
Kurokaze Masaru
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21-12-2024, 11:56 PM
Desde que el Ejército Revolucionario derrocó a la gobernante del Reino de Oykot las cosas estaban más… tranquilas. Seguramente, la Armada se estaba preparando para dar un golpe contundente, algo que pudiera afectar de verdad los cimientos del Gobierno Mundial. De verdad esperaba que así fuera, pero no tenía muchas esperanzas. Si bien sus camaradas gozaban de pasión y visión, eran incompetentes y carecían de toda clase de talento como para impulsar el cambio. No podía utilizar a gente de tan bajo nivel. Por eso, se había ofrecido a inspeccionar directamente a los reclutas y, con un poco de suerte, encontrar a alguien que valiera la pena.
Tenía entendido que su mentor tenía intenciones de espiar las instalaciones marines dentro de la isla con el propósito de ubicar puntos débiles o, en el mejor de los casos, hallar documentación comprometedora; ensuciar la opinión pública del Gobierno Mundial era un arma efectiva, sobre todo para contar con el apoyo del pueblo y obtener facilidades en operaciones encubiertas. Así es como el Ejército Revolucionario se había conseguido aquel edificio. Si obtenía documentos incriminatorios, podría usarlos en contra del Gobierno Mundial; lo golpearía desde diferentes posiciones hasta hacerlo caer.
Según lo dicho por su mentor, debía reunirse con un joven conocido como Mario D. Bross. Quería creer que el muchacho fuese diferente a los que había conocido, deseaba poder pulir una piedra en bruto y hacerla relucir al máximo. Sin embargo, como fuera otro tonto apasionado con ganas de quemar banderas y escupir marines, abandonaría el plan y diseñaría otro más factible. Tampoco es que todos sus aliados tuviesen que pertenecer al Ejército Revolucionario: con tal de que odiasen al Gobierno Mundial tendrían una razón en común para unirse y luchar.
Masaru esperaba en la segunda planta del antiguo edificio que servía como base de operaciones para la Armada, ubicado a pocas cuadras de la plaza central y con acceso a una callejuela perpendicular a una gran avenida. Había ordenado el cuarto, anteriormente repleto de cajas y papeles, y lo había convertido en una especie de oficina. Allí, limpiaba con cuidado el acero de sus espadas. Hacía tiempo que no las usaba, pero limpiarlas a diario se había vuelto parte de su rutina. Lo hacía desde que tenía diez años. Le gustaba dedicarles el tiempo adecuado para que su filo no se magullase ni se perdiese, y era la actividad ideal para esperar al joven Mario.