Alex D. Ryuu
Alex
22-12-2024, 05:16 AM
(Última modificación: 22-12-2024, 06:03 AM por Alex D. Ryuu.)
Verano del año 724
Una tarde, casi de noche un joven caminaba por la isla kilombo, sus pies descalzos y quemados dejaban huellas en la arena, huellas que eran borradas rápidamente por el mar, su capa ondeaba al aire dejando entrever su cuerpo delgado y su katana desnuda, una lira de madera y cuerdas pendía de su cadera, junto a su katana, cada una de un lado de su cadera.
El joven vagaba sin rumbo fijo, ese mismo lugar, años atrás, era donde había despertado después de que el mar lo tomara y reclamará como suyo y lo alejara de su familia. El joven no recordaba mucho sobre su familia, pues en aquel entonces era joven, pero recordaba perfectamente esos ojos que combinaban con los suyos: una hermana melliza cuyo destino fue similar al propio, siendo tomados y separados por el mar, sin saber dónde estaba el otro, pero con la misión de encontrarse.
El joven se detuvo, volteo a ver el océano y tomo su lira, una lira que el mar le entrego, o al menos eso creía, pues junto con la katana a su izquierda simplemente estaban a su lado cuando despertó. Esa lira había dicho una bendición, pues era su única forma de ganarse la vida, contaba cuentos en tabernas y plazas, un poco de entretenimiento barato que le permitia sobrevivir, viajando por la isla y alguna que otra vez como polizón de un barco para viajar a otras islas donde ganar más dinero, aún que a veces era descubierto.
Tomo con delicadeza la lira, y empezó a rasgar suavemente las cuerdas, produciendo una melodía teñida de tristeza y añoranza recordando lo que alguna vez fue, e imaginando lo que pudo ser. Y en ese lugar, como únicos testigos el viento y el mar, las lágrimas del chico comenzaron a caer de sus ojos, incapaz de contenerlas por más tiempo, y en alguna otra parte del mundo una chica tocaba la misma melodía, al mismo tiempo y con los mismos testigos, separados por la distancia pero juntos en sangre y en sentimiento
Una tarde, casi de noche un joven caminaba por la isla kilombo, sus pies descalzos y quemados dejaban huellas en la arena, huellas que eran borradas rápidamente por el mar, su capa ondeaba al aire dejando entrever su cuerpo delgado y su katana desnuda, una lira de madera y cuerdas pendía de su cadera, junto a su katana, cada una de un lado de su cadera.
El joven vagaba sin rumbo fijo, ese mismo lugar, años atrás, era donde había despertado después de que el mar lo tomara y reclamará como suyo y lo alejara de su familia. El joven no recordaba mucho sobre su familia, pues en aquel entonces era joven, pero recordaba perfectamente esos ojos que combinaban con los suyos: una hermana melliza cuyo destino fue similar al propio, siendo tomados y separados por el mar, sin saber dónde estaba el otro, pero con la misión de encontrarse.
El joven se detuvo, volteo a ver el océano y tomo su lira, una lira que el mar le entrego, o al menos eso creía, pues junto con la katana a su izquierda simplemente estaban a su lado cuando despertó. Esa lira había dicho una bendición, pues era su única forma de ganarse la vida, contaba cuentos en tabernas y plazas, un poco de entretenimiento barato que le permitia sobrevivir, viajando por la isla y alguna que otra vez como polizón de un barco para viajar a otras islas donde ganar más dinero, aún que a veces era descubierto.
Tomo con delicadeza la lira, y empezó a rasgar suavemente las cuerdas, produciendo una melodía teñida de tristeza y añoranza recordando lo que alguna vez fue, e imaginando lo que pudo ser. Y en ese lugar, como únicos testigos el viento y el mar, las lágrimas del chico comenzaron a caer de sus ojos, incapaz de contenerlas por más tiempo, y en alguna otra parte del mundo una chica tocaba la misma melodía, al mismo tiempo y con los mismos testigos, separados por la distancia pero juntos en sangre y en sentimiento