar, limpiaba otro vaso con una dedicación casi ceremoniosa. Su rostro era el de un hombre curtido, pero de expresión tranquila y afable. Vestía como un bartender de otra época, con chaleco oscuro y una camisa blanca pulcra. A pesar de su apariencia, parecía llevarse bien con la modernidad del lugar. Cada vez que preparaba una bebida, sus manos se movían con destreza y respeto, casi como si cada cliente mereciera su propio espectáculo.
El ambiente del bar era acogedor y al mismo tiempo imponente. Las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro, algunas de lo que parecían ser otras tierras, otras de barcos que parecían navegar en mares desconocidos. Había detalles que me hacían sentir en un lugar de otro siglo: espejos con marcos dorados, estanterías de madera robusta cargadas de botellas de distintas formas y tamaños, y lámparas de techo que colgaban con delicadeza, dando una luz tenue, pero suficiente para ver cada rincón.
Noté que el suelo era de tablones de madera, gruesos y sólidos, tan bien cuidados que no crujían al caminar. Los pies de mis botas parecían resonar de manera sutil, mezclándose con las notas suaves de un piano en el fondo. Me di cuenta de que, si bien la atmósfera evocaba un viejo oeste polvoriento, aquí no había nada dejado al azar; cada rincón, cada objeto estaba en su lugar, limpio y en perfecto estado.
El camarero me sirvió de la misma botella de whisky por tercera ocasión. Al levantar el vaso para otro sorbo, admiré el leve sonido del hielo moviéndose. En cada sorbo, el whisky deslizaba su aroma por mis sentidos, y mientras cerraba los ojos, parecía que me transportaba a lugares más antiguos, a costas lejanas.
La noche procedió al día y el hambre me hizo detener mi cruzada por terminar una botella de whisky por mi cuenta (de 10cl, que para mi son casi 1 litro) por lo que me despedí algo borracho del buen Zanators quien había ofrecido un rincón cerca de la ventana para dormir frescamente.
A la mañana siguiente con un dolor de cabeza sabroso me despedí sin hacer ruido y proseguí con mis aventuras por la Isla Kilombo. Ya que estaba por aquí, quizás valdría la pena cambiar mi fortuna, mi futuro, mi destino.